FORO CUBANO Vol 4, No. 28 – TEMA: ANÉCDOTAS II–

De prismas, Cuba y discusiones democráticas

Por: Juan Carlos Rico Noguera[1]

Enero 2021

Vistas

El autor aborda la idea disputada que se tiene de Cuba bajo sus propias percepciones, asimismo alude al hecho de que el caso cubano representa un nodo simbólico en la discusión latinoamericana, finalmente invita a pensar Cuba con un carácter crítico teniendo en cuenta su carácter prismático.

El Profesor Sergio Angel Baquero decidió invitarme a escribir algunas ideas sobre Cuba, sobre lo que esa isla ha significado para mí. Su invitación no es descabellada porque no hay un solo intelectual o proyecto de intelectual en América Latina que no haya considerado lo que esa isla significa desde el año 1959. Para las personas que decidan aproximarse a este artículo tengo dos advertencias. La primera es que no soy un experto en Cuba. Mis inquisiciones académicas recientes están relacionadas con el estudio de la memoria colectiva en América Latina, especialmente en Colombia. Es en este punto donde llega mi segunda advertencia: a pesar de no ser un gran conocedor de Cuba, tengo un par de cosas por decir, porque discutir la idea de Cuba no es solo discutir sobre Cuba.

Discutir sobre la isla de la revolución es discutir sobre un nodo simbólico de primer orden dentro de los procesos políticos de América. Discutir sobre Cuba es debatir sobre utopías y sobre sueños quebrantados. También sobre el peligro de los sueños que no se someten a controles o formas de rendición de cuentas (más de esto en James Scott). Finalmente, y en esto me enfocaré al final, conversar sobre Cuba es también discutir sobre la forma en que la memoria se produce y reproduce a través de mecanismos arbitrarios de selección y edición que están profundamente articulados con intereses y afectos concretos de gentes concretas.

Este breve escrito repasará mi relación con la idea disputada de Cuba, pues es evidente que en América Latina existen múltiples formas, muchas veces contradictorias, de entender los procesos políticos y sociales de la isla. Luego, cerraré con algunas ideas sobre cómo creo que debe asumirse el problema de discutir sobre la idea de Cuba tomando como referencia los aprendizajes que he obtenido al explorar las aguas turbulentas de la memoria. Tal como me comentó Alejandro Castillejo en una conversación que tuvimos, la verdad, en este caso la verdad sobre Cuba, nunca es independiente del contexto que le da forma. Me parece que tener en cuenta ese principio es fundamental cuando reflexionamos sobre símbolos tan polarizantes como resulta ser Cuba en América.

 

Mi idea de cuba

Creo que la primera vez que oí a hablar de Cuba fue de boca de mi madre. Por alguna razón que ya no recuerdo, estábamos hablando de los Estados Unidos y su aparente invencibilidad en términos militares. Yo no tenía muchas simpatías por ese país a pesar de las horas interminables de películas pro-gringas que la televisión nacional pasaba todo el tiempo. Adicionalmente, para mi pesar, estaba convencido de que nadie podía detener esa maquinaria de guerra. Mi madre me dijo que eso no era verdad, que Estados Unidos también podía perder. De acuerdo con ella, Cuba había sacado a los gringos de sus playas literalmente a escobazos. Cuba, a diferencia de Colombia, fue para mí la representación de la dignidad, y fue también autonomía, algo que siempre añoré y escasas veces encontré en la historia política de mi país (Colombia).

Posteriormente, empecé a oír de Cuba en los salones de clase, cuando se introducían los conceptos de capitalismo, socialismo y hasta imperialismo. Cuba se volvió un romance protagonizado por hombres barbados dispuestos a los más grandes sacrificios por alcanzar la justicia que desde siempre se había negado a las grandes mayorías de las que yo siempre me he sentido parte. Cuba se volvió para mí una fuente de roles a emular por su heroísmo, valentía y entrega. Fueron varios los años en los que empecé a buscar una conexión con la cultura y el proceso político único de esos isleños tercos que muy a pesar de tener a pocos kilómetros de sus costas al más grande y aterrador enemigo de las alternativas al capitalismo, persistían en la revolución.

