FORO CUBANO Vol 4, No. 33 – TEMA: APARATOS CULTURALES Y DE PROPAGANDA EN AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE–

Mayo 68 francés y el movimiento estudiantil. La imaginación al poder y los aparatos ideológicos del Estado

Por: Luis Ricardo Dávila [1]
Junio 2021

Vistas

El mayo del 68 francés se constituyó como un fenómeno socio-cultural profundo y complejo, en donde el conjunto de significaciones, acciones y reivindicaciones dotaron a los hechos de relevancia histórica. Frente a ello el autor aborda la importancia del movimiento estudiantil y su impacto teórico y cultural

A Philippe Simon, con quien tanto quería

 

“Ce n’est qu’un début. Continuons le combat!“ Début de quoi? Quel combat? Cela

conduit à la question suivante: que signifie le terme “Mouvement Etudiant”?

          Louis Althusser, carta a Maria Antonietta Macciocchi, 15 de marzo, 1969

Les murs ont la parole, la influencia misteriosa de respirar aires libertarios

Comencemos preguntándonos, si la popularidad e influencia de un acontecimiento como el mayo 68 francés no se basa, al menos en parte, en la imagen que construye de su influencia social. Nadie podría dudar de su impacto sobre nuestros valores, actitudes y creencias durante las últimas cinco décadas. Este tipo de acciones e influencias contiene una fuerza misteriosa y poderosa. “Visto desde aquí, esto es un gran misterio”, afirmaba Michel Foucault. A quien le sorprendió el mayo 68 en Túnez. En realidad, las sociedades hacen cosas extrañas sin tener aparentemente una buena razón. Y esto les da un cierto halo de misterio. Otras veces las tienen y nos las hacen o las hacen a media. A lo largo de la historia se han inventado muchas causas misteriosas para intentar explicar por qué el ser humano es objeto de influencias a la vez que es persuadido por ellas. En casi todas las épocas y todas las culturas, los seres humanos se han preguntando por la manera en que pueden verse influidos por ciertas acciones colectivas, en su afán de cambiar al mismo tiempo el mundo y la vida.    

 

Acontecimientos como los de mayo de 1968, cuando las barricadas cierran las calles, pero abren los caminos de la vida y de la percepción de las cosas, forman parte de este último tipo de acciones. Mayo 68: revolución cultural. La fórmula, a pesar de su ambigüedad, siempre ha parecido más que pertinente. ¿Hasta qué punto las huellas e influencia del mayo 1968 son patentes y múltiples, piezas sin las cuales no se puede explicar ni mucho menos entender el imaginario colectivo contemporáneo? En la memoria colectiva retumba la justa afirmación del Primer Ministro Georges Pompidou en junio de aquel mismo año: “rien ne seras plus comme avant”. A lo que añadirá un historiador de la larga duración como Fernand Braudel expresión más que oportuna, al hacer balance de los años 60 y 70: “la révolution de 1968 a bien eu lieu, dans la mesure même où elle est entrée dans les moeurs”. Es decir, en materia de cambios culturales en gestación, hay continuidad con aquellos deslumbrantes manantiales desprendidos de los días y las noches de la revuelta parisina que ciertamente penetraron nuestros modos y manera de ver las cosas.

Estamos en presencia de un nuevo e intenso acontecimiento cultural y político, de nueva naturaleza, a la vez específica y abierta, que no hace sino ilustrar la amplia, compleja y misteriosa relación entre literatura y política, entre literatura e ideología, entre literatura, política, ideología y economía, entre la necesidad de respirar aires libertarios y la función que la cultura y los aparatos ideológicos del Estado tienen en la dominación y reproducción del sistema. Para algunos, inclinados por temperamento o por profesión, por experiencia o por convicción, a rechazar la política, la revolución cultural fue una de las principales ambiciones del mayo 68. No cabe duda de que estos términos han tenido varias acepciones y sólo tienen algunos puntos en común con la versión maoísta: por ejemplo, la idea central de que las revoluciones económicas fracasan si no van acompañadas de una revolución mental o cultural. Lo que por cierto no es evidente. En todo caso se requiere de acciones particulares, de la tenacidad de las superestructuras que anime el peso de la cultura. Pero ocurre que la revolución cultural se instala y extiende por las paredes callejeras más que sobre el papel o la tribuna, hasta cierto punto en rechazo de la cultura universitaria y de sus formas. On ne peut pas écrire, afirmaba un poema, mode d'expression revolutionnaire, del Comité Revolucionario de Agitación Cultural (CRAC Le Monde, 1968). Sin poder o querer escribir, la inspiración de aquel momento se vuelca sobre los afiches, los grafitis, los murales, los poemas. En fin, se observa cierta repugnancia por las publicaciones formales, por los discursos, por lo que se consideraba: les crétinisés du verbiage (los cretinismos de la verborrea).

