FORO CUBANO Vol 4, No. 35 – TEMA: REFLEXIONES DE LA GUERRA FRÍA–

De cómo la Guerra Fría calentó a Cuba

Por: Rafael Almanza
Agosto 2021

Vistas

Llegada la Guerra Fría, el acercamiento de Cuba con la Unión Soviética trajo consigo la implantación de cuestiones mucho más allá del modelo político. Aquí un abordaje sobre como ello afectó la cotidianidad de los cubanos y como en adelante resulta necesario el desarrollo de un pensamiento geopolítico cuidadoso desde la isla.

El 2 de mayo de 1959, Fidel Castro compareció ante la prensa de la televisión nacional para aclarar sus posiciones con respecto a la lucha entre potencias. Que el gobierno revolucionario no se aliaría con la Unión Soviética, porque ese país vivía con un sistema que acababa con las libertades y era incompatible con las tradiciones cubanas. Su discurso fue criticado por los comunistas, que declararon oficialmente que Castro ignoraba el “abc” del marxismo. Unos días después, este asistió a una conferencia económica de la OEA, en donde expuso un programa desarrollista y capitalista diseñado por el economista Felipe Pazos, que había luchado contra la dictadura batistiana. Fue recibido con frialdad. Castro habló de pie frente a un conjunto de diplomáticos sentados.

Ya en el verano de 1959 el gobierno revolucionario entabló sus contactos a gran escala con la Unión Soviética. A fin de año liquidó a su comandante Hubert Matos, acusado de decir que Castro era comunista. Matos nunca dijo eso, pues había una penetración comunista evidente en el gobierno.

En el pleno del Partido Socialista Popular -los comunistas soviéticos cubanos- del año 1960, se respaldaba el supuesto modelo desarrollista con algo más: la revolución agraria, democrática y antimperialista.

Ni una palabra de socialismo.

En abril de 1961 el doctor Castro proclama el socialismo.

Para el ideal democrático, nada peor que una guerra, ni fría ni en candela.

Las dos guerras llamadas mundiales fueron perfectamente evitables. Los ganadores, perdieron. La primera dio lugar al socialismo en Rusia. Sin la Segunda Guerra Mundial el socialismo era impensable en Europa Oriental. Así como en China, Corea e Indochina.

Sin la llamada Guerra Fría no habría socialismo en Cuba.

El régimen castrista quedó protegido, después de la Crisis de los Misiles, por la Unión Soviética y los Estados Unidos. Nuestro país quedaba convertido en rehén de las dos potencias.

Hace rato que se produjo la desunión soviética.

Pero el conflicto de potencias está cada vez más descarado y feroz.

Nunca hubo ninguna Unión Soviética sino el Imperio Ruso bajo esa máscara. Se quitaron la careta, según el mismo estilo se hicieron los demócratas durante un tiempo, y ahora son el Imperio del petróleo, el gas y la venta de armas, incapaces incluso, con todos sus millonarios, de competir en la carrera espacial, su antiguo caballo de la batalla ideológica. Hasta China los humilla.

Cuba ya no le hace falta a Rusia, los satélites y los submarinos son más eficaces, seguros y baratos para el espionaje o el lanzamiento de misiles contra los Estados Unidos de América.

Aurímanos según sus asiáticas tradiciones, los rusos han cubierto de oro la Estatua de la República del Capitolio habanero, y también su cúpula. Estará bien el oro en las torres de un desgraciado país sin sol. En Cuba impide mirar la torre. El Capitolio sigue sin funcionar como parlamento, ni veo cómo se puede meter a esa enorme cantidad de supuestos diputados en los antiguos hemiciclos. Los rusos sugieren delicadamente que se centren en el Oro, igual que ellos.

Capitalismo sin democracia, incluso con algunos partiditos simbólicos. O sin ellos, como en China. Pero por favor, oro.

