Contra el ´mal de archivo´: una mirada crítica a las nostalgias de la nación venezolana

Por: Magdalena López

Julio 2019

Vistas

“El pasado tiene un futuro con el que nunca contamos” Javier Marías

En su libro Tumbas sin sosiego, el historiador Rafael Rojas (2006) llamó la atención sobre cómo en Cuba el conflicto entre el poder del régimen, y sus diversas resistencias, se acentuó en su dimensión simbólica durante los años noventa: “la guerra cultural se [volvía] más simbólica librándose prioritariamente en el territorio de la memoria” (p. 14). La memoria surgía entonces como un campo en pugna en el que se intentaba establecer una herencia simbólica que fuese capaz de legitimar una noción particular del país. De manera análoga, la autodenoninada revolución bolivariana intentó instaurar una herencia cultural basada en la épica de las luchas independistas del siglo XIX y la guerrillera del siglo XX. Sin embargo, muy a menudo, esta versión fue contrarrestada por una oposición que sostuvo la importancia histórica de la socialdemocracia venezolana.

Desde la resistencia cultural antichavista, el libro La herencia de la tribu de la escritora María Teresa Torres (2009) representó quizá uno de los ejemplos más ilustrativos de esta disputa por la memoria entre civilismo y militarismo. Hoy en día, no obstante, tras el derrumbe de la legitimidad del régimen madurista, el conflicto por la memoria parece estarse desplazando cada vez más al interior del campo intelectual de la oposición para volver a revisar las últimas décadas del siglo XX. No se trata de un fenómeno anómalo toda vez que expresa la heterogeneidad que siempre caracterizó la resistencia al régimen. Lo interesante, sin embargo, es que la querella por la memoria expresa dos miradas sobre la historia del país bien distintas. Por un lado, parecemos asistir a un relato que romantiza la experiencia de los últimos años de la democracia y, por el otro, una visión alternativa que pone en duda dicha idealización. Mientras el primero paradójicamente reafirma la narrativa chavista asegurando que, efectivamente, la revolución bolivariana implicó un corte abrupto con el pasado; el segundo, en cambio está más interesado en aproximarse al presente en términos de continuidad contraviniendo la narrativa revolucionaria sobre la ruptura histórica.  A grandes rasgos la visión rupturista estaría vinculada a la hegemonía cultural durante el período prechavista. La visión continuista, sin embargo, sería compartida por actores mucho más disgregados, con poco o ningún papel relevante en los campos culturales hegemónicos venezolanos del siglo XX y el XXI.

           

Me interesa relacionar la visión rupturista con lo que Jacques Derrida (2001) denominó el “mal de archivo” para hacer énfasis en la vinculación entre archivo y poder; un poder que deviene de la retención de la memoria (p. 13-14). De lo que se trata es de entender el archivo en los términos de una autoridad hermenéutica que resguarda la memoria histórica frente a cualquier relato ilegítimo. La pulsión del archivo se resumiría de la siguiente manera: “colocándose como el origen quiere volver siempre a él. Este eterno retorno evita la pulsión de vida que es, precisamente, salir del origen” (Murguia, 2011, p. 27). De este modo, el “mal de archivo” se expresa a menudo como un movimiento melancólico propio de la irresolución del duelo por un pasado que se perdió. En palabras de la estudiosa Nelly Richards (2007), la melancolía a menudo se traduce en una “mitologización del pasado histórico como emblema de pureza e incontaminación” “para remediar la falta de ejemplaridad histórica en el presente” (p. 140). Propongo identificar esta pulsión del archivo con una visión rupturista que ve en los años previos al chavismo un tiempo impoluto que habría que recuperar por oposición a cualquier otra visión crítica acerca de ese período. En la medida en que el archivo es poder, esta vuelta al origen implica también una vuelta a una hegemonía perdida dentro del campo cultural estatal durante los últimos veinte años.

En lo que sigue, me  detendré en Bajo tierra (2009) de Gustavo Valle. Se trata de una novela que, a contracorriente de la visión idealizada del pasado, escapa a la autoridad del archivo ofreciéndonos una aproximación al presente en términos de continuidad. En relación a esta novela y otras como Pim Pam Pum (1998) de Alejandro Rebolledo, La última vez (2007) de Héctor Bujanda, y Valle zamuro (2011) de Camilo Pino, entreveo, además, una diferencia generacional que resulta relevante para pensar la diferencia con la memoria de un pasado incontaminado: la de autores y/o personajes para quienes el país fue principalmente el de la versión que sobrevino tras el año 1983; momento en el cual la moneda nacional sufrió una estrepitosa devaluación que acabó con el mito de la exitosa modernidad venezolana y de su ejemplaridad democrática en la región. Una parte de esta generación del Viernes Negro parece asumir un desarraigo constitutivo, un deslinde de los modos de conocimiento y valores precedentes. Se produce entonces un desencuentro que a menudo aparece metaforizado en el distanciamiento frente a la figura de un padre que pareció vivir mejores tiempos, tal como, por ejemplo, se revela en la voz del narrador de Puntos de sutura de Oscar Marcano. 

