FORO CUBANO Vol 4, No. 31 – TEMA: CRISIS SOCIAL Y REORDENAMIENTO ECONÓMICO–

Las malas consecuencias de las malas ideas

Por: Fidel Gómez Güell

Abril 2021

Vistas

En medio de las precarias condiciones sociales y económicas a las que se enfrentan los cubanos día a día, el establecimiento del Ordenamiento Económico y el reciente Congreso del Partido Comunista de Cuba han buscado perpetuar dicho contexto. Si bien, no se proyecta un futuro alentador, la lucha por construir una población crítica debe continuar

Abril finaliza, el Sol quema sin piedad en las calles de Cuba. La temperatura, durante las horas productivas alcanza siempre cotas superiores a los treinta grados y la alta humedad relativa producto de nuestra condición de isla tropical, incrementa la sensación térmica hasta niveles virtualmente insoportables. A diferencia de las otras ciudades latinoamericanas que nos rodean, el uso de los sistemas de aire acondicionado en los centros laborales, está restringido a una casta muy pequeña de dirigentes y funcionarios del estado. Las redes de trasportación urbana son casi nulas, ineficientes e inalcanzables para la mayoría de la gente, por tanto, los cubanos se trasladan caminando de un lugar a otro, a veces cubriendo significativas distancias bajo el inclemente Sol. Las bebidas refrescantes -tan necesarias en estos climas- que son muy abundantes y variadas en las calles de cualquier ciudad del continente, han desaparecido prácticamente del mercado nacional.

  

Ahora mismo la mayoría de las provincias padecen cuarentenas desproporcionadas y toques de queda. Hay poca comida en las calles y prácticamente ningún líquido en venta sobre los mostradores de las cafeterías privadas que se han atrevido a mantenerse trabajando, a pesar de la escasez de materias primas, la demanda deprimida producto de la inflación y la rampante subida de precios que ha ocasionado la unificación monetaria, dentro del contexto de lo que el gobierno ha llamado, paradójicamente “El Ordenamiento”.

Los cubanos que han vivido toda su vida dentro de la isla, se adaptan con asombrosa facilidad a estas paupérrimas condiciones; como si, a lo largo de tantos años de privaciones y escasez, hubieran desarrollado genes especiales programados para la resistencia a largo plazo. Hay incluso quienes conservan trazas del optimismo que ha desovado la narrativa triunfalista de los medios de difusión en sesenta y dos años consecutivos de propaganda pura y dura.

Optimismo que, por otro lado -duele decirlo- es infundado. Hace solo unos días concluyó el Octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba en La Habana y el recién designado Primer Secretario, el actual presidente del Consejo de Estado, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, ha dejado claro en su discurso de cierre que los dogmas marxistas que rigen los procesos económicos y sociales en Cuba no se moverán ni un milímetro de su arcaica posición ideológica.

Este discurso, deslucido y monótono -como suelen ser los discursos de Díaz-Canel- pareciera calcado de cualquiera de los panfletos partidistas que elaboraban los burócratas del PCC bajo las órdenes de Fidel Castro en los años setenta, ochenta y noventa del pasado siglo. No hubo en él un atisbo de esperanza para el pueblo de Cuba. No apareció un párrafo o una oración que pudiera sugerir que la nueva generación de dirigentes revolucionarios ha entendido las verdaderas razones del desastre en que vivimos los cubanos y que por tanto pondrán manos a la obra para comenzar a recorrer el camino de las soluciones razonables para salir de la crisis.

Las ideas esenciales contenidas en el congreso -y por tanto ascendidas a lineamientos conceptuales para el ejercicio de gobierno en Cuba- se pueden resumir así:

“La heroica Revolución Cubana, heredera de los más nobles ideales universales, debe seguir resistiendo al precio que sea necesario los embates del enemigo de la humanidad que es el Imperialismo Yankee. Para ello, el pueblo de Cuba tendrá que estar dispuesto a seguir soportando toda clase de calamidades porque renunciar al socialismo sería traicionar la más sagrada esencia de la patria, codificada en una constitución que autoriza a cualquier cubano a ejercer la cruda violencia contra otro cubano, si interpreta que el comunismo se encuentra en peligro. El mercado, la democracia occidental, el liberalismo económico, la libertad de expresión y la libertad de emprendimiento, son males heredados de las potencias hegemónicas que debemos evitar, pues socavarían nuestra unidad nacional frente a Estados Unidos, cuyo embargo económico es la causa fundamental de la pobreza tan abyecta en la que viven los cubanos y cubanas del siglo XXI”

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Imagen proveída por el autor

Esta retórica de guerra fría, panfletaria e infantil, es la misma que el inmenso aparato de propaganda estatal lleva repitiendo, todos los días por la radio, la prensa, la televisión y a través de todo el cuerpo institucional de la isla. Cuatro generaciones de cubanos, -los cuales, en su mayoría, carecen de las herramientas intelectuales y el acceso a la información necesaria para poder analizar críticamente su realidad- han recibido altísimas dosis de este “veneno ideológico-cultural” que los mantiene aletargados en un estado de inercia social, lidiando con la dura realidad por un lado y con las promesas siempre incumplidas de la “ficción socialista” por el otro.