La Guerra Fría nos regaló el socialismo. Y además el sovietismo, con una mímesis patética de aquel extraño régimen, en efecto tan distante de las tradiciones nacionales. Obsérvese que los soviéticos locales se llamaban socialistas populares, pero los guerrilleros, en verdad incultos en materia de teoría, acabaron llamándose sinceramente comunistas. Si la cúpula del PSP se denominaba -para evitar un exceso de evidencia-, Dirección Nacional, el nuevo Partido Comunista Cubano, esta ostentaba un Comité Central y un Buro Político, como en Moscú. En algún momento los comandantes empezaron a llamarse generales, para que entendieran los generales de Moscú. Hubo una Ciudad Héroe, Santiago, como Stalingrado. También hubo Héroes de la República –el doctor Castro llegó a ser tres veces Héroe de la Unión Soviética, como Brezhnev-, uno de los cuales dejó de serlo y fue fusilado. Había un curso de ruso por radio, no demasiado popular. Los niños se llamaban Iván o –para beneficio de los humoristas- Liudmila. Los soviéticos que trabajaban en Cuba vivían en unos guetos de pequeño bienestar y jamás le dirigían la palabra a los cubanos: mis intentos de practicar la proteica lengua de Pushkin con esa gente fueron inútiles. Acabé por perder el idioma. Solo logré conversar en algún momento con mi profesora de física azerbaiyana, que me explicó que en Cuba no podía haber matemáticos porque hay mucho calor. Lo que debe ser cierto porque hace décadas que trabajan en la NASA. También me dijo que en Azerbaiyán había mucho calor –lo que podía explicar por qué el único del aula que entendía sus ecuaciones era yo-, pero que en La Habana no había fuentes. Y en Camagüey, mucho menos, pensaba yo con alguna melancolía. Y como los soviéticos estuvieron al frente de la carrera espacial mientras el enemigo de Stalin, el ucraniano Koroliov, puso su genio en ese empeño –y luego se quedaron sin inspiración ni dinero para plantar la bandera roja en la luna-, y como los estudiantes que regresaban de ese futuro luminoso tenían que callarse lo que habían visto y solo mencionaban que en Kiev con un rublo almorzaban dos personas, mientras aquí nos ateníamos, en un país agrícola y sin nieve, a un indeseado ascetismo en la dieta, y como nunca cumplimos el plan de entrega de azúcar a la Unión aunque nos la pagaban al doble del precio del mercado mundial, poco a poco nos convencíamos de que era imposible que nos convirtiéramos en soviéticos, que jamás les ganaríamos al menos en la pelota porque ellos no jugaban ese deporte norteamericano, que éramos subordinados de cuarta categoría de la segunda potencia porque habíamos desdeñado oportunamente a la primera, y que debíamos ausentarnos de los Juegos Olímpicos si los soviéticos se negaban.

Eso sí, formábamos parte del Team de la Liberación de la Humanidad.

Qué orgullo.

Estábamos a punto de liberarla de la Libertad. Íbamos delante.

En cuanto a la América Latina, que era la zona del mundo que el doctor Castro definía como área de nuestras alianzas en aquel discurso de mayo de 1959, quedaba pues en la mentalidad popular como una retaguardia somnolienta. Ni los éxitos de Nicaragua, Venezuela y Bolivia han logrado hacernos más americanistas. Es verdad que la historia de Cuba nunca ha estado coordinada con la de sus hermanos del área. Pero antes de 1959 México era una especie de referente sagrado para los cubanos. El cine mexicano, y también el argentino, encandilaba al pueblo. El mambo nos convirtió en una misma realidad cultural. Y aunque ese país fue el único con que mantuvimos relaciones diplomáticas durante todo este período, significativamente esa relación desapareció en forma completa en cuanto triunfó el sovietismo. Se extinguieron los programas radiales con mariachis y corridos, que habían sido muy populares hasta los setentas. La cercanía con Puerto Rico y Haití fue también cancelada. Para el cubano de los años del socialismo triunfante, América Latina era un área de atraso, gente que estaba a los pies de los yanquis y no integraban el Team. Nicaragua, Venezuela o Bolivia siguen siendo visitadas por empleados escogidos del gobierno, nunca por el pueblo. Por eso seguimos creyendo que los nicaragüenses son groseros y violentos, los venezolanos, estúpidos, y los bolivianos, indígenas. El americanismo de los comunistas es de tipo estatal y oficial, inverificable a nivel de las personas corrientes. Había ocurrido lo mismo con los soviéticos. Los colaboradores rusos eran bolos, palabra que significaba una mezcla de obediencia ciega y nulidad mental. Además, no se bañaban ni en el trópico y apestaban a una suma de ajo y perfume Noches de Moscú. Acercarse a menos de dos metros de un colaborador soviético era afrentoso para la nariz del cubano. Ni por los muy sonoros versos de Serguei Esenin me acercaba yo. 

