FORO CUBANO Vol 3, No. 22 – TEMA: ARTE Y LITERATURA –

Holografía de la extrañeza

Por: Martha María Montejo*

Julio 2020

Vistas

*Martha M Montejo Pizarro, Bayamo, Cuba. Ph. D en Estudios Hispánicos por Texas A&M University, Texas, USA. Estudia literatura y cultura hispana en El Caribe, con énfasis en Cuba. Actualmente es parte del Programa de Español de University of Arkansas, en Fayetteville, Arkansas.

me gusta estar sola aquí en esta torre, apartada de los    otros, esperando y sin esperar… me hubiera gustado ser la muchacha de anoche, pero hoy ya soy otra. estoy de este lado que no tiene forma… y siento nostalgia de esa gente normal, de toda esa gente normal, que pueden edificar lo inmediato…

Reina María Rodríguez, …te daré de comer como a los pájaros…

Veinte años después de su publicación, …te daré de comer como a los pájaros… (Rodríguez, 2000), de Reina María Rodríguez, sigue siendo un holograma que refleja la literatura cubana de la década de 1990 en medio del “periodo especial en tiempo de paz” en Cuba. La anatomía bilateral del objeto libro, dos columnas, dos cajas tipográficas, mayúsculas y minúsculas, el verde y el blanco, son solo vértices que iluminan fragmentos habituales en diferentes niveles de realidad. Para entender la imagen tridimensional de este texto híbrido –prosa, poesía, diario, correspondencia– ayuda su exergo de Henry Michaux: “…el secreto de lo cotidiano, de lo ordinario sin fin, de lo ordinario y sin embargo extraordinario, cuando una cierta distancia lo regresa a la extrañeza, a su fatal extrañeza…”.

La representación sui generis de esta extrañeza, en primera persona y en medio de los despojos del país, convierte a …te daré de comer… en libro de excepción no solo en el discurso de su autora, sino en la gran foto de la literatura cubana de finales del siglo XX.  Refleja un periodo crítico, paradigmas afectados y el afianzamiento de un sujeto que coincide con las nuevas identidades nacionales, asidas a la miseria y la incertidumbre, en contraste con el decadente hombre nuevo moldeado por premisas gubernamentales desde 1959. Reina María lo describe en las primeras páginas de la parte más íntima del libro, la columna de la derecha: “[¿]cómo soportar la autoconciencia y a la vez el autoengaño que la literatura nos hace? Yo, que busco una respuesta, que tampoco conozco la pregunta, rastreo los fragmentos, de líneas que convergen alrededor de un centro que no existe: una decoración para el vacío. No te preocupes de la trampa, la trampa nada es” (Rodríguez, 2000, p. 13). Esta particular grafía, la búsqueda de la respuesta sin pregunta de Reina María, es posible rastrearla en varias de sus obras en la década de 1990: En la arena de Padua (Ediciones Unión, 1992), Páramos (Ediciones Unión, 1995), Travelling. Relato novelado (Letras Cubanas, 1995), La foto del invernadero (1998, Casa de las Américas), hasta llegar a ….te daré de comer como a los pájaros. Con cada entrega toma distancia del coro conversacional poético para asumir posiciones más intimistas y aptitudes poéticas al margen de las demandas de las políticas culturales.

