Acá la cosa también esta candela 

Vistas

Por: Alejandra Guerrero           

Enero 2019

A Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez les llaman “Los Carpinteros” desde mediados de la década de los noventa. Inicialmente este grupo contaba con tres integrantes, pero Alexandre Jesús dimitió en 2003. Estos artistas surgieron de la Bienal de La Habana; aquel movimiento que comenzó como un nuevo discurso del arte, como algo más allá del modelo norte-sur que caracterizaba otras bienales de la época. Claro está que esta bienal en Cuba fue posible gracias al hecho de que un número importante de exhibiciones internacionales habían comenzado a incluir a Latinoamérica como un foco importante de expresiones artísticas contemporáneas (Herkenhoff, 2010).


Su curioso nombre fue acuñado por espectadores y críticos debido a que en sus primeras obras utilizaron madera que iban encontrando en casas burguesas abandonadas de los años 50. Todo era construido por ellos mismos y su taller en La Habana era donde fabricaban sus piezas a punta de maderas nobles cubanas y herramientas de ebanista. Su técnica terminó tomando tanto renombre que en 1994 fue la primera vez que firmaron oficialmente sus obras como “Los Carpinteros”.


El pasado mes de octubre de 2017 Marco Castillo y Dagoberto Rodríguez trajeron a Bogotá su primera gran muestra individual, considerada la exposición de mayor envergadura, con más de treinta obras conceptuales de su producción artística “La cosa está candela” en el Museo de Arte Miguel Urrutia.


Una de las obras más impactantes de esta ambiciosa exposición es “Sala de Juntas”, una escena compuesta de todos los elementos que normalmente conformarían una oficina (mesas, papeles, sillas, lámparas, computadores, entre otros) totalmente destruidos e inutilizables suspendidos en medio del aire. Según Dagoberto Rodríguez, en una entrevista que dio para el MAMU, esta instalación tenía como objetivo representar una sola cosa: violencia. “Es uno de tantos escenarios que vemos todos los días en diarios y noticieros, de hecho, esto podría ser una escena actual en Aleppo o en cualquier otra parte del mundo” concluía el artista.

Y es que precisamente esta obra representa la narrativa sobre la cual trabajan constantemente Los carpinteros, la de deshacer un concepto ya hecho para construir otro diferente con un alto contenido simbólico. Descomponer y posteriormente construir. Desaprender para aprender. Un concepto que aquí en Colombia nos resultaría sorprendentemente útil.


En una entrevista hecha en 1999 a Dagoberto, para Sculpture Magazine, menciona la revolución como un punto de quiebre a la hora de pensar y ejecutar sus obras. Para él Cuba y su historia están marcados por este hecho, y los mismos ciudadanos han tenido que cargar con ese peso, pues ha sido muy difícil librarse de él. Es ahí donde ellos se ubican, ese es el vacío que intentan llenar, olvidar ese pasado y dejarlo a un lado. Desaprender la historia que ha sido contada hace más de medio siglo, la misma de los Castro, de amor y de odio, rechazo y apoyo, aislamiento, la espera que terminó durando décadas enteras. Entonces, empezar a contar una nueva, una diferente, no necesariamente paralela a la realidad, sino vista con otra perspectiva. Contar otras cosas, olvidar y aprender nuevamente, sentar la voz de que, en Cuba durante este último medio siglo, ocurrieron muchas más
cosas que la revolución socialista.


“Esto es válido en Cuba, Europa y todas partes. Nuestro mensaje puede ser amplificado en todos lados. Claro, Cuba siempre como punto de partida” explicaba Marco Castillo para el MAMU, y en esto tiene toda la razón. En Colombia las cosas están candela hace más de medio siglo también, somos un país con una historia que se ha contado sola dentro y fuera de nuestro territorio. Al igual
que los cubanos, hemos arrastrado relatos y vivencias que no nos representan del todo, las nuestras un poco menos heroicas que las cubanas. Conflicto, violencia, agravios, narcotráfico, injusticia, en fin, también ha sido muy difícil librarnos de eso.


El desaprender conceptos, hechos y relatos que están completamente arraigados en la cultura de un país debe ser una constante. En nuestro caso casi una solución. Cambiemos el discurso. Redireccionemos nuestra atención, destrocemos lo que nos define actualmente y construyamos el concepto que queremos y nos merecemos como país y sociedad desde hace muchos años. Los carpinteros trajeron su obra hace ya casi dos años con un sinfín de mensajes y reflexiones en cada una de esas piezas que parecían no tener sentido, pero al darles una segunda mirada se notaba que lo tenían todo: carpintero puede ser cualquiera que lo necesite

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

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