Fidel Castro o el Disney World socialista. Una conversación entre Abel Sierra Madero, Carlos A. Aguilera y Claudia Mare*

Diciembre 2019

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*Carlos A. Aguilera (Praga) es escritor y crítico. Fundador de la revista Diáspora(s). Su libro más reciente es Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (Casa Vacía, 2019). Coordina en Rialta la conexión FluXus. Claudia Mare (Oldenburg) es candidata doctoral en el programa de Estudios Culturales en la Universidad Justus Liebig  (Gießen, Alemania).

Fidel Castro, El comandante playboy: Sexo, revolución y guerra fría (Hypermedia, 2019), es el último libro del historiador Abel Sierra Madero (1976). El texto analiza las estrategias mediáticas que promocionaron al líder cubano, así como las repercusiones de su asociación para el proceso en la isla. Sierra Madero se ha especializado en Historia de la Sexualidad y antes de este libro publicó Del otro lado del espejo. La sexualidad en la construcción de la nación cubana, con el que ganó el premio de ensayo de Casa de las Américas en 2006. Con él conversan Carlos A. Aguilera y Claudia Mare a propósito de los sistemas de representación que escoltaron dicho credo clientelista en la academia e intelectualidad norteamericana.[1]

Carlos A. Aguilera: ¿Pudiéramos decir que Castro y su imagen en Occidente fue de alguna manera una invención norteamericana?

ASM: Fidel Castro es una invención, una fantasía que construyeron y vendieron corporaciones de la comunicación como The New York Times, Playboy, CBS, entre otras. Castro fue un producto de la Guerra Fría, una suerte de commodity, un producto que respondió a necesidades específicas tanto de los grupos liberales como de los conservadores. Fuera del contexto de la Guerra Fría el dictador cubano es un personaje anacrónico, hasta ridículo. Anthony de Palma le adjudicó a Herbert Matthews y The New York Times la producción de la fábula; pero creo que esa invención fue un poco más compleja. El periodista John P. Wallach recogió esa pulsión mucho antes de que Anthony de Palma escribiera su libro. Aunque es algo trillado, decía Wallach “hay que decir, que si Fidel Castro no hubiera existido, lo hubiéramos tenido que inventar. El hecho es ese, que lo inventamos.” Si bien esto es cierto, no podemos quitarle agencia a la propaganda revolucionaria y a su ejército de escritores, periodistas, cineastas y fotógrafos que empaquetaron a Fidel y a la revolución convirtiéndolos en productos de deseo y de consumo.

Según Wallach, Castro reunía las características que la mayoría de los intelectuales occidentales admiran y fue percibido como el héroe romántico de las novelas de cabecera de los estadounidenses. Ya lo había dicho Norman Mailer. Era como si “el fantasma de Hernán Cortés hubiera aparecido en nuestro siglo montado en el caballo de Emiliano Zapata”.

Este tipo de distorsiones y simplificaciones tuvieron serias consecuencias, porque Cuba, una nación más abarcadora y compleja, terminó asociándose con un hombre y con la revolución. Fidel se convirtió en la gran atracción de ese parque temático, de ese Disneyland Socialista que él mismo creó para satisfacer las necesidades de turistas ideológicos y millones de personas, a las que muy poco les importó el autoritarismo, la represión, la pobreza o la falta de libertades de los cubanos. Ni siquiera las miles de personas que murieron en el estrecho de la Florida tratando de escapar de aquel infierno. Revertir ese proceso es bien difícil. Basta solo con regresar a los obituarios que le dedicaron grandes medios el día de su muerte. Es como si el tiempo no hubiera pasado. Hay mucha gente todavía que consume el mito y la fantasía revolucionaria como si fuera el 1 de enero de 1959. Sin embargo, creo en la Historia como un espacio para la reescritura y como herramienta para la administración de la justicia. El mito de Fidel Castro no durará por mucho tiempo.

CM: En el libro hay un acápite sobre el que me gustaría indagar. Se trata de “No hay putas como las de La Habana. ¿Una nueva Cuba para quién?”, que se publicó en Letras Libres. Allí señalas que el sexo fue un componente fundamental en la creación de un campo de afectos asociado a la intelectualidad de izquierda. Esa afectividad ayudó a construir también la legitimidad revolucionaria y guardó una relación estrecha con el carisma sexual del líder, la imagen del proceso como parque temático y la Habana como objeto de deseo ¿Cuáles son, a tu entender, los principales recursos, además del registro sexual –no excluyente de lo erótico necesariamente–, que integraron esta tríada y nutrieron la fascinación de un sector importante de la academia norteamericana respecto a la Revolución?

ASM: Las revoluciones y los caudillos se construyen sobre lo erógeno que muchas veces no es tomado en cuenta, como un lugar para pensar la fascinación o como le dicen en inglés, “infatuation”. Para la izquierda occidental, Castro llenó una serie de expectativas que se tradujeron y pasaron por el lenguaje sexual. Recuerdo ahora que Abbot Howard “Abbie” Hoffman comparaba al dictador cubano con un pene erecto.

