Por: Stephany Castro      

Diciembre 2018

‘Yo se de un pesar profundo

entre las penas sin nombre,

la esclavitud de los hombres

es la gran pena del mundo’

En la década del 70 el mundo estaba dividido a causa de las tensiones de la Guerra Fría, y Cuba en América, representaba el bastión de la Unión Sovietica en la vecindad estadounidense. Fidel había cimentado un régimen autoritario en la isla gracias al apoyo de la URSS, y ejercía fuerte influencia política, también, en el norte y centro de África como parte de la estrategia comunista. Las sociedades de estos países con dictaduras afines al modelo soviético sufrían crisis socioeconómicas por cuenta de las represiones de sus propios gobiernos y las sanciones impuestas por Estados Unidos y sus aliados. Condenados a la pobreza, el folclore y la cultura les sirvieron para canalizar los ánimos en contra de las restricciones y en favor de la libertad.

Entre las tantas expresiones culturales que surgieron como una voz de libertad, la música logró materializar los sentimientos del cubano oprimido, primero, por la colonización española, luego por la dominación estadounidense, y, en su historia contemporánea, por cuenta de las restricciones de las dictaduras que atravesó -la última arraigada al comunismo soviético-. Entre las canciones que sirvieron para comunicar dicho sentir, Guantanamera se convirtió en el himno de ese sentimiento de libertad. El son cuenta la historia de un guajiro moribundo que, aunque se va con la nostalgia de ver una ‘Cuba soberana’, ‘cardo ni ortiga cultiva, sino que cultiva una rosa blanca’. A pesar de que se desconoce el origen de la canción, fue utilizada desde tiempos de José Martí como una voz de protesta en contra de la colonización.

Múltiples voces han interpretado la canción alrededor del mundo, porque además de ser un clásico cubano, representa para los expatriados y exiliados de gobiernos represivos, el sueño latente de un pueblo por la libertad. Zaire (ahora República Democrática del Congo), por ejemplo, que había atravesado diversas revoluciones y dictaduras desde la década del 50, padecían desde 1965 la mano de hierro del gobierno de Motubu Sese Soku, quien se había autoproclamado “padre de la nación”. Su dictadura y la de Fidel estuvieron fundamentadas en pilares parecidos: el nacionalismo, que para Cuba se tradujo en un antiimperialismo estadounidense exacerbado, la revolución, y la autenticidad. Como los cubanos, el pueblo zaireño bajo su dominio sufría la escasez, altos niveles de inflación, abuso de poder y exclusión política. Además, la represión gubernamental que les vino con la Constitución de 1974, significó la agrupación de amplios poderes en cabeza de Motubu, quien, como Fidel con la Constitución de 1976, pudo utilizar la fuerza para proteger la Revolución.

Ni en Zaire ni en Cuba una contrarrevolución fue posible, y las voces que se alzaron en contra de los autoritarios fueron exiliadas o neutralizadas. Así, el folclore y la cultura fueron refugios para esos ánimos que buscaban sobrevivir y no dejar de condenar los abusos a su pueblo. Entonces, en 1974, gracias a un concierto que buscaba promover la solidaridad racial y cultural, en el contexto de la gran pelea de boxeo entre Muhammed Alí y George Foreman en Zaire, esas voces reprimidas contra las dictaduras y el autoritarismo pudieron unirse y tomar forma en el canto de Celia Cruz, otra artista que, como muchos otros, fue exiliada de Cuba por el castrismo.

Al concierto invitaron a La Fania All Star, un grupo musical conformado por varios artistas puertorriqueños, estadounidenses y cubanos expatriados, como Alfredo de la Fe, “Pupi” Lagarreta y Celia Cruz, unidos por la salsa y la música latina. El show lo abrió Celia quien, a pesar de las barreras idiomáticas, puso a cantar a los casi ochenta mil espectadores, dedicándole especialmente a África el son de la liberté: Guantamera. Su voz, alrededor del mundo y especialmente en Zaire, cantaba la nostalgia de una patria libre de abusos de poder y dictaduras, como con la que los africanos también soñaban para sí.

Entre aplausos y ovaciones la Guarachera de Cuba le cantó al pueblo africano desde el sufrimiento del exilio, al cual había sido condenada (sin saberlo) en 1960 cuando salió de la isla con la Sonora Matancera a un concierto en México. Rogelio Martínez, el director, era el único que sabía que de ese viaje no iban a volver. Aunque el gobierno de Fidel le tenía permitido a los artistas salir del país solo con contrato y fecha de regreso, el 15 de julio la banda llegó a México para una presentación y corta estancia, y después volaron para un show en New York. Esto fue visto por Castro como simpatizar y tomar partido en favor del imperialismo estadounidense, ocasionando el exilio de la banda e, incluso, la prohibición (implícita) de la música de Celia en Cuba.

Ella representaba la represión del castrismo a cualquier expresión de libertad que, desde su postura, “atentara” contra la Revolución; pues “en la Revolución todo, contra la Revolución nada”. Bajo esa premisa, el gobierno fidelista exilió, e incluso encarceló, a cantantes, poetas, escritores y artistas en general que criticaron o denunciaron su dictadura. Acogiendo y apoyando,

por otro lado, géneros como La Nueva Trova, que estuvieron del lado de su revolución y le comunicaron al pueblo la idea del “hombre nuevo” que necesitaba el régimen para sobrevivir. Así, con representantes como Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, Cuba hizo eco del folclore, impuesto para sí por el castrismo, en otros países con contextos parecidos, como Bolivia.

Sin embargo, por la propia condición de encierro de la isla por cuenta del comunismo y su oposición ideológica con el resto del continente, el canto de los expatriados, como Celia Cruz, y canciones como Guantanamera, retumbaron (más) internacionalmente. Como sucedió en la primera Cumbre de las Americas celebrada en Miami, 20 años después de Zaire 74’. Allí, en la clausura del evento, Celia Cruz les cantó a los presidentes del continente, y a pesar de tener prohibido expresar algún mensaje político, cerró pidiéndoles que “no ayuden más a Fidel Castro, para que se vaya y me deje una Cuba libre del comunismo”.

Aunque Celia murió sin que la petición se materializara, su voz y Guantanamera sirvieron de herramienta diplomática para iniciativas modernas como PlayingForChange, una ONG que, en 2014, unió cerca de 75 artistas cubanos alrededor del mundo para interpretar el son y comunicar las condiciones de la isla.

Así, Zaire 74, la Cumbre de Las Americas de 1994, Celia, “Pupi”, Alfredito y Guantamera -con todas sus versiones- se convirtieron en símbolos de relaciones diplomáticas entre los pueblos oprimidos. Porque más allá de ser puente entre los gobiernos, la diplomacia musical fue el canal de comunicación entre los artistas silenciados por regímenes autoritarios y la sociedad civil condenada a las represiones de sus propios gobiernos.

Vistas

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

SEMILLERO DE ESTUDIOS SOBRE CUBA

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