FORO CUBANO Vol 4, No. 30 – TEMA: SOCIALISMO LATINOAMERICANO. REVISIÓN CRÍTICA–

Socialismo Latinoamericano en el siglo XXI: mesianismos, personalismos y promesas de salvación

Por: Germán Quintero

Marzo 2021

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Los socialismos del siglo XXI en la región ostentan un claro talante personalista y mesiánico, caracterizado por la instalación de gobiernos despóticos en provecho de la debilidad institucional, por ello si se quiere evitar que los proyectos del socialismo autoritario se conviertan en realidad, es necesario superar la crisis de la modernidad y reconstruir un imaginario moral común.

Con agudeza, Leo Strauss advertía que la gran crisis de la modernidad estaba en la pérdida del sentido. Esta pérdida a la que se refería el filósofo y pensador político alemán, de origen judío, se daba en Occidente debido a una invisible pero poderosa desestimación de los valores universales y morales de la humanidad. Según Strauss, el mundo libre había abandonado la posibilidad de hacer política de manera “razonable” y con objetivos morales claros. El costo de abandonar un imaginario moral universal fue muy alto: este abandono de lo razonable propició la aparición de los regímenes totalitarios de corte fascista y comunista en Europa y dio lugar a las atrocidades llevadas a cabo en la Segunda Guerra Mundial. En el contexto en el que este autor vivió y escribió, el peligro para el mundo occidental era doble: la amenaza del comunismo soviético y la posible implosión del mundo liberal debido a la pérdida del sentido.

En la lógica de la Guerra Fría, América Latina hacía las veces de la “frontera” de la zona de influencia de los países occidentales. Habiendo heredado las tradiciones de los modelos republicanos y valores culturales del cristianismo -de corte católico-, desde el siglo XIX había participado de una forma más cercana en el mundo político liberal y republicano que a cualquier otra forma política hasta bien entrado el siglo XX. Aunque las ideas del socialismo habían llegado en la segunda mitad del siglo XIX a esta región, el socialismo tenía expresiones fugaces que, exceptuando la experiencia en México de la década de 1930, no pasaban de ser voces minoritarias en el contexto latinoamericano. En el mundo latinoamericano posguerra, donde habían proliferado lo que E. Dussel denominó como “populismos clásicos” -algunos de ellos de corte militar- hubo una serie de transformaciones políticas que se llevaron a cabo en las décadas de los cincuenta y sesenta. En algunas de estas regiones, los gobiernos de corte populista fueron reemplazados por gobiernos democráticos, en otras por dictaduras militares. En Cuba triunfaba la revolución que se había presentado originalmente como democrática y que luego se manifestó como decididamente socialista.

Una característica definitoria del socialismo latinoamericano del siglo XXI es el personalismo y el mesianismo. A diferencia de la narrativa de la revolución bolchevique, donde Lenin hacía una referencia a la “vanguardia intelectual” que llevaría a cabo la revolución, en América Latina los líderes políticos apelan a su origen popular. Esto los legitima para hablar de las necesidades del país y para emplear una serie de recursos retóricos dicotómicos, que opone lo popular a la oligarquía, lo nacional al imperialismo, mientras que busca identificar la totalidad del Estado con el líder carismático. En ese sentido, se reemplaza a la vanguardia intelectual, a la intelligentsia soviética por un mesías: un salvador al que se la atribuyen poderes extraordinarios, cuando no, como en el caso de Corea del Norte, sobrenaturales.  Si bien es cierto que el culto a la personalidad no es exclusivo de los socialismos latinoamericanos -basta ver la preservación de los líderes socialistas por medio del embalsamamiento en Rusia, China, Vietnam y Corea del Norte- tomó un acento diferente en América Latina, traído del populismo que había calado en la región en la primera parte del siglo XX, habiendo tenido un desarrollo particularmente prolífico en Centroamérica y el Caribe.

En la evolución de la revolución cubana, que implementó de manera fiel muchos de los aspectos del régimen soviético, las decisiones cruciales siempre estuvieron en cabeza del liderazgo carismático de Fidel y de El Ché -luego de la muerte de El Ché, únicamente en cabeza de Fidel-. El partido comunista cubano y el estado se identificaron desde un principio con el líder carismático. Incluso hoy, mientras el presidente es Díaz-Canel, el líder del partido sigue siendo Raúl Castro, que además ha ocupado los cargos más importantes del poder desde que su hermano, Fidel, hubo consolidado el gobierno posterior a la revolución cubana. Los Castro son el estado y la revolución cubanos; son el partido y son el pueblo. Según esta lógica, negar esta premisa es atentar contra el espíritu revolucionario: pensar en una alternativa al poder hegemónico de la figura carismática (una familia, en este caso) es atentar contra el pueblo mismo.

