¿Normalización en Venezuela?

Por: Luis Gómez Calcaño*

Enero 2020

Vistas

*Investigador CENDES, Universidad Central de Venezuela

 

El asalto a la Asamblea Nacional dirigido desde el Ejecutivo, con la participación de algunos tránsfugas y la decidida respuesta de la oposición, rompieron el estancamiento político de los últimos meses. Si bien la maniobra gubernamental estaba ya telegrafiada hasta por Moscú, la respuesta de los legisladores sorprendió y animó a las bases opositoras, que vieron en el arrojo y agresividad de Guaidó y otros líderes una respuesta largamente esperada frente a la larga cadena de humillaciones de los últimos años.

Sin embargo, este alivio temporal no debe ocultar que la ofensiva estatal es implacable e incesante, porque responde tanto a motivaciones internas como a presiones externas. No en vano, la palabra “normalizar” aparece una y otra vez en el discurso del partido oficial y de sus socios. La situación de “poder dual” (a pesar de ser más simbólica que real) se está volviendo crecientemente intolerable para quienes pretenden la legitimación interna y externa del statu quo. Aunque sea en términos de discursos y sanciones en vez de armas, el no reconocimiento del régimen de Maduro es una amenaza potencial para el acceso a recursos y mercados internacionales, e internamente energiza el descontento de muchos opositores al proporcionarles la imagen de un “gobierno en la sombra” dotado de equipo, programa y voluntad de poder.

La palabra “normalización” evoca la ambición de todo régimen de ser aceptado como natural o inevitable, aunque no sea el preferido por los gobernados. Ocurre la normalización cuando, sea por consenso o por imposición, las mayorías dejan de plantearse la posibilidad de un régimen alternativo como algo alcanzable, y lo remiten al mundo de la utopía o de la política-ficción. 

La normalización puede convertirse en todo un programa a largo plazo, como ocurrió, por ejemplo, en la Checoeslovaquia posterior a la primavera de Praga: no bastaba destruir a fuerza de tanques el incipiente proceso reformista; había que arrancarlo de las mentes y voluntades de la gente hasta desterrarlo al mundo de la utopía. Y, para lograrlo, los testaferros del poder soviético se tomaron su tiempo: a diferencia de los juicios amañados y las ejecuciones sumarias de la época de Stalin, al mismo Dubcek le permitieron seguir por algunos meses en altos cargos para irlo apartando gradualmente; poco a poco se fue podando de reformistas al partido y a la sociedad, y se tomaron medidas para mejorar relativamente la capacidad de consumo de la población. Si bien no se logró que el régimen comunista fuera más apreciado por la población, sí se creyó haber liquidado, durante muchos años, cualquier resurgimiento del reformismo.

Si la estrategia actual del régimen venezolano es normalizar la dominación, ¿qué pueden hacer los ciudadanos ajenos al poder del Estado?, ¿se puede participar en la vida cotidiana, buscando metas personales legítimas como formarse, trabajar, crear, emprender, producir, distraerse, sin convertirse en cómplice del régimen que la gran mayoría detesta?, ¿cuáles son los límites entre la resistencia, la cohabitación y la resignación?

Es precisamente a este tipo de dilema al que se enfrentaban los checoeslovacos a principios de los años 70, y la respuesta que propuso Vaclav Havel en su libro “El poder de los sin poder” (publicado ilegalmente en 1979) sigue teniendo vigencia. Para Havel, el régimen checoeslovaco del momento se diferenciaba de una simple dictadura por su empeño en disimular la realidad de la opresión bajo una trama de falsedades en el lenguaje, las instituciones y las prácticas. A la manera de la neolengua orwelliana, el sistema que consideraba “postotalitario” vivía en y de la mentira en todos los ámbitos:

El sistema postotalitario con sus pretensiones toca al individuo casi a cada paso. Obviamente le toca con los guantes de la ideología. De ahí que en él la vida esté atravesada de una red de hipocresías y de mentiras: al poder de la burocracia se le llama poder del pueblo; a la clase obrera se la esclaviza en nombre de la clase obrera; la humillación total del hombre se contrabandea como su definitiva liberación; al aislamiento de las informaciones se le llama divulgación; a la manipulación autoritaria se la llama control público del poder y a la arbitrariedad, aplicación del ordenamiento jurídico; a la asfixia de la cultura se la llama desarrollo, a la práctica cada vez más difundida de la política imperialista se la difunde como la forma más alta de la libertad: a la farsa electoral como la forma más alta de democracia; a la prohibición de un pensamiento independiente, como la concepción más científica del mundo; a la ocupación, como ayuda fraterna. El poder es prisionero de sus propias mentiras y, por tanto, tiene que estar diciendo continuamente falsedades. Falsedades sobre el pasado.

