Delacroix en Sierra Maestra: reflexiones sobre la Revolución Cubana.

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Por: Pablo Alberto Bulcourf  

Enero 2019

Las revoluciones arrastran fantasmas, generan mitos y sobretodo otorgan sentido a generaciones posteriores que reinterpretan hechos e ideas para continuar construyendo ese destino de grandeza al que la Humanidad está inexorablemente orientada. Modernidad mediante hemos llamado a eso progreso, y como bien ha señalado Octavio Paz, en su nombre hemos hecho fuego.


La Revolución Cubana cumple un nuevo aniversario que nos lleva a reflexionar sobre sus supuestos logros y fracasos, posiblemente desprovistos de esa épica revolucionaria de los primeros tiempos deconstruida por una Posmodernidad corrosiva e ingrata. ¿Cómo poder pensar un proceso histórico extremadamente complejo sin caer en anacronismos? O en contrapartida, ¿cómo pensarla sin darnos cuenta que toda interpretación está situada y no escapa a las consecuencias inesperadas que se dieron lugar con posterioridad?


Los colores parecen reflejar hoy las grietas por las que atraviesan las sociedades. Los grandes conflictos que dieron lugar a extensos clivajes parecen más bien tensiones de sociedades tan fragmentadas como pedazos de un espejo roto. A los chalecos amarillos le sucedieron los pañuelos rojos en Francia; a los de color verde partidarios del aborto en la Argentina, los celestes de sus contrarios. La Revolución Cubana generó eso casi desde sus comienzos, y a pesar de la caída del bloque soviético, gran parte de la intelectualidad latinoamericana sigue sintiendo a la revolución como el comienzo de un socialismo pronto a establecerse en toda la región. Otros ven a un deteriorado régimen totalitario donde parte de su población ha vuelto a prostituirse por un jabón de tocador. ¿Cómo echar luz entonces sobre uno de los fenómenos políticos más importantes de la segunda mitad del siglo XX?


Posiblemente debamos comprender que se trata de un fenómeno de varias aristas, las cuales se fueron reescribiendo a lo largo de estas décadas. En un principio no debemos aislarlo del propio proceso de la independencia cubana de España, y posteriormente a la injerencia norteamericana en la isla, lo que generó un fuerte sentimiento antiimperialista. Por otro lado, la aparición de variados movimientos y partidos socialistas que trataron de interpretar y reproducir la Revolución de Octubre, faro que marcaba el camino hacia un nuevo orden social. Las atrocidades y la corrupción de la dictadura de Fulgencio Batista fue el gran catalizador del período desde julio de 1953 hasta noviembre de 1959. Así se gestó un proceso revolucionario que terminó acorralado en la nueva divisoria de la política internacional con la Guerra Fría; la Crisis de los Misiles de octubre de 1962
señaló el punto más caliente de este enfrentamiento, teniendo a isla como principal escenario.


Cuba logró enormes transformaciones sociales que prácticamente nadie ha negado; un modelo fuertemente igualitario que se expresó en la desaparición del analfabetismo y el total acceso de la población a la educación y a la salud con elevados estándares de calidad. Por el otro un régimen político sin libertad de expresión ni de circulación, con un estricto
control estatal de la prensa y los medios de comunicación. Cara y seca de una realidad que se vive, se elogia y se sufre a diario.


Caída la URSS, y a pesar del bloqueo económico de los EE.UU. a partir de 1960, el régimen ha sabido mantenerse en el poder con la férrea burocracia del partido y el apoyo de los militares y los servicios de inteligencia, sin negar la legitimidad que ha sabido mantener en parte de la población mediante el liderazgo carismático del ya fallecido Fidel Castro. Evidentemente no hay explicaciones sencillas sobre Cuba, ni tampoco sobre la actitud de gran parte de la supuesta intelectualidad de la izquierda progresista en la región que sigue justificando décadas de falta de libertad con el supuesto “si, pero…” que magistralmente ha analizado Claudia Hilb en su libro Silencio, Cuba.

 

Las revoluciones tienen su expresión icónica; Francia se vio reflejada en La libertad guiando al pueblo, en la que Delacroix logró sintetizar la épica revolucionaria en la estética de un cuadro. La Revolución Cubana tuvo su parte en el Guerrillero Heroico fotografía de Alberto Díaz en donde el Che Guevara miraba ese horizonte llamando a la revolución constante. No nos olvidemos que de ahí pasamos a la gráfica de Jim Fitzpatrick y a la obra de Gerard Malanga, que bien supo aprovechar Andy Warhol transformando la revolución en un artefacto del pop art que le dio muchos dividendos. Esperemos que en un futuro próximo llegue la democracia a Cuba sin perder algunos de sus logros revolucionarios.

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