FORO CUBANO Vol 5, No. 48 – TEMA: 11J: "CIUDADANOS CUBANOS EN BUSCA DE SU LIBERTAD PERDIDA"–

35 años de libertad

Vistas

Por:  Manuel Cuesta Morúa

Septiembre 2022

Fue en febrero de 1986. Intento una y otra vez recordar la fecha exacta, pero no lo logro. Cualquiera fuera el día de ese mes, conversaba yo con un tutor auxiliar que tenía en el Ministerio de Relaciones Exteriores para mi tesis de grado sobre la Revolución Meiji de Japón. Él me comentó, luego de leído el borrador, que mi relato histórico, los argumentos que utilizaba para explicar mi hipótesis y el análisis de contexto eran bastante satisfactorios. Solo me faltaba, según su recomendación, ajustarlo todo al marco analítico y a las debidas referencias del pensamiento de Lenin.  


Fue solo una recomendación, soy honesto. Aquel funcionario, de poca suerte en el mundo diplomático, era un excelente académico y un perfecto caballero que en sus horas ociosas solía caminar erguido por las calles del Vedado con un gigantesco perro Dálmata, tan adusto y erguido como él. Así que cuando nos enzarzamos en la conversación, unas de las tantas que sosteníamos sin condescendencia generacional de su parte y sin arrogancia juvenil de la mía, y por eso mismo elegantes, le pregunté cuál era la pertinencia teórica de vincular los textos escritos por Lenin, a medio camino entre la seudo filosofía, el campo político y el manual revolucionario, con un proceso histórico que justamente quebraba la mayoría de las ideas provenientes del marxismo-leninismo. 


Su respuesta fue mi segunda epifanía: esta ideológica. “Manuel, me dijo, Lenin en realidad explica muy poco, pero sin citas de y sin referencias bibliográficas a sus textos me temo vas a tener indeseados obstáculos para que tu tesis, sin problemas con la historia, pase el tribunal académico de la política”. Pero me gradué a pesar de Lenin.  


Lo que me resultó asombroso, sin embargo, fue la ubicuidad de Lenin en un contexto que desafiaba tanto al materialismo histórico como al materialismo dialéctico. No hay manera de entender a Asia, desde el marxismo siquiera, más allá de la rica incursión categorial de Marx en lo que denominó los despotismos orientales y el modo de producción asiático.  La historia de Japón desafiaba todos aquellos esquemas, y mi incidente académico me confirmó aquella primera epifanía política que referí al inicio. 


Ella nació leyendo a Carlos Marx. A la sazón estaba en tercer año de la carrera de historia, y en mis lecturas auto programadas correspondió el turno a la Ideología Alemana, ese libraco que todavía recomiendo, no tanto y no solo como pieza filosófica sino como monumento literario. Fue el libro que me convenció de que no podía ni debía ser marxista. Hay en él dos momentos que me alumbraron. Por un lado, el curso de lo que yo no podía ser y, por otro, la naturaleza ontológica, casi psicológica, de lo que los seres humanos necesitan y pueden ser para alcanzar lo que creen debe ser. 


Y me explico, porque esa primera epifanía fue la que iluminó mi percepción para evaluar los acontecimientos por venir y la que determinó mi camino hacia la búsqueda de la otra libertad. 


En la Ideología Alemana, Marx postula y declara a la violencia, sin nombrarla allí así, como la partera de la historia. Pero no porque la historia hasta entonces conocida haya sido el resultado de luchas sangrientas de poder, lo que no deja de ser una mera constatación, sino porque, y esto fue para mí lo escandaloso, el proletariado la necesitaba como expiación, como una forma de auto liberación espiritual antes de instaurar el nuevo reino obrero. 


Suficiente. Aunque, como decía un viejo amigo, creo que nací leyendo, sentí desde ese momento un rechazo más intuitivo que intelectual a la idea de las revoluciones como algo positivo o necesario para el bien de la humanidad. Las lecturas críticas sucesivas sobre la revolución francesa, inglesa y rusa, solo reafirmaron lo que leí entonces en ese texto que vuelvo a recomendar. Es natural entonces las transferencias de juicio crítico que he hecho desde que tengo uso de razón intelectual hacia la revolución cubana. 


Mi contrarrevolución, lo digo sin complejos, nació en la mezcla de intuición, algo de la educación protestante que recibí en mi primera infancia, el ambiente de tolerancia de mi extendida familia maternal y mis duras y pedantes lecturas universitarias que desembocaron en un puerto que considero cultural: mi negación a toda forma de violencia política, prosaica o sublimada, como la de las revoluciones. El primer molde de este coctel tomó forma para mí en el ambiente de la Perestroika (1985), un año antes de mi graduación, en lo que llamo las Tertulias Universitarias de Ichikawa. 