En su libro Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto, Rosanna Reguillo- Cruz (2000) afirma que los movimientos sociales se sostienen entre dos fuerzas opuestas: la centrípeta que “mantiene a los cuerpos girando alrededor de un centro” y que “se manifiesta en el constante retorno a un pasado que se extravió en alguna parte del camino”, y la centrífuga “que aleja a los cuerpos del centro hacia la tangente” y que se expresa en “los movimientos de repliegue, de auto marginación frente a un presente que se percibe caótico y sin opciones” (p. 153). Desde una perspectiva juvenil veremos cómo Bajo tierra propone una historia centrífuga, dislocada de las operaciones sustitutivas de la nostalgia revelándonos críticamente un fin de siglo venezolano.

A partir de la Caracas de los años noventa, vamos constatando una suspensión que se traduce en la situación existencial de los protagonistas; jóvenes que gravitan por la ciudad sin ningún proyecto de vida. Esta narración hablan de continuidades contextuales; continuidades entre los años neoliberales y los chavistas. De este modo encontramos una paradoja central a la Generación del Viernes Negro,: precisamente porque su perspectiva quiebra los fundamentos heredados de la nación;, su lectura del pasado no expresa rupturas profundas con respecto al presente de (post) hegemonía chavista[1]. Entre uno y otro tiempo, se reconoce la continuidad de una catástrofe de la que no se salva ni la democracia de fines de siglo XX ni, implícitamente, el socialismo del siglo XXI.

En el contexto del vaciamiento del lenguaje político de los noventa (Reguillo-Cruz, 2000, p. 22), todavía los jóvenes protagonistas de la novela de Valle intentan aferrarse a alguna empresa vital mediante la búsqueda de sus padres. Muestran una motivación centrípeta, por decirlo así, que intenta el hallazgo de sentido mediante el desplazamiento hacia los orígenes. Se trata de padres desaparecidos; uno tras el trabajo de excavación subterránea en los canales del metro, otro en un viaje a Trinidad.  Sin embargo, el encuentro del padre nunca ocurre, la búsqueda “de los túneles de [los] antepasados” (Valle, 2009, p. 211) conlleva a un desarraigo cada vez mayor de la realidad.

Sebastián C es un estudiante de 30 años, con una “deriva espiritual, física y metafísica” (p. 19), cuyo progenitor, un inmigrante boliviano, había desaparecido en los túneles de metro de Caracas cuando él tenía doce años. En diciembre de 1999, decide, junto a su amiga Gloria, descender a unos túneles subterráneos de Caracas guiado por Mawari, un mendigo indígena que había tenido que abandonar su tierra en el delta del Orinoco debido a la explotación minera e industrial. Casualmente, el padre de Gloria también se había desvanecido hacía muchos años en Trinidad por un viaje de trabajo. La excusa inicial para emprender el descenso es la de ayudar a Mawari a reencontrarse con su mujer e hijo perdidos y hallar la salida subterránea al mar por donde los antiguos indígenas mariches habrían huido de los conquistadores españoles. Sin embargo, lo que realmente motiva a los dos jóvenes es la esperanza de reencontrar a sus progenitores. La figura del padre se ofrece como el estíimulo de un desplazamiento centrípeto hacia el pasado. Sebastián C expresa:

[…] acá abajo todo está anclado en el pasado. Ni siquiera se vive un presente o un mientras tanto, sino que hasta el aire parece dominado por un tiempo lento y ajeno que no es de uno ni de nadie, sino de estas cuevas. Y creo que no exagero si digo que este espacio asfixiante, estrecho como una trampa, lo era todo, absolutamente todo. Como si estas paredes de piedra se hubiesen tragado al tiempo, como si lo contuvieran sin dejarlo salir. (p. 173).

 

Como si del viaje a un tiempo detenido se tratara, el joven se topa con una “caverna de lectores” que parecen “ingenieros de la prehistoria” (175). Se trata de unos 15 indígenas sentados frente a miles de cartas manuscritas que “leían” en voz alta en un idioma incomprensible y que luego almacenaban y registraban en un papiro enrollado dentro de una de las galerías. De modo que el viaje hacia el centro de la tierra deviene en el descubrimiento de una suerte de archivo primordial. El narrador descubre que se trata de miles de cartas fechadas en los años noventa que nunca llegaron a sus destinatarios. Nos enteramos poco después que Mawari era un exchamán que había conducido al resto de los indígenas a vivir allí para realizar aquella actividad, convenciéndoles de que robando las palabras a los hombres de la ciudad podrían reconstruir su propio pasado. Pero el archivo, en realidad, le servía a Mawari para vengarse contra aquellos que lo habían obligado a abandonar su tierra, perder a su familia y vivir como indigente en Caracas. Sin poder saber lo que estaba escrito, los indígenas fueron deliberadamente manipulados por el exchamán. El narrador comenta que dichas cartas constituían: “la memoria y el pasado no vividos” (p. 183). Así, el archivo de Mawari alude a un desarraigo que compulsoriamente demanda la recuperación de lo perdido. Pero esta recuperación, producto de un deseo de venganza, es tanática.