Esa asociación fálica tiene que ver con la fascinación que producen en sectores intelectuales y de la cultura global los dictadores de izquierda. Estos proyectan un nacionalismo populista y sus políticas descansan fundamentalmente en el enfrentamiento con los Estados Unidos. La frustración que les genera el sistema capitalista y las libertades de las que gozan llevó a cierta izquierda a involucrarse en una relación de tipo religiosa y también erógena con dictadores de la naturaleza de Castro o Hugo Chávez. Fidel se erigió sobre la base de un erotismo ideológico y fue percibido como una figura impenetrable ―sexualmente hablando― del imperialismo norteamericano. Por otra parte, en Cuba y América Latina hubo, hasta hace muy poco, una propensión a la adoración de caudillos, de hombres fuertes que pudieran poner orden a todo este relajo.

En la producción de estas fantasías también participó la propaganda revolucionaria, que supo sacar provecho de este tipo de narrativas. El sex-appeal del comandante se empezó a construir desde muy temprano. La difusión de imágenes de mujeres que lo manoseaban o se desmayaban en las grandes concentraciones de personas en medio de la euforia por la caída de la dictadura de Batista se vendió como un síntoma de deseo y atracción. Por su parte, Castro quiso siempre exportar una imagen hermética de soltero vestido de verde oliva y sin compromisos. Se dice que a inicios de 1980 se casó con Dalia Soto del Valle, pero jamás la presentó públicamente como su esposa, sino que la mantuvo en secreto por décadas. Esa construcción de Fidel Castro como soltero fue fundamental para asentar el mito y su imagen como latin lover.

El repertorio de imágenes que la cultura impresa estadounidense de la guerra fría creó sobre Fidel Castro es bastante amplio. En un primer momento se le representó, efectivamente, como un rebelde o un bad boy a lo James Dean o Elvis Presley. Esto es curioso porque el dictador cubano odiaba a Elvis. También se exploró la posibilidad de presentarlo como una figura paternal, hogareña. En una entrevista que Edward Murrow le hizo para CBS en 1959, Castro apareció en la habitación de un hotel luciendo unos espantosos pijamas a rayas, en compañía de su hijo Fidelito y un cachorro. Ese momento es significativo, porque Fidel, en un inglés muy malo, le dijo al periodista que solo se cortaría la barba después de haber cumplido la promesa del buen gobierno. Ya se sabe lo que pasó.

CAA: En una entrevista publicada recientemente dices sobre los Cuban Studies: “Este campo ha estado contaminado por relaciones clientelares que han establecido históricamente académicos estadounidenses con comisarios culturales y funcionarios. Existe un contrato tácito que implica cierta condescendencia política con respecto al régimen cubano. Las voces críticas suelen ser castigadas y penalizadas con la prohibición de entrar a la Isla”. ¿Hay noticia de que alguna vez algunos de estos académicos pro Revolución hayan intentado intervenir en la política de las revistas pulp sobre Cuba, sea escribiendo sobre (contra) ellas en algún periódico importante, sea creando alguna publicación que pudiera entenderse como una respuesta directa a la imagen que lo pulp daba sobre la revolución en general? ¿Se incluyó alguna vez una investigación en la academia norteamericana, aunque fuera negativa, de este archivo camp que tú recorres en tu libro?

ASM: Las narrativas que la izquierda estadounidense producía sobre Cuba se concentraron en otras zonas. Además de los journals académicos, por supuesto, la izquierda tenía otras publicaciones como Evergreen Review o Pa’lante como demuestra Rafael Rojas en su libro, también más tarde Areito. Estas revistas desaparecieron, a excepción de Evergreen Review, que ha tenido sus vaivenes. Sin embargo, en la actualidad existen otras publicaciones de mucha circulación y prestigio como The Nation o Slate, que tienen una política editorial muy celosa con respecto a Cuba. Es prácticamente imposible colar en esos espacios un texto crítico sobre la revolución. Para ellos, es posible que la Guerra Fría no haya acabado y Cuba, lejos de ser una formación más abarcadora y compleja, es la revolución. Para ellos, Fidel Castro es intocable.

Durante ese periodo, la academia tenía una visión bastante elitista, restringida de la cultura, y el pulp no formaba parte de sus intereses. Sus proyectos intelectuales estuvieron encaminados más bien a inducir una lectura y una pedagogía muy particular sobre Cuba. Algunos, los más entusiastas, se dedicaron a atacar activamente otras visiones o materiales como el documental Conducta Impropia, por ejemplo. Hasta ahora no he encontrado textos que apunten a una estrategia de contrarrestar los relatos del mundo del pulp sobre Cuba. Es posible que mi libro sea uno de los primeros en investigar y analizar estas tramas y estética relacionadas con Fidel Castro y la revolución, y entenderlas como un corpus, un archivo.

CM: Me interesa volver brevemente a la pregunta de Carlos, pero respecto a Latin American Studies Association (LASA). En los últimos congresos hemos visto un incremento en el rechazo de paneles y ponencias que discursen de manera crítica el constructo de “lo revolucionario cubano”. Incluso han prescindido de académicos norteamericanos, anteriormente interesantes para este ideal, pero algo ‘incómodos’ en sus últimas investigaciones. Como miembro que has sido de la asociación, ¿has notado el estrechamiento de este cerco? ¿Cuáles son tus vivencias al respecto?

