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Por:  Alejandra Guerrero       

Marzo  2019

Todas las historias tienen un comienzo, una trama y un final, y la relación entre Monseñor Pérez Serantes y Fidel Castro no es la excepción. El trabajo investigativo de Ignacio Uria titulado Iglesia y revolución en Cuba retrata a la perfección estos tres momentos en este libro galardonado con el III Premio Internacional Jovellanos de Investigación Histórica, cuyo tema central es la relación personal entre los dos personajes.

El inicio - El 26 de julio de 1953, un grupo de revolucionarios, entre ellos Fidel Castro y su hermano Raúl, atacaron los cuarteles militares de Moncada y Céspedes dejando como saldo 19 militares muertos. La represión militar posterior fue inmediata, ya que se desplegó una ardua persecución contra los responsables de los hechos, en donde muchos fueron asesinados (12 de ellos en medio de la ofensiva en los cuarteles), otros fueron torturados y encarcelados. De hecho, un pronunciamiento del Inspector General del Ejército es aún muy recordado: “Vengo en esta dolorosa misión para decir que, por cada soldado muerto, tiene que haber por lo menos 10 equivalentes de revoltosos”. No obstante, un significativo grupo logró escapar la represión y permanecieron prófugos por los lados de Santiago de Cuba y Guantánamo.

La orden en este momento era encontrar a aquellos revolucionarios que atacaron ambos cuarteles, ya fuera vivos o muertos. Desde el mismo día que ocurrieron los hechos, el Monseñor y arzobispo de Santiago de Cali, Enrique Pérez Serantes, mantuvo comunicaciones con el Ejército Nacional de Cuba para detener los asesinatos y suspender la orden de detención contra este grupo de hombres. Pérez Serantes se encontraba a la cabeza de estas peticiones debido a que el Comité de Instituciones Cívicas de Santiago de Cuba así se lo solicitó, ya que la dictadura de Batista no iba a tomar represalias contra él por su respetado título. Finalmente, fue expedida la orden de que si los fugitivos se entregaban la represión se detendría.

Después de muchas charlas y negociaciones, el prelado Pérez se ofreció como mediador durante la búsqueda del grupo de fugitivos del cual hacían parte los hermanos Castro. Mientras el monseñor se encontraba presente durante un operativo de detención a un primer grupo en las cercanías de Sevilla, en el cual logró salvarles la vida a los fugitivos después de interponerse entre las armas del ejército y los hombres, Fidel Castro fue detenido junto con otros dos compañeros en una provincia cercana. Fidel conoció la gestión de mediación hecha por Pérez Serantes días antes de esta detención y expresó sus deseos de entregarse gracias a las garantías ofrecidas y la mediación del prelado. Así las cosas, Los detenidos llegaron a la cárcel municipal de Santiago de Cuba el 1 de agosto de 1953  y monseñor Pérez Serantes pudo tener su primer encuentro con Fidel ese mismo día.

La trama – Años después, en la mañana del 1 de enero de 1959 Fidel Castro y sus tropas entraron en Santiago de Cuba sin hacer un solo disparo, la revolución había triunfado, el júbilo en la población era más que notorio y miles de ciudadanos en la nueva proclamada capital escucharon el famoso discurso proferido por Fidel en horas de la noche. Desde el balcón del ayuntamiento de Santiago, el líder cubano salió acompañado de algunos comandantes como Raúl Castro y Huber Matos, así como algunas personalidades que apoyaron el Movimiento 26 de julio en sus años de lucha guerrillera.

Fidel le solicitó a Pérez Serantes que lo acompañara en el balcón del ayuntamiento, aviso que hizo al arzobispado por medio de su hermano Raúl. El prelado aceptó la invitación y ordenó abrir las puertas de la catedral, situada frente al ayuntamiento, para que Fidel Castro tuviera a la vista el sagrario durante su discurso.

En la investigación histórica hecha por Uria, se recoge un testimonio del dirigente revolucionario Huber Matos sobre los motivos que llevaron al arzobispo a acompañar a Fidel en ese momento tan crucial: «Pérez Serantes conversó con todos nosotros. Estaba muy contento, pero tranquilo. En él se traslucía su civismo y una moralidad fuerte, a toda prueba. Quería lo mejor para Cuba, pero sin estar a favor de uno u otro. Era un sacerdote digno. No era cualquier cosa». Es así como Fidel no comenzó su discurso hasta que el monseñor llegó y se ubicó para presenciarlo.

