FORO CUBANO Vol 3, No. 22 – TEMA: ARTE Y LITERATURA –

Entrevista Andrés Molano

Julio 2020

Vistas

Andrés Molano-Rojas, quien se ha desempeñado como Asesor del Despacho del Ministro de Relaciones Exteriores, director académico del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría -ICP- y profesor en distintas universidades, incluyendo la Universidad Sergio Arboleda, es abogado constitucionalista de la Universidad del Rosario y magister en Análisis de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales de la Universidad Externado de Colombia. Actualmente es profesor de la Facultad de Estudios Internacionales, Políticos y Urbanos de la Universidad del Rosario y catedrático de la Academia Diplomática.  Molano se reunió con Nicolás Liendo para Programa Cuba con el fin de hablar sobre su experiencia en Cancillería y su perspectiva sobre la política exterior nacional y la situación política en Cuba y Venezuela. A continuación, los aportes más importantes de la entrevista.

Nicolás Liendo (N.L): ¿Cómo te fue en la experiencia en la Cancillería? ¿Qué herramientas de la vida académica te sirvieron? Y ¿Cuáles te dio la propia experiencia de estar allá?

Andrés Molano (A.M): Definitivamente las herramientas académicas son útiles cuando uno tiene que pasar del escenario puramente académico a lo que no está mal llamar el sector real y que, al llamarlo así, no implica negar la realidad sobre la cual trabaja la academia. Pero el mundo de la política exterior es uno cuando se mira desde fuera, y otro cuando se experimenta directamente el funcionamiento de la máquina de la política exterior, desde adentro. Creo que es una oportunidad inmejorable para contrastar lo que uno cree que sabe con lo que realmente ocurre, para descubrir las limitaciones del conocimiento teórico, así como para identificar la utilidad de esas herramientas y tener un poco más de comprensión, tanto en el sentido de entender la problemática como de mirar con mucha más prudencia las dificultades a las que se enfrentan los tomadores de decisión en la política exterior. La conclusión más importante para mí de este paso por la Cancillería es que, como profesor, durante mucho tiempo he enseñado cosas que después de pasar por la Cancillería ya no voy a enseñar, que hay cosas que enseñaba de una manera y que hoy creo deben enseñarse de una forma distinta, al igual que hay cosas que no enseñaba —porque no conocía o no me parecían tan importantes— que hoy me parecen fundamentales a la hora de explicar la política exterior a quienes están estudiando, sobre todo, Relaciones Internacionales.

N.L: De las cosas que incorporarías a partir del aprendizaje en la experiencia ¿cuáles serían?

A.M: Señalaría tres cosas particularmente importantes. La primera, es el enorme peso que siempre tienen las circunstancias políticas internas a la hora de definir la política exterior; circunstancias políticas de muy diversa naturaleza: el grado de consenso que existe o que es posible construir frente a algunos temas de política exterior, la manera en que los medios inciden en la socialización de una determinada agenda exterior (y que no siempre los gobiernos tienen la capacidad de modular o de controlar, a pesar de que existe una regla de la diplomacia enunciada por Hans Morgenthau que recuerda que el gobierno debe ser el director de la opinión pública y no su esclavo).

La segunda, el hecho de que los gobiernos definen una cierta política exterior, pero su comportamiento de política exterior puede a veces no ser tan congruente como los propios tomadores de decisión quisieran con esa política exterior, tal como está planteada o formulada.  Esa falta de congruencia no es resultado de una falta de voluntad política o de una contradicción entre lo que se dice y se hace, sino que resulta de la fuerza de las circunstancias. Ahí, todos los gobiernos tienen una política exterior por elección o aspiración, y una política exterior por necesidad, condicionada fuertemente por diversas circunstancias que escapan a su control o gestión, y que, a veces, afectan el cumplimiento de sus metas aspiracionales.

La tercera, una gran reivindicación, en el caso colombiano, de nuestro servicio exterior.  Desde fuera, muchas veces se lo juzga con base en “casos únicos”, y se le atribuyen al servicio exterior, como un todo, los errores o las fallas de algunos funcionarios.  Esa lectura pasa por alto, a veces malintencionadamente, el trabajo de un gran capital humano que está comprometido con el servicio exterior, con la atención a los connacionales y una carrera diplomática que, aunque todavía tiene mucho que fortalecer, se ha venido consolidando durante los últimos años, y que va asumiendo los retos que presenta el mundo de hoy cada vez con más solvencia.

