Cuba, etnias y raza: Contrapunteo histórico de la dinámica de la plantación en las teorías de Fernando Ortiz

Por: Mónica Ayala-Martínez

Julio 2019

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La idea de raza es, con toda seguridad, el más eficaz instrumento de dominación social inventado en los últimos 500 años. Producida en el mero comienzo de la formación de América y del capitalismo, en el tránsito del siglo XV al XVI, en las centurias siguientes fue impuesta sobre toda la población del planeta como parte de la dominación colonial de Europa.

Aníbal Quijano, ¡Qué tal raza!

“En Cuba, el problema negro solo existe cuando se habla de él, y hablar de él es jugar con fuego.”

M. Martínez, 1929

La pregunta por la identidad nacional y cultural es una interrogante reiterada en culturas que han tenido la experiencia de ser colonias. Por ello, no es para nada sorprendente que en la historia intelectual cubana se hayan hecho múltiples intentos de ofrecer una respuesta a la pregunta qué es la llamada Cubanidad. Un elemento fundamental de esa identidad está conformado por la noción de raza, componente histórico importante de la construcción y de la representación de la nación cubana. Lo que propongo en esta reflexión es ubicar el lugar asignado a lo racial en algunos textos del pensador y antropólogo cubano Fernando Ortiz en los que elabora su perspectiva sobre la identidad cultural y nacional de Cuba. Para hacerlo, parto de identificar el lugar que este autor asigna a la dinámica de la plantación dado que esta es clave en la definición de las condiciones raciales en la isla. También parto de reconocer el impacto que esta estructura económica, política, social y cultural ha tenido en la formación de la idea de nación en Cuba.

Este trabajo se propone también como un contrapunteo histórico, y con ello intento directamente describir la dinámica que pretendo establecer entre algunos escritos de este autor proyectando la posibilidad de continuarlo en contraste con otros autores.

Contrapunteo, indica Enrico Mario Santí (2002), es cubanismo de contrapunto, –técnica musical en la que se combinan partes o voces simultáneamente y resultan en una textura armónica- pero su definición original se refiere al contenido verbal de una disputa.” (p. 18) En última instancia, este trabajo es una invitación a escuchar la discusión, disonante a veces, armónica otras veces, que desde un contexto histórico y una posicionalidad personal y disciplinaria, ofrece Fernando Ortiz sobre la nacionalidad cubana y sobre la noción de raza en Cuba.

Esta voz es la de Ortiz en sus textos “Los factores humanos de la cubanidad” (Publicado inicialmente en la Habana, 1949) y “Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar.” (Publicado inicialmente en la Habana, 1940). En Contrapunteo, Ortiz contrasta no sólo las descripciones de los dos productos fundamentales de la economía cubana del momento, sino que, además, en la segunda parte se dedica a demostrar maneras de inscripción del tabaco y el azúcar cubanos en la conciencia/cultura mundial.

A nivel estilístico, el artificio retórico usado por el autor en el Contrapunteo es creativo e innovador para su momento: usar la forma musical del contrapunto, en su manera cubanizada, para poner en controversia dos productos nacionales. Pero el giro innovador elaborado por Ortiz no termina allí. Haciendo uso del estilo “cubiche” parodia al Arcipreste de Hita en el diálogo entre Don Pascual y Doña Cuaresma, quien a su vez parodia en el Libro de Buen Amor las famosas disputas teológicas medievales.

A nivel del contenido, lo que está puesto en controversia es la posibilidad de pensar qué es ser cubano a partir de la identificación de las tensiones entre dos productos nacionales que funcionaban como base económica fundamental en Cuba y que están, además, conectados directamente con la condición esclavista de la plantación.

Su propuesta no es en ningún sentido a-histórica. Prueba de ello es que Ortiz planeó una reescritura del texto enfocándose en el tabaco al anticipar el declive de la importancia de la industria azucarera en el país, y hay además indicios de que incluso planeó hacerlo triangulando la relación tabaco, azúcar y café. Sus reflexiones están por una parte jalonadas por lo que sintetiza Enrico Mario Santí (2002) en la pregunta “¿Cuáles son, o serán, las fuerzas económicas que determinan una cultura nacional, y cómo lo hacen?” (p.12). No solamente hay referencias directas que evidencian la conciencia que Fernando Ortiz tenía de las dificultades metodológicas de su propuesta, sino que además reconoce que en Cuba las diferencias entre el tabaco y el azúcar en Cuba no son necesariamente tan definitivas y claras como la comparación las presenta.

