FORO CUBANO Vol 5, No. 42 – TEMA: MEMORIA Y OLVIDO EN LA CUBA ACTUAL–

Un escape al Turquino y la memoria del amor abriendo atajos

Vistas

Por: Demis Menéndez 

Marzo 2022

En este artículo el autor presenta sus memorias en la casa de creación artística cubana La Madriguera, destacando su experiencia en una campaña en colaboración con la Unión de Jóvenes Comunistas

Palabras, palabras que son un ejercicio de memoria. Encuentro que llama a la memoria para recordar que fuimos, que seguimos siendo, y que lo somos donde se espera que no podamos serlo.


Era La Madriguera; sede de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), pero también casa de creación artística, de invención de una forma de encontrarnos, espacio conquistado, o eso creíamos. Ahí nos encontramos, son ellos y ellas lo que sigue conmigo, pero para contar, para que no sirva sólo a nosotros, hay que pasar por encima de los nombres y contar de manera que pudiéramos también haber sido otros, habiendo sido quienes fuimos. En La Madriguera, las cosas las hacíamos por amor. A pesar de que, obviamente, la calidad artística, la ética, el respeto y la solidaridad tuvieron papeles fundamentales, era el amor lo que cargaba todas las fuentes y nuestras fuerzas. Fue el amor el que nos sostuvo durante varios años mientras intentamos ser parte de un sistema de instituciones que se preocupaba por el control mientras nosotros nos preocupábamos por la libertad y la creación.

 

Después de tanto tiempo (poco más de una década), la memoria se torna un amasijo de recuerdos deformados por el afecto o por el olvido pero, de aquellos intensos años, más que escenas tengo el recuerdo de la estirpe y de la esencia de los que por allá nos cruzamos espiritualmente, para siempre. 


Llegar a La Madriguera, vivir en La Madriguera o luchar en La Madriguera estuvo siempre conectado a la figura de quien llamaré H, para que todo el recuerdo pueda ser el de algo que encarnó en nosotros pero puede volver a encarnar en otros cuerpos. Si hubiese escogido recordar cómo llegamos allí, a pesar de ser el principio de todo, tendría muy claras las emociones y los detalles de lo que ocurrió en aquellos días. De cómo, sin saberlo, nos conectamos y desde ya tuvimos certeza, o no, de que algo importante habríamos de vivir juntos. El respeto y el orgullo que yo tenía de su amistad y compañía era – es – tanto que nunca hubo una sombra de nuestra responsabilidad y nuestros propósitos, a pesar de que fue algo que súbitamente nadie imaginó antes en aquella sede nacional de la Asociación Hermanos Saíz y que, después, con toda seguridad, nadie se atrevió a poner en duda. 

 

Exactamente por eso, cuando en algún momento de enero de 2006 o cercano a esa fecha, ella se fue a Canadá y me transfirió oficialmente la responsabilidad que nuestros cargos exigían, comprendí que era un momento bien importante – y es el momento que elijo para este recuerdo. Nunca, en consciencia plena de mi existir, me interesé por el poder. Quizá por temer a la responsabilidad que un cargo implicaba, con sus exigencias y sus riesgos, siempre fui dado al poder circular: la mesa de ideas redondas, mirando a los ojos, responsabilidad compartida y asumida. Incluso sabiendo que este tipo de orquesta necesita un mayor compromiso, mucha más astucia y sobre todo mucho más diálogo, solamente así acepto comandar cualquier tipo de objetivo o proyecto. 


Así que, entre las cosas delegadas por la ausencia de la presidenta, habríamos – yo, de paso- de organizar una subida a nuestra cumbre máxima, coronada por la cabeza martiana, la más alta de nuestras montañas: el Turquino. El desafío no era simple, pues se trataba de una de esas jugadas políticas de la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas) en colaboración con la AHS, en la tentativa de hacer otra campaña del tipo “jóvenes artistas y escritores cubanos suben el Turquino para celebrar...” y un extenso bla bla bla de retóricas y palabras rimbombantes. 

