Entrevista a Antonio José Ponte

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El 22 de junio en Madrid, España, Stephany Castro (asistente editorial de Foro Cubano) se reunió con el escritor cubano José Antonio Ponte para discutir temas sobre su experiencia dentro de las instituciones estatales de artistas en Cuba, como la UNEAC, sus diferencias con el gobierno revolucionario y su partida a España, país en el que se encuentra radicado desde hace 14 años. A continuación presentamos la entrevista con el escritor.

 

Stephany Castro (SC): Antonio, tengo entendido que mientras viviste en Cuba hiciste parte de la Unión Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC), cuéntame ¿por qué decidiste entrar?

 

Antonio José Ponte (AJP): Era un modo de canalizar el trabajo de los escritorios. Había un precedente que era una membresía dada por la Asociación Hermanos Said, para luego, cuando cumplías cierta edad y un currículo, pudieras pasar al nivel mayor. Un poco el mismo esquema de la Juventud Comunista y el Partido Comunista, es decir, una institución de jóvenes y luego de adultos.

 

La UNEAC es un gremio literario donde no existe nada fuera del Estado. Ahora hay un par de editoriales independientes, pero hace unos años no existía eso, entonces el único modo de hacer vida literaria era atravesando las instituciones, porque era difícil publicar si no pertenecías a alguna institución y, por ejemplo, tampoco ibas a resultar premiado sin pertenecer a una de estas. Además, vas a tener siempre la vigilancia de las autoridades, de algún modo no pertenecer a estas instituciones era como hacer una declaración de no pertenecer a la sociedad. Entonces, yo estuve en la brigada de los Hermanos Said, y luego en la UNEAC. Sin embargo, el primer año no me dejaron entrar por una petición que habíamos hecho un grupo de jóvenes en aquella época pidiendo cambios y renovación al Ministerio de Cultura, muy en la atmósfera de la Perestroika y Glásnost, entonces ese primer año no me dejaron entrar pero me dieron la seguridad de que entraría.

 

Pertenecer allí no significa demasiado, no tienes obligaciones y no se realizan tantas reuniones; sino que es un modo de controlar a los escritores con el mínimo de molestia para ellos, es un modo de hacer política pero que parezca que no se está haciendo política. Es para buscar unanimidad en las opiniones políticas, porque hay un manifiesto que se firma colectivamente. Al final terminé, no expulsado porque ellos no usan esa palabra, pero sí desactivado. El régimen cubano es especialista en eufemismos, en crear un idioma que parece metafórico, y no aceptaban que me habían expulsado. Pero, igual, a mí me pareció dentro de todo chistoso, es como si fuera un artefacto electrodoméstico que lo puedes activar o desactivar.

 

SC: ¿Y qué excusas daban para justificar esa desactivación?

 

AJP: Bueno, fue sobre todo porque había una revista que había fundado Jesús Díaz, hijo de Pablo Díaz, aquí en Madrid en el 95, y que se llamó Encuentro de la Cultura Cubana. Una de las revistas política, literaria y social más importante que se hizo en el exilio. Esa revista fue dirigida por Rafael Rojas tras la muerte de Jesús Díaz, y después me encargué yo de la dirección los últimos tres años; desde Cuba había aceptado ser parte del consejo de redacción de la revista, siendo parte de la UNEAC.

La revista tenía el propósito cumplido, sobre todo al principio, frente al rechazo de las autoridades cubanas de juntar toda la cultura en un sentido amplio. Porque es que en la sociedad cubana se reduce mucho el concepto de cultura, cuando uno está hablando de eso se piensa solamente en escritores, pintores, cineastas, coreógrafos, bailarines y músicos. Entonces, esta era una idea mucho más amplia, los sociólogos, los filósofos y los economistas son también cultura; la idea era juntarlos de todas las orillas y rangos de pensamiento. Eso pudo hacerse bastante bien los primeros tres o cuatro números, pero después, desde el Ministerio de Cultura de La Habana, sabotearon eso y comenzaron a perseguir y a amenazar con quienes publicaban en la revista viviendo en la ciudad.

