La prostitución de las migrantes venezolanas: imperativo moral vs imperativo humanitario

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Por: Tania Niño

Septiembre 2019

Este artículo desarrolla la siguiente tesis

El imperativo moral soportado en imaginarios que sitúan a las prostitutas en el plano de la degeneración social, la destrucción de los hogares, la seducción y la provocación, contrario, al rol tradicional de la mujer madre, esposa, íntegra y pasiva, ha impedido que la situación de las migrantes venezolanas en ejercicio de prostitución se posicione en la agenda humanitaria.

Este análisis se fundamenta en los postulados de Marcela Lagarde y de los Ríos[1] sobre la prostitución, y reflexiones y experiencias personales con mujeres migrantes venezolanas[2]. En primer lugar, se hace referencia a la construcción alrededor del género y por qué la prostitución es un hecho femenino. Y, en la segunda parte, se problematiza la inclusión de la situación de las migrantes venezolanas en la agenda de respuesta a la crisis humanitaria por parte de actores nacionales e internacionales.

Construcciones de género alrededor de la prostitución

El género hace referencia a los roles, atributos y responsabilidades asignadas a hombres y mujeres. No es biológico, es una identidad aprendida, adquirida y relacional[3]. Son asignados antes de nacer, y la sociedad tiene una expectativa distinta de lo que deben hacer los hombres y las mujeres.

En esta distribución de responsabilidades y roles, los hombres adquieren privilegios y las mujeres quedan en desventaja. Se establecen entonces, relaciones asimétricas de poder que sobrevaloran lo masculino sobre lo femenino, favoreciendo la dominación de los hombres[4]. Eso es lo que se conoce como patriarcado.

Lagarde menciona que el patriarcado se caracteriza por:

  • El antagonismo entre hombres y mujeres.

  • La escisión del género femenino: la enemistad histórica entre las mujeres, basada en su competencia por los hombres y por ocupar los espacios de la vida que les son destinados (la esposa vs la otra).

  • El fenómeno cultural del machismo: la exaltación de la virilidad y el establecimiento de deberes e identidades compulsivos e ineludibles para hombres y mujeres (Imaginarios, representaciones y creencias culturales).

 

En el marco de estas diferenciaciones, la sexualidad tiene una función central. En el caso de los hombres es placentera, gozosa, garantizada. Su rol es activo, dominante y ellos toman la iniciativa. Su cuerpo “es para sí”, no se instrumentaliza para otros. Aunque la poligamia es discursivamente prohibida, socialmente existe permisividad y comprensión al respecto, ya que se simpatiza con las necesidades y frustraciones masculinas.

En el caso de la mujer, dice Lagarde, su sexualidad está escindida entre: la procreadora de la Madresposa y la erótica que se concentra en la prostituta. En el caso de la primera, la maternidad es irrenunciable, su placer es un tabú (ejemplo: la masturbación) y está reprimido, ella no toma la iniciativa, es pasiva y “se entrega”. Frecuentemente, responde al chantaje, al miedo, a la obligación de tener relaciones sexuales porque “es su deber”. Debe ser monógama, de lo contrario la sanción social es severa. Su cuerpo es para otros, para dar vida y para dar placer, es objeto. En cuanto a su representación moral, la madresposa, es buena, íntegra y “de su casa”.

La prostituta, sin embargo, es todo lo contrario, es erótica. En cuanto al placer, no lo siente, porque su función es darlo en el marco de una relación mercantil. Su rol es activo, ella seduce, provoca y “se ofrece”. Su cuerpo también es para otros y también es un objeto. En cuanto a su representación moral, es mala, degenerada, simboliza la tentación y el pecado.

Ahora bien, ambas mujeres son objetos y cuerpos para el placer de los otros. Es una construcción social y cultural alrededor del género femenino. El cuerpo erótico, visible de las mujeres, está en las portadas de discos, en calendarios, en marcas de cervezas, en los reinados, en la TV, el cine, la moda, el reguetón, etc. El cuerpo bello y estilizado es una aspiración para las mujeres, quienes están enseñadas a gustar y atraer al hombre. Se reproduce su cosificación erótica.

No obstante, este culto alrededor del cuerpo femenino y su erotización, esta admiración de todas y todos frente a la exhibición, a la hora de hablar de erotismo se escinde para las mujeres. Se reprime para las madresposas por el mantenimiento de la moral; erotizamos sus cuerpos, pero reprimimos su placer. Por otro lado, el erotismo abierto se especializa en las prostitutas. 

La prostitución es entonces, un hecho femenino porque la sexualidad erótica no define la condición genérica masculina. El cuerpo del hombre no es objeto, no está cosificado en las sociedades patriarcales. Estas representaciones, hacen parte de las relaciones asimétricas de poder entre los hombres y las mujeres, que se expresan en subordinación, discriminación y violencia.