La imposible historia de mayo

 

Pierre Nora se ha referido a estos acontecimientos como l’impossible histoire de Mai. No tanto porque se carezca de material narrativo, lo había y en exceso, sino porque desde un primer instante se presenta como una historia de difícil explicación: supuso el regreso del acontecimiento y fue un acontecimiento imprevisible. De manera que el movimiento francés de mayo del 68, en el contexto del estallido mundial, adquirió una originalidad excepcional. Reúne en sí mismo casi todas las características dispersas, no sólo de las revueltas estudiantiles, sino también de las revueltas existenciales, de las explosiones que expresan la aspiración derivada de la desintegración de la cultura juvenil. Lo que convierte las acciones contestarias y la agitación política en valores culturales. La consecuencia teórica de esto, sobre todo en el campo intelectual del materialismo histórico, es ineludible: la tesis de la autonomía relativa de la lucha de clases se desploma. Lo que lleva Althusser a inscribir la ideología, ya no en el horizonte de las representaciones falsas y deformantes, sino en la materialidad de los aparatos que organizan su difusión, circulación y reproducción. Cobran interés los famosos Aparatos Ideológicos del Estado, AIE (religiosos, escolares, familiares, jurídicos, políticos, sindicales, culturales, de información). Se hacen más visibles que nunca antes, y desempeñan un papel dominante –tanto más cuanto menos visibles—asegurando la reproducción de la ideología dominante y de su sistema simbólico de representaciones.

Ciertamente no es tarea del análisis (tampoco lo es de la historia), apresurarse a proporcionar soluciones (interpretaciones) tranquilizadoras de los problemas que suscita este acontecimiento; tampoco aportar la prueba de las diferentes crisis y debates, y sus sentidos para convertirlas en un síntoma superior del proceso histórico en curso. Lejos del propósito de estas páginas dejar que los lectores se asusten por tramas misteriosas o por catástrofes definitivas. Estas reflexiones más bien han de ser tomadas como imágenes del carácter impenetrable y limitado de ciertos procesos históricos en general y, en particular, de la vida en las modernas sociedades de masas burocratizadas y alienadas hasta el cansancio (“la sociedad de la alienación tiene que perecer de muerte violenta”, proclamaban los estudiantes). Pues lo que hacen estas imágenes tan irresistibles del mayo 68 francés no es tanto el pensamiento que encierran, cuya fundamentación siempre será discutible, sino su forma ideológica y estética: el lenguaje que sobresalta e incide, la profusión de maravillosas metáforas-consignas y de paradojas inauditas, la desafiante sencillez de la lección, el magistral dominio de la lógica de los sueños, de los deseos, de la acción política y la representación cultural, logrando desvanecer incluso las más sombrías calamidades como el colonialismo, Viet-Nam, o el esclavismo bajo la fachada de una supuesta libertad económica. Todos estos acontecimientos causaron honda impresión en el imaginario social.

Lógica de la fantasía, en 1968 el planeta se inflamó

 

Con esta metáfora Cohn Bendit describe aquella vivencia colectiva. El mayo 68 francés sigue siendo el arquetipo por antonomasia de la rebelión estudiantil. Aunque tan solo sea un cliché, se ha mostrado inmensamente poderoso como para pasarlo inadvertido, pese a que sean sobre todo los medios de comunicación masivos, persuasivos y manipuladores por naturaleza, los que mantienen vivos los mitos sobre el mayo 68. A todos, incluso a los más experimentados lectores y analistas, les resulta sumamente difícil sustraerse a la seducción del estereotipo cultural, basados en cautivadoras imágenes que seguirán vivas mientras nos parezcan atractivas y explicativas. Estas son al final de cuentas adoquines mojados por los días y las noches de revuelta, al contraluz de los faroles de la modernidad. Se trata del nacimiento de nuevas formas de expresión y de acción colectivas e individuales. Se trata de dar cuenta de una lógica de la fantasía (título de un seminario de Lacan en Nanterre, lugar donde comenzó la revuelta estudiantil el 22 de marzo de 1968), terreno privilegiado para comprender el asunto del lenguaje y de su práctica, el asunto de la ideología que se convierte más que nunca en un discurso donde construcción y acción van de la mano, amén del asunto del síntoma, la sexualidad, la jouissance en el terreno social. Desde la escritura surgen mitos literarios, fantasías que rápidamente devienen agentes de la politización cultural. Y da igual que nos traten de vender, de iluminar u oscurecer, lo que nos cuenten los medios de masas. Es difícil argumentar contra sus imágenes y persuasiones, para ofrecer imágenes alternativas. Pero pueden servir para desestabilizar hasta cierto punto su monopolio. Las páginas que siguen nos muestran esto en contextos infrecuentes.         

