¿Qué es un revolucionario? Reflexiones sobre un proyecto fallido

Por: PhD (c) Sergio Angel

Enero 2019

Los obreros están bien, pero carecen de conciencia política. Hacen consideraciones absolutas y no entienden por qué el gobierno les dice que el proletariado está en el poder y tienen que trabajar como burros para comprar un vestido que les cuesta el sueldo de un mes. En cambio, los obreros de la Alemania Occidental., que son explotados, tienen más confort, mejor ropa y derecho de huelga

 

De viaje por Europa del este, Gabriel García Márquez

La Revolución Cubana, la Revolución Sandinista y la Revolución Bolivariana envuelven a América Latina en un sorprendente ciclo de 20 años. Primero, vinieron las promesas de los Castro, después fueron las promesas de la pareja Ortega Murillo y finalmente las promesas  de Chávez. Como en la novela de Milán Kundera, el manto de los 20 años de Checoslovaquia parece recubrir a la región, mientras que allí marcó la llegada de los soviéticos, la Revolución de Terciopelo y la caída del muro, aquí vemos surgir un nuevo proyecto “revolucionario” cada 20 años. Y aunque quisiera que la historia absolviera a cada uno de los protagonistas de estas gestas históricas, son incalculables los costos sociales, económicos y hasta culturales de esta transformación en busca de la “libertad”. Pero este escrito no pretende ocuparse de los proyectos inconclusos, sino más bien de los actores que acompañaron estos proyectos, preguntándose por la esencia del sujeto revolucionario, de aquel que creyó en un proyecto, que no lo consiguió y que aun así sigue defendiendo sus banderas políticas.

Roberto Messuti, presidente de la Casa del artista de Venezuela, de clara postura oficialista filtró a los medios de comunicación una conversación telefónica con Omar Enrique a raíz de las declaraciones públicas de este último a medios internacionales. Messuti increpa a su interlocutor por considerar que la prohibición de Colombia de que Enrique entrara a su territorio no era razón suficiente para negar sus vínculos con el régimen: “Me da arrechera ver a un compañero que se monta con nosotros en las tarimas, que trae cantantes de afuera, que cobra dólares, que le salpican las mieles del éxito, pero a la hora en que le preguntan si está o no está con el gobierno se queda callado”.

Estas palabras de Messuti ponen en evidencia dos formas de ser revolucionario: aquel que convencido de su propia verdad y de espaldas a la realidad social y económica de su país se mantiene fiel a las directrices de su líder; y aquel que ha bebido de las mieles del proyecto político que él mismo ayudo a montar, pero que se distancia de este cuando su propia comodidad se pone en juego. El primero se mantiene fiel a sus ideales, pero da la espalda a lo que debería haber significado una auténtica revolución; el segundo es, en alguna medida, consciente del fracaso del proyecto en el que participó pero no se desprende completamente del mismo por un asunto de sobrevivencia. Los dos, a su vez, comparten el lucro personal producto del proyecto revolucionario.

Suena paradójico que un proyecto inspirado en la justicia social, la búsqueda de la libertad y la democracia popular, termine por afincarse en dos pilares: (1) la ideología para creer y defender todo lo que se hace desde el gobierno; y (2) el beneficio personal de todos los cuadros revolucionarios. Estos dos factores son esenciales para permitir que el proyecto sea sostenible en el tiempo y la movilización popular se haga efectiva. En palabras del Granma, periódico oficialista cubano, este pueblo convertido en masa es “la suma de elementos de la misma categoría, que actúa como un manso rebaño. Es verdad que sigue sin vacilar a sus dirigentes, fundamentalmente a Fidel Castro, pero el grado en que él ha ganado esa confianza responde precisamente a la interpretación cabal de los deseos del pueblo, de sus aspiraciones, y a la lucha sincera por el cumplimiento de las promesas hechas”. La masa renuncia a su individualidad y se entrega al líder, pero todo esto como resultado del adoctrinamiento, producto del disciplinamiento por parte de los cuadros y las dadivas entregadas por el gobierno.

Pero cómo entender la defensa por la libertad de estos cuadros revolucionarios cuando la ONG venezolana Foro Penal denuncia que en la actualidad hay 989 presos políticos en las cárceles del país; el centro nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) reporta un total de 602 presos políticos; y La Comisión Cubana de Derechos Humanos Y Reconciliación Nacional (CCDHRN) reporta un total de 120 prisioneros por motivos políticos. O bien, cómo entender su defensa de la justicia social cuando la pobreza en Cuba es cercana al 70%, la inflación del último año en Venezuela es mayor al 1.000.000% y la contracción económica de Nicaragua avista consecuencias catastróficas para los más pobres.

Según Fidel, “la revolución es sentido del momento histórico, es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos (…)”,es decir, todo lo contrario de lo que hoy viven los pueblo oprimidos por estos proyectos revolucionarios y que sus cuadros niegan como resultado de las dadivas gubernamentales y la ideologización de un proyecto que hace años dejo de cumplir las promesas. El revolucionario es entonces, un sujeto discursivamente activo, anclado en palabras con contenidos insuficientes, que culpa a los otros de sus propios fracasos, pero sobre todo, es un actor interesado: no hay revolución sin oligarquización y, en palabras de Robert Michels, la organización de los cuadros trae consigo una nueva burguesía, esa burguesía que hoy sigue impidiendo el cambio histórico para los pueblos de Cuba, Nicaragua y Venezuela, pero que, llegado su momento, puso fin a la larga y oscura noche que se había posado sobre Checoslovaquia.

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

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