N.L: Algunos analistas sostienen que en la región estamos pasando del multilateralismo al multipolarismo. Ante la proliferación de organismos multilaterales, ¿cómo evalúas el estado de las relaciones latinoamericanas a partir de esta proliferación de organismos multilaterales? Y, ¿hacia dónde va la región? 

A.M: Creo que la región, e incluso el hemisferio, ha jugado un papel fundamental en la construcción de la legalidad internacional. Se olvida con demasiada frecuencia que la primera gran organización regional constituida en el mundo fue la OEA, y la OEA ha tenido momentos de crisis, pero también momentos en los que ha logrado cosas importantes. Por supuesto, hay una tendencia (derivada de cierto facilismo analítico) a enfatizar los momentos de crisis y disfuncionalidad que, por otra parte, no siempre dependen de las propias instituciones.  A ello se refería, con sabiduría, el primer secretario general de la OEA, el colombiano Alberto Lleras Camargo, cuando advirtió que la organización sería lo que los Estados hicieran de ella.  Algo que es aplicable, por lo demás, a todas las instituciones internacionales —en su más amplio sentido.

Por lo tanto, por un lado yo reivindicaría cierta trayectoria de el hemisferio, y también de la región, en el desarrollo de instituciones, que coexiste con esa proliferación, con esa efervescencia y con esa falta de impulso sostenido en esos mismos esfuerzos institucionales.  Es casi una paradoja:  hay una suerte de devoción por los mecanismos institucionales que no siempre los refuerza, sino que los debilita.

Por otro lado, creo que América Latina no es muy distinta de otras regiones del mundo. Lo que está ocurriendo en América Latina forma parte de un clima en el cual el multilateralismo y la gobernanza están siendo desbordados por nuevos desafíos de distinta naturaleza. El hecho de que las reglas que tenemos en muchos aspectos han quedado obsoletas frente a nuevas realidades y el hecho de que hay procesos políticos internos de cada Estado que se reflejan en su posición y su comportamiento en los foros multilaterales. Pero, a veces creemos que América es particularmente excepcional y olvidamos que incluso procesos de integración con una larga trayectoria y con una sofisticada arquitectura, como el proceso de integración de la Unión Europea, también experimentan altibajos y tienen necesidad de ajustarse y de revisarse.

En América Latina, por otro lado, hay un mito acerca del destino natural de América Latina en términos de integración y multilateralismo. Eso ha llevado a muchos, en la política y en la academia, a creer que la integración en América Latina debería producirse por defecto, porque sí, casi espontáneamente, sin mayor esfuerzo político, sin mayor visión de largo plazo.  Como si estuviéramos predestinados a la integración.  La verdad es que la integración se construye con esfuerzo y con prudencia política, no es algo que hay que dar por sentado.

El otro gran mito es que la integración tiene que ser universal, es decir que tiene que cobijar a toda América Latina o a toda una subregión y eso encubre que América Latina son muchas Américas Latinas, son muy diversas, con diversas realidades y muy asimétricas. Encubre también el hecho de que no necesariamente la integración es el escenario más óptimo para lograr lo que se desea.

N.L: Se ha hablado en medios que Colombia está para más, e incluso para ser líder regional. ¿Cuál crees que sea el rol histórico y actual de Colombia en ese tablero mundial y latinoamericano viéndolo desde adentro comparado con ahora?

A.M: Existen varios mitos también sobre la política exterior colombiana y el papel que puede jugar en la región o en el mundo. El primer mito es que somos un país parroquial, mito en el cual muchos —incluso yo en algo que he escrito por ahí— hemos caído. Cuando se mira con detenimiento la historia de nuestra política exterior, se descubre que quizá Colombia nunca haya sido cosmopolita porque no ha tenido las herramientas, los recursos y la decisión de serlo. Pero nunca ha sido simplemente parroquial.  Colombia ha tenido participación importante en diversos momentos y episodios relevantes de la política internacional y de la construcción de la institucionalidad internacional. Ya en el plano regional, Colombia ha jugado un papel importante en la creación de distintas instituciones internacionales y ha mantenido a flote otras como la Comunidad Andina, que han atravesado procesos difíciles de crisis, al tiempo que ha participado muy activamente en procesos como la creación de la Alianza del Pacífico, y no ha dudado en apostar por iniciativas que han aparecido, incluso a contrapelo de un verdadero multilateralismo, o que se han extraviado como Unasur -a la cual se sumó en su momento, pero, cuando esa apuesta demostró su insuficiencia, fue el primer país en denunciar el tratado de Brasilia, en el que hoy solo quedan Venezuela, Guyana y Surinam.

