FORO CUBANO Vol 5, No. 44 – TEMA: DEPORTE Y AUTORITARISMO –

Pelotas y Guerra Fría

Por: Alejandro Cardozo Uzcátegui

Mayo 2022

Vistas

Joseph Nye acuñó un concepto que explicaba la capacidad de los países para “organizar la agenda política de forma que configure las preferencias de otros. La capacidad de marcar preferencias tiende a asociarse con resortes intangibles como una cultura, una ideología y unas instituciones atractivas”, denominó estas cabidas subjetivas, impalpables, oficialmente fuera de una política exterior, como “poder bando”. Esta idea puede explicar la importancia que le otorgan los Estados al deporte nacional. La medida de esta atención varía en diferentes contextos, empero, indudablemente el mundo -especialmente detrás de la cortina de hierro- durante la Guerra Fría (1947-1991) concedió al deporte en sus agendas de poder blando un rol fundamental.

 

El hockey del Ejército Rojo  

Todos conocen el Red Army, la selección de hockey sobre hielo de la antigua Unión Soviética, que en varios certámenes deportivos desafió su némesis geopolítica de la Guerra Fría durante las finales olímpicas y los campeonatos que se batieron contra las selecciones de Estados Unidos y Canadá. Durante 39 años el Red Army fue el más fuerte del mundo: 7 victorias en 9 torneos de hockey de los Juegos Olímpicos de Invierno, y 22 mundiales. En 1980, en los Juegos Olímpicos de invierno en el Lake Placid, Estados Unidos, el Red Army sufrió una extraordinaria derrota frente a la selección estadounidense, episodio conocido por la prensa deportiva como el “Milagro sobre el hielo”. Hay un documental dirigido por Gabe Polsky (2015) que cuenta esta historia junto con los atletas soviéticos protagonistas, donde algunos acabaron como víctimas de su propio talento deportivo, en las justas de la dimensión bipolar de la época. Uno de los hechos más llamativos de esta selección de hockey, es que no dependía del Ministerio del Deporte, sino directamente rendía cuentas al KGB. El temido servicio de inteligencia era quien reclutaba, fichaba y entrenaba a los atletas del hielo, esto se tradujo en el alto control que sufrían, sobre todo, por la deserción. Los jugadores destacados eran continuamente tentados a desertar para irse a jugar al Oeste, especialmente por equipos de Estados Unidos y Canadá. El último del Red Army, a menos de un mes antes de la desmembración soviética, fue la Copa de Alemania, en noviembre de 1991. Cerraron su ciclo histórico con oro, al ganar la final.

 

Waterpolo dentro del Pacto de Varsovia

 

Podemos recordar la batalla campal que sufrieron las selecciones de polo acuático soviética y húngara, durante los mismos días de la invasión de la URSS a Budapest (1956) para detener las políticas reformistas del gobierno de Hungría que planteaba la salida de su país del Pacto de Varsovia y desconocer las onerosas reparaciones de guerra que le impuso Moscú después de 1945. El juego disputaba unas semifinales por el pase a la final en los Juegos de Melbourne de 1956. El tablero quedó en cuatro goles a cero, a favor de Hungría. La piscina se tiñó de sangre por los niveles de agresividad del partido, estaban jugando la misma guerra, pero en el agua. Esta la ganó Hungría, la invasión la URSS.

 

Fútbol y guerra

 

Los partidos de fútbol en el ámbito de la Copa del Mundo son donde y cuando surge el “nacionalismo emocional” de los países, dice el periodista deportivo Simon Kuper. Como en el encuentro Argentina versus Inglaterra en México 86, que trae consigo algunas épicas. El mejor ejemplo, pues la selección argentina “vengó” la operación militar de Inglaterra en las Malvinas con dos goles contra uno, de los cuales uno -por la polémica asistencia de la mano de Maradona- es de los más sonados de la historia del deporte. Se luchaba por el pase a los cuartos de final, y Argentina eliminaba a Inglaterra. La curiosa justicia deportiva: 20 años antes, en el mundial de Londres 66, también en cuartos de final, las dos oncenas jugaron uno de los partidos más violentos de la historia del fútbol, sumaron casi 50 faltas, donde 33 fueron británicas. El entrenador inglés Alf Ramsey insultó a los argentinos de animales; el réferi alemán expulsó al capitán de los argentinos, Antonio Rattín, en el primer tiempo, con altisonante gestualidad xenofóbica que se coló en el imaginario latinoamericano como un eurocentrismo futbolero que menospreciaba a los suramericanos. En 1978, la Copa del Mundo ahora en Argentina, salió una pegatina para los automóviles particulares que exponía a la mascota del torneo, Gauchito, posando con el pie sobre un león británico. De hecho, durante la guerra por las Malvinas se reprodujo la misma canción oficial del mundial argentino de cuatro años antes: “Vamos Argentina, Vamos a Ganar”, guerra y fútbol, como la misma cosa.

