
FORO CUBANO Vol 8, No. 72 – TEMA: Estrategias para confrontar los procesos de autocratización en América Latina
Arte, Propaganda y Resistencia en Regímenes Autoritarios
Por: Khaled Morales Avila
Abril y mayo de 2025
La compleja relación entre el arte, la propaganda y la resistencia en regímenes autoritarios, destacando la lucha simbólica inherente entre el Estado y su población. Se analiza cómo los gobiernos autoritarios instrumentalizan la cultura para el control y la legitimación, contrastando esto con el papel persistente del arte como medio de disidencia y catalizador del cambio social. A través de un análisis de los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua, el ensayo explora las estrategias de cooptación y los mecanismos de resistencia, ofreciendo un análisis contrastado de la batalla por el significado y la libertad de expresión en contextos autoritarios.
El estudio del arte en regímenes autoritarios se ha vuelto cada vez más pertinente en un panorama político global donde las libertades democráticas están en crisis. Los regímenes autoritarios se caracterizan por la concentración del poder en una figura o partido único, donde la voluntad del líder a menudo se considera por encima de la ley (Freedom House, 2024). En estos sistemas, cualquier forma de disidencia es perseguida o castigada, lo que establece una relación inherentemente conflictiva con la expresión artística independiente. La relevancia de este estudio se acentúa al observar la tendencia global de disminución de la libertad. Aproximadamente el 38% de la población mundial vive actualmente en países clasificados como "No Libres", la proporción más alta desde 1997. En contraste, solo dos de cada diez personas residen en países considerados "Libres" (Freedom House, 2024). Esta estadística subraya la importancia crítica de comprender cómo se desarrollan las batallas simbólicas, particularmente, en estos contextos autoritarios cada vez más extendidos.
El arte, con su capacidad intrínseca tanto para reflejar como para moldear activamente las realidades sociales, se posiciona como un dominio crucial para la contienda política (Foucault, 1975). En contextos autoritarios, esta capacidad inherente del arte es sistemáticamente cooptada e instrumentalizada por el Estado, o censurada para evitar cualquier desafío al orden establecido. Para comprender esta disputa, es fundamental el marco teórico de la "hegemonía cultural" propuesto por Antonio Gramsci. Gramsci postuló que una clase dominante mantiene su poder no solo a través de la coerción, sino también al imponer su visión del mundo como la norma cultural aceptada, justificando así el statu quo social, político y económico como natural e inevitable (Gramsci, 1971). Desde esta perspectiva, el arte se convierte en una herramienta vital para que la clase dominante consolide un consenso generalizado, extendiendo su control más allá del poder político hacia el tejido mismo de los valores y percepciones sociales.
Los intensos esfuerzos de los regímenes autoritarios para controlar, cooptar o suprimir la expresión artística revelan que la "batalla por los símbolos" no es simplemente una coincidencia. En cambio, representa una lucha profunda por la conciencia colectiva de la población y por la definición de la realidad social. Si los regímenes autoritarios se definen por la supresión de la disidencia y el control estricto de la información, y si el arte es reconocido como una forma de comunicación excepcionalmente potente y persuasiva, entonces controlar el arte se convierte en una extensión del control político.
La inversión sustancial del Estado en la promoción del arte oficial y la implementación de una censura generalizada indica que estos regímenes perciben el arte no como una actividad cultural benigna, sino como una fuerza poderosa capaz de legitimar o deslegitimar fundamentalmente su autoridad. Por lo tanto, la "batalla por el símbolo" es una representación de la lucha por la legitimidad política y el control social integral, donde el poder simbólico inherente del arte es aprovechado para los propósitos del Estado o sistemáticamente neutralizado para prevenir la subversión.