Hay temas en los cuales Colombia ha tenido una voz protagónica.  Tengo la impresión de que esa aspiración al liderazgo puede ser engañosa, porque la definición del papel que se puede jugar en el escenario internacional depende de múltiples factores, no sólo de la voluntad y de la capacidad. De tal manera, se puede decir que sí hay una agenda o conjunto de temas en los cuales Colombia puede tener recursos para ejercer un cierto protagonismo.  Así lo ha hecho, por ejemplo, en la definición de los Objetivos del Desarrollo Sostenible.  También hay iniciativas que posicionar al país y derivar beneficios de su participación en distintos escenarios como la OTAN (con el programa individual de asociación) o la OCDE. No sé si el escenario geopolítico de América Latina dé para el afloramiento de algún tipo de liderazgo ahora mismo, y no creo que no ser líder sea necesariamente malo.  A veces el liderazgo puede estar sobreestimado (sé que esta afirmación puede resultar polémica). Hay que buscar escenarios, temas e interlocutores en los cuales es posible ejercer algún tipo de protagonismo o hacer algún tipo de aporte constructivo y obtener beneficios para el propio país y creo que esa es la tarea de Colombia.

El otro gran mito que ha hecho mucho daño a la definición de Colombia es el del maniqueísmo derivado de la doctrina del Réspice Pollum como oposición al Réspice Similia que desconoce el hecho de que es natural para todos los Estados tener relaciones prioritarias con algunos otros Estados, que se derivan de intereses políticos, del nivel de intercambio económico, del nivel de afinidad en términos de valores por resultado de evoluciones históricas o de afinidades electivas, y eso no implica que no pueda haber un relacionamiento cada vez más diversificado. En ese sentido, da la impresión de que algunos rechazan la estrecha relación de Colombia con Estados Unidos solo “porque sí”… de ahí que a la vez que la critican, incluso con sonoros epítetos, usualmente no propongan ninguna alternativa realizable.

También, existe el mito donde se olvida que Colombia ha tenido una relación dinámica con América Latina y a veces se ven como excluyentes, algo totalmente falso. La consecuencia de ese mito es la de interpretar con extrema facilidad la posición de Colombia en el escenario internacional como reflejo de la posición de los Estados Unidos.  Eso desconoce la diversidad de la política exterior y desconoce las razones por las cuales Colombia, en determinados momentos, coincide con los Estados Unidos. Aplicando esa misma lógica, cada vez que un Estado europeo como Gran Bretaña coincide con Estado Unidos, tendría uno que preguntarse quién está coincidiendo con quién o quién se está comportando como apéndice del otro.  Y eso, desde mi perspectiva, es totalmente simplificador, y en últimas, equivocado.

N.L: Últimamente, se publicó la columna del decano de su facultad en la Universidad del Rosario, el excanciller Julio Londoño, en la que menciona el abandono de Colombia al Caribe acusando un miedo o desconocimiento de esta zona en temas de política exterior. ¿Cuáles serían tus prioridades frente a la política exterior de Colombia? Y, ¿por qué crees que el Caribe no ha importado?

A.M: Creo que el desarrollo de la política exterior colombiana no ha sido ajeno a ciertos factores que han definido la propia historia de Colombia, la historia interna de Colombia, la evolución interna del país en el terreno político, económico y social. Iniciaría con el territorio. Somos un país andino, pero somos también un país amazónico, por eso me parece valioso que el presidente Duque haya liderado el Pacto de Leticia y espero que, además de una formulación diplomática, conduzca a actos de ejecución con relación a la preservación y el uso sostenible de los recursos amazónicos. Fue un momento de protagonismo de Colombia, si se quiere de liderazgo, que por supuesto debe madurar y consolidarse, y producir resultados concretos.  No olvidemos que el presidente Duque convocó la cumbre de Leticia justo después que el presidente Macron, en la reunión del G7, proclama que el G7, sin participación alguna de los Estados amazónicos, debe determinar cómo se da la gobernanza amazónica.