 

En mi caso era peor, porque yo hacía parte del consejo de redacción y del pensamiento editorial de la revista. ¿Cuál era mi defensa en todo esto? bueno, yo sabía que me iban a expulsar de la UNEAC tarde o temprano, pero que me expulsaran ellos; mi defensa era que en los reglamentos de la UNEAC decían que obedecía al Partido Comunista, pero en ese mismo momento estaba recibiendo fondos y apoyo internacional como si fuera una ONG. Entonces, si hacían Fundraising como ONG, yo podía pertenecer a lo que quisiera porque ellos no podían defender únicamente la posición del Partido Comunista. Eso fue algo que yo discutí públicamente con el ministro en asambleas – y en un teatro-, porque llegaron a acusarme de que yo recibía dinero de la CIA.

 

La situación llegó a un punto bastante complicado; para el 2002, hubo una feria del libro en Guadalajara dedicada a Cuba y fue una delegación muy grande de artistas cubanos, llegaron a haber entre 400. Yo vivía en Cuba, pero no fui con la delegación oficial, fui por la invitación de una editorial mexicana a presentar el libro de un escritor exiliado cubano; allí hice parte del grupo de exiliados, e hice algo que para ellos fue incomprensible y terrible, presentarles a la gente del exilio la gente de adentro. Empezar a derrumbar ese perfecto esquema que ellos habían planeado para la feria: el de hacer un frente que se opusiera al frente del exilio y hacer una guerra fría dentro de la feria. Y yo se los saboteé, porque yo hacía presentaciones de un lado y del otro, y presentaba gente de un lado a otro. Ello se convirtió en algo que perforaba el muro que habían construido. Fue por eso que, después, la delegación oficial cubana y una asociación de amistad de Cuba con mexicanos, hicieron un acto de repudio enorme contra la revista Letras Libres (número dedicado a Cuba), haciendo que los que estaban en la mesa no pudieran hablar. Lo mismo iban a hacer con una presentación de la revista Encuentro. De algún modo, estuve provocándolos porque aunque yo solamente estaba haciendo lo que sentía que debía hacer, estaba defendiendo la pluralidad y la presencia de una cultura cubana más amplia que la que dictaban ellos. Y es que yo ya publicaba en el extranjero, y dejé de publicar dentro de Cuba para no presentar los libros a la censura, entonces todo eso los debió haber puesto muy incómodos y por eso resolvieron sacarme. Me lo explicaron en una sesión un poco fascesca, yo he escrito sobre eso en un libro que se llama La Fiesta Vigilada. Cuando no te pueden meter miedo entonces son fascistas, se mueven en esos dos registros.

 

SC: Y dentro de la UNEAC me dices que había mucha injerencia del Partido Comunista, ¿Había una especie de orden jerárquico?

 

AJP: No, de eso te das cuenta. La UNEAC fue creada como un acto de censura, como el primer acto después de que salió el documental PM. La UNEAC está formada a partir de eso, para controlar a los escritores; es algo que es difícil de explicar porque puedes vivir sin darte cuenta de que eso existe, y, además, los escritores tienen muy interiorizada la autocensura. Entonces, mientras no te metas en problemas, mientras no toques un registro que a ellos les moleste, no vas a darte cuenta nunca. Y te parece que así es la vida natural, así es el común y así son las instituciones.

 

SC: Y ¿recuerdas algún episodio de censura fuerte que te haya tocado afrontar siendo parte de la UNEAC?

 

AJP: Me tocó pelear por amigos que censuraban, que eso es algo que también les debió molestar mucho. Uno de los principios que ellos conciben a través de este control es que no hay altruismo, entonces siempre les parecía muy mal el hecho que yo defendiera un libro censurado de otro escritor. Les parecía que era una provocación mía y que yo quería escandalizar, como si todo fuera por buscar un efecto publicista y no un efecto político y de convivencia.

