FORO CUBANO Vol 4, No. 38 – TEMA: PROPUESTAS PLURALES PARA UNA TRANSICIÓN EN CUBA–

La integración de las personas mayores a la comunidad como una estrategia para mejorar su calidad de vida. El caso de Palo y Piedra

Por: Fidel Gómez Güell[1]

Noviembre 2021

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El artículo presenta el caso del proyecto cultural Palo y Piedra en la comunidad de Reina en Cuba, resaltando la importancia de incluir a las personas mayores en los proyectos comunitarios.

Recuerdo como si fuera hoy el día del año 2008 en que conocí el proyecto Palo y Piedra en la comunidad de Reina, un barrio empobrecido ubicado en los litorales de la bahía de la ciudad de Cienfuegos. En ese entonces era un proyecto cultural comunitario floreciente. Por sus rústicos escenarios pasaban músicos, escritores, actores de teatro, intelectuales y una buena cantidad de público diverso, sobre todo habitantes del Consejo Popular de Reina, que incluía fundamentalmente personas mayores y niños. 

Resultaba difícil creer que un lugar así existiera en uno de los barrios definidos como problemáticos de la ciudad. La comunidad de Reina siempre ha sido conocida entre los cienfuegueros por sus altos índices de alcoholismo, criminalidad, situaciones de maltrato intrafamiliar, prostitución y otras problemáticas sociales asociadas a procesos de marginación social. 

En Palo y Piedra, sin embargo, se respiraba un aire de inclusión que lo hacía un lugarcito acogedor e inolvidable. En buena medida, ese espíritu era atribuible a la voluntad de un hombre, su creador y administrador: Mariano Basulto Caballero, un soñador noble que ha querido compartir su modesta propiedad con la comunidad a la que pertenece.

Mariano había construido con la ayuda de los muchachos del barrio y su propia familia, utilizando materiales reciclados, un pequeño teatro al aire libre, una carpintería, un horno, un taller de esculturas, un semillero de plantas medicinales, variados espacios recreativos e incluso, una estructura hecha de neumáticos usados para recuperar la duna de arena sobre la que se asentaba el proyecto. 

Dentro de Palo y Piedra había un lugar especial para las personas mayores del barrio. Un espacio llamado Campana de los Abuelos. Consistía en incluir a las personas mayores, no solo como público pasivo en las actividades culturales que se realizaban con frecuencia, sino como asesores de las nuevas generaciones que aprendían de ellos los secretos del arte de la pesca en la bahía, procedimientos rudimentarios para la cría de animales y diferentes oficios. “Del abuelo nos interesaba su saber”, comenta Mariano. 

Las personas mayores de la comunidad asistían periódicamente a estos espacios diseñados para ellos, donde a veces se ofrecían variedades gastronómicas de forma gratuita, algunas muy afamadas como la típica receta local Harina con Jaiba, la Caldosa e incluso una elaboración propia del proyecto: el delicioso Jugo de Tamarindo Verde, cuya receta la familia de Mariano ha mantenido en secreto por generaciones. Era Palo y Piedra en aquel entonces, por allá por el año 2007, un espacio de integración social inestimable del que todos los miembros de la comunidad estaban agradecidos. 

¿Qué le ocurrió a Palo y Piedra?

La historia corta: ocurrió lo que casi siempre ocurre. El proyecto no fue adecuadamente “digerido” por las autoridades gubernamentales provinciales, quienes le retiraron gradualmente el apoyo y luego arremetieron contra él, aislándolo de toda la institucionalidad e incluso emplazándolo en el terreno legal por tecnicismos menores, como suele hacer el aparato estatal en Cuba con las iniciativas que no son de su agrado. Los “pecados” de Palo y Piedra fueron dos. Logró, gracias a la iniciativa personal de Mariano, integrar de manera sorprendente a diversas instituciones y personalidades de la cultura local, quienes transitaban libremente por sus espacios sin el acostumbrado proceso burocrático que se exige para este tipo de emprendimientos y lo más “inquietante”, era un proyecto inclusivo. 

No hacía falta un carnet de creador, una membresía o una reconocida trayectoria en la institucionalidad oficialista para compartir el arte con el público de la comunidad. Sin embargo, esa cercanía con la comunidad era percibida como un peligro para las autoridades estatales locales. Incluso se llegó a amenazar a Mariano con destruir desde los cimientos aquellas rústicas estructuras que niños y personas mayores habían ayudado a construir con sus propias manos. 

Hoy Palo y Piedra es una sombra de lo que un día fue. Está vivo solo en la cabeza de su creador, que se resiste a renunciar al proyecto al que ha dedicado muchos años de su vida. El público que asistía a las presentaciones de profesionales y aficionados se esfumó de sus asientos hechos de madera vieja y neumáticos reciclados. Todo ese trozo de tierra rodeado de mar donde antes se escuchaban acordes, décimas y risas, ahora parece un barco fantasma encallado en las costas de un barrio empobrecido y aburrido.

