
FORO CUBANO Vol 8, No. 72 – TEMA: Estrategias para confrontar los procesos de autocratización en América Latina
Reflexiones sobre el resurgimiento del movimiento Antifascista en Latinoamérica
Por: Demian Danielle Garcia Manrique
Abril y mayo de 2025
En los últimos años, América Latina y el mundo han sido testigos del ascenso de líderes conservadores y de extrema derecha que han promovido discursos de odio articulados bajo lo que se ha denominado como antigénero o antiwokismo. Estas narrativas, sostenidas en lo que se conoce como un pánico moral, plantean una confrontación binaria entre los valores “tradicionales” y las luchas por la diversidad, la emancipación de las mujeres, el antirracismo y cualquier movimiento que cuestione los moldes cisheteronormativos, blancos y patriarcales. Detrás de esta ofensiva se encuentra una maquinaria ideológica que entrelaza autoritarismo, fundamentalismo religioso y ultraconservadurismo, con gran capacidad de penetración política y cultural.
Figuras como Donald Trump, Javier Milei, Nayib Bukele, o partidos como VOX en España, han capitalizado este pánico moral para consolidar un enfrentamiento permanente contra las minorías, presentándolas como amenazas a la estructura de la “familia tradicional” entendida como núcleo moral de la sociedad. En este marco, el pánico moral funciona como una estrategia de construcción de enemigos, donde las identidades disidentes son retratadas como ajenas a la moral pública y responsables de su supuesta decadencia.
Discursos como “Con los niños no” o “Con mis hijos no te metas” condensan esta ofensiva simbólica, vinculando de forma peligrosa nuestras luchas con la pedofilia, el pecado o el anticristianismo. Se trata de un relato que reactualiza elementos de los modelos fascistas clásicos, defendiendo valores esencialistas mientras atacan derechos conquistados por los movimientos sociales. Esta ofensiva, que puede leerse como una avanzada neofascista, ha adquirido una presencia creciente en América Latina, alimentando una agenda que busca restaurar jerarquías sociales naturalizadas.
Frente a ello, la región ha sido escenario del resurgimiento del antifascismo como una reacción ética y colectiva ante el debilitamiento de la democracia, el silenciamiento de las voces disidentes y la persecución de sectores históricamente marginados: mujeres, personas LGBTIQ+, juventudes populares y pueblos racializados. Esta reactivación del antifascismo no surge en el vacío: dialoga con una memoria histórica marcada por dictaduras, exilios, censura y desapariciones forzadas. Pero su forma actual no es una simple repetición del pasado: es una relectura situada desde el contexto actual.
Hoy, el antifascismo en América Latina está protagonizado por nuevas voces disidentes del canon tradicional: activistas trans, mujeres, estudiantes racializados, artistas queer, trabajadores informales, etc. Su lucha no se limita a enfrentar las sombras del totalitarismo clásico, sino que se enfrenta a un autoritarismo postmoderno, que se presenta como defensor de la “libertad de expresión”, pero que se sustenta en el odio, la desigualdad y la negación sistemática de derechos.
Es importante señalar que el antifascismo no se configura como un movimiento organizado y centralizado a nivel internacional. Más bien, se trata de una sensibilidad política compartida, diversa en sus formas de expresión y articulación, que reúne múltiples estrategias, visiones y discursos bajo un rechazo común a distintas formas de dominación y exclusión. Desde sus orígenes, el antifascismo se definió por su oposición a los regímenes totalitarios que emergieron en Europa durante el siglo XX. En América Latina, esa postura se adaptó a los contextos locales, dando lugar a lecturas sobre el llamado “fascismo criollo”, es decir, regímenes autoritarios percibidos como amenazas internas a la democracia y la estabilidad regional (Guzmán, 2023).
Actualmente, el antifascismo ha adquirido nuevos sentidos. Se manifiesta como una reacción no solo contra el autoritarismo político, sino también frente a estructuras sociales violentas, tales como el machismo, la supremacía blanca, la LGBTIQ+fobia o el racismo sistémico. Su fuerza radica en su capacidad de adaptarse a escalas locales, reformulándose según los contextos específicos que enfrenta. Además, se caracteriza por su heterogeneidad ideológica: en sus filas confluyen corrientes como la socialdemocracia, el comunismo, el liberalismo progresista, e incluso sectores de la militancia católica, unidas todas por una preocupación común frente al avance de narrativas y políticas antidemocráticas (Guzmán, 2023).
Esta flexibilidad ideológica y territorial convierte al antifascismo en una herramienta clave para hacer frente a procesos de autocratización en la región. Funciona como un contrapeso ciudadano que identifica, denuncia y moviliza frente a los intentos de retroceso democrático, muchas veces impulsados desde los propios gobiernos.
Una de las manifestaciones más representativas de este nuevo ciclo fue la Marcha Federal del Orgullo Antifascista y Antirracista, realizada el 1 de febrero de 2025 en Argentina. Esta movilización surgió como reacción inmediata a las declaraciones del presidente Javier Milei durante el Foro de Davos, donde atacó el feminismo y vinculó la llamada “ideología de género” con la pedofilia. Frente a ello, decenas de miles de personas se tomaron las calles de Buenos Aires, desde el Congreso Nacional hasta Plaza de Mayo, en defensa de los derechos conquistados y en rechazo al discurso de odio.