Todo ese movimiento de mayo del 68 se inició en la Universidad de la Sorbonne, por supuesto. Por aquellos días, la Sorbonne fue tomada por la imaginación, por la fantasía. Las reivindicaciones más legítimas de los estudiantes no ofrecen duda alguna, pero por veces esconden ciertas variables de la mayor importancia. No perdamos de vista que el problema era internacional. La problemática, por tanto, pertenece a la historia. Se cierran facultades en China; los estudiantes luchan en Japón, se rebelan en Alemania, Italia, Holanda e incluso al otro lado de la llamada, para ese entonces, la Cortina de Hierro. Hay sublevaciones en las facultades de las universidades norteamericanas, que no son antiguas "Sorbonas", por cierto; se sublevaron también en la Universidad de México. Los estudiantes siempre han sido alborotadores, puntales de grandes protestas pues contienen la savia juvenil de la rebeldía, pero sería absurdo creer que su alboroto se parece al del pasado histórico. Cada época crea sus propios alborotos y sus maneras. Ciertamente, había que reformar la Sorbona y Nanterre, pero también Berkeley y Columbia, y tal vez toda la educación, cuando un naciente mundo audiovisual y tecnológico llamaba a la puerta. Lo que los estudiantes, los de verdad, esperaban de los dirigentes en primer lugar era la esperanza, pero junto a la esperanza estaba en contrapartida el más fascinante de los sentimientos negativos, el viejo nihilismo del siglo XIX, que reapareció luego de dos conflagraciones mundiales y del acecho totalitario, con su bandera negra, sin generar esperanza alguna más que la destrucción.

Toma tus deseos por realidades

 

Al día siguiente de la primera noche de las barricadas parisinas (10-11 de mayo), los ideólogos tradicionales se precipitan sobre los lugares de la revuelta, sus miradas atónitas no terminan de concentrarse ante tal espectáculo: los carros calcinados aún emiten señales de humo, el pavimento levantado, las vitrinas destrozadas. Dos días después, el 13 de mayo, el país se paralizará con el llamado a huelga general y con la inmensa manifestación de cerca de 800 mil personas que ocuparon las calles de París al grito: Ouvriers et  etudiants tous ensemble. ¿Cómo explicar el nacimiento de una situación pre-revolucionaria en una sociedad que aparentemente, según el catecismo marxista, no reunía las condiciones para engendrarla? ¿O, acaso, se estaba en presencia de la révolution introuvable de que hablara Raymond Aron?

 

Esta era, quizás, la pregunta que comandaba sus reflexiones. Pero, por más esfuerzos que los ideólogos hacían en responderla, en pensar los nuevos acontecimientos, estos se deslizaban más allá de los límites de lo explicable según los esquemas marxo-géologues o marxo-sismologues –como se dio en nombrarlos. Esquemas que habían permitido explicar la historia de Francia desde los días de la Revolución de 1789 hasta la formación de la V República, en mayo de 1958, pasando por la Revolución de 1848, la Comuna de París en 1871 y la entrada de los blindados alemanes en 1941. Todo esquema mental era vano. La nueva realidad superaba lo antes visto y vivido.

¿Qué ocurrió, entonces, en Francia en mayo de 1968? Un “accidente sociológico” a decir de Edgar Morin; la institución de una “nueva forma de desorden” según Claude Lefort; “la revolución en y del sistema/mundo”, escribirá Wallerstein; de “carnaval y psicodrama” lo caracterizó Raymond Aron. Para Bourdieu será el “momento crítico”, cuando coinciden y se “sincronizan” los efectos de muchas crisis latentes. En tono más ortodoxo y revolucionario, Regis Debray concluirá: “Mayo del 68 es la cuna de la nueva sociedad burguesa”. Para Eric Hobsbawm se trató de una revolución “con un éxito inicial y relativa rapidez de su fracaso”.

