FORO CUBANO Vol 4, No. 29 – TEMA: EDUCACIÓN Y FORMACIÓN DE CAPIRTAL HUMANO–

Vivir la universidad

Por: Darío García Luzón

Febrero 2021

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El autor, reflexiona acerca de su experiencia como profesor en la Universidad de La Habana, en medio de un contexto cargado de exigencias con relación al sostenimiento institucional y las posibilidades del desarrollo personal e intelectual.

Los desafíos de la universidad en Cuba han comenzado a pensarse sistemáticamente, como demuestran algunos libros recientes de la editorial UH[1], y, con un sentido menos panorámico, también pueden vivirse. He sido profesor de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana por cinco años, aproximadamente lo que suele durar un ciclo de licenciatura en Cuba; podría completar una década si sumara otro tanto como estudiante. Esto, un tercio de mi vida, es una minúscula nota en la gran partitura con múltiples movimientos desde que la universidad más antigua del país, y entre las primeras en activo del continente americano, partiera de un convento dominico -como recuerda su escudo hasta hoy-, y desde ahí atravesara períodos peores, incluso cierres, bastante regulares y mejores; para que, ya mítica, probara no depender de eso. Independientemente de que la Universidad de La Habana ostente un patrimonio no siempre valorado[2], su memoria intergeneracional, como pocas en el país, es un correlato bastante exhaustivo de las vicisitudes nacionales y oráculo precioso de sus limitaciones y anhelos.

Esta conciencia del significado de la universidad, sin embargo, se va sedimentando con el tiempo y como por azar; lo más común, para quién la habita en su cotidiano, es que se trata de un ambiente raramente idealizado, en que más bien se oculta aquello por lo que resiste y enamora. Mirada en su conjunto, en el diario adentro, resulta innecesario insistir en su no plenitud y lo que más se revela es su definitiva permanencia. Inigualable acrópolis habanera,     su campus, conocido como La Colina, está vinculado a la entraña nacional de un modo transparente, como ese lugar al que se llega “en subida” y que invita a mirar más allá de lo obvio; tal sería la prefigurada maduración sin estridencias que solicita el trabajo intelectual y que, como paso de mulo en el abismo, es siempre susceptible de no darse. En verdad, el más influyente pensador cubano no es uno de sus graduados ilustres, lo que no quita que haya  sido un discípulo indirecto.

El juicio acerca de ese estupendo signo que es la Universidad de La Habana no se cumplió realmente para mí en el rito académico de “ascender la escalinata” ni en las páginas de Lezama o Carpentier, sino en la catarsis de cierta señora atormentada y harapienta. Yo iba en la ruta 27 hacia La Habana Vieja, y en la curva para tomar la calle San Lázaro, ella, que hablaba como poseída sobre el deprimente estado de la nación, al ver la escalinata, pidió improviso respeto para los universitarios cubanos, porque eso era “otra cosa”. Que la universidad sea otra cosa (en medio de la misma cosa) me hizo reconocer, por las palabras de aquella desconocida, cómo su rédito simbólico paga cierta escasez y corresponde a una popular sed de sentido, de suyo universal e inextirpable.

La facultad en la que estudié, por vocación, tiende a interesarse más por los procesos culturales que al intríngulis universitario. No digo que esto sea una virtud, pero la universidad en sí misma queda o como punto ciego o incorporada a ese horizonte mayor al que sin dudas pertenece. Inversamente, el ministerio de educación superior, a diferencia del Ministerio de Cultura en sus primeros tiempos, ha ejercido una función eminentemente logística, celosamente ideológica, poco intelectual. Cualquier sensato profesor universitario, en cualquier lugar del mundo, sabe que hay un tipo de corrupción que se expresa en un funcionarismo que solo sabe evaluar por cumplimiento. La noble y demandante gestión de índole administrativa, especialmente en centros académicos de grandes proporciones, tiene el reto de no arruinar su servicio a esa otra dimensión, la intelectual-comunitaria, en que reside el liderazgo atractivo de los ambientes universitarios.

Así, en universidades grandes como la de La Habana, se vive como inmerso en una dialéctica entre cumplimiento y crecimiento, es decir, entre las exigencias de esa exterioridad en orden al sostenimiento de la institución y las posibilidades de desarrollo personal-intelectual. Creo que el modo de vivir esta dialéctica es lo que explicaría algunas distinciones significativas a la hora de juzgar la experiencia universitaria. En este sentido, he visto en amigos la mirada de esos que ya no esperan poder crecer más aquí, y se van pronto, a veces agradecidos por lo que recibieron, pero conscientes de que sus temas de estudio y sus proyectos de vida pedían otra circunstancia para ese tenaz combate contra la nada que se libra en cada uno de nosotros; y también, aunque menos, he visto la mirada de los que se aferran a esa forma separada de su origen que es el dogmatismo, movidos por una idea abstracta de cómo deben ser la cosas.

 

En esos casos parece muy claro lo que hay que hacer, pero no se ha desarrollado esa (rara) inteligencia relacional que consiste en saber “a quién pedirle que haga qué”. La convivencia habitual está marcada por un amplio medio entre estos puntos, siendo su desafío encontrar cada vez el variable equilibrio.