 

Falsedades sobre el presente y sobre el futuro. Falsifica los datos estadísticos. Da a entender que no existe un aparato policíaco omnipotente y capaz de todo. Miente cuando dice que respeta los derechos humanos. Miente cuando dice que no persigue a nadie. Miente cuando dice que no tiene miedo. Miente cuando dice que no miente (…) El individuo no está obligado a creer todas estas mistificaciones, pero ha de comportarse como si las creyese o, por lo menos, tiene que soportarlas en silencio o comportarse bien con los que se basan en ellas (…) Por tanto, está obligado a vivir en la mentira (Havel, 1990, pp. 26-27).

Este dominio de la mentira como principio articulador de la vida social hace que la lucha entre verdad y mentira no sea un proceso externo, que enfrenta a dos grupos sociales que defiendan a una u otra, sino una dinámica que se vive en el interior de cada individuo. Vivir en un régimen totalitario o postotalitario implica que, para “evitarse problemas”, el individuo debe actuar al menos como si creyera en las mentiras, ya que no es posible trabajar, estudiar, consumir o comunicarse sin dar pruebas cotidianas de la adhesión al mundo de mentiras convertidas en instituciones. Pruebas que son permanentemente exigidas cuando se obliga a las personas a vestir determinados colores, a asistir a movilizaciones obligatorias (aunque oficialmente sean voluntarias), a repetir determinadas consignas y, sobre todo, a callar frente al discurso oficial. Si la persona decide en un momento “vivir en la verdad”, no sólo el Estado y sus cuerpos represivos, sino muchos de sus pares le harán pagar el costo de ese atrevimiento. La pérdida del trabajo, del derecho a la educación o al libre desplazamiento son los primeros pasos de una escalada que puede llevar a la cárcel, al exilio o a la muerte. A pesar de estos costos, siempre surgen casos individuales o minoritarios que están dispuestos a pagarlos, porque la satisfacción de vivir en la verdad, de optar por la vida frente a la reproducción inerte de la opresión, les impulsa a aceptar ese precio (como es el caso del mismo Havel, a quien se le impidió publicar sus obras de teatro y fue encarcelado durante varios años).

Cualquier venezolano de nuestro tiempo podría reconocer los rasgos descritos por Havel en el régimen político actual, con la diferencia de que no se trata de un postotalitarismo sino de un pretotalitarismo o, en términos de Juan Linz (2000, p. 179), “totalitarismo obstaculizado”, entendido como un régimen cuyo proyecto de poder es totalitario pero que, por diversas razones, no ha podido ser alcanzado plenamente. Y, es necesario no olvidar esta característica de la Venezuela actual, porque ella hace que los dilemas entre vivir “en la mentira” y “en la verdad” no sean tan claros y tajantes, ya que existen numerosas zonas grises y espacios ambiguos en los cuales es posible deslizarse entre ambos polos sin darse cuenta.

A diferencia, por ejemplo, de Cuba, donde no es posible la existencia legal de partidos políticos opositores, de sindicatos ni organizaciones civiles realmente independientes, de prensa y medios críticos hacia el sistema, de libertad académica en las universidades, de un sector privado relativamente autónomo, el régimen venezolano no ha logrado extinguir totalmente esos focos de un punto de vista alternativo al hegemónico. Pero, no por ello ha renunciado a hacerlo, sino que en lugar de destruirlos de un plumazo lleva a cabo una paciente labor para cooptarlos, desnaturalizarlos o asfixiarlos económica y jurídicamente, manipulando las necesidades y aspiraciones de los ciudadanos para obligarlos a escoger, “voluntariamente”, acomodos con el camino estrecho que les ofrece.