La propaganda se define explícitamente como todo acto de difusión realizado en el marco de una campaña política que demuestra objetivamente la intención de promover una candidatura o partido específico mediante la inclusión de signos, emblemas y expresiones que los identifican (Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, 2018). Es crucial destacar que la naturaleza de esta conducta se considera independiente de su efecto real, Milo que significa que su intención de persuadir es primordial, independientemente de su éxito. En contraste con la propaganda, el arte, en su forma autónoma, tiene como objetivo informar al público y no debe contravenir la dignidad humana ni poner en peligro la integridad física o intelectual (Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, 2018). Esto resalta una distinción ética fundamental. El papel inherente del arte en la interpretación, el cuestionamiento y el desafío de la realidad a menudo lo sitúa en conflicto directo con los intereses de quienes están en el poder (Foucault, 1975). Su potencial para el comentario crítico y la subversión representa una amenaza directa para las narrativas autoritarias.
La cooptación representa una estrategia sofisticada en la que el Estado intenta absorber, neutralizar o desarmar expresiones artísticas potencialmente críticas al ponerlas bajo su control directo o al adoptar superficialmente elementos de su forma o contenido. El Estado se esfuerza por presentarse como el representante legítimo de toda la población, incluso incorporando estratégicamente ciertas demandas o intereses de los grupos dominados para asegurar un consenso más amplio y, por lo tanto, consolidar su posición hegemónica. Esto difumina las líneas entre la expresión popular genuina y los mensajes sancionados por el Estado.
La cooptación no se limita a la coerción abierta de los artistas para que produzcan obras aprobadas por el Estado. Abarca un proceso sutil en el que el régimen intenta estratégicamente apropiarse de las demandas, sentimientos o estilos estéticos de los grupos subordinados, despojándolos así de su potencial crítico. La información proporcionada establece que la hegemonía cultural implica incluir algunas de las demandas y reivindicaciones de los sentimientos y sentidos políticos de grupos subordinados, despojándolos de su capacidad de cuestionar el orden hegemónico. Además, se detalla que la clase dominante busca asegurar el consenso tomando a su cargo algunos de los intereses de los grupos dominados. Esto indica que la cooptación puede ser una estrategia altamente sofisticada en la que el régimen proyecta una imagen de receptividad o inclusión. Al apropiarse de elementos del discurso disidente o de la estética artística, el régimen puede desactivar eficazmente la resistencia potencial, haciendo cada vez más difícil para el público discernir entre la expresión artística genuina y autónoma y los mensajes sancionados por el Estado. Esta difuminación deliberada de las líneas crea una "zona gris" (Villalobos, 2018) donde la distinción entre la curaduría artística independiente y la autocensura se vuelve peligrosamente indistinta.
Teniendo en cuenta lo anterior, en los regímenes autoritarios, el arte ha sido empleado como una herramienta poderosa para la construcción ideológica y la consolidación del poder. Un ejemplo notable es el muralismo, como se evidencia en el mural "Libertadores" en Cisjordania, que rinde homenaje explícito a figuras revolucionarias de Cuba y Venezuela, incluyendo a Che Guevara, Fidel Castro y Hugo Chávez. Esta obra no solo promueve una narrativa revolucionaria alineada con ciertos Estados, sino que también busca fomentar la solidaridad internacional entre movimientos afines (Cubadebate, 2016; TeleSUR, 2016). De manera similar, los murales revolucionarios en Nicaragua, especialmente entre 1979 y 1992, jugaron un papel clave en la celebración de héroes nacionales y en la promoción de programas gubernamentales como las campañas de alfabetización y salud (García, 2015).
La música también ha cumplido una función esencial como vehículo de propaganda política. En Cuba, numerosas canciones dedicadas a Fidel Castro y la Revolución Cubana funcionan como himnos oficiales, constituyendo potentes herramientas de movilización y reafirmación ideológica (Granma, 2016). En Venezuela, temas como “Chávez, Corazón del Pueblo” y otras piezas identificadas como parte de la “música chavista” alcanzaron gran popularidad, sirviendo eficazmente para cohesionar y movilizar a la base de apoyo del gobierno. Nicaragua, por su parte, ha institucionalizado el uso de la música como elemento propagandístico mediante el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que promueve canciones y consignas como “¡Sandino vive, vive, vive! ¡Y la lucha sigue, sigue, sigue!” y “¡Patria libre, vencer o morir!”, exaltando tanto a sus héroes nacionales como la propia revolución (El 19 Digital, 2023; La Prensa, 2023).
