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TEMA: ESCRITORES Y ARTISTAS

Conversación con Carlos A. Aguilera, algunas notas sobre la relación del intelectual con el Estado cubano

Diciembre 2019

Vistas

Carlos A Aguilera (La Habana, 1970), es narrador, poeta, ensayista y crítico cultural, colaborador de El Nuevo Herald, codirector de la web In-CUBAdora y coordinador de la colección FluXus en la editorial Rialta. Co-fundó la revista Diáspora(s), publicación que representó entre 1997 y 2002 un espacio independiente, vital e inclusivo en la literatura y el ensayo político. En un país donde las leyes penan publicaciones diversas incómodas a la legitimación de Estado, la revista generó fricciones con la institucionalidad cultural e ideológica, lo que desembocó en el asedio y marginalización de sus colaboradores. Carlos debió esperar once meses y rebasar infinidades de obstáculos burocráticos y presiones de la Seguridad del Estado para poder, ayudado por intelectuales influyentes desde el extranjero, salir del país rumbo a una beca de creación en Alemania. Desde el 2002 no ha regresado a la isla, tampoco podría. Sin embargo, aunque su obra de ficción trasciende ampliamente el habitáculo temático del socialismo tropical: Teoría del alma china (2006), El imperio Oblómov (2014), Matadero seis (2016), es uno de los intelectuales más comprometidos en potenciar y visualizar discursividades alternas a la razón del Estado cubano, dentro y fuera de la isla, desde la reflexión cultural hasta la académica. Sus últimos ensayos publicados Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética (2015), Luis Cruz Azaceta. No exit (2016), Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (2019) se dirigen a repensar gran parte del canon cubano posrevolucionario. Con él conversamos para Foro Cubano.

 

Claudia Mare: Carlos, siendo que la política cultural cubana ha constreñido y legitimado cierto canon en lo cubano por seis décadas, y del que te decantaste desde temprano; mirando hacia atrás, ¿cómo defines la relación del intelectual con el Estado cubano, con ese producto cultural-literario como espacio de confort? ¿Qué le otorgas y qué le criticas a la intelectualidad oficial ante la conformidad a este patrón daltiano de figura pública patroneando la cosmovisión revolucionaria?

Carlos Aguilera: La relación entre intelectuales y Estado en Cuba ha sido una relación servil, orgánica, en su sentido más pedestre (ya que a partir de principios de los setenta hasta Gramsci en Cuba estaba “prohibido”). Una relación de aplausos y repetición. Al punto que valdría la pena preguntarse si en los últimos sesenta años dentro de Cuba, con excepciones momentáneas, ha existido realmente un espacio intelectual donde colocar la bisagra entre instituciones y foro público. Y por supuesto que estoy entendiendo todo este asunto de la misma manera que lo entendía Edward Said en uno de sus mejores libros ―de los más polémicos también―, Representaciones del intelectual. Es decir, el intelectual como un francotirador, un outsider, un afuera. Alguien que no se sentía en casa en ninguna parte y reaccionaba contra todo, a la misma vez que se sentía involucrado en ese todo. El todo que precisamente el estado, en el caso cubano, intenta siempre utilizar de manera déspota.

C.M.: En “El arte del desvío. Apuntes sobre literatura y nación” expones la reducción de toda experiencia narrada, posterior a 1959 al relato de vida en la Revolución como un ‘lugar común’. ¿Cómo poderse extrapolar de la recreación de códigos fundacionales, del coqueteo con los estereotipos a los que nos tiene habituados mucha de la literatura de los noventa para acá, y aún seguir conviviendo en un hábitat de concesiones/regulaciones, de revisión y exclusión editorial, de normatividad y criminalización de lo crítico o diferente?

C.A.: A través de la escritura, el juego, los imaginarios. A través de la obsesión por el “estilo”. Tanto ese al que todo escritor quiere llegar, y a la vez que de lenguaje está atravesado por neurosis, guerritas literarias, ritmos, obsesiones y afectos, como por aquel otro que te hace construir un hábitat, una conducta donde ya lo más importante no es aparecer en las nóminas de ciertas editoriales o ciertos premios (Gombrowicz vino a ganar el Formentor dos años antes de morir y García Vega pasó gran parte de su tiempo siendo bag boy en Miami), sino de poder atravesar con tu política todo lo que se ponga delante, toda la baba reaccionaria que tanto cultural como cívicamente rodea a uno.

C.M.: Has dicho en otra entrevista que la literatura es una máquina de guerra política, ontológica, lingüístico-privada, caricaturesca (Dovalpage, 2014). Un poco de todo esto tuvo Diáspora(s), ¿cómo fue tu experiencia recreando en la revista imaginarios allende el perímetro oficial?

