FORO CUBANO Vol 5, No. 40 – TEMA: CORRUPCIÓN Y DEMOCRACIA EN AMÉRICA LATINA–

Integración regional de la corrupción de Estado: la paradoja de un modelo descarriado en América Latina

Por: Alejandro Cardozo Uzcátegui

Enero 2022

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El artículo aborda el “descarrilamiento” de los proyectos de integración en América Latina hacia la corrupción, destacando que ello empobreció a la región, atrasó el desarrollo por medio de la integración comercial y medró una institucionalidad integradora.

Una tentación geopolítica por la historia

Los proyectos de integración regional han sido el sino latinoamericano, pues es la tentación geopolítica de una región que en apariencia pareciera tan obvia su integración política, social y económica por factores históricos, lingüísticos, religiosos y, en general, “culturales”.

Como nos recuerda Caparrós en Ñamérica (2021), América Latina supone unos 20 millones de kilómetros cuadrados, 1/7 de la superficie terrestre, donde se congregan unos 640 millones de latinoamericanos, es decir, un humano de cada 12, es latinoamericano, de los cuales 420 millones hablan español. Brasil forma la parte más extensa de esta zona latinoamericana, con nada menos que 8,5 kilómetros cuadrados y 210 millones de brasileños; siguen a Brasil en extensión Argentina y en población México.

En Europa, un continente muchísimo más pequeño, se habla 23 idiomas –sin contar los 200 que sobreviven sus identidades lingüísticas como el euskera, el occitano o el calabrés–, esto implica, leyendo la historia de Europa, que un idioma supuso de una u otra forma, una guerra. Esta ecuación atrevida puede trasladarse a América Latina, donde conviven muchas menos lenguas y, asimismo, hemos tenido muchas menos guerras regionales. El todo es ilustrar el hecho de esta homogeneidad cultural, como distintivo de lo sencillo –u obvio– que debería ser integrar a esta América meridional. 

Además, la historia de la diplomacia interamericana es tan antigua –o más– de la mayoría de las naciones del mundo. Podemos hablar perfectamente de un derecho interamericano con características propias, que hoy hace parte del derecho internacional. Cuando la incipiente Liga de las Naciones daba sus primeros pasos, cerca del 50% de las delegaciones eran solo latinoamericanas. Asimismo, la diplomacia latinoamericana[1] fue la única herramienta a la mano (digamos “agencia sur”) de estos países para poder balancear su peso específico en un mundo imperial, todavía victoriano, donde las potencias –incluido Estados Unidos– usaban una diplomacia agresiva de cañoneras, compañías y bancos ávidos de control de materias primas y recursos. La única forma de equilibrar esa asimetría fue la política exterior latinoamericana, con interesantes iniciativas desde el temprano siglo XIX, como el mismo Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, instalado por Simón Bolívar, donde se empezó a discutir la agencia suramericana como desafío global. Luego debe sumársele las conferencias panamericanas, más tarde denominadas interamericanas, que terminan por armar el proyecto de una Organización de Estados Americanos (OEA), en la ciudad de Bogotá en 1948.

De la integración política y económica a la integración descarriada

A finales de la década de los ochenta, Fidel Castro intuye el desmoronamiento del mundo socialista, y sabe que para la supervivencia de su régimen –y en una sustitución a la postre de la Unión Soviética como proveedora material y política de la Cuba castrista– debía diseñar otro mecanismo geopolítico, como una suerte de puente que le ayudara a cruzar el abismo que dejaba en el medio la Perestroika y el Glasnost, es decir, las reformas de Gorbachov –de la mano de nadie menos que Reagan, el presidente más temido y odiado por el comunismo latinoamericano. Fidel Castro sabía que nada bueno podía surgir para él tras las continuas conferencias entre Mijaíl y Ronald. Su única opción: reconocer dentro del país más importante de América Latina al partido contra sistema con más posibilidades de poder y, por supuesto, a su líder. No fue difícil saber que se trataba del Partido de los Trabajadores y la cabeza más proactiva del sindicalismo organizado brasileño: Lula. Las reuniones se dieron, y de ellas Lula y Fidel inventaron el Foro de São Paulo, la organización más disciplinada del altermundismo de la posguerra fría: el puente para que la izquierda latinoamericana cruzara sin caerse en el abismo de la historia.