Desde luego, Cuba es una nación liberal, que había sacudido una parte del medievalismo español, tampoco comparable a los siervos de la gleba rusos, que duraron casi hasta la Asamblea de Guáimaro. Cuando nosotros liberábamos, al fin, a los esclavos africanos, esos rubios dudaban de si debían apartarse de sus dueños de siempre. El pueblo cubano ganó irónicamente muchas batallas contra el sovietismo, en el orden cultural. Por ejemplo, en el sexo. En los primeros años sesenta el cineasta Katalazov preguntaba deslumbrado en La Habana si las cubanas usaban ajustadores. Pues ese rezago perverso del capitalismo estaba prohibido en Rusia, donde la moral exigía los refajos de mis abuelas. Los varones cubanos regresaron de la Unión con mujeres que descubrían en el lecho criollo una felicidad ignota. El sexo a oscuras y bajo la sábana era impopular aquí. Nótese sin embargo que los palavinas, cubanos mitad nacionales y mitad rusos, siempre son hijos de una madre rusa. Los varones rusos nunca mezclaron su preciosa sangre eslava con mujeres inferiores. Se lo perdieron, esos infelices.

Carmen, el ballet de Alberto Alonso, fue prohibido en Moscú por sus referentes sexuales, y Maia Plisétskaia declaró en su vejez que en la Unión había dudas de cómo se hacían los niños. En descargo de sus viceministros debo decir que la interpretación de aquella prima ballerina era mucho más vaginal que la de Alicia Alonso. Caída la Unión, Plisétskaia adquirió la ciudadanía española, es decir, se convirtió, aunque fuese a última hora, en Carmen. Cuba seguía ganándole batallas de humanidad al sovietismo. Yo mismo he sido un defensor de la obra de Andrei Tarkovski, algunas de cuyas películas, prohibidas en Moscú, se estrenaban en Camagüey. Mientras la literatura y el arte rusos, que habían sido gloriosos a principios del siglo XX, se sumergieron en la miseria del realismo socialista, en Cuba la imposición de esa porquería en los años setenta acabó en unos escándalos que a la corta lo dejó frito: la literatura y el arte cubanos, sólidamente enraizados en sus tradiciones occidentales, siguió adelante hasta hoy, incluso en ausencia de libertad de expresión y luchando contra la represión y el ninguneo. La homofobia rusa, peor que la de los guerrilleros locales, fue lanzada a la cuneta también. En el momento actual los cubanos van a comprar trapos a Moscú para revenderlos aquí o aprovechan para saltar a otro destino, pero los que simpatizamos con la famosa Alma Rusa somos escasísimos y sospecho que ninguno de nosotros ha aterrizado en Sheremetievo. No hay forma de que nos transformen en hijos de Putin. Aquí los blancos y los mulatos nunca fuimos siervos de nadie, y con los negros y con los chinos nos incorporamos en forma indeleble a lo que el Venerable Félix Varela llamaba el Alma Americana: el amor por la libertad.

Desgraciadamente, ahora las potencias en lucha por el ridículo y mil veces fracasado dominio del mundo, se han multiplicado en número y en ideologías, ya sin la añagaza de un modelo social y económico pretendidamente distinto, y pasma la ceguera con que siguen arriesgando su propio destino, y sobre todo el de los países a los que esas emulaciones les son ajenas e impropias y que carecen de otro poder más allá de las virtudes del alma colectiva.

Con la experiencia de haber dependido inútilmente de las dos potencias mayores del planeta, el liderazgo democrático cubano deberá desarrollar un pensamiento geopolítico cuidadoso, descreído de promesas, ideologías y compromisos esclavizadores o mediatizadores, sabiendo que Cuba es América Latina, y que solo a sus iguales, cuando sus iguales la reconozcan como tal, debe atreverse a llamar aliados, o hermanos.