Sin embargo, y a pesar del creciente arraigo de este sujeto irreverente con la época en la obra de Reina María en esos años, es en Travelling donde aparecen sus formas más afines con el holograma venidero de …te daré de comer… Justo a mitad de los 90 consigue un discurso biunívoco, palabra escrita e imagen, idéntica búsqueda en el vacío del viaje hacia ningún lugar posible. En cada texto la autora cuenta-versa un desplazamiento, un éxodo con el agua como aduana. Partir sobre las aguas y retornar desde ellas fundan el sentido mayor de Travelling. No importa si el destino es París, New York o la Bahía de La Habana, el agua aparece como pared traspasable y circundante al propio tiempo. En el contexto cubano en la primera década del 90, en medio de la estampida de la diáspora, encontró otra forma de fugarse y al mismo tiempo, cual gran dicotomía, permanecer contemplando la huida en el lugar de los hechos: “no nací para descubrir el mundo. En el último momento, con las maletas hechas y la casa llena de gente, despidiéndose, me arrepiento. Aunque siempre pienso que tal vez puedo al final, ir. quiero escaparme y algunas veces me escapo, regreso ya de la pista sin mayor arrepentimiento, como cuando Javier me invitó a México y media hora antes de salir el avión me arrepentí” (Rodríguez, 1995, p. 58). Al llegar a …te daré de comer… la estupefacción ante lo cotidiano ya no es una opción más, sino la única manera de conjeturar un aparente alejamiento de la realidad para luego procesarla. Aunque la retirada parezca improbable, por contener el libro dos especies de diarios, doble constancia de lo vivido, la literatura funciona como intento de fuga, incluso en la columna de la derecha donde está su día a día cotidiano.

Si un escritor no puede dividirse, y está condenado a errar con su otro yo dentro, porqué entonces tratar de fragmentar cada parte de la vida, transformarla en dos columnas aparentemente distintas y distantes. Las respuestas están en el propio libro, Reina María escogió la fracción, encontró en estos textos aparentemente aislados y necesitados de unidad, su centro y aspiración porque en esos años era imposible ser más orgánica, mostrar más coherencia que la que aquí aparece. Como atenta lectora de Barthes, persiguió con …te daré… otra forma de la creación a partir de desarticulaciones, de lo desigual que contrasta con la tradición. De Barthes bebió a sorbos: “Tengo la ilusión de creer que, al quebrar mi discurso, dejo de discurrir imaginariamente sobre mí mismo, que atenúo el riesgo de la trascendencia, pero como el fragmento (el haiku, la máxima, el pensamiento, el trozo de periódico) es finalmente un género retórico, y la retórica es esa capa del lenguaje que mejor se presta a la interpretación, al creer que me disperso de lo que hago es regresar virtuosamente al lecho imaginario (Barthes, 1978, p. 104). Retazos de crisis, fragmentos de un espacio que se derrumba y hace ruidos al caer, o de lo que aún no se ha edificado y parece absolutamente improbable que suceda: “yo sabía, que el día que viviéramos aquí, no terminaríamos la casa: la bañadera sin hacer, el baño sin pintar, sin azulejos o piedras; las ventanas no tienen pestillos, sino lápices…” (20). Aunque en el año 2000 resultaba inusual una entrega de este tipo en la poesía cubana, la experimentación no sorprende si se trata de su autora. Cada prestación ha sido en su caso una nueva puerta, otra forma de especular con retazos de realidad.

Quizá lo más curioso en …te daré… sea que, a pesar de todos los recursos poéticos, Reina María utiliza la sinceridad sin retoques como su gran patrimonio. Escribe el texto del momento que vive, es coherente con sus circunstancias y provoca sensación de acoplamiento, incluso ante un libro bicéfalo. En una misma página coinciden fragmentos como si estuvieran condenados a rodar juntos eternamente:

“…comprendí en mi trajín con las idas pospuestas, que mi terror era el acto; el acto en todas sus manifestaciones. Él no es mi estilo, por lo que es mi conflicto, estoy en los alrededores, en el rodeo, en el lazo, en el mí; en lo que no se cumple, no se consuma y puede ser; en lo que no es y es sin ser; en lo que no se contiene y en su propio límite”. (20)

Y en la columna de la derecha, justo al lado del texto anterior: “(a.m. he decidido no interferir, no discutir, no decir nada sobre nada –hacerme vacío–que está aquí y allá). Hoy me trajo el desayuno a la cama y mis ojos de ayer, uno restablece sus ojos, pero los de ayer, siempre miran volver, como un retrovisor, lo oscuro…” (20). Pareciera que la autora no sabe qué hacer con tantas evidencias de que sobrevive a un día tras otro en una realidad opresiva doblemente, desde la circunstancia vital que la rodea y desde la literatura.