¿Qué habría pasado si Palo y Piedra no hubiera sido censurado, amenazado y relegado al ostracismo? Por experiencia directa sabemos que los proyectos comunitarios en nuestro país son muy difíciles de mantener en el tiempo. Las razones son muchas, entre las más importantes son: las trabas administrativas y políticas, la desmotivación y la proverbial falta de recursos para trabajar. Sin embargo, resulta notable que aún hoy, después de tantos años de abandono, Mariano siga haciendo esfuerzos por mantener viva su idea y retomar su proyecto comunitario, donde se les daba un trato preferencial a niños y personas mayores de su propia comunidad.  

La integración de las personas mayores a los proyectos comunitarios

En la entrevista que le realizamos recientemente, nos comenta Basulto que Palo y Piedra podría hacerse cargo de parte de la alimentación de una Casa de Abuelos (la de la propia comunidad de Reina) e incluso donar instrumentos musicales fabricados con cueros, obtenidos en el mismo proceso de producción de alimentos. A la par de las ayudas materiales y la atención médica, la inclusión de la persona mayor en un sistema productivo local que brinda opciones recreativas y culturales, parece ser una respuesta idónea a la mayoría de los requerimientos que este grupo tiene en materia de servicios de cuidado. “El anciano tiene que estar en movimiento y hacen falta más opciones recreativas”, me decía hace unas semanas otra persona mayor entrevistada en el contexto de nuestra investigación. 

Valdría la pena preguntarse, cuántas comunidades más podrían sumarse a iniciativas como esta en todo el país si existiera una legislación que las beneficie y estimule la creatividad, activando de paso, un segmento adormecido de las fuerzas productivas, que podría insertarse en el complejo socioeconómico de la llamada Economía Plateada. 

En una entrevista realizada a Shirley Núñez, coordinadora del Programa de Personas Mayores de Cáritas Cuba, como parte del trabajo del Observatorio de Envejecimiento, Cuidados y Derechos, se argumentaba que:

(…) Es necesario, además articular alianzas entre todas las partes implicadas y la gama de instituciones y recursos que se mueven en el entramado social, para lograr visibilizar la importancia del componente social y comunitario del envejecimiento, cambiando los estereotipos y las imágenes negativas de la vejez. Otro paso importante sería vincular los programas estatales con iniciativas y experiencias de la sociedad civil y así brindar un servicio más íntegro y de mayor alcance a las personas mayores y su familia.

Son estas alianzas las que se necesitan en el seno de la sociedad civil y particularmente en las comunidades. Como dijera Mariano en su entrevista: “aterrizar en la comunidad, en el barrio”. Las formas de articularlas varían según una serie de factores que incluyen: tiempo, espacio, elementos subjetivos y objetivos asociados al trabajo comunitario en cada municipio. Algunos de estos elementos objetivos son la localización y límites físicos de la comunidad en sí, el acceso a recursos naturales como el mar (como en el caso de Reina), las tierras cultivables, recursos maderables o lugares que puedan resultar una atracción turística; constituyendo todos estos elementos, fuentes de ingreso y empleo local, condición imprescindible para reactivar las comunidades. También son parte de estos factores objetivos el estado de la infraestructura y los accesos, por ejemplo las carreteras, el agua potable y la electricidad en el caso de las comunidades montañosas, costeras o rurales aisladas.

Entre los factores subjetivos podemos mencionar, la disposición de los habitantes de la comunidad a colaborar en un proyecto común, el sentido de pertenencia y la visión que tienen las autoridades de los gobiernos municipales y provinciales sobre el fenómeno comunitario en cada lugar donde surja una iniciativa, pues de ellos depende en gran medida que se concedan los permisos para articular proyectos. Por último, dentro de estos factores subjetivos juega un rol fundamental la imagen de los pobladores de su comunidad, pues los tabúes y prejuicios sobre el propio vecindario que tienen sus habitantes a veces desmovilizan cualquier iniciativa, incluso antes de ser “elevada” a las instancias municipales. Esta precisamente era la situación en el Consejo Popular de Reina antes de que Mariano Basulto demostrara lo que se puede hacer, incluso en las comunidades desfavorecidas, cuando existe voluntad de cambio e integración social. 

Independientemente de la incidencia de estos factores, los diferentes proyectos de trabajo e intervención social tienen en común la necesidad de contar con una legislación favorable, actualizada e incluyente, justo lo que no tenemos en Cuba. No es posible concebir el futuro de los cuidados a la creciente población envejecida en Cuba y el resto de América Latina si no contamos con leyes nacionales actualizadas y ajustadas a los acuerdos internacionales vinculantes que, no solo permitan, sino que promuevan la creación de redes de trabajo sólidas para atender las necesidades de las personas mayores con un enfoque integrador, desde el espacio vital más cotidiano en el que se desenvuelven la mayoría del tiempo, que es la comunidad. 