También, somos un país del Pacífico que no ha mirado históricamente hacía el Pacífico, somos un país Caribe, somos un país de alguna manera también del Caribe anglófono por San Andrés y Providencia, somos un país centroamericano y, por supuesto, somos un país suramericano. Nuestra posición geográfica nos pone en una suerte de esquizofrenia geopolítica, lo que históricamente ha planteado un desafío para la política exterior. Hoy por hoy, esa esquizofrenia abre oportunidades y desafíos para la política exterior colombiana: ¿Cuál es la estrategia frente al Pacífico? ¿Cuál es nuestro papel como país amazónico? ¿Cuál es nuestro papel como país centroamericano?

Me interesa mucho esta última dimensión geográfica de nuestra política exterior.  Centroamérica es región con la cual Colombia ha intensificado y profundizado sus relaciones en el orden político, el orden de la seguridad, el orden económico, de una manera sustancial durante los últimos años, y una región con la cual hay mucho espacio para profundizar la relación, por ejemplo, en el terreno académico. Lamentablemente, cuando se dice en Colombia “quiero estudiar Centroamérica” la respuesta que se da es “¿eso para qué?”, se mira con desdén el tema centroamericano. Creo que Colombia tiene un papel importante en Centroamérica y ese gran Caribe del que forma parte.  ¿Cuándo habrá en las facultades o escuelas de Relaciones Internacionales colombianas un “Centro de Estudios Centroamericanos”?

El otro gran desafío es el de encontrar una marca para su política exterior, un tema clave, un tema estratégico en el cual Colombia pueda decir cosas. En el pasado lo ha hecho con un tema no muy amable como el del narcotráfico.  Colombia jugó un papel fundamental en el desarrollo del régimen internacional sobre drogas ilícitas (¿es eso parroquialismo?). Colombia es el autor del principio de responsabilidad compartida en la lucha contra las drogas ilícitas. Habría que encontrar un tema que fuera una marca de nuestra política exterior:  elaborar una narrativa convincente y orientar hacia ese tema recursos y capacidades.

Por último, diría que estamos en un tiempo de transformaciones geopolíticas que plantea grandes desafíos para nuestra política exterior y a la política exterior de todos los Estados. Hay que definir una serie de gran estrategia para enfrentar ese nuevo escenario geopolítico. Parte de esa gran estrategia supone encontrar una fórmula de polivalencia geopolítica que nos permita diversificar y aprovechar el escenario que, de todas maneras, es complejo y mucho más competitivo del que hemos venido viviendo durante los últimos años.

N.L: Con relación al Caribe, hablemos de Cuba. Históricamente, Cuba y Colombia han roto relaciones diplomáticas en varias ocasiones, a tu juicio, ¿es preferible romper relaciones o mantenerlas con un país con el que se tienen diferencias ideológicas?

A.M: Mi perspectiva es que la respuesta a esa pregunta solo puede darse en coyunturas muy específicas, no existe una respuesta por defecto. Es una decisión que debe tomarse frente a cada circunstancia y frente a los desafíos que representa toda relación bilateral frente a los intereses del Estado. No solo en el caso de Colombia, sino en el caso de América Latina, ha habido una suerte de resignación frente a Cuba, en el sentido de que de alguna manera se piensa que Cuba es lo que es y no podría ser otra cosa. Esa resignación es una especie de vía media entre posiciones mucho más radicales que sugerirían que lo único que se debe hacer con Cuba es ejercer mucha presión hasta el cambio del régimen, utilizando todas las alternativas posibles y otras posiciones, que no son solamente condescendientes, sino que refuerzan los mitos que con mucho éxito ha construido el régimen cubano y que le han permitido no solo lavar su imagen internacionalmente, sino también derivar réditos políticos en la escena internacional. Creo que la posición predominante en América Latina es esa resignación.  Por ejemplo:  a fin de cuentas, parecen razonar algunos, Cuba no ha estado en la OEA hace mucho tiempo, no está sujeta al régimen democrático interamericano, por lo tanto, no le es aplicable. Esa resignación ha sido nociva tanto para el compromiso con la consolidación de la democracia de los Estados de América Latina, como para los esfuerzos de los propios cubanos en orden a la recuperación de la democracia, del Estado de derecho y del ejercicio de sus libertades.

