FORO CUBANO Vol 5, No. 41 – TEMA: LA DEFENSA DE LOS DERECHOS HUMANOS EN UNA DICTADURA–

Viaje a un país sin futuro

Por: Camila Acosta

Febrero 2022

Vistas

En el artículo la periodista independiente Camila Acosta cuenta su desgarrador testimonio, resaltando en carne propia el miedo que viven las personas que son víctimas de detenciones arbitrarias en medio de la lucha por los Derechos Humanos en Cuba

Después de pasar una noche en el calabozo, comencé a prepararme para lo peor. Había sido detenida en la vía pública por tres oficiales uniformados de la policía con quienes apenas medié palabra, siempre sucede igual: paran el auto patrullero, se bajan rápidamente y me empujan dentro, una operación relámpago, un secuestro, y directo al calabozo. Apenas unas horas antes, el 11 de julio (11J) de 2021, había ocurrido la mayor protesta pública antigubernamental desarrollada en Cuba en más de sesenta años de dictadura. Mi delito, según me dijo el oficial de Seguridad del Estado que se identificó como Ernesto, era “desorden público”, simplemente por haber reportado las protestas.

Durante los cuatro días que estuve detenida, agentes de la Seguridad del Estado cubana me interrogaban dos veces al día, más de una hora y media cada sesión; mi acusación era por un supuesto delito común, pero los interrogatorios eran sobre mi trabajo como periodista independiente: para quién trabajaba, cuánto o cómo cobraba, o sobre qué escribía. Y es que el periodismo independiente en Cuba, o sea, ese que se realiza fuera de los controles oficiales, no es reconocido en el país y, aunque hasta el momento las leyes cubanas no lo penalizan, constantemente usan contra nosotros delitos comunes fabricados para llevarnos a prisión, las campañas de linchamiento mediático son otros de los patrones, para el régimen cubano es fundamental el desprestigio y aislamiento social, mostrarnos como simples “asalariados del imperio”.

El resto del día lo pasaba encerrada en la celda junto a otras cinco detenidas, la mayoría igualmente tras las protestas del 11J. La celda era semioscura, ahí, favorecidos por el intenso calor y la pésima higiene, pululaban mosquitos y cucarachas, entre otros insectos; andábamos semidesnudas para refrescarnos del calor, y no veíamos la luz del sol, sabíamos si era de día o de noche por una rendija que tenía una puerta del pasillo.

En esas condiciones, encontré una forma de continuar haciendo periodismo. Escuchaba a cada una de las compañeras de celda y grababa sus nombres, historias, preocupaciones y anhelos. Una señora y sus dos hijas, una de ellas menor de edad, exhibían moretones en el cuerpo producto de la paliza recibida por la policía en el momento del arresto. Aún recuerdo los rostros aterrados de cada una de ellas, me daban fuerzas, debía al menos serlo también por ellas, conocía ese estado de indefensión y abandono; en ese momento supe que por ellas estaba allí, que sus relatos, en medio de un estado represivo y confuso, serían importantes para comprender lo sucedido en el país en esos días.

A ninguna nos habían dado siquiera derecho a una llamada, y es que las leyes cubanas permiten incluso esto: pueden interrogarnos y mantenernos incomunicados durante siete días sin siquiera presencia de un abogado.

Me había preparado para lo peor, y lo peor era compartir la suerte de esas mujeres: ir a prisión, enjuiciada por un falso delito común con trasfondo político. Por eso cuando, a los cuatro días de la detención, la Seguridad del Estado me notificó que sería liberada, me negaba a aceptarlo, mi mente y mi cuerpo ya se habían adaptado a la idea contraria. Y es que, en esas condiciones, la fuerza interior proviene de siempre estar preparada para las aciagas circunstancias.

Desde entonces, hace más de 8 meses, vivo presa dentro de mi propia casa, la mitad de ese tiempo incluso con patrullas policiales y oficiales de la policía política custodiándome, cerciorándose de que cumpla cabalmente la medida cautelar de reclusión domiciliaria impuesta; y a la espera de un supuesto juicio en el que podría ser sancionada entre tres meses y un año de privación de libertad.

En esos cuatro días no me golpearon, pero preservo las huellas de las torturas sicológicas y la vergüenza de haber tenido mejor suerte que esas mujeres abandonadas en aquel moribundo rincón. Salgo a la calle y pienso que en cualquier momento vendrán por mí. Desde hace casi tres años vivo así, con la zozobra constante de ser un blanco de los órganos represivos cubanos. Sabía que mi trabajo podría crearme este tipo de problemas, pero siempre se ve como algo lejano, hay que vivirlo para conocerlo realmente. Detenciones arbitrarias, interrogatorios, amenazas a familiares y amigos, multas, falsas acusaciones, confiscaciones de equipos de trabajo, reclusiones domiciliarias y desalojos, son algunos de los patrones represivos. Me han convertido en una paria dentro de mi propio país. Con el tiempo, amigos y familiares dejan de visitarte, incluso de llamarte, todos temen verse involucrados aunque sea indirectamente. El control social y el miedo han sido uno de los mayores logros de este sistema.

Cuando decidí trabajar como periodista independiente mi objetivo era ese: informar; pero cada acción represiva, cada violación de los Derechos Humanos cometida por la Seguridad del Estado, te va conduciendo a ser también un activista, a ser -aunque no lo queramos- un protagonista de nuestras propias historias.

En medio de todo eso, la primera opción de la mayoría es huir, huir hacia cualquier destino, siempre y cuando sea lejos de las zarpas del régimen. Millones de cubanos han huido de la dictadura, y es probable que, después del 11J, las cifras hayan aumentado de manera alarmante. Emigran jóvenes fundamentalmente, profesionales y obreros, la fuerza y el futuro de un país. Precisamente en eso ha logrado convertir el castrismo a Cuba: en un país sin futuro.

Pero yo me niego a huir, me niego a rendirme, a abandonar a los que quedan detrás y nos ven -a la prensa independiente- como un cauce también de ese cambio político que cada vez se hace más urgente. Madres, esposas, hijos desesperados cada vez más recurren a nosotros para denunciar sus casos, la mayoría en la angustia de tener a sus hijos, esposos, y hermanos condenados hasta 20 años de prisión por salir ese 11J a las calles a reclamar libertades ciudadanas. Por ellos no me exilio, porque ellos no tienen ni siquiera la opción de huir, porque ellos ya viven en las peores circunstancias y sin alternativas, sin futuro y pisoteados por quienes imponen su implacable poder en el país.