 

Yo tenía esa preocupación, que la censura afectara a la gente. De hecho, yo dejé de publicar libros en Cuba porque cuando encontré editoriales fuera pensé “no tengo por qué dar mis libros a un censor”. Entonces solo me quedé publicando artículos, en su mayoría contrarios a lo que me molestaba del trasfondo político, yo estaba haciendo una discusión literaria pero siempre con un trasfondo político, sobre autores exiliados o las inclinaciones políticas de autores literarios al principio de la revolución. Ese tipo de cosas, porque ya empezaban a administrar a los autores exiliados, sobre todo a los muertos, porque ellos no podían hacer declaraciones.

 

SC: Uno de tus textos más importantes es El abrigo de aire, sobre José Martí. Sobre él, justamente pienso que es una figura malinterpretada, tanto por los pro revolucionarios como los contra revolucionarios lo tienen sumamente apropiado. ¿Qué opinas tú sobre la figura de José Martí?

 

AJP: Es un mito central, es como Bolívar en Venezuela, como ciertos mitos que tienen que ver con un libertador. Hay una confusión alrededor de ese nombre, y siempre habrá una pelea de la reliquia alrededor de esa figura. Todos los bandos políticos se lo han estado peleando; no hay, desde los años 20 en Cuba, ningún partido político que no haya sustentado su nombre, política, proyecto o programa sobre Martí. Es que cabe todo en él, es una especie de dios omnipotente. Es un hombre que escribió muchísimo, un hombre que estuvo en unas coyunturas tremendas, un exiliado en Nueva York que vivió el momento en que Estados Unidos se debatía entre la República y el Imperio. Fue un gran escritor con una obra muy profusa, muy cambiante, mucho periodismo, entonces es muy difícil saber. Hay Martí para todos.

 

Ahora, eso no quiere decir que Martí pueda justificar una dictadura, hay límites para usar a Martí como figura. Y también creo que eso es una discusión sostenida vagamente; sobre si Martí tenía una idea de la república o no la tenía, de la república futura que vendría y que él sustentaría, no se pueden apreciar demasiados rasgos en lo que él escribió, a pesar de que, evidentemente, sí buscaba la república. Todo eso pesa sobre la figura de Martí, y pesa también la idea de algo que está en muchos países, como en Portugal con el Sebastianismo, por ejemplo, donde la pérdida de una figura joven crea un mito político de unas potencialidades patrióticas alrededor de su figura, pérdida que da mucho juego para lo contrafactual, para lo futurible, y todo lo que uno quiera imaginar a partir de dichas personalidades. Como Martí, muere por la causa nacional, muere por la creación de una república, y muere joven, y deja bastante huérfano al movimiento de liberación, intelectualmente hablando.

 

SC: Sobre eso, recuero que Magdalena López decía que lo que quería Fidel buscaba esa heroización mediante liberación, solo que él no pudo morir como un héroe joven y en pie de lucha, sino que vio la muerte enfermo y desgastado por los años. ¿Crees que eso le faltó para convertirse en una figura paradigmática como Martí?

 

AJP: Bueno, Fidel tuvo suerte porque consiguió que el Ché le sirviera para eso, delegó la muerte en otro y le fue muy favorable. Consiguió el equivalente al mito martiano pero sin el asiduo a la letra, porque los textos del Ché Guevara no sirven de nada, ni la teoría económica ni la teoría filosófica. Incluso, tengo una discusión con amigos que me dicen que él era un narrador, me parece igual de espanto como narrador y como poeta. Pero, a lo que voy, es que consiguió con el Ché algo que va más allá de eso, a través de la imagen y la iconografía pudo aprovechar lo simbólico de su figura, y, además, se lo quitó de encima porque con él venía una discusión complicada entre el maoísmo y el moscovitismo.

 

SC: Ahora, pasando más a lo personal ¿cómo es que un ingeniero termina siendo poeta?