Ahora, durante las crisis humanitarias, como la migración masiva proveniente de Venezuela, se exacerban estas asimetrías de poder y las violencias basadas en el género. Las venezolanas adicionalmente tienen la reputación internacional de ser hermosas, atractivas, vanidosas, merecedoras de las coronas de Miss Universo. Su belleza se da por descontada y alimenta la competencia con sus pares colombianas. Conviene recordar que competir por los hombres es una expresión del patriarcado, y ser bellas, atractivas y gustar es la forma de atraerlos.

No obstante, las venezolanas emigran por necesidad. Salen de su país especialmente por la falta de alimentos para sus hijos e hijas. Cuando llegan a su nuevo destino, se insertan en esta asimetría entre hombres y mujeres agudizada por la crisis. Se prostituyen porque son mujeres, porque esa es una de las formas de ser mujer en las sociedades y culturas patriarcales. La prostitución es una estrategia de sobrevivencia, para ellas y sus familias, plenamente enmarcada en las relaciones de poder que cosifican el cuerpo femenino. Es por esto, que la prostitución es un hecho, primariamente, de las mujeres venezolanas.

Los hombres también emigran por necesidad, también les duele que sus hijos/as pasen hambre, pero en la construcción genérica de la masculinidad, su cuerpo no es objeto de placer para otros, de allí que sus estrategias de sobrevivencia sean diferentes.

Las prostitutas venezolanas y la agenda humanitaria

Ahora bien, en el marco de esta escisión del género femenino, que sitúa a las mujeres prostitutas y a las mujeres madresposas en planos totalmente opuestos, las venezolanas son las “quita maridos”, que “vienen a destruir hogares” y “vienen a dañar la moral de los jóvenes”. En una clara expresión patriarcal, se culpabiliza a la mujer y se exonera al hombre. Lo anterior, tiene como consecuencia la segregación de las venezolanas a lugares específicos, zonas y barrios, donde quedan los prostíbulos. Difícilmente salen de allí y si lo hacen enfrentan el rechazo social que puede manifestarse incluso con violencia. Esta discriminación, afecta la valoración de sí mismas, su estima y autoidentificación como sujetos de derechos, se convencen de que no los tienen y hasta de que no los merecen.

La representación de inmoralidad y degeneración de las prostitutas absolutiza su condición, como si solo fueran prostitutas; todo el tiempo, como si eso definiera su ser. No obstante, ellas son madres, hijas, hermanas, vecinas, estudiantes, migrantes, sin papeles, sin acceso a protección social. Tanto como lo son y con las mismas necesidades que las otras migrantes, “las buenas”, y tanto como lo son y con las mismas necesidades que las colombianas más pobres. Esta marginación de las migrantes prostitutas las sitúa en una situación de mayor vulnerabilidad, exposición y desatención.

Esto se explica porque los imaginarios, representaciones y creencias culturales producen y reproducen el ordenamiento patriarcal. Están arraigados en las concepciones, prácticas y actitudes que se expresan en la vida cotidiana, el trabajo, la escuela, la universidad, las relaciones amorosas, las políticas públicas, la economía, los programas de respuesta humanitaria y de desarrollo, entre otros. ¿De qué lado, en un sentido moral, están funcionarias/os, personal humanitario y desarrollo?

¿Cómo pedirles dinero a los donantes para ayudar a prostitutas?, ¿Cómo llevarle oferta a las prostitutas sin que la agencia/organización/entidad sufra las consecuencias del rechazo de la comunidad? ¿Cómo pueden buscar la oferta las prostitutas, si no pueden salir? En conclusión, ayudar a “las buenas” es más fácil, menos costoso, más rápido y menos controversial. En fin, más efectivo para el reporte de resultados y la rendición de cuentas.

En consecuencia, el imperativo moral, aquel en el que nos ubicamos en la sociedad patriarcal, se contrapone e impide, el imperativo humanitario de salvar las vidas de las prostitutas venezolanas.

 

[1]Lagarde y de los Ríos, Marcela. Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. Siglo XXI Editores. México. 2014.

[2]De acuerdo con cifras oficiales del Estado Colombiano, a junio de 2019, se encuentran 742.390 personas de Venezuela en situación regular y 665.665 en situación irregular para un total de 1.408.055. El 48% son mujeres, es decir 679.203. El mayor número se concentra en el rango de edad entre 18 a 29 años (270.608), seguido por las mujeres entre 30 y 39 años (159.192). Disponible en: http://migracioncolombia.gov.co/infografias/231-infografias-2019/total-de-venezolanos-en-colombia-corte-a-30-junio-de-2019

[3]Bosch, Esperanza; Ferrer, Victoria A.; Virginia Ferreiro; Navarro, Capilla. La violencia contra las mujeres. El amor como coartada. Athropos. Barcelona. 2013. P. 14.

[4]Asamblea General de las Naciones Unidas (1993). Declaración sobre la eliminación de la violencia contra la mujer.

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