Los festivales y eventos públicos también forman parte del repertorio de estrategias comunicativas en estos contextos. En Nicaragua, el FSLN organiza actividades masivas como el Festival de la Juventud Sandinista y las conmemoraciones del aniversario de la Revolución. Estos espacios buscan exaltar valores como la paz, la educación gratuita y el liderazgo de figuras clave como Rosario Murillo, reforzando así una identidad colectiva y una lealtad incondicional al régimen (El 19 Digital, 2023; La Voz del Sandinismo, 2023; Nicaragua Sandinista, 2023). En el caso cubano, el Estado incorpora exposiciones culturales, giras de conferencias y concursos literarios como parte de una amplia red de producción simbólica orientada a sostener la narrativa revolucionaria oficial (Cubadebate, 2016).
Frente a la cooptación estatal y la represión, el arte se transforma en una poderosa forma de resistencia. Ante el control institucional, artistas de países como Cuba, Nicaragua y Venezuela recurren a espacios alternativos —privados, independientes o semiclandestinos— para crear y difundir sus obras críticas. Ejemplo de ello es la exposición “No somos memoria” en La Habana (2021), organizada en una casa particular debido a la imposibilidad de utilizar espacios oficiales (Cubalex, 2021). En Nicaragua, tras la eliminación de murales públicos por parte del gobierno, los artistas respondieron trasladando sus obras al interior de los hogares, una estrategia para resguardar tanto el arte como su mensaje (La Prensa, 2018). Estas prácticas encarnan una biopolítica del arte, donde se crean formas de vida y expresión que desafían la lógica dominante del poder y el capitalismo (Esposito, 2008). Esta resistencia también se manifiesta en el ámbito digital, donde se utilizan VPN y redes sociales para eludir la censura estatal y coordinar protestas (Freedom House, 2024).
El arte disidente recurre a tácticas creativas que evaden la censura directa, combinando simbolismo, ambigüedad y performance. En Cuba, obras como "El susurro de Tatlin" de Tania Bruguera (2009) desafiaron los límites de la expresión permitida, mientras que artistas como Luis Manuel Otero Alcántara, líder del Movimiento San Isidro, han hecho del arte de performance una forma directa de protesta (Bruguera, 2009; Human Rights Watch, 2022). En Venezuela, pioneros como Yeni y Nan, junto a figuras contemporáneas como Erika Ordosgoitti e Iván Candeo, han usado el performance para distanciarse del dogma ideológico, mientras colectivos como Labo Ciudadano emplean murales participativos como forma de intervención social (Pérez, 2015; López, 2019). En Nicaragua, el arte de Ela Simua cuestiona la narrativa oficial sobre mestizaje e identidad, reflejando la nueva ola artística tras la insurrección cívica de 2018 (Simua, 2020).
El uso de símbolos ambiguos es otra táctica relevante. En Cuba, elementos como la flor de mariposa o la palma real evocan la identidad y resistencia nacional con significados ocultos (Martínez, 2018). En Nicaragua, objetos como los adoquines —usados en barricadas— y símbolos religiosos han sido resignificados como emblemas de protesta, mientras que la figura de Sandino es disputada entre el gobierno y la oposición (Cubalex, 2021; Simua, 2020).
La música de protesta también ha sido crucial. La canción “Patria y Vida” en Cuba se convirtió en un símbolo de oposición, y su impacto llevó al encarcelamiento de uno de sus autores (Human Rights Watch, 2022). En Nicaragua y Venezuela, diversas canciones denuncian las dictaduras e inspiran al activismo (Nicaragua Actual, 2023; Defiende Venezuela, 2020). En contextos de protesta, el arte callejero y el graffiti político se han vuelto esenciales. En Nicaragua, especialmente durante las manifestaciones de 2018, los muros se llenaron de mensajes anónimos que exigían la salida del régimen. Incluso las iglesias se convirtieron en lienzos de disputa simbólica, siendo intervenidas tanto por críticos como por simpatizantes del gobierno (El Confidencial, 2018).