Mi exploración de la política cubana, nunca demasiado profunda, me empezó a mostrar algunas cosas que no esperaba encontrar y otras que continúan siendo tan alucinantes y descabelladas como las ideas que terminaron en el ataque al Congreso de los Estados Unidos el pasado seis de enero. Empecemos por las cosas que no esperaba encontrar.

 

 Recuerdo que en la Feria del Libro del año 2009 en Bogotá asistí a una pequeña conferencia conmemorativa de los primeros cincuenta años de la Revolución Cubana. Había varios panelistas, pero solo recuerdo al embajador de Cuba en Colombia. Su intervención pintó la Cuba que yo imaginaba: digna, autónoma, valiente y persistente. Mi estado de éxtasis era solo comparable al de cualquier otro ser humano cuando escucha lo que quiere escuchar, cuando confirma sus propias creencias. Pero ese estado no duró mucho.

Algunos miembros del público no dudaron en denunciar lo que para ellos era una visión propagandística de la isla. Para esos individuos, la isla estaba sumida en la miseria, las mujeres estaban dispuestas a intercambiar jeans por sexo, y buena parte de la población estaría buscando alguna forma para salir de ese “paraíso socialista”. Esas descripciones me aterrizaron un poco porque las sentí sinceras, más allá de que hubieran podido ser exageradas en instancias que desconozco. Empecé a pensar que, en el mejor de los casos, Cuba estaría reproduciendo muchos de los problemas sociales y las injusticias que se pueden observar en las democracias capitalistas latinoamericanas. En el peor, las cosas serían más dramáticas, pues más allá de las carencias materiales, algo indiscutible en Cuba es la ausencia de una democracia formal.    

Como dije antes, también he encontrado cosas descabelladas en mi exploración superficial sobre el significado de Cuba. Para mí, dichas cosas son dignas de mención de honor en el ahora atestado universo de la teoría conspirativa. De Cuba se dice que es un poderoso “nodo del mal” que desestabiliza América Latina junto a otros “poderes regionales” como Venezuela o Nicaragua.  No seré yo quien en esta ocasión se dedique a mostrar los problemas y las pobrezas intelectuales del maniqueísmo, o de esta costumbre de lanzar afirmaciones sin ningún respeto por la evidencia disponible. Pero justo como Aníbal Pérez Liñán señala en una interesante entrevista que se publicó en esta revista, creo que no hay buenas razones para creer en tales “teorías”. A pesar de mis opiniones en contra de la conspiranoia, el mito de “la Cuba imperialista” circula con fuerza y pretensión de verdad en el continente americano, empobreciendo los debates políticos y castrando de mala gana las imaginaciones que el experimento cubano con sus múltiples facetas, para bien o para mal, ayudó a materializar a punta de romance o un par de éxitos sociales. Por otro lado, la conspiranoia que rodea la idea de Cuba ha servido como fertilizante para los populismos de derecha en todo el continente, incluyendo a Colombia. Para muestra, un botón. La famosa idea del “castrochavismo” terminó fracturando, quizás de manera irreparable, uno de los procesos de paz más respetados en el mundo. De repente, lo que era un acuerdo de paz sofisticado entre dos partes beligerantes en Colombia devino en una estrategia continental de revolución “castrochavista” de acuerdo con quienes, con mentiras, fuerza, y sobre todo éxito, se opusieron a él.   

 

¿Una Cuba Prismática?