 

Lo cierto es que en aquel mayo el proceso de desarrollo de la sociedad francesa sufre un accidente interno, causado por la ruptura brusca del dispositivo que comunicaba el sistema nervioso central (sistema político) con el resto del cuerpo social. El dispositivo socio-cultural, esto es la mentalidad, los valores, se volcó abruptamente, a partir de la protesta estudiantil, hacia la crítica de la sociedad de consumo, de la civilización capitalista, a reivindicar la voluntad de liberar el deseo, la sexualidad, el poder. Según la hipótesis de Alain Touraine, profesor en Nanterre, “mayo del 68 significa una discontinuidad, un cambio de paradigma”. Se gestaba la idea del “magma” (Castoriadis). Años eróticos aquellos, dirán algunos (Soixant’neuf anné érotique, decía la letra de una canción de Serge Gainsbourg). Cuando se critica radicalmente se construye, gritaba, sin mayores temores, Daniel Cohn-Bendit a los órganos de represión que arremetían contra su persona. Los más anarquistas coreaban: à l’Elysée, fait ce qu’il te plait! A su vez  este “accidente” obliga a la inteligencia francesa a re-pensar las categorías de lo político y social y su relación entre sí, lo cual produce en los años posteriores una mutación conceptual en la ciencias sociales. Los grandes maestros del pensamiento francés – Sartre, Lacan, Foucault, Althusser, Lefort, Morin, Touraine, Bourdieu, Castoriadis, Aron – han de adaptar sus sistemas conceptuales a los meandros que mostraban los actores sociales. Se inventa una nueva manera de pensar, más cercana a las formas de intervención local. La figura sartreana del intelectual universal, queda superada. De allí la importancia que adquieren ciertos AIE: el asilo, la escuela, la prisión. De todo esto es expresión el pensamiento francés contemporáneo e incluso el análisis fuera de sus fronteras intelectuales, como el de la Escuela de Frankfurt, o el de  Marcuse y Adorno en la norteamericana Berkeley. A pesar del fracaso político, la revuelta estudiantil deja hondo impacto teórico y cultural. Hay una relativización de los valores, esto es, tanto del nihilismo como de una nueva manera de pensar inmediata, personal y mediática. “En mayo los comportamientos desarticulan los mensajes”, escribe Jean Paul Aron en Les modernes. Si de agitación cultural se trataba, la invitación era generalizada pero cerrando toda perspectiva comercial:

“Nous invitons tous ces agitateurs culturels a

nous communiquer toutes informations sur

leurs activites sans engagement de notre part

en ce qui concerne la publication”.

La sociedad francesa en 1968

 

En la víspera de mayo de 1968, Francia es un viejo país agrario en fase acelerada de industrialización; es un imperio colonial decadente que acaba de perder dolorosamente su más preciada colonia: Algeria. El país no señala en el plano práctico, amén de sus contradicciones en el plano teórico, rasgos evidentes en los últimos días de abril que pudiesen indicar la gestación de un clima revolucionario. El poder se muestra estable, con un aparato represivo policial bien armado y diseminado por todo el tejido social atento a reprimir cualquier intento para socavar las bases de la V República.

 

La economía es expansiva siguiendo un ritmo de crecimiento moderado; el nivel de vida de los asalariados se incrementa lentamente en función del crecimiento de la productividad industrial; la inflación se encuentra conjurada, la moneda consolidada. El país entraba en una nueva fase de la sociedad del consumo, del entretenimiento y de los medios. ¿Hasta qué punto mayo del 68 nace de un desfase entre la Francia industrial y tecnológica y la Francia social e institucional? Es una pregunta que merece la pena, al menos dejarla planteada.

 

En lo político, la Francia de fines de 1960 muestra una tendencia modernizadora y reformista dirigida por un patriarca-liberal  (Charles de Gaulle) quien había puesto punto final a la crisis de la “descolonización” de comienzos de la década. La oposición política, representada por la izquierda, se encontraba instalada dentro de los límites de una práctica parlamentaria y electoralista poco eficaz, incapaz de suturar sus fracturas internas y con un discurso que no iba más allá de reivindicar una mejor distribución de la riqueza o el incremento de la expansión económica.