Lula gana las elecciones en Brasil el 1 de enero de 2003, y empieza una trama geopolítica de integración regional al unirse al coro de las voces altermundistas donde ya estaba Hugo Chávez de Venezuela con tres años en el poder (desde 1999); ambos rumbos presidenciales guiados por la brújula de La Habana. Lula convocó muy temprano la primera cumbre de muchas, donde compartió ese liderazgo con Chávez. Aquella geopolítica integracionista tuvo dos objetivos claros –y efectivos–, apartar a Estados Unidos de la dinámica regional e integrar poco a poco a Cuba a los foros y grupos, pues la isla era una suerte de actor paria de la diplomacia latinoamericana desde su expulsión en los sesenta de la OEA. De ese momento, evolucionaron hacia la visión de Lula y Chávez las diferentes iniciativas regionalistas de diálogo y convergencia como el Grupo de Río, o los otros foros de integración económica como Mercosur o la Comunidad Andina, donde gracias a toda la experiencia acumulada en América Latina en tales asuntos, se permitió el florecimiento de otras miradas de integración como Alba, Unasur y Celac. Estas dinámicas fueron favorecidas por un súper ciclo de materias primas y el recogimiento de Estados Unidos en la región (los ataques terroristas del 9/11 descalabraron la política exterior estadounidense), y el altermundismo bolivariano, petista y posperonista en Argentina se fundió con los éxitos electorales en casi toda la región.  

Y el espejismo de la integración fue el señuelo para la corrupción regional.

Integración regional de la corrupción de Estado

La paradoja de la integración se relata rápido: si los Estados latinoamericanos hubieran sido tan eficientes para tramar su visión de integración regional –económica, política, cultural, etc. – como tramaron sus redes de corrupción, a estas alturas del milenio, contaríamos en buena parte de América Latina con un Acuerdo de Schengen respecto a las fronteras, con una moneda única regional, y con mínimas barreras arancelarias para el intercambio de bienes y servicios.  

Sobre esta última idea, de una moneda única regional, subyace un hecho que profundiza el argumento: una unidad de cuenta y de valor, el “Sucre” (Sistema Unitario de Compensación Regional) que desde 2008 se acordó como una moneda que progresivamente sustituyera al dólar estadounidense entre Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua. El proyecto de esta unidad de cuenta y de valor aspiraba adherir a todos los países Alba (Antigua y Barbuda, Bolivia, Cuba, Dominica, Ecuador, Granada, Nicaragua, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas, Santa Lucía, Surinam y Venezuela; posteriormente, en 2009, se sumaría Uruguay, quien no era parte de Alba). El plan era lograr en el futuro su funcionalidad como moneda única para la integración económica en el bloque. Sin embargo, el mecanismo se utilizó para elaborar un esquema más o menos complejo de lavado de activos, ilícitos cambiarios y sobreprecio de importaciones desde Venezuela para países Alba (han comprobado en investigaciones en Ecuador de 125 % más del valor de lo declarado) o importaciones “fantasmas” donde se aprobaba el monto en sucres pero se liquidaba en dólares provenientes del sistema financiero venezolano, el cual, bajo un esquema de control cambiario vendía la divisa norteamericana por debajo del valor del mercado, y luego los beneficiarios de ese pago, revendían los dólares al precio real del mercado.

Uno de los esquemas de corrupción regional más sonado durante el año 2021 se hizo por medio de la mecánica del Sucre, cuando Alex Saab se valió de las posibilidades de lavado, cortinas financieras e ilícito cambiario para tejer la red de las cajas “Clap”, que trataremos en el colofón de este texto.     

El modelo Odebrecht de integración de la corrupción

Doce países latinoamericanos fueron integrados por este modelo de corrupción durante los últimos 20 años, precisamente el tiempo en el poder de los partidos de izquierda en la mayoría de las capitales que propusieron a principios del milenio, nuevas formas de integración regional (Brasilia, Caracas y Buenos Aires), con claras agendas ideológicas y una fuerte posición contra Estados Unidos, cuyo Departamento de Justicia es quien ha descubierto la mayor parte de la trama internacional de corrupción de Estado: esta oficina demostró sobornos por unos 33,5 millones de dólares entre 2007 y 2016.

La otra mayor paradoja de la integración latinoamericana surge del principio de la sincronía ideológica: si los países que lideran la región no sincronizan sus agendas ideológicas internas con la política exterior de sus pares, se hace cuesta arriba la rapidez de los protocolos de integración. Por eso este último ciclo (Alba, Unasur, Celac) fue posible y sus ambiciones de unión fueron tan grandes. Sin embargo, lo único que quedó de este ciclo fue las tramas de corrupción auspiciadas, motivadas y diseñadas desde la empresa constructora brasileña Odebrecht. Financiaron campañas electorales a todos los niveles, sobornaron funcionarios públicos (desde diputados, alcaldes y altos cargos gerenciales hasta empleados de segundo nivel) en los 12 países que su operación[2] logró llegar a través de su sección Sector de Relaciones Estratégicas, denominada la “Caja B”, para destinar capital de la empresa en sobornos a políticos electos y funcionarios de buena parte de la región. Incluso, la trama llegó hasta Angola. En efecto, si agregamos un poco de imaginación, la empresa brasileña fungió como una voz del bloque regional para dialogar con países extrabloque.