 

Serían siete días de travesía: un día en tren hasta la provincia Granma -casi literalmente - estadía en una instalación del campismo popular al pie de la Sierra Maestra con las condiciones que la UJC disponía, ascensión de la montaña en dos días y regreso a la Habana en casi más 24 horas de aventuras sobre raíles de tren.  Con aquellas fotos del viaje y algunos relatos testimoniales, me imagino, saldríamos en varios medios de prensa estatal, radio y algo más, como imagen de otro grupo de heroicos jóvenes siguiendo los pasos del Apóstol. 


Lo que parecía obvio se confirmó: ningún artista asociado de peso, de los que pudieran dar resonancia mediática al viaje, aceptó la invitación. Ningún rapero de las Tribunas Abiertas, ningún trovador del Festival de trovadores Longina, ningún poeta, artista plástico, ninguna narradora oral, cantante, diseñadora dijo sí, después de que estuviéramos días y días tratando de llenar la que debería convertirse en la heroica lista. Al parecer nadie en verdad quería ver su nombre marcado en periódicos, nadie quiso salir en las noticias de la juventud comunista, y creo yo, mucho menos pasar por semejante ajetreo entre trenes y campismos sin mosquiteros. 

 

La misión parecía perdida, hasta que el amor nuestro, por encima de los planes destinados a la repetición del glorioso ascenso a la cumbre del pico más alto de la isla, protagonizado esta vez por jóvenes artistas del sector alternativo, reflejara el verdadero deseo. Creo que casi todos –a los cubanos me refiero- alguna vez quisimos subir aquella montañita de mil y casi novecientos metros. Es una montaña pequeña, si se compara con las que abundan en el continente, pero es inmensa porque es la más alta del territorio cercado por el agua en que vivíamos. Así que decidimos proponernos a nosotros mismos subir el Turquino, a los que trabajábamos allí en La Madriguera. Hablo en plural, a pesar de que fui yo, quien se sentó con los “jefes” a decirles que los héroes martianos seríamos nosotros, los de La Madriguera. 


La AHS Nacional se lavó las manos y dejó la decisión en manos de la dirección de la UJC de Ciudad de la Habana a quienes, por jerarquía directa, respondíamos. Entre ese entretejido institucional, en el que dependíamos a la vez de la sede nacional de la Asociación Hermanos Saíz y las varias instancias provinciales (UJC y Cultura principalmente), la verdad es que a nadie le importaba quienes serían los que llegarían a darle el beso a Pepito (José Martí), mientras que se cumplieran las metas previstas; que la reservación del campismo no se perdiera, que los recursos no se desperdiciaran y, sobre todo, que al final alguien les mandara unas fotos y un testimonio convincentemente martiano de la escalada. Entre bastidores, me imagino, deben haber hecho llamadas y conversado sobre la conveniencia de aceptar un viaje sin artistas conocidos, pero de cualquier forma no tenían nada que perder y finalmente no se opusieron. 

 

El grupo final se definió con urgencia, y no fue una tarea fácil tal definición, porque necesitábamos mucha coordinación para poder irnos; algunos quedarían en la sede. Quienes íbamos, dejaríamos la vida a la deriva por siete días, y teníamos que encontrar algún dinero para cumplir la tarea.


Una vez decidido quienes iríamos, fue necesario convocar a algunos amigos para completar las filas. Al final, todo listo y decidido, ahí nos fuimos. 


Recuerdo, como algo que pudo haber cambiado las cosas, que H regresó justo un par de días antes de irnos y, al teléfono, me insinuó que no fuéramos, porque de alguna forma no era exactamente aquello lo que esperarían de “nosotros”, el grupo que subiría al Turquino. 

 

Pero fuimos. 


Y subimos. 


Y llegamos al pie del Apóstol. 


Y al final, creo que por cierta sensatez o por alguna razón misteriosa que no viene al caso comprender completamente, a nadie de la Juventud (UJC) ni de la AHS, se les ocurrió pedirnos las fotos ni el testimonio del viaje. Ese fue nuestro viaje, nuestro escape; la aventura que nos llevó al pie del Apóstol a contarle cosas que solo pueden decirse allí, en su presencia.