 

En general, la población francesa se encontraba poco convencida de la eficacia de sus dirigentes, su interés político era reservado a los días de elecciones. Nada presagiaba, pues, las barricadas de París ni los 10 millones de huelguistas; a pesar de lo cual, en pocos días esta Francia gaulliste vio desmontar todos sus engranajes políticos, económicos, sociales y culturales. La sociedad se desprendió de los últimos despojos del siglo XIX, del moralismo católico y de su glorificación del dolor y de los grandes hombres. La sacralidad y la verticalidad del Estado fueron puestas en duda. El poder se manifestó desintegrado a pesar del eslogan “El Estado no retrocede”. Cayó en el ridículo por las vacilaciones, las marchas y contramarchas del gobierno. La sociedad francesa se colocó en mayo de 1968 al borde de un abismo en su conducción. “La France est menacée de dictature”, declaraba de Gaulle el 30 de mayo. Pero el tiempo no se detuvo en este año. Su desenlace fue el llamado meses después a un referendum, el 27 de abril 1969, para votar un par de reformas que implicaban su salida o permanencia en el poder. Su resultado fue adverso en un 52% lo que llevó a un cambio de gobierno. Georges Pompidou es electo nuevo presidente con el 57% de la votación el 15 de junio siguiente (1969), luego de mostararse un rechazo a las reformas continuistas del gobierno.

Promotion 68, profesores ustedes son viejos y su cultura también (Cohn Bendit)

 

De manera que los asuntos de interés, las perspectivas, los métodos pueden parecer diversos, numerosos. Los géneros y los análisis son mixtos; la semiología con la historia literaria y la sociología; las preguntas a veces prevalecen sobre las respuestas. Mayo 68 escapa, esta es precisamente su virtud, de la incautación definitiva de sus sentidos, de una glosa militante. Seguro de sí mismo, escapa de cualquier síntesis o lugar común. No hay antecedentes de ello; en general se está de acuerdo en que es imposible encontrar acontecimientos semejantes. El paisaje intelectual y artístico que sigue es fascinante: auge de las ciencias humanas, desarrollo de la semiología, luego de la semiótica, el postformalismo, el estructuralismo, el psicoanálisis con la escuela freudiana, la sociología de la cultura, la lingüística. En fin, se está en presencia de una síntesis ecléctica donde se sustituye a los individuos y al etiquetado anacrónico y apresurado, por amalgamas en escuelas y movimientos: Althusser, Lacan, Barthes, Foucault, Lévi-Strauss, Tel Quel y unos cuantos otros se utilizan a su vez para demostrar la imposibilidad de una reflexión histórica. En esto consiste la promotion 68.

 

Pero como ya señalamos, el fenómeno del movimiento estudiantil no es específicamente francés. En 1968 hay una suerte de resonancia planetaria entre los estudiantes, tanto en París como Berlín, en Roma o Pekín, en California o Chile, en Tokio o México, la contestación estudiantil se convirtió en el símbolo de una generación convulsionada, expresión de una crisis de la civilización capitalista occidental. Los mass media pusieron su parte estimulando la presencia física y cotidiana de los estudiantes en la totalidad del mundo a través de los sonidos y las imágenes.

 

En materia de sonidos, era la adoración de los Beatles, los Rollings Stones, Bob Dylan, y de Jim Morrison quien “quería el mundo y lo quería ya” (We want the world and we want it now); en materia visual, eran las imágenes de los tanques rusos entrando a Praga, del terrorismo atacando el podio de los Juegos Olímpicos de México, era el rostro mercantilizado del Che Guevara. Todas estas imágenes que provocaban entre los jóvenes reacciones de indignación, de adhesión violenta a una contracultura más allá del consumismo, de la moda, de la tradición se convirtieron en el telón de fondo de una puesta en escena de un nuevo espectáculo. Se asistía al nacimiento de una llamada “sociedad del espectáculo”, donde los medios de comunicación de masas eran los nuevos protagonistas. En los muros de la Sorbonne se  podían leer expresiones que contenían la clave del trasfondo de la contestación, una de ellas es particularmente relevante “la premiere revolution a été politique (celle des nationalités), la seconde a été economique (celle des proletariats), la notre sera culturelle”.

 

¿Qué contienen estas afirmaciones? Allí se expresa el fondo de la motivación estudiantil. Su problema no era ni la explotación económica ni la opresión política, era la transgresión del concepto tradicional de cultura. El sueño del 68 fue la irrupción en la vida pública de elementos de la vida cultural. Más que la promesa de una revolución social y política lo que daba acción a muchos de los movimientos era la esperanza de que la imaginación podía, efectivamente, llegar al poder. En el imaginario colectivo estaba la promesa de que todos tenían potencial para resistir las viejas fórmulas, para repensarlas y convertirlas en nuevos paradigmas: l’imagination au pouvoir. Fue el significado flotante eficaz de aquel momento. Con esto por delante, el énfasis se colocaba en la exigencia de  imposibles. Era la contestación a aquel conjunto de valores impuestos por las sociedades industriales, basados en la perspectiva de consagrar la existencia al consumismo, al confort material (American way of life), cuyo precio era reducir notablemente la intensidad y la amplitud de la vida espiritual e intelectual de los hombres, ergo su alienación. A esto se oponía un lenguaje nuevo, radical, al lenguaje momificado del poder gaulista y sus formaciones políticas tradicionales (“La revolución que está empezando pondrá en cuestión no solo la sociedad capitalista sino también la civilización industrial”, se escuchaba en las asambleas de la Sorbonne). Estos son los años del “Nuevo Estado Industrial (Galbraith) de “El Fin de las Ideologías” (Daniel Bell, Raymond Aron), de “El Hombre Solitario” (Riesman), de “El Hombre Unidimensional” (Marcuse). Son también los años del “anti-humanismo” francés, anunciado solemnemente por Michel Foucault con su presagio de “la muerte del hombre”.