Este entramado artístico se sostiene gracias a redes nacionales e internacionales de apoyo. Organizaciones como Cubalex, ARTICLE 19, Defiende Venezuela, Freedom House, Amnistía Internacional y PEN International brindan respaldo legal, documentación y visibilidad a artistas reprimidos. Asimismo, periodistas y creadores en el exilio continúan articulando narrativas de resistencia, como el medio cubano El Estornudo (El Estornudo, 2023), y colaboran en exposiciones internacionales como “Voces Silenciadas”. El arte, especialmente en sus formas efímeras y públicas, actúa como un archivo viviente de la disidencia. Frente al intento estatal de borrar o reescribir la historia, estas expresiones se convierten en una forma de memoria colectiva, resistiendo el revisionismo y preservando el testimonio del conflicto (García, 2015).
Finalmente, el espacio digital se consolida como una nueva arena de resistencia. A través de redes sociales, los ciudadanos denuncian crisis, organizan protestas y comparten contenido censurado. Sin embargo, esta vía también enfrenta riesgos como apagones de internet o leyes represivas de ciberdelincuencia. Aun así, plataformas como Facebook y el uso de VPN han permitido mantener activa la resistencia y conectar a las diásporas con sus países, fortaleciendo la continuidad del activismo en medio del exilio (Cubalex, 2023; Freedom House, 2024).
Conclusiones
La "Batalla por el Símbolo" en regímenes autoritarios es un conflicto multidimensional y persistente que se libra en el ámbito cultural y artístico. Los Estados autoritarios, como Cuba, Venezuela y Nicaragua, emplean estrategias sofisticadas de cooptación y represión para instrumentalizar el arte como propaganda y para silenciar la disidencia. Esto incluye el control centralizado de los medios de comunicación y la cultura, la promoción de un "arte oficial" que glorifica al régimen y sus líderes, y la creación de marcos legales que criminalizan la expresión independiente. La censura no es solo una reacción a la disidencia, sino una condición previa para la eficacia de la propaganda, creando un vacío ideológico que permite que las narrativas estatales se arraiguen sin oposición.
Sin embargo, a pesar de la severidad de la represión, el arte y el activismo alternativo demuestran una notable resiliencia. Los artistas encuentran nuevos espacios y tácticas, desde exposiciones clandestinas hasta el uso de símbolos ambiguos y el arte de performance, para desafiar las narrativas oficiales y mantener viva la llama de la resistencia. La música de protesta y el arte callejero se convierten en expresiones directas del descontento popular. Las redes de apoyo, tanto nacionales como internacionales, son vitales para sostener estos esfuerzos, proporcionando visibilidad, apoyo legal y una plataforma para las voces disidentes.
La paradoja de la visibilidad en contextos autoritarios es evidente: la represión, aunque busca silenciar, a menudo eleva el perfil de los artistas y sus obras, convirtiéndolos en símbolos de resistencia a nivel internacional. Esto complica los esfuerzos de los regímenes por controlar la narrativa y expone sus abusos a una audiencia global. Además, la emergencia de los espacios digitales ha abierto nuevas fronteras para el activismo, permitiendo la difusión y coordinación de la resistencia, aunque también ha dado lugar a nuevas formas de control estatal, como las leyes de ciberdelincuencia y los cortes de internet.
En última instancia, la lucha por el símbolo es una batalla por la conciencia colectiva y la memoria histórica. El arte, en su forma disidente, actúa como un registro vivo de la opresión y la resistencia, contrarrestando los intentos de los regímenes de reescribir el pasado y de imponer una hegemonía cultural total. La comprensión de estas dinámicas es fundamental para apoyar los derechos humanos y la democracia en un mundo donde el autoritarismo sigue siendo una fuerza emergente. La persistencia del arte como forma de resistencia subraya la inquebrantable búsqueda humana de la verdad, la libertad y la justicia, incluso en los contextos más adversos.
Referencias
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