La primera intervención fue de Huber Matos, luego vino Raúl Castro y finalmente llegó el turno de Fidel: “(…) La revolución va a ser ahora, la revolución no será tarea fácil, la revolución será una empresa dura y llena de peligros, sobre todo en esta etapa inicial, y qué mejor lugar para establecer el Gobierno de la República que en esta fortaleza del país (…)”. Después de esto intervino el monseñor Pérez Serantes, quien fue recibido por un extendido aplauso de la multitud coreando su nombre. El arzobispo extendió las manos pidiendo silencio y acto seguido comenzó a felicitar a los guerrilleros por el triunfo alcanzado. Su intervención giró en torno a abogar por una paz duradera y una rápida reconstrucción de Cuba. Cerró su prédica reiterando la alianza del catolicismo cubano con la insurrección.

El final – Entre mayo y diciembre de 1960 el prelado publicó ocho cartas circulares con un alto contenido político. Sus motivos para hacerlo fueron diversos: la creciente vulneración a las libertades civiles y políticas a los ciudadanos y distintas instituciones como la eclesiástica. Asimismo, el hecho de que era prácticamente imposible para los obispos acceder a medios de comunicación obligó al arzobispo a escribir cartas pastorales para orientar a sus fieles e informarles por el camino que deberían tomar ante la revolución. Y es que el mensaje que buscaba dar era claro y conciso: la posición de la Iglesia frente a la dictadura de Castro tenía que ser de frente.

El deterioro de la vida pública y la cada vez más notoria extensión comunista en el gobierno fueron los temas centrales de la primera pastoral que publicó en la primavera de 1960, titulada “Por Dios y por Cuba”: «Los campos están ya deslindados entre la Iglesia y sus enemigos. No son ya simples rumores ni aventuradas afirmaciones, más o menos interesadas o amañadas. No puede ya decirse que el enemigo está a las puertas, porque en realidad está dentro, hablando fuerte».

Dentro de las pastorales siguientes el obispo le reconoció a la Revolución la labor social hecha, pero criticó que se hiciera a cambio de expulsar a Dios de Cuba, algo que terminó calificando como el mayor delito de la época: “A Dios queremos en todo, en todas partes y en todo momento. Queremos a Dios en el centro del hogar, presidiendo la sociedad doméstica. Queremos a Dios en la escuela, en los tribunales de justicia, en el palacio legislativo, en los centros económicos y comerciales, en la industria, en el campo, en el hospital y en la cárcel (…) porque sin Dios, ¡el caos!”.

Como era de esperarse, la prensa oficial respondió estos pastorales de forma inmediata, uno tras otro. Se le acusaba al monseñor de ser un hipócrita incapaz de darse cuenta de que el verdadero enemigo era el imperialismo. Se repartieron por las calles editoriales enteros en su contra en forma de panfletos, y los programas radiales también se llenaron de críticas y acusaciones contra el prelado.

Como producto de estos constantes ataques, en junio de 1960 el obispo auxiliar de La Habana y el secretario de la nunciatura solicitaron una reunión con la embajada americana para anunciar la posición de la Iglesia católica. En agosto de 1960 el episcopado cubano realizó una denuncia contundente contra la denominación comunista del país. Esta denuncia fue difundida en forma de pastoral y se tituló “Circular Colectiva”. Dentro de este pronunciamiento se condenaba tajantemente el avance del comunismo en Cuba, calificándolo de un “problema de extraordinaria gravedad que ninguna persona de buena fe puede negar”. La lectura de la pastoral el domingo 7 de agosto provocó polémica alrededor del país, tanto así que debido a amenazas onseñor Pérez Serantes no pudo hacer presencia esa mañana en su templo.

Un día antes de su muerte, Enrique Pérez Serantes ya se encontraba muy enfermo, según otro testimonio recogido en el trabajo de Uria, este le confesó al también arzobispo Pedro Meurice: “Muero como un perro mudo. A mí me taparon la boca, así que el día que tú puedas hablar, habla. Y que el mundo te oiga". El monseñor y arzobispo de Santiago de Cuba murió la noche del 18 de abril de 1968, la noticia se expandió rápidamente y al otro día en las horas de la madrugada se escuchó como un grupo de gente festejaba su muerte a las afueras del hospital.

El velorio del prelado duró día y medio, y asistieron miles de personas que decidieron ir a homenajear su vida y su obra. El funeral se efectuó en la catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Santiago de Cuba. Muchas personalidades, como el presidente de la república Osvaldo Dorticós, enviaron coronas, pero el recuero de los asistentes ese día es que la corona más grande de todas fue la enviada por Fidel Castro. La proseción hasta el cementerio de Santa Ifigenia, que acompañaron miles de personas, quedó registrada como la última manifestación pública de fe religiosa que hubo en Cuba hasta la visita de Juan Pablo II en 1998. Finalmente el pueblo cubano despidió con altura a un obispo que terminó siendo perseguido por la Revolución en la que creyó fervorosamente.

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