En este camino hacia el control total se ventilan dilemas morales y acusaciones mutuas: algunos acusan a los receptores de alimentos distribuidos por el Estado de venderse por una limosna, mostrando los testimonios de personas humildes “agradeciendo” a Maduro y a la “revolución” por la dádiva, como prueba de la debilidad moral de las masas. Otros responden recordando que las clases medias y acomodadas disfrutaron durante años del dólar subsidiado, sometiéndose de buena gana a los pesados trámites burocráticos que permitían viajar, importar, o financiar estudios a tasas de cambio absurdamente sobrevaluadas. Aunque se critica a los grupos cercanos al régimen por sus ostentosas fiestas y centros de consumo suntuario, otros sectores que han logrado protegerse del empobrecimiento general porque tienen acceso a divisas también aprovechan las oportunidades de consumo brindadas por ese privilegio. Mientras tanto, nos guste o no, todos nos sometemos, en la medida de nuestros grados de libertad, a las reglas de juego impuestas por el proyecto totalitario. Si para los ciudadanos más pobres es imposible e irracional renunciar a la caja del CLAP, para un profesional desempleado o un empresario es difícil rechazar las condiciones de trabajo o los controles que imponen los funcionarios, e incluso debe hacer provisiones para pagar los innumerables sobornos que se exigen para poder desarrollar cualquier actividad económica; y los empleados públicos que no pueden emigrar oscilan entre las protestas ocasionales y la resignación, al no poder arriesgarse a perder su único sustento. Sin embargo, cuando el régimen intentó recientemente comprar la voluntad de diputados opositores para que votaran contra la reelección de Guaidó como presidente de la Asamblea Nacional, solo una pequeña fracción de ellos aceptó la transacción, mientras que la mayoría rechazó las ofertas y resistió a las amenazas que les presentaron. La frontera entre la contaminación y la pureza no es tan clara y permanente como quisiéramos.

El costo de “vivir en la verdad” como opción individual se hace, y se hará, cada vez mayor en la medida en que el régimen avance en su proyecto totalitario: es una decisión que exige creciente disposición al riesgo. Sin embargo, la propuesta de Havel considera que esta opción, por su carácter potencialmente universalista, ofrece la posibilidad de crear, o en nuestro caso fortalecer, grupos de afinidad que se refuercen mutuamente. Porque este “vivir en la verdad” no es ante todo una propuesta política, dirigida a disputar el poder a la élite revolucionaria: es más bien la articulación de individuos que se han comprometido a vivir con autenticidad. Lo importante no es tanto acumular masas para lanzarlas a la lucha por el poder, sino crear redes entre quienes comparten los valores alternativos a los del régimen.

La “vida en la verdad”, en el sentido original y más lato del término, indica el vasto campo, no delimitado y difícilmente descriptible, de las pequeñas manifestaciones humanas que en su gran mayoría quedan inmersas en el anonimato y cuyo alcance político nadie cultivará y describirá nunca de manera más concreta que lo que ocurre en una descripción general del clima o del humor de la sociedad. La mayoría de estos ensayos se quedan en la fase elemental de rebeldía contra la manipulación: el hombre simplemente se enmienda y vive -como individuo- más dignamente.

Solo aquí y allá -gracias al carácter, a las premisas y a la profesión de algunos hombres, pero también gracias a una serie de circunstancias fortuitas (como por ejemplo las características del ambiente local, contactos con amigos, etc.)- brota de este campo vastísimo y anónimo alguna iniciativa más pertinente y más visible, que sobrepasa las fronteras de la rebeldía individual “pura y simple” para transformarse en un trabajo más consciente, más estructurado y más eficaz. Esta frontera más allá de la cual “la vida en la verdad” deja de ser “sólo” negación de la “vida en la mentira” y comienza en cierto modo a articularse creativamente, es el punto en que comienza a brotar algo que se podría llamar “vida independiente espiritual, social y política de la sociedad”. Esta “vida independiente” no está naturalmente separada de la otra (“dependiente”) por un límite claro: a veces coexisten ambas en la gente. (Havel, 1990, pp. 82-83)