Como era de esperar, no ha habido un estallido social, una sublevación popular, ni una huelga general después de que todo el país escuchara las conclusiones del congreso comunista. Acaso ciertos comentarios intrafamiliares de descontento o resignación, algunos chistes sardónicos lanzados en las esquinas semiderruidas de La Habana Vieja y quizá uno o dos infartos aislados, pero más allá de eso, no mucho.

Los cubanos corrientes no suelen pasar mucho tiempo reflexionando acerca de los fundamentos teóricos del sistema que los ha llevado a la miseria material y espiritual. Generalmente, el mero hecho de poner comida sobre la mesa o encontrar productos ordinarios para asearse ya es un reto suficientemente estimulante en este país como para tener que derivar en arriesgadas aventuras intelectuales, que a la larga pueden traerte muchos dolores de cabeza y eventualmente unos cuantos añitos de cárcel por crímenes contra la seguridad del estado, como los que le endilgaron hace muy poco al joven habanero Luis Robles Elizastegui por alzar una pancarta el pasado 4 de diciembre en el boulevard de San Rafael, en Centro Habana, pidiendo libertad para el artista contestatario Denis Solís, en manos del aparato represivo.

Por estas y otras razones, el pueblo cubano se ha convertido en un pueblo dócil y fácil de gobernar. La ausencia de una verdadera sociedad civil que pueda ejercer la crítica abierta y presionar al régimen hace las cosas aún más sencillas para los jerarcas del partido, agrupados en el Buró Político, en el que, de hecho, se ha colado recientemente el general Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, antiguo yerno de Raúl Castro y actual presidente ejecutivo de GAESA, un oscuro personaje que lleva años enquistado en el poder, manejando el complejo militar empresarial del país, del que se dice, es considerablemente eficiente y autoritario. Es importante mencionarlo pues la ascensión de López-Callejas al máximo órgano de dirección del partido ha hecho saltar las alarmas en no pocos entendidos de la realidad cubana, por ser este considerado un tipo imprevisible y peligroso.

Lo que viene a continuación

No hay que consultar a un “babalao” ni tener una bola de cristal para avizorar, grosso modo, lo que va a ocurrir en los próximos años -si no aparece alguna otra catástrofe mundial que pueda precipitar los acontecimientos y cambiar el curso general de la historia. La sociedad cubana no va a salir por lo pronto de su estancamiento, la represión, la propaganda sistemática, la falta de libertades y la crisis ética que sufren los habitantes de esta isla olvidada por occidente, van a seguir siendo componentes fundamentales del esquema de gobierno, dentro del cual los comunistas se sienten confiados y saben manejarse con razonable eficacia. Por lo tanto, no habrá apertura económica sustancial, mejoría para el Cuentapropismo en Cuba ni concesiones a la valiente, pero diezmada oposición, que lucha por existir dentro de la isla y sigue siendo el actor ausente a la mesa del diálogo político de altura.

Aunque el sustrato material de nuestra sociedad se cae a pedazos y la calidad de vida se ha deteriorado considerablemente, la narrativa revolucionaria conserva su fortaleza, sobre todo en la parte del imaginario colectivo que corresponde a los decisores y empoderados del sistema. Dirigentes, funcionarios, jefes militares, intelectuales comprometidos y un sector, cada vez más pequeño, pero aún importante de la ciudadanía, siguen creyéndose los mitos hábilmente creados por la propaganda socialista y su adhesión ideológica a estas ficciones les impide dar un paso en otra dirección, que no sea la que le señala su pastor, como si -en efecto- de ovejas obedientes se tratase. Algunos pocos miles de jóvenes alzando su voz en redes sociales y unos cuantos disidentes con cierta proyección internacional protestando en plena calle, aun no son incentivo suficiente para moverle el piso a esta masa taciturna que prefiere ahogarse en el Estrecho de la Florida o perder la vida en la Selva del Darién, que rebelarse contra su verdugo doméstico.

El régimen no puede reprimir a diez mil ciudadanos simultáneamente en las calles de La Habana, decididos a afrontar las consecuencias, exigiendo un cambio de sistema y pidiendo un diálogo con todos los factores políticos de la nación, para darnos el futuro que todos merecemos y no el que los ideólogos del Partido Comunista han decidido que nos toca. Pero eso no parece posible al menos en los próximos años. La masa crítica que hay que lograr en la población para que esto ocurra, aun no se alcanza, sin embargo, algún día se va a alcanzar, pero antes habrá que librar la batalla del siglo por el privilegio de la participación en la construcción de la narrativa pública, que es, en definitiva, el arma más importante de la Dictadura.