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Por: PhD (c) Juan Carlos Mosquera         

Marzo 2019

El debate sobre si la Revolución Cubana continúa, o no, es fácil de dirimir. La utopía propuesta por Fidel Castro, como todas, es inalcanzable; pero el camino hacia ella sí que es real, tangible, en tanto que programable y susceptible de ser impuesto. Continúa porque la Revolución es en sí misma un fin, es el medio para llegar a un objetivo y eso la hace incluso, paradójicamente, más importante que el telos que persigue. El camino, el medio, es la vivencia de la promesa inalcanzable. Como en la utopía del fascismo, el camino se eterniza y las herramientas, el culto a la acción, se convierte en lo más importante, aunque envuelto en una teorización vacua del mundo perfecto. Una de las herramientas que ha escogido la Revolución como camino hacia el paraíso es la militarización de la sociedad, un recurso fascista para normalizar al cuerpo social; se refleja en el matrimonio instituciones sociales y asociaciones estudiantiles dependientes del partido, amén de las milicias. El régimen cubano logró implantar el modelo de milicias, Territoriales y Nacionales Revolucionarias, en Venezuela; un cuerpo que cuenta con cientos de miles de civiles armados con fusiles AK-47, el orgullo ruso. Es el más reciente acto de exportación de su militarismo, una actividad que comenzó muy temprano con las incursiones guerrilleras a Venezuela y a Bolivia; y el despliegue de cientos de miles de cubanos en África y en el Medio Oriente. Pero ese militarismo no es lo único que ha exportado Cuba desde la década de 1960 hasta hoy..

 

Otro recurso fascista es la propaganda. Esta es indispensable para dar contenido a este camino hacia la utopía. Primero, para mitificar al líder: las figuras de Fidel Castro y de Ernesto, el Che, Guevara sirvieron de íconos cohesionadores de la población; sujetos modestos e intachables sobre cuyos hombros descansaba la misión histórica de guiar a los hombres en la gesta justa, épica, gloriosa... y más. Luego, la propaganda configura al enemigo externo o interno para lograr cohesión; pretende que desaparezca el individuo y se amalgame en el grupo, en la clase proletaria, lo que es claramente una concepción socio-política pre-moderna; irónicamente más propia de la concepción que tenía de sí el hombre del “Antiguo Régimen” que aquella que descansa sobre los Derechos Individuales “burgueses”. La propaganda fascista, que no es argumentativa porque no busca convencer, sino “actuar sobre los mecanismos inconscientes de las personas” (Adorno 2003, 10), se vale del discurso demagógico para construir, primero, una imagen maniquea del enemigo y destrozarla, después; “no utiliza una lógica discursiva, sino más bien, especialmente en las exhibiciones oratorias, lo que se podría llamar una trayectoria de ideas organizada.” (Adorno 2003, 14).

 

Como toda tendencia fascista, la Revolución Cubana tiene pretensiones universales, su construcción “teórica” no tiene límites ni al interior del individuo ni allende las fronteras, es totalitaria. Como toda producción ideológica totalitaria, no transige con el mundo que la rodea; es capaz de negociar de una manera instrumentalista si de sobrevivir se trata, pero está dispuesta a sacrificarlo todo con tal de hacerlo… incluso la vida de la población. Así, la Revolución demanda el último sacrificio, el martirio por la causa disfrazado de altruismo; un rasgo de la personalidad, autoritaria en su fase masoquista, según Erich Fromm, un componente sicológico del nazismo (E. Fromm 2011, 238). Para eso sirve fundir al individuo en la masa, en el grupo, en la raza, en la clase. La herencia política Cubana a la izquierda latinoamericana es la simplificación del mundo que despliega la mayor parte de sus seguidores en la región. Aunque lejos en el tiempo, aunque otra generación, los apologistas de la Revolución conciben las relaciones sociales como una lucha entre buenos y malos, sin cortapisas. Esa es una concepción gregaria que desvanece al individuo y por tanto niega sus derechos, la vida por ejemplo, en pro de la causa. Esa cosmovisión revolucionaria se constituye, así, en una incapacidad para leer el contexto. La incapacidad para aceptar,  tan solo escuchar, argumentaciones que hacen temblar el aparato teórico revolucionario los acerca al nivel de los “terraplanistas”.

 

Sí el fascismo no es una forma de hacer política exclusiva de derechas, el régimen cubano es un régimen fascista. El régimen cubano no solo ha exportado azúcar; ha exportado su militarismo, su discurso polarizante y su concepción gregaria y absoluta del mundo… ha exportado su fascismo y Venezuela es la prueba fehaciente; un éxito de su política de exportación porque el caso comporta todas las características relacionadas en estos párrafos. Se tienen: la preeminencia del camino hacia el objetivo sobre el objetivo mismo; la militarización de la sociedad en forma de “alianza cívico-militar” que incluye la politización partidista de las armas del Estado, milicias y colectivos; propaganda omnipresente que llega hasta el extremo del líder excepcional que todo lo ve aún más allá de la muerte en la figura del “Comandante Eterno”; la dilución del individuo en “el pueblo” “soberano” y “digno”, “descendiente de libertadores”; un discurso absoluto y polarizante que se re-exporta; la disposición instrumentalista para negociar y sobrevivir a cualquier costo con actores políticos internacionales, incluyendo los hostiles; y, por último, la peor: la demanda al sacrificio de la población.

 

La grave advertencia que genera un régimen fascista como el cubano de naturaleza pétrea que contaminó a un actor político de la relevancia venezolana es que, tratándose de un conflicto bélico, no va a ceder, sin importar las consecuencias. Sería el gran ganador de tal evento cualquiera que fuese el resultado. Si el régimen de Venezuela resultara vencido ante esa eventualidad, que no se esperaría otro resultado, favorecería el mito de lo que habría logrado la Revolución Bolivariana, extensión de la cubana, si el “imperialismo” lo hubiera permitido; la concreción de “la esperanza de los oprimidos” echada al traste por el sempiterno intervencionismo estadounidense. Ya una vez, Fidel Castro aupó un conflicto de dimensiones atómicas sin importar el resultado. Hoy, que no ha habido un cambio generacional real en la dirección de la isla, la perspectiva de una confrontación militar en Venezuela no tendría por qué desvelar el sueño de los históricos del partido.

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