FORO CUBANO Vol 3, No. 22 – TEMA: ARTE Y LITERATURA –

A la sombra de un hashtag. Sobre la subasta no realizada de una bandera y el debate en torno a ella en Cuba.

Por: Anamely Ramos González*

Julio 2020

Vistas

*Licenciada en Historia del Arte y Máster en Procesos Culturales Cubanos. Fue Profesora del ISA por más de diez años. Curadora independiente y crítica de arte. Coordina el proyecto Fórum Loyola, de debate social en torno a temas cubanos de actualidad.

A pocos días de ser excarcelado ante el incontenible apoyo de la sociedad civil cubana y de numerosos actores sociales fuera del país, el artista Luis Manuel Otero Alcántara, propone una nueva obra. Se trata de la subasta de la bandera cubana utilizada en el performance Drapeau, donde él permanece con la bandera como segunda piel durante un mes completo. La subasta se realizaría online y el dinero recaudado sería donado a la máxima dirección del país para la lucha contra el coronavirus. Sin embargo, la obra causó un revuelo inmenso: la posición oficial lo acusa de mercenario y de ultrajar una vez más la bandera sagrada, mientras buena parte de la oposición y muchos cubanos dentro y fuera de Cuba consideran una traición dar el dinero a la dictadura. Entre opiniones extremas, muy polarizadas ideológicamente, el artista decide aplazar la acción en un gesto de flexibilidad inesperado; así no solo se confirman sus habilidades para encontrar y mostrar los límites de una sociedad con un tejido social fragmentado, sino también para intentar el consenso, aunque solo sea por ahora en el símbolo.

La obra no realizada de la subasta en tiempos de coronavirus queda para mí como un diagnóstico necesario de lo que somos y de lo que necesitamos. Acerca de la obra, pero sobre todo, acerca del debate que suscitó, se trata este pequeño texto. Es importante aclarar, también, que la obra se plantea en un momento en que se demandaba al Estado cubano el cierre de las fronteras y otras medidas radicales para salvaguardar el país, teniendo en cuenta la experiencia de otros países que habían actuado con lentitud ante el avance silencioso del virus. La obra no es un forcejeo, aunque lo parezca, es más que eso: el plante firme de una generación joven que está dispuesta, desde el fortalecimiento de dinámicas microsociales y comunitarias, a dialogar, a denunciar y a aportar soluciones, para reconstruir el país deseado, con todos y para el bien de todos.

 

Creo que lo primero que habría que decir del último performance propuesto por el artista cubano Luis Manuel Otero Alcántara, recién liberado de la cárcel, pero aún con las causas abiertas y pendiente de juicio, es que se trata justamente de una obra de arte. Parece obvio, pero no lo es tanto, si atendemos la cantidad de argumentos que se han argüido en las redes para criticar la acción, y que incluso han terminado en ofensas al artista. Una obra de arte no existe para solucionar cosas, así de manera instrumental, no es transparente ni se construye con arreglo a fines, como un programa político o una empresa. Una obra de arte sirve para señalar las cosas que deben ser solucionadas, para imaginar escenarios diferentes, e incluso entretejer ficciones que anticipen soluciones o abran posibilidades, para mover los límites y erosionar lo que parece inamovible. Pero siempre es un proceso a largo plazo, y es así incluso en ese tipo de arte que respira y se expande en los predios del activismo.

Pedirle a un artista, y peor aún, a una obra, que muestre una solución coherente y definitiva al problema cubano, es una ingenuidad o una perversión, revela la histeria que hemos desarrollado en todos estos años de poca práctica política y lo altisonantes que a menudo son nuestros paradigmas o incluso nuestros anti-paradigmas. Palabras demasiado generales y llevadas y traídas: comunista, anticomunista, castrismo, oposición o verdadera oposición, mercenario, Nación… se estrellan una y otra vez contra la concreción y simplicidad de una acción como la que propone Luis Manuel Otero. Un resto de un performance ya realizado, en este caso una bandera, no la Bandera, se pone a subasta por el propio artista que ya la llevó como segunda piel durante un mes, el mismo artista que sufrió numerosas detenciones en medio del performance y fuera de este, el mismo artista que pasó casi dos semanas en la cárcel acusado de un delito penal relacionado, en parte, a las fotos que se había tomado con esa misma bandera. Y el dinero recaudado en la subasta, lo ofrece al Estado cubano para la lucha contra el COVID-19.

Muchos, curiosamente no los funcionarios y voceros de ese mismo Estado, y ya por ahí la obra comienza a dar frutos porque comienza a mostrar dobleces; se han focalizado en el receptor del dinero y no en la acción misma y su intención final. Que no es acabar con el coronavirus, porque así volveríamos a la trampa de la desmesura, sino expresar simbólicamente a través de esa suma mínima de dinero, la voluntad y el ejercicio de un derecho y un deber ciudadano, el de la solidaridad; y ejercerlo subvirtiendo la fórmula habitual con que esta se exporta al mundo por el gobierno cubano o se gestiona por este mismo gobierno al interior de la Isla: de Estado a Estado o del Estado al pueblo. En la obra de Luis Manuel, es el artista el que es solidario con el Estado, por el bien de todos. En este sentido, su operatoria revela un reconocimiento y un emplazamiento del mismo, en un acto en el que está mediando su comprensión de las particularidades de esta pandemia a la que nos enfrentamos, que exige acciones a niveles macro sociales y no solo nasobucos para los ancianos de la cuadra.