En el caso particular de Colombia, durante mucho tiempo siempre estuvo justificada la relación con Cuba por razones de seguridad. Nadie duda que había una relación entre Cuba y las organizaciones ilegales de carácter guerrillero, una relación que ha variado en el tiempo, pero que aún se podría decir que continua.  Todo esto ha generado la idea de que sin Cuba no es posible lo que algunos llaman la paz en Colombia, o lo que se podría llamar más exactamente la desactivación de alguno de los grupos armados ilegales que persisten en el uso de la violencia en el país, cada vez más lejos de una agenda política y cada vez más contaminados por economías criminales. Eso que ha podido ser cierto en algún momento, no estoy muy convencido de que sea cierto ahora.  Pero es un mito que explica esa idealización e incluso sacralización de la relación diplomática con Cuba, y por qué muchos sectores de opinión consideran que el gobierno colombiano debe ser particularmente cuidadoso, o delicado, o debe abstenerse de afirmar sus intereses y su posición nacional frente a Cuba porque, de lo contrario, el régimen cubano podría molestarse y eso aleja cualquier posibilidad de una negociación… con unas organizaciones, o una organización, que al menos por ahora, no ha dado ninguna señal creíble de voluntad para negociar.

N.L: ¿Cómo crees que el régimen cubano ha logrado permanecer por más de 60 años en el poder logrando vender esta imagen de éxito en su modelo económico y social a nivel mundial?

A.M: Cuba ha sido muy exitosa en ese despliegue internacional.  Es el país latinoamericano con mayor número de representaciones diplomáticas en el mundo. Observo varios elementos. El primero es que la fortaleza exterior de Cuba se deriva de su enorme capacidad de control y disciplinamiento político interno, eso se refleja en términos de política exterior. Sorprende, cuando se participa en reuniones internacionales, ver a rectores de universidades, como la Universidad de La Habana, hablar en nombre del gobierno; porque un régimen como el de Cuba no hace distinciones entre régimen, partido ni Estado ni nada. De suerte que el dispositivo político y diplomático del régimen cubano es un dispositivo inmenso, y eso, tener en cada individuo un “agente” del régimen, coadyuva en esa fortaleza.

El segundo elemento es que el régimen cubano ha sabido mistificarse y vender una imagen idealizada de la revolución, de vender una cierta iconografía de la Revolución Cubana, y de difundir una narrativa exitosa de sí mismo, en la que figura como héroe y como víctima.  Nunca como responsable, y lo es de muchas cosas, no sólo en Cuba, sino en otros países.  Es por eso que con frecuencia se encuentra uno con la paradoja de que cuando Naciones Unidas habla de los Derechos Humanos en Cuba muchos no le creen, pero, cuando habla de los Derechos Humanos en Colombia, es casi que un pronunciamiento sacramental que no puede controvertirse y que refleja la única verdad posible.

N.L: Para el caso de Venezuela, ¿hacia dónde va? ¿Vamos camino hacía otra Cuba? ¿Crees que hay alguna salida posible en el mediano plazo?

A.M: Hacer predicciones sobre Venezuela es con frecuencia equívoco o infructuoso, y la mayor parte de las veces produce un enorme desengaño. Esperaría que no lleguemos a resignarnos frente a lo que ocurre en Venezuela, tal como algunos se han resignado, complacientemente, frente a Cuba… Que, por otro lado, ha tenido una influencia enorme en la deriva autoritaria venezolana.  Pero aún así, Venezuela no es Cuba.  Aa pesar de que, desde la década de 1950, Cuba puso sus ojos en Venezuela:   Cuba patrocinó el primer movimiento guerrillero en América Latina en Venezuela, se involucró en agresiones a Venezuela que fueron las que provocaron la suspensión del gobierno cubano en la OEA, en defensa de la democracia venezolana, en un momento en el que Colombia tuvo un papel protagónico en esa decisión. La posición geográfica de Venezuela es distinta, su trayectoria política es distinta. A pesar de que siempre ha existido un componente militar en su historia, Venezuela ha sido capaz de tener experimentos muy interesantes como el Pacto de Punto Fijo, que en su momento fue una solución institucional a los desafíos que enfrentaba. Con base en esas perspectivas, confío que no vayamos a resignarnos frente a lo que está ocurriendo en Venezuela, frente a los graves hechos de los que da cuenta el más reciente informe de la oficina de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los derechos humanos, que llama la atención, por ejemplo, de graves situaciones de explotación y de esclavitud en el arco minero del Orinoco, en las cuales no solo participan organizaciones criminales, sino también agentes del régimen venezolano y también agentes de grupos armados ilegales de origen colombiano.                                             

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