Esto nos lleva a una segunda característica de los socialismos del siglo XXI en Latinoamérica, aunque todos se presentan como alternativas ideológicas que orbitan dentro del espectro democrático, la realidad es que -salvo casos excepcionales como los de gobiernos en Chile o Uruguay, cuyas instituciones democráticas han demostrado ser estables por un largo periodo- muchos de estos movimientos de corte socialista aprovechan el debilitamiento institucional que padecen tanto los partidos políticos como los estados para instaurar regímenes de corte autoritario, con miras a concentrar el poder y permanecer la mayor cantidad de tiempo posible. El socialismo latinoamericano del siglo XXI que ha logrado algún tipo de éxito político cambió la lucha armada por la contienda electoral. No obstante, los rasgos de autoritarismo que han acompañado a estos movimientos son difíciles de ocultar. La vocación de mantenerse en el poder quedó clara en los albores del siglo XXI, con el giro a la izquierda de la región. Muchos gobiernos de corte socialista como el de Hugo Chávez Frías (1998-2013), Rafael Correa (2007-2017) y Evo Morales (2006-2019) se extendieron mucho más allá de los periodos presidenciales establecidos en esos países y generaron desequilibrios en las ramas del poder público favoreciendo a la figura del ejecutivo. Uno de los casos más alarmantes ha sido el venezolano: el partido de gobierno, bajo diferentes siglas, comenzó a excluir a sus oponentes de manera eficaz por medio de la ilegalización de ciertas manifestaciones, el cierre de espacios de opinión pública y de libertad de expresión, así como la creación de órganos de gobierno paralelos en donde contaba con las necesarias mayorías “oficialistas” para llevar a cabo su agenda de gobierno. Actualmente, el autoritarismo sigue patente en Venezuela, mientras que, en los demás países, a pesar de su precaria situación institucional, se ha logrado restablecer la alternancia de poder. Este año electoral será muy diciente con relación a la debilidad institucional y a la amenaza de los autoritarismos de cualquier corte, pero especialmente aquellos que, bajo el pretexto de las banderas del socialismo, pretenden hacerse con el poder para quedarse.

Y aquí es necesario retornar a Leo Strauss y a la crisis de la modernidad. El contexto mundial, en términos de polarización política, de posturas “emocionalistas” y, en algunos casos, viscerales, ha logrado acompasar de manera peligrosa las justas reivindicaciones de algunos de los derechos y situaciones de necesidad que la población tiene con una retórica de antagonismo fatal que termina por privilegiar un artificio de lucha de clases. Se justifica la persecución, las torturas, los vejámenes y todo tipo de violencia contra un “otro” construido a la medida de aquel que busca usurpar el poder y dominar para provecho suyo y de sus allegados, en nombre de la justicia social.

Esta crisis de la modernidad se expresa en agendas políticas que, en principio aparentan ser à la carte, pero que en realidad entrañan tensiones, cuando no agendas diametralmente opuestas, solo para cautivar a un potencial electorado. Y este afán de la inclusión de las diversas agendas, del espacio para todas las clases, de la asistencia a los desamparados, de la proliferación de mil voces que resuenan en la promesa electoral como un camino hacía un futuro construido por medio del consenso y del mutuo acuerdo son extirpadas, excluidas y perseguidas mientras que las voces del disenso, ese elemento por antonomasia de las democracias, de manera simultánea son echadas fuera, condenadas, ilegalizadas y anatematizadas.

Los gobiernos de corte socialista y autoritario proliferan cuando no existen garantías suficientes en un estado debido a una institucionalidad débil. La debilidad de la institucionalidad aparece cuando no hay suficientes condiciones de legitimidad. La validez de las reflexiones de Strauss descansa en el supuesto de que la armónica función de las grandes entidades políticas, que acompasan a las instituciones que tradicionalmente relacionamos con el Estado y las sociedades que viven en y con ellas, depende de una legitimación recíproca que se fundamenta en un imaginario moral común cuya validez tiene pretensión de universalidad y que, por lo tanto, es razonable. La inexistencia de ese imaginario común desemboca en la desunión de las comunidades políticas, genera antagonismos, polarización, radicalización y, en algunos casos, violencia. La gran amenaza se cierne sobre las comunidades políticas latinoamericanas cuando aparecen los mesías de la justicia social. Infalibles, con ropajes retóricos que recomponen para cada ocasión usando los consabidos trucos del eufemismo, la desinformación, la resignificación de palabras -cuyo propósito incluye el descrédito de los adversarios y, aún más aterrador, la justificación de actos que en otras circunstancias serían absolutamente reprobables-. En una palabra, la neolengua orwelliana que funcionó (y aún funciona) como el motor siempre mutante que permite la supervivencia de algunos de estos regímenes que, muy a pesar de expresar con un énfasis recargado lo “democráticos” o “populares”, resultan siendo recintos totalitarios donde todo valor político está en función de los intereses de los gobernantes.

Si se quiere evitar que los proyectos del socialismo autoritario se conviertan en realidad, es necesario superar la crisis de la modernidad y reconstruir un imaginario moral común. Un imaginario moral que sostenga como universalmente válidos los principios generales del consenso, de la diferencia, del respeto por el otro y de los acuerdos mínimos que hacen posible la vida en una comunidad política que es capaz de atender las situaciones de desigualdad sin la necesidad de transgredir los derechos fundamentales de parte o de la totalidad de su población.