 

AJP: Pues yo era poeta desde pequeño, y tenía amigos mayores que estudiaban literatura y me contaban todo lo que no estudiaban, lo que tenían prohibido. Por ejemplo, en la época en la que me hubiese tocado estudiar literatura Lezama Lima estaba prohibido, no se hablaba de él en la universidad; Virgilio Piñera también, su nombre no se decía; y otros escritores como Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Lydia Cabrera también estaban prohibidos por exiliados. Precisamente por eso me fui a estudiar ingeniería, porque la matemática no cambia con las dictaduras, es siempre igual. Yo sabía que lo que estudiara, incluso si estudiaba letras, iba a ser temporal, que lo que a mí me interesaba era tratar de hacer vida de escritor. Lo estudié, trabajé cinco años de ingeniero y luego empecé a conseguir derechos de autor, y pude escaparme de la ingeniería.

 

SC: ¿Tú estudiaste en La Habana?

 

AJP: Sí, yo me fui a La Habana a los 15 años, viví la mayor parte de mi vida allí. Sin embargo, yo sabía que iba a estudiar solo la parte cubana porque por la parte latinoamericana, por ejemplo Borges, no existía, estaban prohibidos, así como Vargas Llosa y Fuentes estaban prohibidos. Pero es que con todo y que Vargas Llosa había estado muy cerca de Fidel al inicio de la revolución, el caso de Heberto Padilla, y la carta firmada por los escritores, hicieron que los censuraran también.

 

SC: ¿A todos los que firmaron la carta se les censuró en la isla?

 

AJP: Ninguno volvió a ser persona dentro de Cuba. No volvieron a ser mencionados ni publicados y sus libros no estaban en bibliotecas, podías crecer sin saber de su existencia. Yo me enteré relativamente tarde de nombres que hubiera podido conocer años antes, como Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Y no es que no aparecieran en los libros, es que no se sabía los nombres de quienes eran; porque es que en Cuba se puede jugar mucho con la memoria, lo cierras y ya está.

 

SC: ¿Y cómo es la Universidad de La Habana? ¿Hay estigmatización de los opositores?

 

AJP: En la Universidad de La Habana está controlado todo, de hecho a mí me echaron el último año de la universidad cuando ya estaba empezando a hacer la tesis y tuve que volver al siguiente. Estuve expulsado durante un año bajo una categoría que se dejó de usar al poco tiempo, el diversionismo ideológico, pero ahí cabía cualquier cosa.

 

Yo tenía amigos y confianza en ellos, todos teníamos diferencias políticas con la ideología del régimen y hablábamos entre nosotros que éramos un pequeño grupo, pero con los demás no se hablaba de política. Hay una anécdota de Franco, el dictador español, que está a la medida de lo que puede ser la vida dentro de una dictadura, y es cuando le dice a un periodista que lo estaba entrevistando: “haga como yo, no se meta en política”. El hecho de que el dictador, que es el que ha hecho esa política, le diga que no se meta es que esta llega a ser tan opresiva que ya tú te olvidas de que se está haciendo política. La censura tiene ya tanta licencia que te olvidas de que estás viviendo en un mundo censurado.

 

Todo eso era lo que pasaba dentro de la Universidad, estaba controlada por la Federación Estudiantil Universitaria y la Unión de Jóvenes Comunistas, no había (hay) autonomía universitaria en Cuba; con todo y que Fidel fue resultado de esa autonomía universitaria, también porque todos los movimientos latinoamericanos universitarios son de la época de Fidel joven.

 

SC: ¿Y cuándo te diste cuenta de que te querías ir?

 

AJP: No, yo no me quería ir a pesar de todo eso. Porque para mí el ejercicio intelectual es también un ejercicio de resistencia, y porque yo creía, o sigo creyendo, que un intelectual le tiene que dar variedad al mundo, no es para que siga repitiendo al que tiene al lado sino para ser distinto, y yo era bastante distinto allí adentro. Lo que pasa es que me cansé, me cansé ver las reacciones de los demás, empecé a ver cómo los demás reaccionaban y se distanciaban por su miedo, porque de pronto tú eras un apestado. Entonces, te pones un poco paranoico y empiezas a calibrar todas las reacciones de la gente y cualquier gesto que te estén haciendo, porque aunque no sea por nada político tú lo empiezas a leer en clave política. De manera que yo me estaba poniendo un poco misantrópico, no creyendo en la gente y desconfiando sobre lo que había hecho y de lo que me sentía orgulloso.