Son los años de la crisis feroz. Los parches y remiendos para subsistir no son trasfondo y atrezo en su propuesta, sino el poema y la validación de una voz que antes fue balbuceo. Atrás ha quedado, por ejemplo, Páramos, su expresión máxima, hasta ese momento, de la búsqueda en el discurso léxico, la escritura por la escritura en medio de la experimentación consciente de que lo único posible para salvarse es la palabra y su incontinencia:

“yo, ya que no puedo dinamitar por fuera, dinamito por dentro las estructuras que evitan el dolor, apaciguándome. Sé que querer no es suficiente, ni poseer tampoco (ha evolucionado el concepto de amor, no lo dudo). la inteligencia se convierte en una forma que no actúa, no se entrega, se hace mimética. apelo a la cultura –ese vórtice– esa bocanada de aire que le llega al ahorcado a intervalos, consuelo de no verse aún morir continuamente…”. (1995, p. 21)

También ha sucedido La foto del invernadero, recuento de un poema ya escrito, la historia sobre cómo lucen en las páginas metáforas e imágenes anteriores. Como en “los días” donde emerge la sensación de leer un poema escrito previamente, desde una tercera persona, ‘ella’, quien cuenta sobre lo que alguna vez el ‘yo’ escribió:

“un rostro, que sobreimpuesto al mío, / es un rostro encarnizado en morir bajo la misma luz/ donde ella y yo hemos permanecido/ en lo curvado/ en lo que se ha hecho grieta al roer de los días/ en lo que ya no te pertenece/ en lo que ya no es mi juventud/ y todo queda amenazado por la curva/ que la trajo y me regresa”. (1998, p. 22-23)

Sin embargo, en …te daré de comer…, el texto gira todo el tiempo alrededor de las circunstancias severas y la imposibilidad de subsistencia en medio de la crisis. No existen más ingredientes ni otro contexto para hacer literatura. Utilizar otro material sería insultante:

“todos vienen y hablan de lo mismo: escasez. la palabra penetra en la palabra, en la piel, en los ojos, en la boca, en la saliva… cada mano temblorosa define una necesidad. Enzo cumple quince años y mamá 70, los dos el mismo mes. el día de las madres tengo un estado especial en la antesala de la menstruación: desangramiento de madres e hijos, sangro por toda la humanidad, ella también es hembra…”. (35)

Reina María había llegado a los límites que impuso la década de 1990 en Cuba. No era necesario explorar el lenguaje ni siquiera subvertirlo, solo hacer girar el holograma de la existencia cotidiana para reflejar la imagen de la extrañeza.

Referencias

Barthes, R. (1978). “Roland Barthes por Roland Barthes”. Monte Ávila Editores. Caracas, Venezuela.

Rodríguez, M. (1992). “En la arena de Padua”. La Habana: Ediciones Unión.

Rodríguez, M. (1995). “Páramos”. La Habana: Ediciones Unión.

Rodríguez, M. (1995). “Travelling. Relato novelado”. La Habana: Editorial Letras Cubanas.

Rodríguez, M. (1998). “La foto del invernadero”. La Habana: Fondo editorial Casa de las Américas.

Rodríguez, M. (2000). “…te daré de comer como a los pájaros…”. La Habana: Editorial Letras Cubanas.

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

SEMILLERO DE ESTUDIOS SOBRE CUBA

CALLE 74 # 14-14

INFORMACIÓN: 57 1 3258181

LÍNEA GRATUITA: 01 8000 110414

  • Blanca Facebook Icono
  • Twitter Icono blanco
  • Blanco Icono de Instagram
  • Blanco Icono de YouTube