Es una obra que parte del respeto a la vida humana y de la necesidad de que los gobiernos garanticen su preservación, pero sin caer en lo códigos plañideros a los que nos han acostumbrado, donde una preterida resistencia per seculum seculorum del cubano sirve, demasiado a la ligera, para encubrir ambigüedades y sobreentendidos en la gestión de una crisis inminente, por parte de las autoridades competentes. Pero todas estas conclusiones están implícitas, se muestran si tenemos la paciencia y la suspicacia de quitar las cáscaras de la cebolla. En primera instancia la obra es un golpe, un gesto seco, una acción concisa, donde no hay tiempo para encontrar culpables ni para erigir héroes; hay que hacer, sin que medien cuestiones ideológicas de un mundo bipolar que ya no existe y que se desembaracen de estrategias políticas tan radicales que su único saldo posible sería la muerte. El hacer que se propone aquí, y que es el hacer de un cuerpo a través de un objeto y los valores que a este quieran otorgarle otros cuerpos, encarna un tipo diferente de resistencia, de intervención, de comunicación, que nos va a servir no solo para demoler sino para reconstituir ese todo social ahora fragmentado y estresado, y para hacerlo con todos nosotros vivos, respirando, dentro.

Con la subasta de la bandera utilizada en Drapeau, la obra de Luis Manuel se cierra sobre sí misma, y es curioso porque este tipo de giros “contemporáneos” no abundan en un quehacer artístico cuyo sino es la apertura constante y la inclusión casi febril de nuevos actores y figuras sacados de la realidad, de por sí incontrolables para los procedimientos regulados del arte contemporáneo internacional. Pero con este gesto él cierra un proceso, sin esperar a que se cierre legalmente su causa de ultraje a los símbolos patrios, él decide pasar la manzana de la discordia a otras manos, disolver el cuerpo del delito en las manos de todos y entregar el valor resultante en las manos únicas del poder único. A ellos ya no hay bandera que entregarles, a ellos se les entrega la traducción de esa bandera en responsabilidad, en servicio, y se les encara para que sean lo que están llamados a ser. La obra se cierra, repito, al mismo tiempo que se abren, como anillos de agua alrededor del guijarro lanzado, las connotaciones que su gesto genera y mediante las cuales la obra queda liberada del control del artista. Y aquí es donde se evidencia el fundamento artístico del activismo de Luis Manuel Otero.

Las respuestas y reacciones que irán emergiendo en el proceso que todavía es, la obra, serán la evidencia de los intereses y los límites de cada uno de los actores sociales, de su capacidad de diálogo o de su capacidad de acallar al otro, de la historia y traumas que cada parte acarrea y que no son desestimables, pero tampoco pueden ser la medida del futuro. La sociedad que tenemos, no la que quisiéramos tener, se manifiesta en esos síntomas y necesitamos diagnosticarla a cada rato, y aprender a proponer remedios que no sean remediales, sino eruptivos, saltos no al vacío sino a ese reducto de experiencias con que cada uno de nosotros nos reinventamos dentro de Cuba a diario, desmarcándonos cada vez más de la retórica altoparlante de tribunas, mesas y comités.  

Para andar y desandar Cuba emocionalmente, unas cuantas veces en un día, nosotros apelamos a esas paradojas de cercanas distancias que median en nuestras relaciones personales más entrañables, con familiares y amigos que se han ido al exilio y se mantienen en ese estar y no estar. ¿Cómo pretender entonces que para nosotros Cuba sea esa mole unida que jamás será vencida, esa cara condescendiente que repite una frase tan poco empática como “no nos entendemos”, mientras toma café amargo en un país donde no hay café? Para nosotros, Cuba es ese punto desdibujado por el que todos nos conectamos y que nos recuerda que tenemos que insistir en su redefinición aventurada, porque de eso depende que podamos estar todos juntos de nuevo, aunque solo sea por el momento en las narraciones que contamos en nuestras revistas digitales, en las ficciones que generamos en nuestras obras, en la virtualidad de un chat de WhatsApp, o incluso en la calidez efímera de un hashtag pegajoso como #estamosconectados.

Y aquí ya no hablo de la subasta, ni siquiera de Luis Manuel Otero, aunque también, aquí hablo de esos muchos hacer que necesitamos, versiones miles y pequeñas de hacer, no soluciones, no descubrir el agua tibia, no continuidades; muchos hacer que garanticen nuestra participación, sin permiso y sin canales preestablecidos, del país que solo existe, ahora mismo, en la voluntad restauradora de los cubanos que estamos en todas partes de este mundo mundial[1].

 

 

[1] Expresión jocosa tomada de una directa hecha por el artista en su perfil de Facebook, donde explicaba las intenciones de la subasta. Por dicha expresión, fue también atacado como inculto e ignorante.

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