En cualquier caso, más que los artificios formales, lo que interesa para aquí es el destino de la controversia en el texto de Ortiz. El Contrapunteo va a proponer explicaciones de hechos sociales a partir de dos productos. La controversia formal sugerida en el título del ensayo da paso a una defensa del tabaco sobre el azúcar. El tabaco se va a identificar como un producto de la transculturación, concepto usado por Ortiz para señalar el factor homogeneizante fundamental en la cultura cubana. Es decir, el tabaco apunta a ese ideal de democracia racial inseparable del ideal moderno republicano propuesto y enfatizado por Martí (Mi raza, 1893): “En Cuba no habrá nunca guerra de razas. La República no se puede volver atrás. Y la República, desde el día único de redención del negro en Cuba, desde la primera constitución de la independencia el 10 de abril en Guáimaro, no habló nunca de blancos y de negros”.

El azúcar, por contraste, es causa de la esclavitud, un factor alienante en la historia económica y cultural de la isla. Su crítica puede identificarse como una crítica política a la dependencia económica en el monocultivo, al excesivo poder centralizado de la industria azucarera cubana y a sus efectos negativos en la sociedad isleña. Enrico Mario Santí (2002) indica que “la crítica de Ortiz al azúcar forma parte, a su vez, de un debate nacional mucho más amplio sobre la industria azucarera, los históricos abusos que cometen los sucesivos gobiernos a su favor, sus consecuencias sociales, y la necesidad de control social sobre la misma” (p. 48).

Ahora bien, esta reflexión no se propone una lectura económica del Contrapunteo, tampoco se identifica con la lectura poética/literaria que Gustavo Pérez Firmat (1989) hace de la misma[1]; lo que ofrece es el señalamiento de sus elementos más importantes y proyecta su diálogo posible con otros autores. En ese sentido cobra importancia la afirmación de Ortiz, Contrapunteo (1940):

“no fue, pues, el latifundio el que causó la gran población negra de Cuba sino la carencia de brazos indígenas, de indios y de blancos, y la dificultad de traerlos de otra parte del Globo que no fuese África, en igualdad de condiciones de bartura, permanencia y sumisión. El latifundio no ha sido en Cuba sino una consecuencia del azúcar y de otros factores concomitantes, lo mismo que la población negra. Uno y otro han sido efectos, casi paralelos de unas mismas causas fundamentales, y no es ésta una consecuencia de aquel” (p. 176-177)

El análisis y la crítica a la cultura de la plantación de caña de azúcar ofrece a Fernando Ortiz la posibilidad de pensar a Cuba desde diferentes niveles: a nivel antropológico, le permite entender y descifrar el engranaje que subyace a la aparente efectividad de la plantación, como una pieza que le ayuda a entender el todo orgánico que son la cultura y la sociedad cubana. A nivel político y económico le proporciona herramientas para demostrar efectos sociales de causas económicas como su relación con intereses explotadores e implícitamente racistas (por su conexión directa con la esclavitud). Por último, el que más quiero resaltar en este trabajo, a nivel cívico e histórico le permite puntualizar un aspecto central que demanda cambio si la cultura cubana pretende responder a su condición fundamental, expresada en la metáfora telúrica que afirma en Los factores humanos de la cubanidad (1940) “Cuba es un ajiaco”, una mezcla.

