Vistas

Por: Juan Carlos Rico Noguera     

Diciembre 2018

La antropóloga Anna Tsing sugiere algo que resulta al mismo tiempo excitante y aterrador en lo que tiene que ver con la sociedad humana: las ruinas y la precariedad pueden dar lugar a formas de vida social llenas de sentido. Aunque Tsing revisa específicamente el caso concreto de la vida en espacios donde existe una clara conjunción entre capitalismo neoliberal y destrucción ecológica, su punto funciona para indagar en cualquier tipo de ruina histórica. Leonardo Padura, uno de los escritores de habla hispana más importantes en el presente, es un ejemplo de cómo las ruinas de un sueño colectivo pueden crear las condiciones no solo de una vida social llena de sentido, sino también del genio literario. Mi punto es que su escritura es evidencia de cómo la Revolución Cubana, entendida como la ruina de un proyecto político alternativo al capitalismo del presente, fue y sigue siendo mucho más que escombros humeantes.             

Hace un par de años, en medio de alguna reunion familiar, una de mis tías me regaló El hombre que amaba los perros, escrito por Leonardo Padura, hombre cubano que a pesar de su fama yo no conocía para el momento. El libro es una magistral combinación entre el género policiaco (que ha caracterizado a la obra de Padura), la novela histórica, y la crítica política. Me aventuro a decir que el libro es perfecto para cualquiera que busque entender las complejidades que se arrastran con los sueños de cambiar el mundo. Más aún, el libro es un impresionante relato que sintetiza y presenta la subjetividad del sujeto revolucionario durante el siglo XX, así como la del objeto de la revolución. El hombre que amaba los perros es una puerta a ese mundo extraño de la revolución comunista desde los ojos y el corazón de las personas que creyeron o vivieron en el proyecto.

El libro relata la vida de tres personas remotamente conectadas por la revolución a través del tiempo y el espacio: Iván, un escritor cubano en potencia; Liev Davídovich, rebautizado por la revolución rusa como León Trotski; y Ramón Mercader, conocido también por muchos otros nombres entre los que se cuenta Jacques Mornard, o simplemente por haber sido el asesino de León Trotski. En la obra de Leonardo Padura uno de los artífices más importantes de la revolución rusa, un inspirado militante comunista español y un proyecto de escritor cubano son conectados por la utopía que marcó el trasegar político del siglo XX, una utopía que se habría pervertido desde el mismo momento de su realización, o más bien de su no realización.

Los monstruos comunistas y las pobres víctimas de la revolución, figuras distribuidas por los aparatos ideológicos del mundo capitalista para reafirmar su propia existencia y legitimidad, terminan siendo representaciones pobres y mediocres cuando se enfrentan a la profunda narración de Padura. “Los monstruos comunistas”, en este caso Trotski y su asesino, se presentan como auténticos soñadores dispuestos a dar su vida por la idea de la igualdad y la libertad entre los seres humanos. Esto no significa que estemos frente a nobles almas impolutas, pues ellas y sus contrarios son siempre el producto de ficciones sociales y políticas. Padura no está interesado en tales ficciones, y por eso presenta seres humanos complejos, llenos de certezas y de dudas, orgullos y arrepentimientos, proyectos y miedos. Trotski, fuera de revolucionario es todo un intelectual, se enfrenta constantemente a los problemas prácticos de su destierro, pero también a la autoevaluación, a la pregunta de qué fue lo que salió mal en el nacimiento de la revolución que él mismo gestó. Su actividad política y los rigores de la persecución de la que es objeto hacen de él un personaje terco y admirable, que a pesar de las desfavorables circunstancias es capaz de siempre extraer fuerzas para mantener su lucha por un mundo mejor, por un mundo donde además se reivindique su nombre. Ego y altruismo se funden en un solo personaje. Por su parte, Ramón Mercader, un valiente soldado que defendió la República española durante la guerra civil, se presenta como un hombre de fe. Su fe incuestionable lo vuelve un guerrero santo, un asesino al servicio de los más altos e inescrutables fines de la revolución. La revolución es al fin y al cabo la diosa que terminó pariendo el comunismo ateo. Ramón Mercader es el personaje más aterrador del libro, pero no por ello deviene monstruoso. Tal vez lo aterrador es el hecho de saber que todos podríamos llegar a ser un Ramón Mercader si decidimos abandonarnos a nosotros mismos en pos de lo que amamos o creemos. 

Pero si Trotsky y Mercader son todo menos monstruos, no muy distantes de lo que en el mundo occidental y capitalista se consideraría como héroe o santo, Iván, el proyecto cubano de escritor, es mucho más que una pobre víctima. La vida de Iván transcurre y adquiere sentido en el marco de una Revolución que se presenta a sus ojos como restrictiva e injusta. Sin embargo en ella conoce el amor, conoce la amistad y construye relaciones de solidaridad que difícilmente podrían encontrarse en otro lugar. Rechazando la posibilidad de huir a los Estados Unidos vivió los rigores del periodo especial, el hambre y la desesperación. Sin embargo encontró también, en medio de la debacle, la fuerza y la razón para existir. Si algo queda claro a partir de Iván, es que de las ruinas emerge la vida con formas particulares, bellas y a la misma vez trágicas.

Pero El hombre que amaba los perros no cuenta solamente una historia brillante y bellamente tratada, es también una reflexión política sobre el desencanto revolucionario. En esa medida el libro les habla a las personas que sueñan con un mundo mejor, que no se conforman con lo dado. Yo diría que el libro invita a seguir pensando y a seguir construyendo la utopía, aunque advierte magistralmente los incontables peligros que se encuentran en la dirección humana de la misma, sobre todo cuando no existen controles frente a quién detenta el poder. Entre líneas, pareciera que para Padura las ideas socialistas en torno a la igualdad como requisito indispensable de la libertad tienen sentido y son urgentes, pero se desvirtúan y devienen imposibles toda vez que los procedimientos democráticos y el control al poder unilateral de un individuo se evaporen. En palabras de Iván, “El sueño estrictamente teórico y tan atractivo de la igualdad posible se había trocado en la mayor pesadilla autoritaria de la historia, cuando se aplicó a la realidad, entendida, con razón, como el único criterio de la verdad. Marx dixit.”

Volviendo a Tsing, las ruinas y Cuba, puede decirse que El hombre que amaba a los perros es un libro en el que las ruinas del sueño socialista se presentan como un espacio donde nuevas formas de vida en común y de sociabilidad pudieron aparecer. Todo ello son cosas que pasan desapercibidas si no se mira con suficiente detalle, si no amaestramos el sesgo del mundo que habitamos. Leonardo Padura, un genio de la literatura, nos recuerda con su libro, y su experiencia vital en Cuba a la que no renuncia, que incluso en el seno del desastre hay cosas hermosas y valiosas que deben ser rescatadas.

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