 

¿Por qué los estudiantes? Sean realistas pidan lo imposible

 

Con todo esto, ¿por qué los estudiantes? De ser un grupo marginal en la sociedad industrial, la juventud estudiantil de 1968 pasa a asumir el papel de intelectuales de vanguardia, de intelectuales orgánicos cuyo objetivo consciente o no   es desestabilizar la sociedad en condiciones que le son favorables. El avance tecnológico y las relaciones sociales derivadas le confieren significativa importancia, en tanto sector social más dado al consumo de los valores culturales. Sobre ellos se cierne la amenaza de lo que se ha convenido en llamar –luego de Mc Luhan, la Galaxia Gutenberg. Se trata de las etapas, de las formas mútiples de una crisis. Son, entonces, ellos los más sensibles a expresar las contradicciones de los valores que aseguraban la vida en sociedad, quienes producen la desinhibición de ciertos tabúes. Por el contrario, los obreros, los funcionarios, los profesionales liberales, los campesinos son relegados por los mismos mecanismos del establecimiento y de la vulgata ética dominante, a una posición marginal, con los efectos de una reducción de su visión del mundo. “[El movimiento] ha tomado una extensión que no podíamos prever al inicio. El objetivo ahora es derrocar el régimen, pero no depende de nosotros [los estudiantes] que esto se logre o no…”, afirma Daniel Cohn-Bendit en entrevista realizada por Sartre para el Nouvel Observateur, el 20 de mayo.

 

Pero esos estudiantes están al mismo tiempo cargados de esperanzas utópicas, de sueños libertarios y surrealistas, de “explosiones de subjetividad” (Luisa Passerini), en pocas palabras, de lo que Ernst Bloch llamaba Wunschbilder, “imágenes de deseo”, que no solo son proyectadas en un futuro posible, una sociedad emancipada, sin alienación, reificación u opresión, sino también inmediatamente experimentadas en diferentes formas de práctica social (Toma tus deseos por realidades). Como lo escribe Michael Löwy, entre el estudiantado hay una afirmación compartida de su subjetividad; un descubrimiento de nuevas formas de creación artística, subversiva, irreverente, irónica, así lo testimonian las inscripciones en los muros (Les murs ont la parole). Incluso fórmulas en sí mismas contradictorias, como aquella de “Prohibido prohibir”, que no hacía sino ilustrar el divertido absurdo de la ideología de 1968.

 

Los estudiantes se rebelan, precisamente, contra estos mecanismos reductores, los cuales no eran sólo los patrones educativos y universitarios sino todo el funcionamiento de la sociedad en su conjunto, dominada durante 10 años por un poder personalista que favorecía la burocracia y el autoritarismo en todos los niveles. Todo llevó a la desaparición de los cuerpos políticos intermedios  encarnados, justamente, por los estudiantes. Changer la vie, es la expresión que sintetiza todo este estado de espíritu. El problema estudiantil no es, en este sentido, cambiar un equipo por otro dentro de un mismo cuadro institucional, sino negar el propio concepto de institución, rechazar el orden jerárquico de las instituciones burocráticas y tecnocráticas. "No se encarnicen tanto con los edificios, nuestro objetivo son las instituciones", se leía en las paredes de París.

 

Lo que estaba en puertas era un cambio de la perspectiva de transformación social según el esquema marxista  tradicional de lo económico primero y enseguida lo político y lo  cultural. El problema de mayo 68 es, según Malraux, ministro de cultura, de civilización (“Pour les historiens, nous sommes à la fin de la civilisation occidentale”). En esa conjunción de subversion con crisis de civilización radicaba tanto su novedad como la dificultad para hacerle transparente con las herramientas conceptuales creadas y difundidas en la universidad francesa de ese entonces.