El Contrapunteo no dialectiza al tabaco y al azúcar, tampoco ofrece una síntesis de estos, sino que parece recubrir esa condición nacional y cultural fundamental: la transculturación cubana. Cuba, la nación y la cultura cubana son el resultado de una mezcla múltiple, abierta y dinámica, “mestizo de todas las progenituras” (Los factores humanos de la cubanidad), ya que

“…pocos países habrá como en el cubano, donde en un espacio tan reducido, en un tiempo tan breve y en concurrencias inmigratorias tan constantes y caudalosas, se hayan cruzado razas más dispares y donde sus abrazos amorosos hayan sido más frecuentes, más complejos, más tolerados y más augurales de una paz universal de las sangres” (p. 82)

Puedo sintetizar estas ideas de Ortiz diciendo que, si bien la plantación provee características explotadoras e implícitamente discriminadoras a nivel económico, racial y cultural, al mismo tiempo es una de las piezas del rompecabezas cultural que es Cuba transculturizada. Continuando con la línea planteada por Martí (originada en el discurso independentista), Ortiz reitera y refuerza elementos claves que han caracterizado y continúan hoy caracterizando el discurso sobre lo racial en la isla: la ilusión de que el acceso a la modernidad es garantía de relaciones raciales armoniosas, y por ello es innecesario hablar sobre raza en Cuba.

Esta es sin duda alguna una posición que se reitera en el marco ideológico amplio de América Latina y el Caribe, donde la democracia racial es una ideología (racial) sostenida por ideas como:

  1. La identidad racial no es un corte social relevante, además, pierde énfasis bajo una identidad nacional unificadora y bajo el peso de las diferencias sociales.

  2. Si no hay jerarquía racial, por tanto, la raza no tiene nada que ver con oportunidades económicas ni con estatus socioeconómico.

  3. Aunque puedan mostrarse ejemplos de prejuicio racial, estos son individuales y constituyen casos aislados.

  4. El racismo y la discriminación son problemas en otros países (Estados Unidos particularmente).

Recordemos pues que la sociedad cubana del siglo XIX fundó su desarrollo en la institución esclavista y que, como resultado de esta condición, el negro y el tema racial han sido incorporados al discurso nacional y literario de maneras contradictorias y ambivalentes. Por un lado, la abyección del negro, por otra, la idealización y exotización del mismo. Ejemplos de ello vemos en textos como Sab de Gómez de Avellaneda, la Cecilia Valdés de Villaverde.[2]

En ellas puede identificarse igualmente cómo el mestizaje ofrece una salida al tenso y disonante pasado esclavista, proponiéndolo como un “adelanto” en el proceso racial, asociándolo con el acceso posible a la modernidad nacional cubana, es decir, proponiendo al mestizaje como filosofía de la nacionalidad moderna del país.

Si bien Ortiz apunta a las tensiones que afloran en el Contrapunteo, las ambivalencias y contradicciones del discurso nacional y literario en cuanto al negro y en cuanto a lo racial, no se disipan en Cuba a través del mestizaje. El Contrapunteo se inscribe en un contexto histórico e ideológico que sueña que la modernidad garantizará la ausencia de tensiones raciales en Cuba.

No obstante, a principios del siglo XX se reitera una corriente retórica y ficcional que muestra la estrategia del miedo al negro[3]. Una estrategia que fue crucial en la justificación para la represión violenta de los independientes de color en la zona oriental del país por esos años. En ellos se evidencia en Cuba el fracaso de la ausencia de racismo y del esquema birracial.

 

Referencias

Martí, J. Mi raza (1893). New York: Patria, Abril 16.

Ortiz, F. (1983). Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales.

Ortiz, F. (2010). Los factores humanos de la cubanidad. El ensayo cubano del siglo XIX (Hernández, F., Rojas, R.). México: Fondo de Cultura Económica.

Pérez-Firmat, G. (1989). The Cuban Condition. Translation and identity in modern Cuban literature. New York: Cambridge University Press.

Santí, E. M. (2002). Fernando Ortiz: Contrapunteo y transculturación. Madrid: Editorial Colibrí.

 

[1] Gustavo Pérez-Firmat identifica al Contrapunteo como un texto literario ejemplo del criollismo, dado que no sólo usa el contrapunto sino que lo encarna y lo ejecuta.

[2] También aparece en textos menos conocidos como La mulata cubana, 1889 de C. Navarro Espalda, continuación del mito de C. Valdés, y Sofía, del escritor negro Martín Morúa Delgado, en la que la relación sexual interracial está marcada por la violación.

[3] Como ejemplo, la obra Belén, el Aschanti, de Jorge Mañach, escrita en 1918 y publicada en 1924.

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