La exportación de la revolución como estrategia de sobrevivencia

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Por: Reinaldo Escobar

Octubre 2019

“¡Cómo podríamos mirar el futuro de luminoso y cercano, si dos, tres, muchos Vietnam florecieran en la superficie del globo, con su cuota de muerte y sus tragedias inmensas, con su heroísmo cotidiano, con sus golpes repetidos al imperialismo, con la obligación que entraña para éste de dispersar sus fuerzas, bajo el embate del odio creciente de los pueblos del mundo!” Mensaje a la Tricontinental Ernesto Che Guevara 16 de abril de 1967.

 

La incidencia de Cuba en América Latina hasta la primera mitad del siglo XX se asociaba, fundamentalmente, a la expansión de la producción cultural de la Isla, especialmente la música. Solo a partir del triunfo revolucionario de 1959, Cuba pasó a ser un modelo para quienes veían en el proceso liderado por Fidel Castro una fórmula para alcanzar el poder por un camino alterno a las urnas.

 

Cuba, que se exponía como “faro luminoso de América Latina” alentó a quienes tenían el objetivo de desvincularse de la dependencia de los Estados Unidos y realizar cambios estructurales en pos de la justicia social.

 

La forma en que este país ha influido en el área en las últimas seis décadas ha oscilado entre la subversión armada para derrocar dictaduras militares o gobiernos democráticos y el sostenimiento de gobernantes con inclinaciones de izquierda. Paralelamente al accionar en esta parte del mundo, la Isla ha tenido también una presencia militar en África y el Medio Oriente, relacionada con la geopolítica soviética en los tiempos de la Guerra Fría.

 

La “discreción” o mejor, la clandestinidad con que el Gobierno cubano ha llevado a cabo muchas de estas incursiones, dificulta la realización de un inventario completo acreditado por fuentes oficiales; en tanto que la versión de los agredidos suele estar contaminada de exageraciones y propaganda tendenciosa. Junto a la cronología de los hechos de esta incidencia, queda pendiente definir una mínima periodización y con ella una conceptualización del fenómeno.

 

A partir del triunfo de la revolución de 1959 y del casi inmediato surgimiento del conflicto con los Estados Unidos, la idea de “exportar la revolución” se convirtió en una estrategia de “seguridad nacional” un eufemismo para no decir sostenerse a toda costa en el poder. En pocas palabras, se trataba de mantener ocupado al imperialismo en frentes dispersos para impedir que usara todas sus fuerzas contra el naciente experimento cubano.

 

En una fecha tan temprana como el 6 de junio de 1961, al formalizarse  la creación del Ministerio del Interior, el comandante Manuel Piñeiro fue designado Vice Ministro a cargo de la Dirección M de Inteligencia y de la atención de los Movimientos de Liberación Nacional. Entre sus tareas más importantes estuvo luego la de garantizar los planes de Ernesto Che Guevara, tanto para la campaña en el Congo en 1965, como posteriormente en la de Bolivia.

 

Este es un momento en que el debate más interesante en el seno de la intelectualidad de la izquierda política era determinar dónde estaba “la contradicción fundamental de la época”. Aquí aparecen tres variantes en disputa: el conflicto Este-Oeste, o lo que es igual, entre el campo socialista y las democracias occidentales; la vieja contradicción, dogmatizada en los manuales marxistas, entre el capital y el trabajo y la novedosa versión del conflicto entre el Norte y el Sur, alusión geográfica para referirse al enfrentamiento entre los países desarrollados y los subdesarrollados del llamado Tercer Mundo.

 

La posición de la parte cubana en estos debates fue, en la teoría y en la práctica, ambigua, por no decir oportunista.

 

Tanto la República Popular China, como la Unión Soviética, trataron de ganarse la adhesión de la joven revolución. Los chinos, promotores de la idea de que la contradicción del momento era entre el Norte y el Sur, veían con buenos ojos el apoyo dado por Cuba a las guerrillas. Los soviéticos, defendiendo la tesis de que el principal conflicto era entre el Este y el Oeste intentaron formalizar a Fidel Castro en el universo de los partidos comunistas prosoviéticos del área, y generalmente indiferentes a los movimientos armados, con la excepción del de Venezuela que apoyó la lucha en las montañas.

 

En una primera etapa, desde 1960 hasta finales de 1970, el aparato de subversión cubano se enfocó casi exclusivamente en los movimientos de liberación que surgieron en el continente. A todos los apoyó de diferentes formas, ya fuera políticamente, brindando entrenamiento militar o proporcionando logística, recursos financieros y armamentos.

 

Baste mencionar a Luis Turcios Lima, comandante de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) en Guatemala; Jorge Ricardo Masetti, en Argentina; Daniel Ortega, en Nicaragua; Luis de la Puente Uceda, Comandante General del Movimiento de Izquierda Revolucionara (MIR) en Perú; Manuel Marulanda Vélez, Tirofijo, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC); Douglas Bravo, jefe de las FALN en Venezuela; el coronel Francisco Caamaño y su fallido desembarco en República Dominicana; Filiberto Ojeda Ríos, líder del grupo Macheteros (una rama de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional de Puerto Rico) y Raúl Sendic del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros de Uruguay. Todos apoyados en mayor o menor medida por el Gobierno cubano.