 

SC: Y ¿cómo fue tu llegada a Madrid?

 

AJP: Bueno, después de que me expulsaron no me dejaban viajar; entonces, a pesar de que tenía invitaciones a Berlín, por una beca que gané, a Buenos Aires y a París, no me dejaban salir. Era la época más controlada.

 

Entonces un grupo de amigos le escribió una carta al Ministro de Cultura diciendo que me dejaran viajar, que si no podía publicar dentro de Cuba al menos pudiera viajar fuera. Sin embargo, el ministro dijo que yo no tenía problema para viajar, que si presentaba una invitación podía viajar. Fue así como, muy desconfiado, presenté una invitación que me habían hecho a Madrid con una beca de la Fundación Carolina, y llegué a esta ciudad. Aquí, vine a ver a la gente de la Revista Encuentro y a ocuparme de la beca. En ese momento, Rafael Rojas estaba más metido en la academia en México y quería dejar la dirección de la revista, así me ofrecieron la dirección y terminé aceptando. Ahora, llevo radicado aquí casi 14 años.

 

SC: ¿Y has vuelto a Cuba desde entonces?

 

AJP: No puedo. Hay listas negras todavía. Por suerte no tengo familia en Cuba, mi familia está en Miami por lo cual no tengo esa presión. Y tampoco tengo sueños de exiliado, que son terribles, sueños donde te ves caminando por las calles de la ciudad, o en la casa en que naciste. Puede que los tenga, pero los reprimo inconscientemente en un modo que Freud tendría que explicarlo. De hecho, estuve despidiéndome de Cuba mientras yo vivía ahí, estuve poniendo tan en entredicho lo que yo pensaba y los últimos años fueron tan fantasmagóricos, que ya me había despedido. Tal vez, mientras mayor me vaya haciendo, comenzaré a soñar con ese momento, pero ya veré luego que hago. Afortunadamente, la poesía y la literatura me permiten sublimar todo esto.

 

SC: En el Congreso de Educación y Cultura realizado en el 71 en México, se estableció una especie de anti-intelectualismo en Cuba, tanto académica como culturalmente los intelectuales contra revolucionarios no tenían cabida en el país. ¿Cómo ves este episodio tú?

 

AJP: Hay dos textos que son la filosofía política de la cultura cubana, y que, además, sobre los que las autoridades cubanas se sustentan (con palabras de Fidel Castro) para gestionar la labor intelectual en la isla. Estos antecedentes se encuentran en el año 61, el primero, en un discurso de cierre de Fidel, y el otro, en la carta del socialismo y del Hombre Nuevo en Cuba, del Ché Guevara. Cada uno se resume en la famosa frase de Castro que reza: “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”; es decir, hay una sensación de límite sobre lo que se considera estar dentro, y la exclusión de los que se consideran fuera. No hay dentro o fuera, hay contra.

 

Hay una frase de un padre de la iglesia cristiana El Origen que tiene que ver con esto – porque dicho episodio también fue el inicio de una cierta manera de pensar religiosa-, que decía que el que huye de Dios huye dentro de Dios. Esto es un poco parecido, no hay fuera para la Revolución, no permite que los contradictores existan, los fusilan o los meten a la cárcel. Esa idea le crea al escritor una agonía total por sentirse dentro, o el miedo de entenderse fuera.

 

Otra frase del Che que también se refiere a esto, dice que el un pecado original de los intelectuales es no ser más revolucionarios. Es decir, los dos, Fidel y el Ché, ametrallaron el ego de los artistas; el primero, que te dice que debes estar dentro-fuera, es como una policía de tráfico que te sigue por una carretera, su caso es el de un totalitarismo geométrico más bien, porque se enuncia según quien está dentro-fuera – como conjuntos matemáticos. Y el otro dice que eres inefectivo, que “si no no funcionas ni nos sirves”, en ese sentido, la idea del Ché es peor aún porque es biopolítica, es del fascismo la idea que la gente nace determinada a algo. Entonces, con esos dos principios, que todavía son válidos y estructuran la política cultural cubana, ya no puede funcionar una intelectualidad.

