Mi pana cubano

Por: Melanio Escobar

Mayo 2020

Vistas

*Director de Redes Ayuda

Siempre había imaginado que la famosa isla era un lugar paradisíaco, lleno de palmeras por todos lados, con una bahía donde, pasar unas vacaciones esplendidas, era algo obligado para cualquier fanático del turismo internacional, que su gente vivía feliz con la ligereza de cargas que ofrece el Caribe, paseando en carros de colección y, a todo dar, en sus radios sonando estaría Silvio Rodríguez. Eso era lo que pensaba cuando era un niño, cuando desde Venezuela escuchaba historias sobre lo bella que era La Habana y el maravilloso lugar que era Cuba.

Escuché mucho sobre el heroísmo de un tal “Ché Guevara”, y quería una franela con su cara, aunque no entendía en ese momento porqué le decían “Ché” a un cubano, si eso era algo de argentinos. Esta no fue la única duda que nació en mí cuando se hablaba del tema, ya que recuerdo muy bien cómo desde los noticieros hechos en Miami, que su señal llegaba hasta Caracas a través de una antena parabólica, se informaba sobre miles de personas que se iban en barco desde el sur hacía los cayos de Florida, una tierra de capitanes y marineros, pensé. Pero la fantasía que iba construyendo en mi cabeza no podía estar más alejada de la realidad y mi mente difícilmente podría hilar los hechos que estaban a simple vista para dar con la verdad.

Poco a poco, al ir creciendo y formando una identidad, pude identificar los conceptos errados que en la juventud había ido forjando sobre todo el imaginario que envuelve a la isla. El hecho de que el nombre Fidel, y el apellido Castro fuese repetido durante tantos años comenzó a parecerme, por decir poco, algo extraño que solo comprendí viviéndolo en carne propia. Cuando, aunque nadie lo quería, el apellido Chávez era el que se repetía como una letanía durante nuestras largas noches y nuestros eternos días.

"se informaba sobre miles de personas que se iban en barco desde el sur hacía los cayos de Florida"

Pero, crecer no es suficiente para entender completamente la problemática, una tan profunda como herida de arma blanca, donde la sangre que bombea de ella no es menos que vino para nuestros gobernantes. En 2007, el gobierno del “comandante”, no Fidel sino Hugo Rafael, cerró uno de los canales de televisión más importantes del país, Radio Caracas Televisión, mejor conocido entre la gente por sus siglas RCTV. Este hecho afectó psicológica y anímicamente con una gran potencia a los venezolanos, era uno de los espacios televisivos de mayor arraigo dentro de la población, sin importar la clase social, el nivel académico o sus creencias; era un punto de referencia para todos y, para mí en especial, este hecho fue catastrófico porque como periodista finalmente pude entender hacia dónde iba la hegemonía comunicacional del Estado.

Ese mismo año, comencé a involucrarme en el activismo y las protestas de calle, todavía recuerdo que tenía mi programa de radio, Resorte Lado C, en unas de las emisoras más populares de Caracas, una, por cierto, que era de la misma familia de cadena de medios a la que también pertenecía RCTV: La 92.9FM. Esta estación de radio quedaba en Las Mercedes, una de las zonas más populares por sus bares y vida nocturna, pero que en el día se convertía en un campo de batalla entre los manifestantes y la policía. Protestábamos por esta medida arbitraria y el cierre definitivo del canal, pero al mismo tiempo estábamos reclamando nuestro derecho a informarnos, informar y ser escuchados. Aunque, mientras hablábamos la única respuesta que recibíamos eran las balas de metal y goma, y los chorros a kilómetros por hora que nos disparaban las fuerzas de seguridad.

Mientras todo esto pasaba, el presidente en una transmisión televisada se mofaba y minimizaba el reclamo, por otro lado, luego de correr por largo tiempo para esquivar los proyectiles que rozaban nuestro cuerpo y resguardarme dentro de un establecimiento, vi por primera vez, primera de muchas, cómo un policía le disparaba, con una escopeta de perdigones, por la espalda y a quemarropa a un estudiante desarmado que tan solo estaba tratando de hacer valer sus derechos. Pero, no fue sino hasta el 2014 cuando realmente dediqué todo mi trabajo a la defensa de Derechos Humanos, los acontecimientos, no muy diferentes en naturaleza, pero sí en intensidad a los del 2007, prácticamente, como venezolanos nos forzaron a involucrarnos de lleno por el recobro de la libertad, una que habíamos perdido hace tanto y que, como cuando veía los noticieros hechos en Miami de niño, no entendíamos qué estaba pasando.

Eso me llevó a conocer a varios activistas cubanos, a sentarnos a compartir un cortadito y conversar sobre la vida, nuestros sueños y luchas. Personas que salían y entraban de la isla, no a placer, sino a conveniencia del régimen de los Castro, quien decidía si era conveniente o no que ellos pudieran volar fuera de su prisión de sol, arena y mar. Fue una experiencia completamente reveladora, donde las similitudes y la frase “es lo mismo en Venezuela” eran ya una repetición constante dentro de cualquier intercambio de ideas. En ese momento, no de niño, no al crecer, no al estudiar, no al activarme, sino al conocernos en persona y desde la empatía, finalmente pude comprender que ser cubano es sinónimo de temple, ingenio y valentía, que crecer en la isla no es sinónimo de palmeras y paseos por la playa, sino que significa ser un guerrero desde el vientre de la madre.

"un policía le disparaba, con una escopeta de perdigones, por la espalda y a quemarropa a un estudiante desarmado que tan solo estaba tratando de hacer valer sus derechos"

Entendí aún más lo que desde el gobierno nos estaban haciendo. Ya que, el pasado pausado en el que los Castro mantienen a su pueblo, es el futuro acelerado en el que nos tuvo Chávez y nos tiene Maduro desde hace muchos años. Pero, también entendí que no hay otra forma de enfrentar al poder que desde la constancia, la rectitud y los valores, donde ser antisistema realmente es hacer lo que es correcto, que desde la inocencia y saber que hay algo más allá del firmamento se consigue el impulso para generar grandes cambios. Que desde las artes podemos desafiar a las botas militares; que desde la lírica podemos combatir leyes injustas; que desde el periodismo podemos construir narrativas de libertad; y que, aun estando bajo el yugo de la opresión más opresa, podemos conseguir hermandad como la conseguí yo en mis, ahora, panas de La Habana.

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

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