 

Sueño autogestionario vs sociedad de la abundancia

 

En aquel momento se podía vivir, gozar, destruir para luego terminar hablando.Los conceptos clave en torno a los cuales se articula este trabajo ejemplar (escritura, texto, inconsciente, historia, producción, deseo) son los que todavía prevalecen hoy en día. ¿Por qué, entonces, el masivo apoyo del movimiento obrero –no del movimiento sindical-- a los estudiantes? Acá arrojan luces algunas de las explicaciones del reformismo revolucionario (Lucien Goldmann, André Gorz, Adieux au prolétariat: Au delà du socialisme). Según ellos la época que vivían los países industrializados para ese momento era considerada como una “segunda revolución industrial” caracterizada por la creciente automatización de la producción y de la sociedad y por la también creciente especialización del trabajo. Esta mutación no generaría una integración pasiva y superficial, al estilo del siglo XVIII, demlos obreros a sus puestos de trabajo, a los partidos y sindicatos. En las nuevas condiciones de profesionalización del trabajo asalariado su acción se caracterizaría por un proceso de integración contestataria a la estructura global de la producción y del sentido social.

 

La protesta estudiantil en las calles motiva a los obreros bruscamente, los interpela, probablemente sin ningún contacto con  los primeros, a actuar de la misma manera. Mientras los estudiantes ocupan las calles y las universidades, los obreros llaman a huelga y ocupan las fábricas; a la defensa estudiantil de la universidad corresponde la defensa obrera de sus lugares de trabajo. En la misma entrevista referida, Conh-Bendit añade: “Si fuera realmente el objetivo del Partido Comunista, de la CGT [la Confederación Sindical Comunista] y de las otras direcciones sindicales, no habría problema: el régimen caería en quince días pues no puede hacer una manifestación que pueda oponer a la prueba de fuerza apoyada por todo el movimiento obrero”.

 

Hay una idea en la que coinciden ambos sectores: la idea de la autogestión. Se trata de l’âge de l’autogestion (Rosanvallon). Ella condensa las aspiraciones de los trabajadores y los estudiantes a vivir de una forma diferente, con otro tipo de desarrollo. Su expresión política es la reivindicación gestionaria planteada por ambas partes, poniendo en tela de juicio la jerarquía unilateral establecida por el Estado francés y la preponderancia de las  decisiones de un reducido grupo de individuos sobre las aspiraciones de la gran masa. La nueva ideología autogestionaria se daba la mano con la reflexión sobre los impactos que las nuevas formas de organizar la producción y la comunicación tenían y podían llegar a tener en la vida moderna. La comunicación horizontal fue uno de los mecanismos que utilizaron los estudiantes y profesores para subvertir la vida de las universidades ocupadas. Los llamados seminarios abiertos y los cursos se desarrollaron demostrando que una educación no-autoritaria era posible. Se trataba de resquebrajar el concepto y la vida de los claustros. Aquel tiempo expresado en semanas conoció la explosión de la palabra multiforme. La experiencia deliberativa, la gestión de la comunidad y la subversión de discursos y prácticas apuntó al corazón mismo del autoritarismo pedagógico francés.

 

La autogestión haciéndole el coro a estos aspectos de la sociología educativa se presenta, entonces, como un modelo de socialismo  occidental, auténticamente liberal y democrático, centrado en la experiencia de los socialistas yugoslavos. Y lo que es más  significativo: este modelo no surge de la lectura de tal o cual libro  sino de las tendencias inmanentes a la conciencia colectiva y al  movimiento de la sociedad. Se estaba en presencia de una suerte de construcción dialógica, de vigencia muy fuerte, como puede apreciarse en estas palabras finales de la Carta de la Sorbona:

“¡Relean este llamado una y otra vez! ¡Sean sus autores! ¡Corríjanlo! ¡Difúndanlo por millones de ejemplares! Y cuando seamos todos sus autores, el viejo mundo se hundirá y dará paso a la unión de los trabajadores de todos los países”.

Disociación entre poder y lenguaje

 

“En mai dernier, on a pris la parole comme

on a pris la Bastille en 1789”.

 

Michel de Certeau, La Prise de Parole: pour une nouvelle culture, julio 1968

A pesar del eufemismo que pudiese contener semejante comparación entre la toma de la Bastille de 1789 y la toma de la palabra en mayo de 1968, la afirmación no deja de ser sugestiva en la medida en que resalta el papel de las estructuras simbólicas. El país entero se puso a escenificar 1789 una vez más. El entusiasmo generalizado durante ambas fechas históricas iba de la mano con otra tarea, no menos significativa, continuar pensando sobre los caminos del acontecimiento revolucionario, ces idées qui ont ébranlé la France. Durante dos semanas al menos, Francia careció de los servicios esenciales y de la producción en movimiento, tampoco tuvo gobierno porque el que estaba vio desvanecer el consenso sin el cual ninguna autoridad política puede ejercer el poder y mucho menos constituir su legitimidad. Volvió la gran puesta en escena, el “psicodrama” de Aron, en el que se vuelven a interpretar grandes capítulos de la historia francesa, como las insurrecciones parisinas de 1830, de 1848 o la Comuna de París de 1871.