En mi corta vida académica, en lo que se refiere al equilibrio señalado, he podido percatarme, paradójicamente con el pensar de tantos entusiastas de la renovación generacional, que yo no lo soy. Siento, por una parte, que no es una cuestión etaria sino de otras calidades menos accidentales en la persona, y, por otra parte, que la juventud puede desvivirse en un discurso rancio e incluso dotarlo de una contrastante e incomprensible energía. He aprendido a reconocer ese voluntarismo de lentejuela y fondo triste, convencido continuador de alguna obra fascinante, pero que, impropia, se torna un modo enmascarado de frustración; por eso prefiero la franqueza de los que, autorizados y con cauto dominio de la agenda académica e institucional, pueden ponderar las incesantes exigencias directivas y aun orientarse en el mejor sentido sin tener que inventar buenos consejos.

Mis años universitarios fueron los de mi definitiva y necesariamente intelectual conversión religiosa, vivida estando ahí, si bien originadas por relaciones personalmente significativas, como lo fue también el descubrimiento de la poesía, fuera de los predios de la universidad estatal. Nunca percibí hostilidad, más bien un extrañado respeto, sin afectadas deferencias, como otra forma posible de identidad personal. Buscador instintivo, pude disfrutar la apertura que brindaba ese inestable tránsito con que puede representarse las oleadas generacionales en los claustros universitarios: unos que, decantada figura del ayer, fueron (entonces) animados iniciadores, arrebatados por la posibilidad infinita de ese huracán sobre el azúcar de los años sesenta, ebrios del hacer en una academia que después sirvió de enardecido recipiente en la polarización terrible y exasperada de la guerra fría, otros, mástiles silenciosos, resistiendo los rigores de la gran crisis cubana de los noventa, y los jóvenes, donándose algunos a esa pedagogía clandestina que quiere evitar toda muerte con el gesto centrífugo de lo no repetido.

En un mundo transnacionalizado académicamente, creo pertenecer a una generación en que las distinciones dentro/fuera de las fronteras nacionales ya no manifiestan esa traumática intensidad con que pudo vivirse hasta poco antes. Al mismo tiempo, en estos años en la

 

Facultad, el tejido relacional entre profesores y estudiantes, y entre profesores, es lo que a menudo impide malentendidos o los deshace rápido. No recuerdo un real desencuentro con alguien que haya sido mi profesor; sí algunos intentos de “corregir” que no siempre consideré los más correctos, pero en los que no hubo más intención que la de afirmar ciertas jerarquías sobre el modo de impartir o evaluar determinada materia. En cambio, cuando no se ha tejido previamente ese trato, se termina padeciendo un “manualismo” moral que no resuelve nada y que más bien introduce o reproduce un infeccioso desencanto en la vida académica.

Eso que llamo “encanto”, y que no está muy lejos de su significación weberiana, es una condición esencial, plus cualitativo, de este tipo de actividad humanista que tiene su gran prueba cuando, una vez graduado, se experimenta cierto déficit anímico, como si fuera un síndrome. De alguna manera se comienza a sentir ese punto de gravedad en que la vida se torna menos líquida y las decisiones más definitivas, al tiempo que la praxis académica, aún con el indecible goce de la docencia, no responde a las necesidades más inmediatas de estas prioridades que se reordenan inexorablemente. Así, en casa de sus sacrificados padres, un joven profesor corre el riesgo de quedarse estudiantil, ahogado en el pantano infructuoso de su posible esfuerzo, funámbulo sobre el barranco de una más que evidente frustración. Es fácil interpretar la mirada de quienes están viviendo esto: reconcentrada y opaca; pero no es tan simple detectar el aspecto común que sin embargo domina la frustración entorno (enmascarada o visible) y que entiendo es un peculiar “no comprender” en el centro mismo de lo supuesto “más sabido”.

Esa enquistada furia o fascinación en la carne de lo real termina afectando la mirada cognoscitiva; soy testigo de que ni su versión de apologética oxidada ni aún su contrario resentimiento sulfúrico pueden derogar los reclamos de una realidad difícil, sino que actúan como dos cegueras parciales, neutralizadas en una dolorosa sombra indistinta, que pide sobre todo una superación existencial e histórica. Hoy pienso que lo primero es imprescindible para que pueda acontecer lo segundo, aunque por lo general se está convencido de lo contario. De hecho, yo mismo participé de esa creencia antes de entrar a la universidad, pero habiendo vivido durante mi etapa estudiantil esa tensión perpetua, y más potente analogía, entre lingüistas y literatos, sorprendido de mi reconciliación con la gramática -anatomía de una lengua que es también nervio y músculo, misterioso sostén de lo percibido-, entiendo que

 

únicamente el discernimiento activo puede justificar el nuevo, verdadero sacrificio. Es con esta moneda de interioridad renovada, en que curve el diente del irracionalismo y la apatía, que podrá cobrarse el renovamiento histórico.

Ser profesor de la Facultad me permite leer y compartir los clásicos, y a todavía gustar, sin cinismo, de su fragilidad imprescindible. Una clase de literatura no es navegación fácil en ningún tiempo, sino un amor difícil que casi requiere de una comunidad excéntrica para su cultivo; y, no obstante, es esto lo que permite mirar la realidad sin anestesia y como punto de partida permanente, remedio blando ante las infinitas simplificaciones en que los poderes pretenden encerrar la vida. Que los versos de Virgilio se hayan mostrado más resistentes que el Imperio romano es también una muestra, frente a la irrevocabilidad de ciertos poemas, de la transitoria configuración de los Estados y su no solución final en la historia.

 

[1] La creación de la editorial UH es, para mí, el mayor hito de la Universidad de La Habana   en este inicio de siglo.

 

[2] Su estudio y promoción, a partir del Departamento de Patrimonio Cultural Universitario fundado en 2010, ha tenido un especial impulso en la última década.