C.A.: Diáspora(s) fue una escuela en todo sentido. El solo hecho de armar un número era en sí un dolor de cabeza, ya que más allá de que teníamos muy claro lo que queríamos tener dentro, no siempre lo que tenías te gustaba. O no siempre estabas de acuerdo. Y la idea era dejar gustos personales de lado para ser lo menos morboso posible en la relación que se establece entre subjetividad y revista, entre imaginario personal y espacio de publicaciones. Y en este sentido hubo dos momentos muy importantes en la experiencia Diáspora(s), esta que vengo contándote (y tenía que ver con la construcción de un locus donde a la misma vez que no cabían muchos cupieran todos), y una anterior a la publicación de la revista (para nosotros era más un Documento o Artefacto) muy marcada por las poéticas propias, por el deseo de transgredir la genealogía común, clásica, en la que se mueve ad nauseam un escritor.

C.M.: En el contexto de los noventa prácticamente no existían editoriales independientes, se criminalizaba con más fuerza cualquier vínculo no institucional, la promoción no pasaba de viva voce ¿Crees que la experiencia de Diáspora(s) tuviera otro desenlace hoy día?

C.A.: Es probable. Y es probable también que hoy Diáspora(s) hubiera sido algo diferente a lo que fue. Más performático quizá, más político, más full. Pero es imposible saber. Lo cierto es que intentamos caminar todo el tiempo por una cuerda floja, pensando el totalitarismo, la memoria, el estado, la literatura, lo civil, en un momento en que muy pocos adentro lo habían hecho de manera tan sistemática, publicando incluso una revista que la mayoría de las veces se iba hasta las cien páginas y que desafiaba con su propia existencia y actitud la ley-estado, la cual exige un marco institucional y legal para toda publicación. Diáspora(s) no solo era lo ilegal, como ya sabemos, sino que era lo que no aceptaba ningún tipo de legalidad, de “brujería” burocrática.

C.M.: Saliste en el 2002 de Cuba y aunque has vivido en Alemania, Austria, República Checa, no has regresado a la isla desde entonces. ¿Cómo ha sido tu experiencia en el exilio, hasta qué punto fue forzado y hasta qué punto representó una oportunidad para ti? ¿Sientes indispensable la ruptura física del intelectual con el sistema para salvar su obra?

C.A.: Más allá de que es mi voluntad salir del país a una beca de un año que me otorgaba el PEN Club de escritores alemanes en la ciudad de Bonn, en Cuba todas las salidas son forzadas ―y forzosas. La frustración, la necesidad, la ausencia de libertades civiles, el asco o el hambre te obligan a ello. Reinaldo Arenas cita incluso en la película de Jana Boková estos dispositivos como los grandes aliados del castrismo (tanto para expulsarte como para tenerte adentro ocupado en “otra cosa”). La idea de barracón y su contrarrelato: el liberto (que a mí me gusta más pensar como la posibilidad de devenir “plaga”), son, creo, muy fuertes en la Cuba pos-59. Y ha pasado por varias fases además.

Con el exilio me pasa lo mismo que con la noción-intelectual. Hay que disentir de él, de su entramado maniqueo, de su reducción vampira, a la vez que hay que disentir de todas las formas que intentan clausurar tu imaginario u ontopolítica. Un escritor es alguien que está en el exilio en todas partes, incluso en o ante su propia escritura.

C.M.: Desde Praga inCUBAdora gestiona un premio literario (Franz Kafka) para novelas escritas en Cuba y a través de las redes sociales eres muy activo en la promoción de todo lo que sucede en el ámbito isleño. ¿Cómo entiendes la relación del intelectual exiliado, la diáspora y la sociedad en la isla? ¿Supones cierta responsabilidad, cierta necesidad de una reconciliación trasnacional para una futura transición nacional?

C.A.: Lo más seguro es que los intelectuales tengan algo que decir en esa Cuba futura. Y lo más seguro es que serán los encargados, junto a otros actuantes de la sociedad civil y política, de pensar el qué y el cómo de las narrativas de transición. Pero el asunto será más complejo que esto. Ante todo porque todos cargamos con una historia personal; con fobias, afectos, despistes… y el futuro diseño de ese “porvenir” después de sesenta años de desastre (privado ante todo: metafísico) vivirá también en una suerte de shock gracias a la cantidad de deseos y frustraciones que todo el mundo pondrá sobre la mesa. Así que ya veremos. En todo caso, ojalá además de una sociedad plural, sea una máquina antinacionalista, transversal, con ciertas garantías civiles (salud, educación, cultura) y con una cuota de capital (constructor y juerguístico) en constante ascenso. No solo de trabajo vive el hombre, como ya sabía el propio Marx, quien derrochó todo su dinero en gustos aristocráticos. Y un país sin un sentido exacto de la diversión es un país muerto.

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