No he dicho nada nuevo al sugerir que la idea de Cuba es disputada, y tampoco al sugerir que es un nodo simbólico de primer orden dentro de la discusión política americana. Quienes aprecian las formas liberales con sus lunares y costosas contradicciones, tanto en vertientes conservadoras como ligeramente progresistas, recuerdan una Cuba donde efectivamente se violan derechos humanos, donde el disenso no es una opción, y donde el Mar Caribe se atesta de balsas improvisadas. Quienes son críticos de las contradicciones liberales, desde las orillas nacionalistas a las progresistas de izquierda, prefieren recordar el único lugar de América Latina y el Caribe que logró oponerse a las facetas más imperiales de los Estados Unidos. También recuerdan los experimentos sociales y económicos que las élites revolucionarias efectivamente pusieron en marcha para superar las profundas injusticias sociales con las que la mayor parte de los estados liberales latinoamericanos conviven. Para mí, limitarse a tomar partido por una de las dos vertientes es un ejercicio insuficiente, estéril, y antes que nada hipócrita. La primera opción nos puede llevar a aceptar que las contradicciones inhumanas que el liberalismo reproduce en su interior son un mal necesario. La segunda opción es abiertamente negacionista.

Michael-Rolph Trouillot, un brillante antropólogo haitiano, solía sugerir con toda razón que la escritura de la historia, y por lo tanto la definición de “las verdades de los pueblos”, era una instancia más de los procesos sociales donde los silencios y las menciones son testimonio vivo de las relaciones de poder. En esa medida, tratar de definir a Cuba es intervenir directamente en un proceso social, político, cultural y económico complejo y no terminado. Mi llamado aquí es a reconocer esa parte creadora del ejercicio de pensar la isla, y asumir ese ejercicio de manera crítica. Pensar críticamente un objeto abstracto y a la vez tan concreto como Cuba, implica reconocer su naturaleza prismática. Para eso yo propondría un acercamiento de dos pasos.   

El primer paso sería el de la definición de los actores desde donde se está definiendo a Cuba y el tiempo que habitan, abandonando la idea de que hay un punto cero desde donde la isla y su proceso social y político pueden encontrar una definición incontrovertible. Creo que ya es conocimiento popular esta intuición de que la posición que ocupamos a la hora de observar importa, más allá de que se puedan encontrar puntos donde la controversia no cabe. En la literatura sobre las memorias colectivas lo que acabo de mencionar es bastante claro. Recomiendo el trabajo de Steve Stern sobre la dictadura chilena para acercarse a la exploración de cómo las posiciones sociales y los afectos de sujetos concretos construyen representaciones tan contradictorias como comprensibles sobre una misma experiencia. También recomiendo mucha atención al trabajo de la Comisión de la Verdad en Colombia, que ha producido ya bastante y publicará un informe general en noviembre. El segundo paso es el de la discusión democrática entre las distintas posiciones que tratan de definir una idea de Cuba. La conversación democrática implica abandonar la noción ingenua de que hay discusiones históricas, políticas o éticas que se pueden superar sin reconocer los afectos y los valores del otro o de la otra.

Definir con autoridad una idea de Cuba exige el reconocimiento de la refracción que produce su naturaleza prismática, pero no para que todos los participantes en la discusión puedan sentirse satisfechos al final por reivindicar su propia visión del mundo, o en este caso de la isla. Tal reconocimiento es necesario para una descripción honesta de un proceso complejo, evitando las simplificaciones estereotípicas y transformando en alguna medida la conciencia de quienes discuten. Adicionalmente, ese reconocimiento es necesario para la producción de una alternativa social y política que no se vea abocada ni a la conservación de lo infame, ni a la emulación de las formas liberales dominantes en América Latina. Ya sabemos que ellas producen realidades tan dramáticas como las que podemos ver con los lados oscuros de la revolución cubana.

*Agradezco profundamente los comentarios de tres inteligencias tan brillantes como holísticas. Adriana del Pilar Lasso, María Alejandra García y Sebastián Rodríguez Luna hicieron cuanto estuvo a su alcance para remediar los problemas de este breve ensayo.

[1] Fellow del Cultural Heritage Informatics Initiative de Michigan State University. Miembro activo de la organización transnacional de la sociedad civil Rodeemos el Diálogo. Estudiante del Doctorado en Antropología de Michigan State University. Magíster en estudios Culturales de la Universidad de los Andes. Profesional en Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda. Correo: riconogu@msu.edujuan.rico@rodeemoseldialogo.org  

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