 

¿Es posible entonces observar en el mayo 68 una cierta dificultad de la sociedad francesa para asimilar una ruptura cultural y generacional? El sentido de esta pregunta conlleva a lo que algunos han llamado la “herencia imposible” (Jean Pierre Le Goff). Una ruptura en el sistema de representaciones de las cosas y de las relaciones humanas estaba en marcha, lo cual produce la disociación entre el poder y el lenguaje. La palabra, prisionera hasta entonces, había sido liberada bajo forma de barricadas, de protestas contestatarias al grito: “Ici tout le monde a le droit de parler”. Lo que siguió fue una suerte de catarsis colectiva en días de crisis y de violencia, dominados por la práctica del lenguaje. El poder que en cierto momento pareció acreditarse astutamente la representación popular, lo que le justificaba ante la sociedad, quedó súbitamente desnudo, sin solución de continuidad entre representantes y representados. El propio sistema se cargó de lo simbólico al señalar en términos conocidos una novedad que le era extraña. Cómo la toma de la palabra puede modificar una experiencia cultural y causar rupturas, entre el deseo y la ley, por ejemplo, es algo que ilustra aquel mayo 68 francés. En todo caso, se observa un movimiento iconoclasta de muchas facetas.

 

Lo que ocurre en Francia en 1968 es, en suma, un fenómeno socio-cultural profundo y en cuanto tal extremadamente complejo. Se trata de un conjunto de significaciones, reivindicaciones y acciones que dieron a los sucesos su verdadera significación cultural e histórica. Pero si en la retórica de 1968 no había una diferencia clara entre hacer el amor, tomar LSD o hacer la revolución, sí fue un inmenso catalizador de las transformaciones en marcha desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Signó el pasaje del mundo industrial tradicional al mundo industrial moderno caracterizado por un enorme progreso técnico. Se gestaban las condiciones para la emergencia de lo que luego se llamó la postmodernidad, una manera retórica de llamar la etapa por venir cuando no solo el movimiento fue vencido, sino que varios de sus participantes y dirigentes se volvieron conformistas; el capitalismo, en su forma neoliberal, hizo sus reacomodos en las décadas de 1980 y 1990, no solo se hizo triunfante, sino que logró matizar su crisis civilizatoria, presentándose como el único horizonte de lo posible con la manida tesis del fin de la historia.

 

Génesis de una ideología contestataria, mutación de las categorías del pensamiento social, fractura del sistema por la desaparición de los cuerpos políticos intermedios, inversión de los valores sociales tradicionales, crítica radical del capitalismo y del  comunismo, nacimiento de una utopía colectiva, el paso de la comunicación a la telecomunicación, son pues algunos de los componentes de  las lecciones históricas que brinda la experiencia francesa de hace 53 años y que debería ser asimilada por sociedades como las latinoamericanas, hoy en plena decadencia, no tanto para copiar sino para inventar a partir de ellas, para desenmascarar y enfrentar, y desechar lo vano y trágico de su actual momento histórico. Ya algunos movimientos estudiantiles, como el venezolano, abrieron la brecha desde el 2007, en sus luchas contra el totalitarismo, militarista y corrupto del régimen que oprime y aniquila. Falta sobrevenir tendencias para construir el futuro, renovar liderazgo, esperanzas y estrategias, que por cierto bastante falta hace.

 

Dejemos las cosas hasta aquí, no sin hacer eco en nuestra consciencia de las conclusiones que Jacques Lacan saca, magistralmente demostradas, ante los estudiantes con motivo de ese callejón sin salida que es la cuestión revolucionaria:

La aspiración revolucionaria solo tiene una oportunidad de culminar, siempre en el discurso del Amo (Maestro). Es lo que nos ha probado la experiencia. A lo que usted aspira como revolucionario, es a un Amo (Maestro). Lo tendrá … Imaginan que tienen un Amo (Maestro) con Pompidou! ¿Entonces? Qué es esta historia…

 

Impromptu de Vincennes, Clase 2, Discusión entre Lacan y un estudiante desconocido, 3 de diciembre de 1969

[1] Columbia University