Comunidades para la democracia

Por: Léster Álvarez*

Febrero 2020

Vistas

*Artista y editor


Cada vez que una persona tiene que esconder sus sentimientos más sanos y veraces, y comienza a vivir en la hipocresía y el disimulo por miedo al qué dirán o a lo que me puede pasar, es como si le hubieran mutilado el corazón. Este es un daño antropológico porque destruye o paraliza la capacidad de estas personas para amar, vivir y expresar lo que sienten, sin que nada ni nadie manipule sus emociones con fines políticos, religiosos o de cualquier índole.


El daño antropológico en Cuba, Editorial Revista Vitral No. 74, Año XIII, julio-agosto de 2006


El Estado totalitario cubano se ha asegurado, desde sus inicios, de poder controlar a las masas y prohibir cualquier iniciativa de reunión y asociación independiente. El 28 de septiembre de 1960, fundó los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), supuestamente para desempeñar tareas de vigilancia colectiva frente a la injerencia externa y los actos de desestabilización del sistema político cubano, pero pronto revelan su mezquino propósito. Y este es el de que cada persona sea vigilada y denunciada por su vecino, cuando no por su propia familia, por cosas como, por ejemplo, portar comida “sospechosa” para dar de comer a la familia, o recibir en la propia casa a personas “extrañas”, ni siquiera pensemos en extranjeros, lo cual ha sido un grave delito con penalizaciones severas. Los CDR organizaron mítines violentos de repudio contra los vecinos que pensaban abandonar el país o tuvieran cualquier otro comportamiento “contrarrevolucionario”, como ser homosexual o religioso. Este tipo de práctica ha disminuido en la isla, pero no está extinta. Yo tuve la desagradable y peligrosa experiencia de ser repudiado, junto a un grupo de peregrinos, en la ciudad de Las Tunas en el año 2006. Había terminado mis estudios en la Academia de Artes Plásticas de Camagüey e iba a comenzar los del Instituto Superior de Arte en La Habana. Entonces, en ese verano intermedio, decidí enrolarme en una peregrinación a pie, desde Camagüey hasta el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, en la ciudad de Santiago de Cuba. Éramos más de treinta personas y por cada pueblo que pasábamos nos acogían algunos vecinos en sus casas, o en algunas iglesias. Fue así como, estando en una casa en Las Tunas, fuimos rodeados por un gran número de personas que, cantando el Himno Nacional, alzando la bandera cubana, retratos de Fidel y el Che, empezaron a insultarnos y a arrojar piedras a la casa. Esto duró un buen rato, muy tenso para nosotros, hasta que “apareció” la policía. Fue el pretexto ideal para vigilarnos, ya abiertamente, durante los 10 días restantes de peregrinación, con una patrulla policial a pocos pasos nuestros. Según la policía, nos estaban cuidando de cualquier reacción del pueblo enardecido, terminología oficial para designar esa reacción “espontánea” del pueblo ante cualquier peligro. Pienso en lo que debe haber tenido que vivir luego, en su propio barrio, esa persona que caritativamente decidió brindarle su casa a un grupo de creyentes que estaban de paso por la ciudad en una peregrinación. 


Esta infame organización gubernamental, aunque se reconoce a sí misma como organización de masas y hasta de sociedad civil, ha llamado a todos los cubanos a ser delatores del sistema, para hacer el país que tenemos, donde la hipocresía, la deslealtad y la desconfianza son formas de supervivencia. Este estado de control y miedo colectivo, que ya dura más de seis décadas, es importante comprenderlo para plantearse cualquier iniciativa de apertura hacia la democracia en Cuba. Un término apropiado para medir el impacto que ha tenido sobre los cubanos esta desgracia nacional es el de daño antropológico. Como cubano, creo que lo primero que debemos plantearnos es sanar esta herida y quizás, a través de ese ejercicio, encontremos nuestro camino hacia un estado democrático “con todos y para el bien de todos”.


Mi formación como artista comenzó en el estudio, trabajando individualmente en medios como la pintura. Luego de concluir mis estudios y de empezar a vivir fuera de la burbuja de la escuela, fueron apareciendo ideas sobre proyectos de colaboración, hasta el día de hoy, en los que cada vez se involucran más personas. Esta transformación está asociada a una consciencia, que se va haciendo más clara de mi lugar como sujeto cívico. En Estados democráticos, esta conciencia se adquiere desde la propia educación. En cambio, en Cuba, esta educación es suplantada por la obligación de una fidelidad al régimen y a sus líderes, desde las edades más tempranas, es decir, desde el jardín de infantes o kindergarden. En mi experiencia personal, con esta conciencia hallo el lugar desde el que mis preocupaciones se equiparan a las preocupaciones de individuos que viven en la sociedad de la que formó parte. El saldo final de esta transformación, en la forma de observar y participar en la realidad pública, es la necesidad de crear una comunidad, o más bien, comunidades plurales, que no se basen en credos ni ideologías, sino en un sentimiento de fraternidad y confianza. Este ejercicio de comunión está lleno de obstáculos en Cuba y diariamente tengo que sufrir las consecuencias que sobre personas cercanas a mí o sobre mí mismo recaen por ejercerlo: expulsiones de centros laborales, interrogatorios policiales, secuestros, registro de viviendas, difamación por medios oficiales, impedimento para salir del país, multas, prisión y un largo etc. Es un despertar doloroso pero necesario. Creo que la forma más orgánica de rehacer una nación es rehacer una comunidad, por muy pequeña y endeble que parezca. En comunidad aprendemos a confiar en el otro y experimentamos en pequeña escala lo que luego quisiéramos experimentar como nación, aceptando las diferencias y conviviendo entre ellas de manera armónica. Con comunidades dispuestas para el diálogo iremos restaurando la confianza, la lealtad, creciendo como cultura y como nación. La pretensión de derrocar un sistema por otro, que ya viene empaquetado e inevitablemente marcado por las polaridades entre izquierdas y derechas en América Latina, seguirá condenándonos a este huracán que lleva décadas destrozando a Cuba.

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