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FORO CUBANO Vol 4, No. 28 – TEMA: ANÉCDOTAS II–

Bienvenido Mr. Biden

Por: Carlos Lechuga

Enero 2021

Vistas

El autor hace referencia a las precariedades que supone vivir en Cuba, y como en un escenario marcado por largas filas, precios altos, enfermedad y crisis, aún existe la esperanza de que la solución a ello venga por parte de Estados Unidos, tras la llegada de Joe Biden al poder.

 

Amanece el 20 de enero del 2021 en La Habana y todo el mundo está feliz. El personal, la población, la gente está bien optimista. Cuando me refiero a la masa, quiero decir los cubanos. Los cubanos y las cubanas. ¿Qué es lo que pasa? ¿Hay algún cambio interno? No, para nada. Si algo sabemos los cubanos y las cubanas es que en la isla no va a haber ningún cambio para bien. Los cambios los tenemos que esperar de afuera, y como hoy hay un nuevo presidente en Estados Unidos, esto hace que todos acá estemos poniendo velas a los santos y rezando porque mejore la cosa. Pidiendo porque el nuevo presidente de Estados Unidos siga el ejemplo de Obama y abra la embajada en la isla, establezca las relaciones y haga que los dólares empiecen a fluir para acá.

Hace unos días el gobierno cubano ha puesto los precios por los cielos. Acá se habla de que Cuba va a ser exactamente como Venezuela, que para comprar una cabeza de ajo va a haber que llevar una carretilla de efectivo. En unos pocos días todos los precios han subido, han acabado con una moneda (el peso cubano convertible) y la inflación que se viene ya se siente. Pero en la isla también se está hablando de que el pueblo ha perdido el miedo, y es verdad, ha perdido el miedo. No para alzarse, no para agarrar las armas e irse a la Sierra Maestra como Fidel, pero si para decir en los taxis, en las largas filas y en las redes sociales lo que se piensa. Ya todo el mundo dice sin miedo lo que le pasa por la mente. A fin de cuentas, ya no está el Caballo Fidel, a este presidente casi nadie lo respeta y para colmo de males, todas las nuevas medidas que han establecido en el medio de la pandemia, solo han hecho a los isleños más pobres, más miserables.

Este día, a tan solo 90 millas del “monstruo” en donde hay un nuevo presidente, las nubes están grises y una amiga que acaba de llegar al país me ha invitado a pasear. Ella vive en Madrid, pero es cubana. Hace años que no camina por el malecón y tiene ganas. Avanzamos y comentamos lo encapotado que está el cielo, lo cortado que está el mar. A un lado la vieja embajada yanqui donde se mueve con el viento la bandera de las estrellas y las franjas. Miramos con esperanza el edificio. Ojalá Biden mejore nuestra situación. A nadie se le ocurre pensar: Ojalá Raúl, o Díaz Canel mejoren nuestra situación. No. Se piensa en lo externo, en el deux ex machina, a fin de cuentas, acá no va a cambiar nada hasta que allá arriba no se empiecen a fajar entre ellos. Cuando digo allá arriba me refiero a los generales, los presidentes, los empresarios de la familia real…

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Malecón de la Habana, imagen proporcionada por el autor

Mi amiga carga con unos chocolates y unas revistas de carros para un taxista amigo, un muchacho que estudio con ella, tiene nuestra edad, a pesar de que se ve bien destruido y trabaja y trabaja para poder sacar adelante a su familia que está compuesta por su mujer y dos niños pequeños.