Con consignas como “La vida está en riesgo. ¡Basta! Al clóset no volvemos nunca más”, la jornada combinó firmeza política con una energía festiva y diversa. Banderas del orgullo, pañuelos feministas, fotografías de desaparecidos y canciones de lucha marcaron una movilización atravesada por la memoria, la dignidad y la resistencia. La presencia de referentes emblemáticos como las Madres de Plaza de Mayo, así como figuras públicas como Lali Espósito, reforzó el carácter transversal de la convocatoria.
El trasfondo inmediato fue también legislativo: el gobierno había anunciado un proyecto de ley, paradójicamente llamado “Igualdad ante la ley”, que pretendía desmantelar políticas clave como el cupo laboral trans, la figura penal del femicidio y el reconocimiento legal de identidades no binarias. Frente a este intento de retroceso, el movimiento social argentino declaró un estado de alerta permanente, evidenciando que la sociedad civil sigue siendo un actor central en la defensa de la democracia (Página 12, 2025; Roffo, 2025).
Esta marcha no quedó circunscrita a las fronteras argentinas. Por el contrario, inspiró reacciones en toda América Latina, donde el eco de la indignación se tradujo en movilizaciones solidarias en países como Colombia, Brasil, México, Uruguay y Chile. Fueron acciones que trascendieron la mera solidaridad: expresaron un rechazo colectivo al avance de proyectos anti-derechos y un compromiso con la resistencia disidente frente a la hegemonía conservadora.
En el caso colombiano, participé en la movilización del 7 de febrero de 2025, desde la Plaza de Lourdes hasta la embajada argentina en Bogotá. Pude constatar cómo el repudio a las declaraciones de Milei se entrelazaba con una rabia más amplia y regional: la violencia estructural contra las personas LGBTIQ+ en Colombia. Para ese momento, ya se habían registrado al menos 15 asesinatos de personas LGBT en lo que iba del año. En ese contexto, la marcha no solo fue una respuesta al discurso internacional, sino también un grito urgente frente a las violencias locales.
A lo largo del año, esta indignación no se desactivó. Por el contrario, hechos como el asesinato de Sara Millerey y de otras personas trans generaron un nuevo impulso en sectores sociales y activistas, reafirmando la necesidad de fortalecer espacios de resistencia dentro de las propias movilizaciones. Una muestra de ello fue la conformación de un bloque antifascista en la Marcha del Orgullo en Bogotá, iniciativa que buscó recuperar el carácter político, combativo y disidente que históricamente ha atravesado estas luchas.
Además, vale la pena destacar que en varios países de la región han surgido en los últimos años las llamadas Contramarchas, organizadas como apuestas alternativas y críticas frente al fenómeno del pinkwashing, y que han incorporado una mirada antifascista como eje articulador. La edición de este año en Bogotá no fue la excepción.
Sin embargo, y a pesar de reconocer la importancia del resurgimiento del antifascismo como sensibilidad política, considero necesario mantener una postura crítica constante, pues, el movimiento antifascista en América Latina ha mostrado una limitada articulación con los sectores prodemocracia de países gobernados por regímenes de izquierda autoritaria, como Cuba, Venezuela y Nicaragua.
No se trata de sugerir que exista una complicidad directa entre estos gobiernos y los espacios antifascistas —una narrativa impulsada por sectores reaccionarios y antigénero, que, a mi parecer, carece de sustento—. Más bien, se trata de señalar que ciertas posturas ideológicas dentro del movimiento han llevado a ignorar las formas de autoritarismo ejercidas desde gobiernos de izquierda radical, centrándose casi exclusivamente en la denuncia de la ultraderecha, con argumentos absolutamente válidos, pero dejando de lado otras expresiones de poder que también socavan la democracia.
Esta omisión resulta contradictoria si se considera que muchos de los movimientos sociales reprimidos en estos países —feministas, LGBTIQ+, estudiantiles, antirracistas— coinciden con las mismas luchas que el antifascismo latinoamericano defiende. Por ello, no se trata de restar fuerza a la lucha antifascista, sino de exigirle coherencia: si el objetivo es confrontar todas las formas de autoritarismo y violencia estatal, también es urgente denunciar las prácticas antidemocráticas que emanan de sectores autoproclamados de izquierda, cuando estas restringen derechos y silencian disidencias.
En este sentido, considero que el movimiento antifascista no debe retraerse, sino expandir sus márgenes de crítica. Así como ha logrado aglutinar a distintas corrientes políticas con historias de conflicto entre sí, también debería tender puentes con los activismos opositores a las dictaduras de izquierda en la región, reconociendo sus luchas como parte del mismo campo de disputa por la libertad, la igualdad y la dignidad humana. La propaganda ideológica de ciertos regímenes no puede seguir siendo excusa para el silencio. El antifascismo, para mantenerse éticamente firme, debe estar dispuesto a confrontar tanto al odio conservador como al populismo autoritario.
Referencias
Guzmán, J. (2023). La historiografía del antifascismo en América Latina: Una revisión de su abordaje como fenómeno internacional. macrohistoria, 65-85.
Página 12. (2025). El mundo se sumó a la Marcha Antifascista y Antirracista | Las postales en las ciudades de Europa y América. Página 12. https://www.pagina12.com.ar/800963-el-mundo-se-sumo-a-la-marcha-antifascista-y-antirracista
Roffo, P. B. V. yJulieta. (2025). Marcha Federal LGBT+ Antifascista, en vivo: Con consignas contra Milei, miles de personas se manifestaron en Plaza de Mayo. infobae. https://www.infobae.com/sociedad/2025/02/01/marcha-federal-lgbt-antifascista-en-vivo-las-ultimas-noticias/