 

Sobre ello quisiera anotar una paradoja. Todo esto, la revolución y el proceso revolucionario, es la que crea una intelectualidad; porque sí, existen intelectuales, pero el gremio y la organización existe gracias al control de la revolución. Entonces es paradójico porque el régimen crea algo para cortarle las alas después, hay un tono perverso en el asunto porque, no quiere decir que la revolución fundara el pensamiento intelectual cubano, pero sí fundó un montón de instituciones que no existían antes, mediante la idea de hacer que escritores y artistas pudieran vivir de su arte. Eso no existía antes de la revolución, solo algunos pintores se podían dedicar por completo a su arte. Así, con la llegada de la revolución se les da sueldos pero luego les quita la libertad artística.

 

Entonces los está instrumentalizando, porque necesita un gremio, porque los frutos de ese gremio deben acompañar todo el discurso humanista que tiene la revolución, que es lo que, en últimas, distingue una dictadura de izquierda a una de derecha. Eso es lo que hace que las dictaduras de izquierda tengan tan buena prensa: un lindo discurso que no se corresponde con los hechos pero que parece de buenos propósitos, y para lo que necesitan ballet, cine, literatura, que lo acompañe para que parezca que hay un florecimiento cultural grande.

 

SC: Ahora, más sobre tu labor actual ¿Qué haces en el Diario de Cuba? ¿cuáles son tus funciones allí?

 

AJP: Yo hacía la revista en papel y Pablo Díaz hacia el diario digital. Cuando se cerró el proyecto por la crisis económica, porque era muy costoso hacer cada ejemplar trimestral, se deja de hacer la revista y se cierra la digital. Pablo y yo ya éramos amigos para esa fecha y queríamos hacer algo, entonces me sumé al equipo de la digital y lo que hice fue agregarle la literatura, que no lo tenía. Por lo demás, fue como continuar el trabajo temáticamente, eso es lo que hacemos desde el 2009.

 

De hecho, estamos considerados como una de las bestias negras del régimen, entre otras cosas porque conseguimos o partimos de la idea de no dejar de hacer oposición, no repetir los mismos discursos de Miami-La Habana sino aprovechar zonas grises y pensar de otro modo la política cubana. No nos quedamos en las coordenadas que Fidel Castro aprovechó, cegó y multiplicó para su subsistencia, a nosotros no nos interesan esas coordenadas tan cerradas. Además, sabiendo que en algún momento habrá transición y que la transición se negocia con quienes están sentados en el poder, no con la gente que vendrá después, hay que hablar a veces con gente que uno desprecia. Todo eso es el único modo de seguir y hacer la historia cubana, de forjar otra sociedad y otro tipo de república.

 

SC: ¿Tú crees que ahora, con esta nueva constitución, esa transición está más lejos o más cerca?

 

AJP: Yo creo que está igual de lejos o de cerca de lo que estaba antes con la Ley Electoral, que no cambia. Ellos han creado sólo mecanismos retóricos, por ejemplo esa Ley Electoral tiene un Consejo Nacional Electoral, que cumpliría funciones un árbitro sobre las elecciones, sin embargo, este lo dirige el Partido Comunista. Internacionalmente esto puede hacerle creer a la gente, ONGs e instituciones, que el esquema electoral se va democratizando un poco más, que va camino hacia una transición, pero no es así. Las autoridades tienen mucho miedo de perder el poder, están en una encrucijada económica terrible y tienen el precedente del Periodo Especial, que hubo, que existe y no se ha cerrado.

 

Además, la válvula de escape que tenían con la ley de migración a Estados Unidos, la política de pies secos - pies mojados que ya no existe ahora, hace que cualquier situación que ocurra en este momento no tenga opción de salida hacia Estados Unidos. Por eso, yo creo que van a abrir un poco la mano hacia ciertas permisividades económicas; sin embargo, como ellos son capaces de cualquier cosa con tal de sobrevivir y mantener el poder, tienen el problema de legitimar a sus hijos y su familia para lo que venga ahora.

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