A las pocas cuadras aparece el sujeto. Tipo simpático. Parece que está hasta arriba de cocaína, pero no es así. La adrenalina que tiene es la adrenalina de la necesidad, del desamparo, del deseo de salir adelante. La fuerza que da tener que mantener a dos niños y no saber cómo. El amigo sin conocerme, saluda y empieza a hablar mal de gobierno (como todo el mundo, ya lo dije, se ha perdido el miedo). El tipo está molesto, ya ni siquiera le puede pegar los tarros a su mujer, los precios han subido tanto que los alquileres por horas están al triple del precio. Me dice agarrándome duro: Ya hasta para follar hay que pensárselo. Ahora hay que singar en el carro, a expensas de que te coja la policía y te regañe por hacer eso así en el medio de la calle con una pandemia andando. Es grave. Te pueden poner una multa. Mi amiga y yo nos reímos, nos reímos para no llorar. Así es la realidad del cubano de a pie en la actualidad. Si no te tomas un ron y te ríes, estás a expensas de un ictus o un infarto, porque acá la lógica no funciona y si coges lucha te puede dar un patatús, como a mi amigo Daniel, que se quedo paralizado en la mitad derecha del cuerpo por un problema con un cobrador de la electricidad.

El amigo se queja del precio del helado. La tina pasó de costar 400 pesos a 800. Se dobló el precio en dos días. Las pizzas a domicilio también. Los cigarros están perdidos y por suerte el dejó de fumar hace meses porque veía venir que la cosa se iba a poner bien mala. Todos estamos de acuerdo, este país tiene que cambiar ya. Las largas filas, la enfermedad, la falta de comida, todos estamos destruidos por culpa de este gobierno que sigue y sigue apretando sin pensar en nadie más. Hablamos de las vacunas cubanas para la COVID, esa es la carta bajo la manga que tiene el partido comunista de la isla. Si se logra, se limpiarán y podrán callar por un poco más las criticas que reciben minuto a minuto.

La conversación pasa a el tema de los seguidores de Trump y los extremistas. Hablamos de los cubanos que acabados de llegar a Miami empiezan a decir que se debe parar el envío de remesas a la isla. El taxista, como yo, no estamos de acuerdo con ese pasado reciente y tenemos fe en que todo cambie. A fin de cuentas, este país nunca se tambaleó más que con Obama, con la supuesta “amistad” entre los pueblos. Los gobernantes cubanos están acostumbrados a estar en guerra con los yanquis y con Obama no sabían como actuar. Por eso Biden es nuestra única esperanza. Es triste eso, un país que por tanto tiempo se ha negado a la injerencia y que ahora solo tenga su solución en manos de un país extranjero.

El mar choca contra el muro del malecón y nos moja a nosotros tres y a unos pocos pescadores que tiran y tiran el anzuelo esperando que pique algo. Pero nada pica. Ni siquiera con este tiempo revuelto. La comida se rehúsa a llegar. No quiere aparecer. El amigo tiene la cara llena de arrugas. Está machacado. Le pregunto bajito a la amiga que edad tiene su socio y me dice que 28. Es una locura, parece un hombre de 45, pero entre el sol y el trabajo duro, el país, el hambre… nada, que está destruido. Lo despedimos y caminamos un rato en silencio. Estamos cargados. Una energía rara se ha apoderado de nosotros.

Para mucha gente Cuba es eso, palmeras, chicas, sexo fácil. Yo esperaba poder llevar a mi amiga a la cama hoy, pero veo que no va a ser posible, los ánimos están caldeados. En una esquina del malecón hay una soga de barco, gruesa tirada en el suelo. Para los cubanos “comerse una soga” o “eso está soga” significa algo malo, difícil, terrible… la situación acá está soga. No hay escape. Saco el teléfono y le tiro una foto. Recuerdo que en ese mismo lugar hace unos días encalló un velero norteamericano. Lo sé por las noticias y por la bandera. Era un barquito de Florida.

Veo la belleza de mi amiga. Cuba da imágenes estremecedoras. Pienso en la crisis. En que toda esta isla es un barco que no acaba de salir a flote. Estamos hundidos. Sin embargo, hoy, a pesar de nosotros, sin que me haga gracia, necesitamos de un milagro exterior para salvarnos. Un milagro con forma de barco, un barco lleno de comida, medicinas… un barco lleno de todos los cubanos y las cubanas que se han ido y que ahora hace falta que nos ayuden de nuevo a reconstruir este lugar.

Sad but true.

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