 

El acontecimiento más trascendental en el proceso de legitimar esta estrategia ocurrió en enero de 1966 cuando se celebró en La Habana la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina, conocida como “La Tricontinental”. El evento, que contó con la participación de más de 500 delegados de 82 países, proclamó en su Declaración General “el derecho y el deber (…) a facilitar el apoyo material y moral a los pueblos que luchan por su liberación.”

 

Tres importantes acontecimientos ajenos a la política exterior cubana ocurren en el área: el golpe de estado en Perú dirigido por Juan Francisco Velasco Alvarado el 3 de octubre de 1968, el golpe militar encabezado por Omar Torrijos en Panamá en 1968 y la llegada a la presidencia de Chile por la vía electoral de Salvador Allende en 1970.

 

Ante la evidencia de que la vía armada en forma de guerrillas no era la única forma de conquistar el poder con intenciones revolucionarias, el gobierno cubano brindó un apoyo total a las nuevas experiencias, lo que marcó un punto de inflexión.

 

Sin embargo, el cambio más notable ocurrió a partir de 1975. En el primer Congreso del Partido Comunista de Cuba se definió con más claridad la subordinación a la URSS a cambio del rescate de la economía, naufragada tras el desastre de la Zafra de los 10 millones en 1970.

 

Justamente en noviembre1975 tropas cubanas ingresaron en Angola para apoyar a Agostinho Neto, líder del Movimiento Popular para la Liberación de Angola (MPLA) y candidato de la Unión Soviética para gobernar ese país.

 

Se calcula que cerca de medio millón de cubanos entre médicos, maestros, ingenieros y soldados sirvieron en Angola durante los 16 años que duró esta guerra, calificada como la más larga de la historia de Cuba, en la que se registraron oficialmente 2 655 cubanos fallecidos.

 

En la VI Cumbre del Movimiento de Países no Alineados, celebrada en La Habana en 1976, Fidel Castro pasó a presidir esta organización donde se mostró como un partidario de la paz mundial y se ocupó abiertamente de hacer propaganda exponiendo las ventajas que había ganado su país gracias a la “desinteresada ayuda” de la Unión Soviética.

 

Tras el derrumbe del llamado campo socialista la presencia cubana más allá de sus fronteras cambió radicalmente. La seguridad nacional se redujo entonces a “mantener las conquistas alcanzadas” y resistir como fuera posible.

 

La llegada al poder de Hugo Chávez en Venezuela (1998), Luis Ignacio Lula da Silva en Brasil (2003), Evo Morales en Bolivia (2006), Michelle Bachelet en Chile (2006), Rafael Correa en Ecuador (2007) y el regreso al poder de Daniel Ortega en Nicaragua (2007) abrieron un nuevo capítulo en los métodos injerencistas de Cuba.

 

Ahora ya no se trataba de subvertir el orden sino de consolidarlo, allí donde la izquierda lograba obtener el poder en las urnas.

 

Con el inmenso poder económico de Venezuela y la riqueza en personal calificado de Cuba se conformó una alianza destinada a fortalecer a los gobernantes cercanos al socialismo del siglo XXI y a estimular el voto por los candidatos de la izquierda allí donde los partidos tradicionales resguardaban el capitalismo.

 

Esta vez la influencia cubana tenía un intermediario con petróleo que, además de abastecer el combustible, aseguraba votos favorables en los foros internacionales, bien para denunciar el embargo norteamericano como para impedir condenas por violación de los derechos humanos.

En ese momento Petrocaribe beneficiaba  a 17 miembros del acuerdo, que recibían un total de 121.000 barriles diarios bajo el mismo esquema de cooperación

 

La impugnada presencia cubana en Venezuela es en estos momentos el principal motivo de controversia con los Estados Unidos. Diversas fuentes señalan que Cuba, además de participar con brigadas médicas, entrenadores deportivos y otros colaboradores civiles es quien sostiene con su sofisticado aparato de inteligencia al régimen de Nicolás Maduro.

 

Los cambios políticos ocurridos en Brasil, El Salvador, Ecuador y más recientemente en Bolivia han venido acompañados de la suspensión del trabajo realizado en esos países por las brigadas médicas cubanas las que, por otra parte, han sido identificadas cono una forma de esclavitud moderna.

 

En la actualidad, cuando los protagonistas de la “contradicción fundamental de nuestra época” son la globalización, el cambio climático y la cuarta revolución industrial, la injerencia cubana en los asuntos internos de otros países sigue siendo una estrategia de “seguridad nacional”, entendida esta como una fórmula para mantener el régimen de partido único y es susceptible de permutar su signo de colaborador por el de desestabilizador.

 

No hay pruebas tangibles que respalden las acusaciones de que Cuba esté detrás de los disturbios en Ecuador y en Chile o de quienes protestan por lo ocurrido en Bolivia con la salida del poder de Evo Morales. No hay evidencias, solo lógica política respaldada por la historia.

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

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