De los pocos países de la región que no creció en infraestructura y que de hecho la desinversión ha sido una de las causas de su gravísima crisis económica y social, con una diáspora sin precedentes históricos en América Latina, ha sido Venezuela y, paradójicamente, fue el país donde la trama Odebrecht se hizo más densa: una veintena de obras de infraestructura de envergadura fueron contratadas por la empresa brasileña, las cuales ninguna se hizo lícitamente o ni siquiera se movió un ladrillo. Venezuela padece una crisis de desinversión en sus sectores estratégicos jamás vista en su historia moderna.

En el top ten de los países registrados en las madejas de corrupción develadas por los Pandora Papers aparecen cuatro latinoamericanos, donde Argentina lidera la lista regional con 2521 personas involucradas, le sigue Brasil con 1897 y más abajo Venezuela con 1212.

Colofón

La última trama internacional de la integración de la corrupción latinoamericana vuelve otra vez de la mano de una de las capitales de la “unión latinoamericana”, Caracas. Esta vez la cabeza visible, o tal vez la condición de chivo expiatorio, le correspondió a un empresario menor de Barranquilla en Colombia, Alex Saab. Este personaje entró al círculo de la revolución bolivariana chavista como empresario de la construcción, al parecer, presentado por una senadora colombiana a la nomenclatura revolucionaria venezolana. Saab se transformó súbitamente en un diplomático del madurato, siendo un puente entre Venezuela, Ecuador, Panamá y México para una red de corrupción (de sobreprecios y sobornos) entre los países mencionados con la finalidad de adquirir alimentos básicos que paliaran la fuerte crisis alimentaria de Venezuela. La operación empresarial era para abastecer a las clases humildes de Venezuela con unas cajas “Clap” (Comités Locales de Abastecimiento y Producción) que contenían alimentos básicos de bajísima calidad e incluso, productos como los lácteos, que no hubieran sido aprobados para el consumo de infantes por ninguna entidad de salud ni de control de alimentos.

Además, Saab se encargó de abrir un puente que ha sido vital para la diplomacia de Nicolás Maduro: Irán. Según investigaciones periodísticas, Saab tuvo como últimos encargos negociar combustible y tecnología iraní para la ruinosa empresa petrolera y de refino venezolana (la segunda en el mundo otrora), a cambio del denominado por nosotros en otro artículo “oro de sangre”, último proyecto de expansión de supervivencia económica del madurato, el Arco minero del Orinoco. Esta operación internacional consta de vender o intercambiar oro de sangre venezolano por recursos básicos como gasolina, comida, tecnología o simplemente divisas. La trama involucra varias bases operativas en África, donde se le otorga otra denominación de origen al oro ilegal venezolano por medio de empresas auríferas belgas establecidas en África, y de ahí retoman las rutas del oro internacional. Al parecer, este itinerario compromete varios aeropuertos del Caribe, una gran maniobra en Centroáfrica para derivar cargamentos a Irán, Bielorrusia, Rusia y Turquía. De hecho, como es sabido por todos, Saab fue capturado en el archipiélago africano de Cabo Verde.

Maduro, a pesar de la ingente propaganda chavista de la integración latinoamericana, optó por dejar atrás ese paradigma, y avecinarse a Eurasia como modo de supervivencia diplomática a través de estos esquemas opacos de “convenios” internacionales.

Finalmente

Las conclusiones de esta cooperación de integración regional de la corrupción de Estado en América Latina son obvias y son dos: este esquema empobreció a la región, atrasó todavía más el anhelado desarrollo por medio de la integración comercial y medró fatalmente una institucionalidad integradora (con metas supranacionales vinculantes entre todas las naciones), con lo cual se puso en el medio, como suerte de obstáculo, una reversión democrática latinoamericana, que une las voces autoritarias de países que sin mayores consecuencias, encarcelan a su oposición, legitiman las prácticas opacas y se empecinan en fustigar las únicas vías para el desarrollo: la economía liberal y la democracia representativa.

Referencias

Caparrós, M. (2021). Ñamérica (1.a ed.). Literatura Random House.

 

[1] Por cierto, el término “Latino América” se lo debemos al poeta colombiano José María Torres Caicedo y su poema “Las dos Américas” (1857). Los conceptos preceden a la acción.

[2] La operación involucró a las dos grandes petroleras latinoamericanas Petrobras y Pdvsa, de Brasil y Venezuela respectivamente. Ayudó a financiar “políticas sociales”, que en el fondo eran destinadas para acariciar voluntades electorales en los países implicados.