 

Baloncesto rojo

 

Uno de los equipos más fuertes del mundo en baloncesto -durante las décadas de 1950, 1960, 1970 y 1980- fue el soviético. Ganó medallas en los 9 Juegos Olímpicos en los que participó: 2 de oro, 4 de plata y 3 de bronce. Se trataba, además, de un deporte de invención estadounidense-canadiense, representaba -y representa- una de las formas más puras de la cultura popular y deportiva estadounidense, y está entre sus tres deportes fundamentales. Sus consagrados gozan estatus de dioses del Olimpo, y todos son norteamericanos: Jordan, Johnson, O’Neil y ahora, entre otros Lebron James. Sin embargo, durante la Guerra Fría la selección soviética desafiaba el estatus meramente estadounidense del baloncesto: ganó 39 medallas en las etapas finales de los principales torneos internacionales: Juegos Olímpicos (9), Campeonatos del Mundo (9) y Europa (21) de 1947 a 1990 -excepto en 1959-.

 

El instante más memorable de este escenario fue cuando la selección de baloncesto soviética le ganó a Estados Unidos la final de los Juegos Olímpicos de Múnich en 1972, con el dramático tablero de 51-50, anotación lograda en el último segundo del partido. Denominados como “Honorables maestros de Deportes de la URSS”, los seleccionares históricos fueron Spandaryan, Gomelski y Kondrashin, este último fue el héroe de Múnich en 1972 y, lo más sugerente, también fue el último en ver la gloria del baloncesto soviético -que no solo ruso- pues el núcleo duro de la selección era conformado por rusos, lituanos y ucranianos. Es así como se puede entender el postrimero capítulo de gloria de este equipo: una vez desmembrada la URSS, a los pocos meses se darían las Olimpiadas de Barcelona 92, y la selección no iría como la temida escuadra de la URSS, sino como parte del Equipo Unificado. Esta vez el oro correspondió al equipo de baloncesto femenino, no de Rusia, no de la URSS, de la CEI. Era el fin de la era de Guerra Fría, y el horizonte deportivo de esos países de desdibujó en sus propias nuevas realidades. ¿Quién heredó los días de gloria del baloncesto soviético? El Club de Baloncesto Profesional “Club Deportivo Central del Ejército”, fue creado en la Casa Central del Ejército Rojo en 1924, CDKA (aunque esto se torna confuso pues la casa central del Ejército Rojo se creó cuatro años más tarde), sin embargo, el CDKA es el club de baloncesto ruso con más títulos y el segundo con mayor número de trofeos en Europa después del Real Madrid.

 

Medallas y epílogo

 

Si quisiéramos comparar los frutos del deporte entre los dos grandes bloques en liza durante la Guerra Fría -Occidente versus el mundo socialista-, el mundo democrático liberal se llevó, con creces, más medallas y títulos, sin embargo, la sicología contradictoria que emerge en la dimensión de los deportes hizo que el escenario deportivo fuera una suerte de medición para que la calidad de vida del proyecto socialista se explicara por la cantidad de medallas y títulos obtenidos tras cada certamen, en lugar de observar la vida que ciertamente experimentaban los pueblos bajo los regímenes autoritarios y profundamente represivos en la órbita del Pacto de Varsovia y sus satélites extra soviéticos como, particularmente, Cuba. Los gobiernos soviéticos y sus demás alfiles en Europa, Asia y el Caribe, quisieron demostrar que el socialismo funcionaba bien por la exposición exitosa de sus atletas, exposición traducida en un número de preseas en el medallero olímpico. Que la sociedad socialista ponía en primer lugar al atleta, cosa impensable en un Estado capitalista burgués. Cuando en realidad es que las sociedades libres producen “naturalmente” mayores éxitos, no solo en el deporte. No obstante, si nos quedáramos solamente con la narrativa del deporte como poder blando, como mecanización de los símbolos de éxito de un modelo u otro, el historial de preseas olímpicas durante la Guerra Fría es este: 2.633 medallas de Estados Unidos, frente a 1.010 de la URSS. Durante las 11 ediciones del Mundial de Fútbol en la época bipolar, ningún país socialista se llevó la Copa del Mundo a su casa.