Pocas situaciones históricas fueron tan propicias a la desesperanza como la de Europa del Este en el período de la llamada “normalización”. En esos años, casi nadie podía imaginar que en poco más de una década se derrumbaría aquel sistema aparentemente inexpugnable. Sin embargo, las organizaciones y grupos creados por un puñado de “disidentes” que habían decidido “vivir en la verdad” fueron una de las bases que permitieron a esas sociedades mantener espacios de dignidad y autenticidad bajo la opresión y, más tarde, encauzar el cambio cuando las circunstancias propiciaron el agotamiento del régimen totalitario.

¿Significa esto que la “vida independiente” (que también podríamos llamar “sociedad civil”) es la única opción para enfrentar la incesante ofensiva totalitaria? No, al menos en las condiciones actuales de Venezuela, ya que no se podría excluir de la ecuación a esos actores hoy tan vilipendiados, los partidos políticos de oposición. Es cierto que dichos partidos arrastran innumerables vicios del pasado y no son inmunes a los del presente, como se ha visto en los últimos meses. Sin embargo, no se puede negar que, a pesar de sus limitaciones y errores y la fragilidad de su situación legal, han contribuido a resistir las sucesivas oleadas de avance del proyecto totalitario. Los esfuerzos del régimen por destruirlos por todos los medios muestran que siguen siendo un obstáculo para el logro total del “vivir en la mentira”. Y, si bien podemos conceder que el “vivir en la verdad” tiene el potencial de arraigarse más profundamente en la vida cotidiana y, por lo tanto, de trascender del terreno de la lucha acotada a controlar el poder político, también ha necesitado y necesitará, en determinadas coyunturas, del aporte específico de los aparatos partidistas.

No hay razones para creer que la ofensiva del régimen para acercarse cada vez más al modelo totalitario pueda desacelerarse, a pesar de los amagos de “liberalización” económica que pueden revertirse cuando convenga. Por el contrario, la ofensiva contra las universidades autónomas, el creciente cerco a las organizaciones civiles, gremios y sindicatos, y la militarización de la vida social muestran un intento de aceleración de esa ofensiva. Ante esta perspectiva, los dilemas del actor político, el ciudadano común y la sociedad civil se asemejan cada vez más unos a otros: si a principios de 2019 los partidos de oposición creyeron ver a su alcance un cambio radical de régimen y el acceso al poder sin cortapisas, hoy simplemente luchan por no ser aniquilados, por sobrevivir en los espacios que le quedan o le sean concedidos, esperando un cambio de coyuntura que les permita activar sus disminuidas fuerzas. Incluso aquellos opositores que se consideran puros o radicales y denuncian moral y políticamente la “cohabitación”, no han logrado que sus críticas se traduzcan en un proyecto político alternativo viable, por lo que, en forma menos visible, también se ven obligados a múltiples formas de cohabitación. Así, unos y otros se ven, tal como el ciudadano común, ante el dilema de cómo y hasta qué punto adaptarse o resistir, objetiva y subjetivamente, al avance del modelo totalitario.

La incorporación de un enfoque de “vivir en la verdad” a las luchas sociales y políticas podría servir como puente entre actores sociales y políticos, al advertir sobre los riesgos de la excesiva adaptación a las reglas de juego impuestas por el poder, y al ampliar la resistencia más allá de los programas y consignas políticas, profundizando en la necesidad implícita de autenticidad que –esperamos- existe potencialmente en todos los ciudadanos. Autenticidad que pasa por preferir una perspectiva de largo plazo, que permita convertir la simple adaptación pasiva a la opresión en una articulación de pequeños pasos y luchas cotidianas. La consolidación de esta actitud entre los ciudadanos les permitiría ser un contrapeso efectivo frente a las tentaciones del caudillismo y el aventurerismo que siguen rondando a la oposición venezolana.

Referencias

Havel, Vaclav. (1990). “El poder de los sin poder”. Madrid, Encuentro

Linz, Juan. (2000). “Totalitarian and Authoritarian Regimes”. Boulder, Lynne Rienner. P. 179

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