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Por: PdD (c) Nicolás Liendo y PhD (c) Sergio Angel         

Marzo  2019

En un video publicado por Boaventura de Souza Santos el pasado 22 de Febrero se alerta sobre “la situación dramática de Venezuela” haciendo un llamado a la “resistencia contra la injerencia extranjera” que a su juicio está promoviendo Estados Unidos con la entrada de ayuda humanitaria al país caribeño. Sin embargo, habría que preguntarle al académico portugués si las únicas formas de intervencionismo, imperialismo y colonización son las que vienen del norte, o para ser justos podríamos también utilizar estos apelativos a lo que han hecho países como Rusia, China, Irán y Cuba dentro de Venezuela, que además de aprovecharse de sus recursos y empeñar a la Nación, han entrado a controlar, como es el caso cubano, el aparato estatal venezolano.

La relación entre Cuba y Venezuela ha estado marcada por un tinte ideológico desde sus inicios, cuando se acordó el intercambio de petróleo por servicios profesionales en medicina, deportes y educación. No obstante, más que un intercambio, en este acuerdo hubo un proyecto político en favor de las élites de los dos países: por un lado, garantizaba la sostenibilidad financiera para la isla reemplazando el enorme vacío dejado por la Unión Soviética a finales de los ochentas; y por otro lado, permitía al chavismo emergente aprovechar la experiencia histórica de los cubanos en el control social sobre las poblaciones con el fin de perpetuar su proyecto e ir más allá de los periodos presidenciales establecidos por la democracia de entonces.

Pero, esto no es todo, este intercambio no término allí y la estrategia de “control hacia adentro” se extendió en su forma de “control hacia afuera” a través de Petrocaribe, que no fue otra cosa que un acuerdo planteado bajo el esquema de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) con el que se buscaba “combatir” el Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) por su carácter colonialista e imperialista. Y aunque el proyecto de cooperación sur-sur parecía conveniente para todos los países de la región por facilitar el acceso a hidrocarburos en el marco de esquemas de intercambio al margen de la intermediación y la especulación, este acuerdo favoreció a Cuba por la cantidad de barriles de petróleo enviados a la isla (99,3 millones de barriles diarios hasta 2013) y a Venezuela por la sagaz estrategia de control geopolítico de organismos como la OEA que gracias a los votos de países pequeños pudo construir un contrapoder frente a Estados Unidos.

En otras palabras, el eufemismo de la cooperación sur-sur se tradujo en una compra de voluntades a través de la venta preferencial de petróleo, que si bien es cierto que resultaba conveniente para los países de la región por garantizar el suministro de hidrocarburos, tenía un claro horizonte y era el proyecto colonial desde debajo del régimen cubano: el carisma de Chávez servía para liderar el proyecto contra hegemónico, mientras que detrás de la estrategia estaba la Nomenklatura cubana recibiendo el suministro de petróleo y extendiendo sus tentáculos por la región a través del proyecto bolivariano. Ya no se trataba de una estrategia defensiva, sino más bien de un proyecto contra ofensivo en el que los países de la región  apelaban a su pasado común colonial y hacían frente al Imperio a través de su autodeterminación.

El proyecto hacia adentro era exitoso porque las misiones hacían sentir al ciudadano de a pie atendido por el Estado, mientras el proyecto hacia afuera tomaba cada vez más fuerza y el chavismo se convertía en un proyecto transnacional. Pero todo estaba anclado en una sola variable: El petróleo. Así que, al desplomarse los precios en el mercado internacional (pasando de un barril de 100 dólares a uno de menos de 40 dólares), Venezuela no pudo seguir soportando los costos y el apoyo a la Revolución comenzó a decaer y la identidad latinoamericana a languidecer.

Lo único que se mantuvo firme fue la relación entre Cuba y Venezuela, pero no fue por los lazos de hermandad de los pueblos, sino más bien por las oscuras motivaciones de sus líderes. Mientras que Cuba utilizaba a Venezuela como su caja fuerte, Venezuela aprovechaba la experiencia cubana para extinguir cualquier disidencia u oposición. Frente a lo primero es posible afirmar que entre 2017 y 2018 Cuba compró un equivalente de 400 millones de dólares a Rosneft, la empresa petrolera rusa, pero el pago de esta compra no lo efectuó el país caribeño sino la empresa de petróleos de Venezuela (PDVSA); y frente a lo segundo se ha comprobado que el entorno cercano a Nicolás Maduro está controlado por agentes cubanos, así como también las fuerzas armadas y los colectivos chavistas. En otras palabras, esta “cooperación” ha servido a Cuba para subsidiar su deprimida economía, mientras garantiza la sostenibilidad del modelo evitando un desplome del chavismo en Venezuela. Un acuerdo en el que el país subsidiado está en mejores condiciones que el país subsidiador.

En este sentido, retomando las palabras de Ruben Blades en respuesta a una carta de Silvio Rodríguez en la que el cantautor cubano afirmaba que “los venezolanos se han atrevido a hacer tratos comerciales con China y con Rusia, cosa que evidentemente pone muy nervioso al tiburón”, es posible afirmar que el imperialismo no solamente es gringo y por ende tenemos que abrir los ojos y pensar en los pueblos oprimidos y no en los regímenes opresores –sean de izquierda o de derecha-, pues como sostuvo el salsero panameño “Yo defino el imperialismo por sus actos, no por su nacionalidad, sede geográfica o ideología. Por eso, la figura del tiburón, a la que hace mención Silvio en su opinión y que concebí hace años, no solo es aplicable a lo que hacen los gringos (en Panamá y otros países), sino también a lo de los rusos (en Ucrania y otros países), a los chinos (en Tíbet y otros países), o a los ingleses (Islas Malvinas y otros). Los tiburones no son de izquierda o derecha, son tiburones, y eso lo saben las sardinas, de cualquier nacionalidad que sean y en cualquier océano por el que transiten”.

Así las cosas, lo que en un principio se vendió como cooperación para el progreso de los pueblos, no fue otra cosa que una forma de control y opresión para la perpetuación de un modelo y una forma de gobierno. El chavismo nunca tuvo vocación democrática y el populismo del comienzo fue solo una estrategia de fidelización apoyada por el castrismo. Pero, más lamentable que la instrumentalización de la Revolución Bolivariana por los líderes históricos de la Revolución Cubana, es la defensa acrítica de la intelectualidad progresista de un régimen opresor y autocrático de “izquierda” y el desconocimiento del valor y la legitimidad de la movilización popular en contra de este régimen.

Ya es hora de que Cuba saque sus manos de Venezuela #HandsOffVenezuela y que los latinoamericanos entendamos que los gobiernos por autoproclamarse de izquierda no dejan de ser corruptos y actuar en contra de la voluntad popular. Esa autodeterminación y ese anticolonialismo también deben servirnos para no empeñarnos en defender un régimen moribundo que está atentando contra su propia población. No puede ser que hoy movimientos sociales, intelectuales y activistas, prefieran ponerse del lado del dictador (por ser de izquierda), que del lado de los oprimidos, de los enfermos que mueren a diario, los estudiantes vapuleados, los profesores hambrientos y los indígenas exterminados. Que ese “antiimperialismo yanqui” no nos haga situarnos del lado incorrecto de la historia.

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

SEMILLERO DE ESTUDIOS SOBRE CUBA

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