ASM: LASA es una institución con agendas muy específicas, generalmente asociadas a la militancia de izquierda, lo que la aleja muchas veces de una visión más compleja de las realidades latinoamericanas. Eso implica un gran sesgo y afecta el conocimiento y las nociones de “verdad” que se producen y promueven al interior de la institución. Los paneles y debates sobre Cuba, son gestionados por académicos que tienen relaciones con instituciones oficiales cubanas y tratan de que los temas que se discutan o circulen no confronten demasiado al gobierno o a esa fantasía que conocemos como Revolución Cubana. Para el Estado cubano tanto LASA como CLACSO son espacios idóneos para la politiquería y para colar sus agendas ideológicas. Los cubanos van a LASA como delegación, sigue pasando desgraciadamente en la actualidad. Por eso, aunque algunos investigadores, los más críticos por lo general, reciben invitaciones y fondos para participar en esos espacios, el Comité Central o el Ministerio que regula la actividad del centro de investigación ejerce el poder y decide si pueden asistir o no. También supervisan las ponencias y los paneles donde van a participar. De ahí, que en esas delegaciones veamos muchos funcionarios y pocos investigadores, quienes generalmente son los mismos.

CAA: Volviendo a El Comandante… ¿A la par de esa imagen vinculada a los “deseos de relación” entre ciertos sectores de Estados Unidos y Cuba, se vendía también en toda la mercadería pulp alguna información crítica que hablara de la escasez y la represión que ahogaba al país en los años sesenta y setenta?

ASM: Los relatos sobre la escasez y la represión de los años 60 y 70 provienen más bien del mundo periodístico. La mayoría de los que escribían sobre Cuba desde Estados Unidos durante esa época, tenían una relación afectiva con la revolución y producían una literatura de viajes de tipo militante. Siempre hubo excepciones. Allen Ginsberg, por ejemplo, fue uno de los que habló en un tono más crítico. También algunos activistas afroamericanos que estuvieron en Cuba escribieron textos nada complacientes, bastante duros sobre el racismo en la Isla.

CM: Bueno, pero la imagen de casaca militar, la vocación de guerrilla y la autoridad carismática y popular ha sido convenientemente lavada por una lectura más ‘democrática’ que ubica la práctica de movilización y masa en un lugar, en apariencia distante del pasado. ¿Cuánto crees que pervive de la fascinación de componentes utópicos en la academia afín a este credo de los sesenta y hasta qué punto consideras que continúa jugando un papel a la hora de justificar/evaluar el sistema político?

ASM: Yo creo que el mito y la fascinación por la revolución cubana y Fidel Castro se están desmoronando cada vez más. Todos los días se publican narrativas, testimonios y reportes de prensa que cuestionan la legitimidad y la credibilidad del régimen cubano. Incluso, muchos de los intelectuales que alguna vez pusieron sus esperanzas en Cuba, están tomando distancia y no quieren ser asociados con el régimen. Ahora hay mucha información; es imposible permanecer inmune a las cosas que pasan y a las noticias que llegan de la Isla. Aunque como digo, siempre hay algunos entusiastas que todavía insisten en esas narrativas distorsionadas y fantasiosas. Cada vez son menos. Por suerte.

CM: Además de la academia y la producción intelectual, ¿en qué otros espacios de conocimiento o comercialización norteamericanos puede identificarse la reproducción de esta fascinación hoy día? Estoy pensando en la literatura, las artes plásticas o el cine, donde tenemos el ejemplo del filme Red Avispa.

ASM: El cine sigue siendo uno de esos espacios de producción de fantasías y distorsiones. Michael Moore, Oliver Stone, Robert de Niro, Danny Glover entre otros, siguen consumiendo y hacen circular la visión oficial de Cuba. Para este tipo de intelectuales la narrativa de la comunidad cubana exiliada no cuenta. Todavía Miami está asociada a estereotipos marcados por el Tony Montana de Scarface (1983) y a la extrema derecha. Esto tiene que ver también con la polarización extrema que se ha producido en Estados Unidos con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Muchos de los detractores de Trump apoyan acríticamente y automáticamente a cuanta dictadura o gobierno autoritario para mostrar rechazo u oposición a esa administración, sin darse cuenta de que es un ejercicio perverso que oscurece y diluye el drama y la tragedia de los pueblos sometidos por esos regímenes. Al otro extremo está el “legado” de Obama y sus intentos de “normalización”, que como la política de Trump fue contraproducente para la transición de Cuba a otro lugar. Pero esa es otra discusión que me tomaría mucho tiempo y espacio explicar aquí.

 

[1] Parte de esta entrevista contiene fragmentos de El comandante soft: entrevista a Abel Sierra Madero, publicado originalmente por la revista Letras Libres México. Entrevista que su autor, Carlos A. Aguilera, tuvo la gentileza de re-editar y compartir para Foro Cubano. Para acceder al documento completo: https://www.letraslibres.com/mexico/cultura/fidel-comandante-soft-entrevista-abel-sierra-madero

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