Hay que dejar de tratar la vejez como una carga social o un problema de salud, como se ha dicho anteriormente. Las soluciones creativas, los nuevos métodos de intervención y las instituciones creadas bajo estas premisas irán surgiendo poco a poco, algunas de manera espontánea pero, un horizonte común de trabajo lo será sin dudas, el proyecto comunitario. 

Somos partidarios además de que estos proyectos futuros integren a la persona mayor con otros públicos en los diferentes espacios que se diseñen para su recreación y participación. Las personas mayores disfrutan especialmente el contacto con los niños. Como ya hemos dicho, son estos dos sectores etarios generalmente quienes más asisten a las iniciativas generadas en la comunidad. Las estrategias de intervención comunitaria y diseño de espacios culturales deberían tener en cuenta esta realidad. 

En su entrevista, Mariano nos confiesa que Campana de los Abuelos fue diseñado para que estos trasladaran su experiencia a los jóvenes del barrio. O sea, una especie de asesoría gratuita integrada a las actividades culturales y productivas, idea especialmente útil en una humilde comunidad costera de pescadores como lo es Reina. ¿Podría una iniciativa así salir de las rígidas estructuras estatales cuya visión de la realidad comunitaria es de muy baja resolución? Lo dudo. Esta es una de las razones por las que la comunidad es quien debe tener la libertad para crear sus propias políticas y generar iniciativas libremente, sean privadas, públicas o mixtas, obviamente dentro de un marco jurídico amplio y permisivo. 

Mariano sabe por experiencia propia que una cosa lleva a la otra, pues si lo autorizan a producir carne para vender a bajos precios a los servicios dirigidos a personas mayores, por ejemplo carnero y chivo, puede también trabajar los cueros, hacer instrumentos musicales, y estimular a los movimientos de artistas aficionados del barrio, de la casa de abuelos y de quien quiera sumarse al proyecto generando encadenamiento y vinculación con otros factores de la comunidad. 

Este enfoque integral de intervención (social, económica y cultural) nos permitiría colocar de manera efectiva a la persona mayor en el centro del proyecto comunitario, sobre todo al que vive solo y socializarlo con el resto de la comunidad. Creemos además que se puede extender esta metodología de trabajo a otros escenarios rurales y urbanos, especialmente a enclaves costeros o de montaña, donde el aislamiento y la escasez de opciones recreativas son crónicas. Sería lo más recomendable hacerlo bajo el amparo de una Ley de Comunidades que funcione como régimen especial, librando a sus fuerzas productivas de una parte de las cargas impositivas y otros obstáculos burocráticos, por solo poner un ejemplo. 

La idea es que esta legislación ponga en el centro de atención el problema del envejecimiento y sea concebida para incluir a la persona mayor como sujeto protagónico de todas las dinámicas comunitarias que se deriven de ella. En todas las comunidades de este país existe una considerable cantidad de personas mayores por la propia estructura sociodemográfica de nuestra sociedad, a la vez, todos los que viven solos o especialmente vulnerables viven en alguna comunidad o barrio. ¿No resulta lógico entonces promover un paradigma de la asistencia social donde los cuidados y servicios a la población envejecida sean un componente fundamental del trabajo comunitario?

Debe crearse una legislación clara y transparente que estimule este tipo de iniciativas privadas o públicas, priorizando todo aquel emprendimiento que esté dirigido a la transformación, el sostenimiento o el apoyo de redes de ayuda, así como a la mejora de las condiciones de vida de las comunidades vulnerables y sus poblaciones envejecidas. No sería descabellado trabajar para que estos proyectos lleguen a tener personalidad jurídica, estatus que les permitiría hacer contratos y crear relaciones de asistencia mutua o comercio a pequeña escala con quienes les resulte beneficioso. 

Las comunidades marginadas, o en situación de aislamiento ya sea rural o urbano, serían especialmente privilegiadas con esta legislación. La bibliografía especializada indica que son este tipo de comunidades donde generalmente existen un gran número de personas mayores necesitadas de asistencia, algunos de ellos en situación crítica, quienes serían los beneficiarios inmediatos de este sistema de trabajo. 

Reactivar las comunidades, bajo el amparo de una nueva estructura legal y situar a los adultos mayores en el centro del trabajo comunitario, nos parece una forma ética, sostenible y poco costosa de abordar los retos del envejecimiento progresivo de nuestras sociedades. Obviamente se necesita apoyo del Estado, de las instituciones de la sociedad civil e incluso de la empresa privada, sobre todo pequeña y mediana. 

Integrar a todos estos actores en un mismo sistema de trabajo exigirá esfuerzo y creatividad. Tendremos que generar una narrativa inclusiva, moderna, dentro de la cual desaparezcan los estigmas sobre la vejez y podamos entendernos utilizando un lenguaje común para alcanzar objetivos compartidos. Sinergia, para decirlo con un término que está de moda en la jerga académica.  

 

[1] Fidel Gómez Güell (Cienfuegos, 1986) es licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad de Cienfuegos. Además, es escritor, antropólogo cultural e investigador visitante de Cuido60.