El “mal de archivo” constituye el acopio de una memoria fosilizada, no vivida e incluso frustrada para los autores y destinatarios de dichas cartas en la década de los noventa. El “huevo del Cosmos” que Mawari intenta reproducir en las cavernas subterráneas siguiendo una memoria mítica, tampoco produce la liberación del resto de los indígenas quienes prácticamente se hallaban esclavizados a aquella oscura actividad del archivo. Finalmente, Gloria se pierde en uno de los túneles, Mawari parece morir sepultado y sólo sobrevive Sebastián C, quien es expulsado abruptamente del centro de la tierra hacia el mar por el Deslave de Vargas. Su hallazgo accidental de la mítica salida hacia el Caribe no ofrece rasgos utópicos. Por el contrario, el protagonista asiste a los estragos provocados por la lluvia ininterrumpida de tres días: casas y árboles arrastrados por las aguas, animales ahogados y cuerpos desechos por la violencia de la corriente.

La expulsión del centro de la tierra marca el movimiento centrífugo definitivo de esta narración y alude a un desarraigo que atraviesa las subjetividades de los años noventa. Pese a todos los esfuerzos de Sebastián C por recuperar su pasado familiar y pese a la voluntad autoritaria del archivo de Mawari, el saldo final es la pérdida. El desastre natural que marca el desenlace de esta novela da cuenta de la dislocación violenta de los personajes y alude a orfandades que se cifran mucho antes de esos últimos días del siglo XX.

En suma, frente a la nostalgia por un pasado prechavista, algunas novelas juveniles, como la de Valle, revisitan el fin de siglo venezolano para proponer subjetividades centrífugas de los archivos de la nación. Al hacerlo, anuncian una concepción de lo político post-hegemónica en la que la memoria está desprovista de cualquier reclamo de autoridad para proponer una agenda cultural específica. De esta manera asistimos a una paradoja central en algunas escrituras de la generación del Viernes Negro: dado su desarraigo constitutivo, su perspectiva rupturista respecto a los mega relatos nacionales ofrece una visión de continuidad histórica contraria a los relatos de quiebre histórico, tanto de la revolución bolivariana como de la de los nostálgicos de fines del siglo XX. Lejos de las lógicas binarias, estos jóvenes exhiben un rasgo democratizador ausente en los  discursos del Estado y de una parte de sus antagonistas políticos: el del “reconocimiento explícito de no ser portadores de ninguna verdad absoluta en nombre de la cual ejercer un poder excluyente” (Reguillo-Cruz, 2000, p. 14 14).

 

Obras citadas Referencias

 

Derrida, Jacques. (2001). “Mal de Arquivo. Uma Impressão Freudiana”. Rio de Janeiro: Relume Dumará

Gomes, Miguel. (2017). “El desengaño de la modernidad. Cultura y literatura venezolana en los albores del siglo XXI”. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello

Murguia, Eduardo. (2011). “Archivo, memoria e historia: cruzamientos y abordajes”. Íconos 41. Pp.  (2011): 17-37

Reguillo-Cruz, Rossana. (2000). “Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto”. Bogotá: Editorial Norma

Richards, Nelly. (2007). “Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento”. Buenos Aires: Siglo XXI

Rojas, Rafael. (2006). “Tumbas sin sosiego”. Barcelona: Anagrama

Torres, Ana. (2009). “La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana”. Caracas: Editorial Alfa

Valle, Gustavo. (2009). “Bajo tierra”. Caracas: Editorial Norma

Derrida, Jacques. Mal de Arquivo. Uma Impressão Freudiana. Rio de Janeiro: Relume Dumará, 2001.

Gomes, Miguel. El desengaño de la modernidad. Cultura y literatura venezolana en los albores del siglo XXI. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, 2017.

Murguia, Eduardo Ismael. “Archivo, memoria e historia: cruzamientos y abordajes”. Íconos 41 (2011): 17-37.

Reguillo-Cruz, Rossana. Emergencia de culturas juveniles. Estrategias del desencanto. Bogotá: Editorial Norma, 2000.

Richards, Nelly. Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento. Buenos Aires: Siglo XXI, 2007.  

Rojas, Rafael. Tumbas sin sosiego. Barcelona: Anagrama, 2006.

Torres, Ana Teresa. La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana. Caracas: Editorial Alfa, 2009.

Valle, Gustavo. Bajo tierra. Caracas: Editorial Norma, 2009.

 

[1] Efectivamente en su último libro de 2017, Miguel Gomes establece que la utopía chavista no ha sido más que una de las varias caras de una misma modernidad (p. 116).

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