FORO CUBANO Vol 5, No. 48 – TEMA: 11J: "CIUDADANOS CUBANOS EN BUSCA DE SU LIBERTAD PERDIDA"–

Arte y democracia

Vistas

Por:  Lester Álvarez Meno

Septiembre 2022

Unas semanas antes de que sucediera el evento “A viva voz”, donde se elige la carrera para estudiar luego de concluir el grado de secundaria, continuaba sin interés por nada. Mis notas eran altas, podía aspirar a una buena licenciatura. Tenía quince años, corría el 1999 y estaba cursando el noveno grado en una secundaria básica de mi ciudad natal, Camagüey. En los días previos al evento, una profesora fue a buscarme al aula para decirme que habían creado una especialidad de Artesanía en la Escuela de Oficios Bernabé Boza. A esta escuela van mayormente personas con bajo rendimiento académico, marginados y exconvictos, a aprender los oficios de carpintería, tornería, soldadura, etc. La Bernabé Boza está ubicada en El jardín, uno de los barrios más violentos de la ciudad de Camagüey y en el que existe, o existía hasta esos años, el mercado ilegal más grande de la provincia. Faltaba poco para el día de las pruebas de aptitud y esta era la razón por la que la profesora fue a avisarme. Recibí la noticia con mucho entusiasmo. Tomé nota de la fecha y lugar de las pruebas y el día correspondiente fui a hacerlas. 


En Artesanía duré un año, un año que cambió mi vida. Allí supe que existía una Academia de Artes Plásticas en la ciudad, en la que varios de mis compañeros habían intentado entrar. Conocí, gracias a uno de ellos, a un profesor de pintura de una casa de cultura, Gumersindo, hombre noble, siempre sonriente, con rasgos marcadamente asiáticos. Fue mi primer profesor de pintura, las clases las recibía en su propia casa. Allí comencé a ir cada semana a pintar y a prepararme para postular al año siguiente a la Academia de Artes. 


A los diez y seis años, con la entrada a la Academia, mi vida ganó un sentido. Con el arte adquirí una forma crítica de ver e interrogar las cosas. Poco a poco, primero en los cuatro años de academia en Camagüey y luego durante los cinco del Instituto Superior de Arte de La Habana, experimenté cómo el “éxito” en Cuba pasa por el apoyo o la complicidad con el régimen. Comprender esto y asumirlo tomó tiempo, porque vengo de una familia integrada a la Revolución, una de las tantas a las que parecen haberle extirpado la capacidad para disentir, resultado de décadas de miedo y amenazas como parte de la violencia estructural del sistema. 


Me asocié a artistas y escritores, primero en Camagüey y luego en La Habana, que viven al margen de las instituciones culturales estatales. Esta asociación voluntaria me fue dando un punto de vista crítico con respecto a un régimen que pregona la igualdad, pero que en la práctica se manifiesta de forma clasista y excluyente, como reconoció en el 2018 por escrito con el lamentable Decreto 349. A las alturas de la publicación del Decreto, firmado por Miguel Díaz-Canel el primer día en funciones como presidente de Cuba, ya tengo una obra sostenida en colaboración con personas y espacios vulnerados en Cuba, de manera que me involucro activamente en campañas contra el Decreto. En primer lugar, a través de una serie de reuniones donde se redactó una carta dirigida al Ministro de Cultura exigiendo la consulta pública de dicho documento legal. Luego de reiteradas negativas por parte del Ministro a dar respuesta, o al menos presenciarse frente a la comunidad creciente que suscribía la carta, terminó enviándose al Consejo de Estado y al Presidente de Cuba como destinatario, quien tampoco se dio por enterado.


En segundo lugar, trabajé en la creación y producción de la serie Sin 349. La serie se propuso hacer un registro individual de algunos de los jóvenes intelectuales que participaron activamente en iniciativas contra el Decreto. La concepción de la serie es consecuencia directa de mi involucramiento en acciones cívicas contra el Decreto. En medio de la producción de algunos capítulos viajé a España a cursar un máster de cine, con la intención de prolongar mi estancia, porque las cosas en Cuba me iban mal. Comenzaba a ser discretamente excluido, mi obra se desarrollaba cada vez más en una dirección contraria a la de las instituciones culturales, y la seguridad del Estado empezaba a molestarme. 


A España vine con la intención de tomar distancia física e intelectual de Cuba. Desde que llegué, hace tres años, investigo para realizar una película sobre un hecho histórico que sucedió a inicios del siglo XVII, en el que participa la Inquisición. Entrar en la categoría de “el que se fue” y seguir haciendo activismo por los derechos humanos en Cuba, me parecía negar mi circunstancia presente. Por eso llegué a España con un tema definido que me tomaría años en desarrollar y al mismo tiempo ir conociendo mi nueva circunstancia.  


Entonces, sucedió lo imprevisto para todos y lo temido para Cuba. A los tres meses de estar en España se expandió la pandemia de Covid-19 por el mundo y comenzaron las cuarentenas de encierro. Mientras que en Cuba se desató una ola represiva a partir de la mayor crisis económica, política, sanitaria y migratoria que ha experimentado el país desde 1959. En los últimos tres años, varios de mis amigos más cercanos, artistas e intelectuales en general, comenzaron a ser interrogados, amenazados, detenidos y desterrados. Volví a mirar a Cuba para poner en ella el foco de mi trabajo. 


He continuado desarrollando la serie Sin 349, mi proyecto editorial La Maleza, que trabaja con autores inéditos y de escaso o ningún acceso a las editoriales estatales cubanas, entre otras obras y proyectos de larga duración relacionados directamente con Cuba. A la vez, con parte de la comunidad de cubanos exiliados, especialmente los que residen en Madrid, mantengo una comunicación fluida y colaboro activamente en acciones por la democracia y los derechos humanos de los cubanos. Mi intención es ayudar a coordinar la comunidad de cubanos que residen fuera del país con la que se encuentra dentro y de esta forma romper esa barrera que el régimen refuerza con su propaganda, independientemente del lugar de residencia. Así, tengo la certeza de participar en la construcción de una sociedad civil articulada de cara a la necesaria democratización de Cuba.