Este era el apellido de un compatriota de nombre Emilio, dos años mayor que yo y fallecido prematuramente en los Estados Unidos, convertido en profesor de Filosofía en la Facultad de Historia y Filosofía de la que había sido alumno y quien, por esos hoyos que se abre en todas las mallas totalitarias, había logrado “formalizar” un espacio de intercambio heterodoxo en la misma universidad para hablar sobre lo prohibido. Lo que agradecí siempre. Fue la primera vez que me di cuenta que no estaba solo en mis tribulaciones.  Allí fue donde por primera vez adquirió forma cubana ante mí la idea de un camino pacífico hacia el bien, tan denostada por la propaganda política y por algunos de mis profesores universitarios que asociaban la peste política e ideológica con la socialdemocracia. 


El segundo momento en aquel vademécum de Marx fue el de la polémica que este sostiene con el escritor y también filósofo alemán Max Stirner. Sintetizando, Max sostiene que la libertad es subjetiva, empieza y tiene su primer asiento en el interior de cada individuo. Marx sostiene lo contrario: para él la libertad es un punto, una meta a la que se llega en una larga lucha para cambiar las condiciones exteriores que oprimen al ser humano. 


En mi perspectiva ambos tienen razón, pero me di cuenta que Marx necesitaba polemizar doctrinalmente con Max para fundamentar su punto de partida materialista, sin darse cuenta de que él podía luchar por la libertad porque ya era espiritualmente libre. Mi conclusión, con todo su impacto práctico, es que, para luchar por la libertad, para empezar a andar el largo camino que conduce a la libertad frente a las condiciones y obstáculos que oprimen al ser humano ―el totalitarismo es el peor de todos― es necesario ser y sentirse libre. Entiendo que nadie que no se haya sentido libre puede luchar por la libertad. 


Esto fue muy poderoso en la construcción accidentada de mi camino por la libertad. Me proporcionó los recursos psicológicos y las herramientas tanto intelectuales como políticas para empezar a desandar el camino desde la libertad interior hacia la lucha por las libertades públicas.  


1990 fue otro año clave. Luego del derrumbe del Muro de Berlín se desató en La Habana un movimiento de inquietud entre jóvenes intelectuales que se reunían en un grupo llamado Paidea (educación, en griego), que se disolvería casi ese mismo año y del cual llegaban muchos textos y escritos apurados sobre los debates presurosos del marxismo occidental. Estos debates se retomaban en Cuba luego de su supresión en los años 60 cuando los animadores de la revista Pensamiento Crítico intentaban reconducir los debates de izquierda en Cuba dentro de una tradición que tenía más que ver con las coordenadas occidentales de la cultura política cubana. Finalizando los 80 y a principio de los 90, otros jóvenes reanimaban y actualizaban esta vieja discusión, ahora en un contexto de renovación global, aunque no en Cuba. 


De ese grupo conocí a varios, especialmente a uno que se dio a la tarea de sacar conclusiones prácticas de la cocina intelectual en la que habitaba y que fundó la Corriente Socialista Democrática Cubana, más tarde Arco Progresista (2002). Un reagrupamiento entre viejos socialdemócratas y jóvenes de izquierda que intentaron reintroducir el pluralismo político a la izquierda del debate político y a la derecha de lo que ya aparecía como la ultraizquierda en el poder: un batiburrillo de viejos revolucionarios de mentalidad realmente conservadora que despreciaban todo lo que fuera liberalización.

  
Ahí comenzó mi itinerario público hacia la libertad hace más de 31 años, coincidiendo en momento con una tercera epifanía: la invasión de Kuwait por Irak que no produjo la menor de las condenas por parte del gobierno cubano, destrozando la otra torre del relato revolucionario cubano: el antimperialismo, la lucha contra el colonialismo y la defensa de la autodeterminación, sobre todo, la de las naciones pequeñas. 


Mis protestas públicas llevaron a mi renuncia prevista y demorada a la Unión de Jóvenes Comunistas y a mi expulsión de la Oficina del Historiador de La Habana en la que trabajaba por esa época. De ahí abiertamente al trabajo por los derechos humanos y por el cambio democrático en Cuba. Desde una perspectiva poco habitual para la primera oposición pacífica que se inició en a finales de los años 70 del pasado siglo, mucha de ella articulada desde la misma prisión. Excepto las dos o tres primeras organizaciones de derechos humanos, predominaba en el resto una visión de caída inmediata del régimen, de lenguaje duro, de radicalidad y de anticastrismo como naturalización “democrática” de la política que daba mucho protagonismo, directo o indirecto, al papel de los Estados Unidos y que no favorecía, por tanto, las perspectivas moderadas ―aquí lo de izquierda comenzaba a ser secundario― pero que se percibían como resultado de enfoques de izquierdas, leídos como una prolongación edulcorada del “socialismo” de Estado. 


Este ambiente no favorecía definitivamente la tendencia a la que me adscribí desde el inicio y adscribo en la actualidad: una que cree que la democratización es un proceso en la larga duración, no necesariamente de larga duración, que requiere otras actitudes, una noción más compleja, la recuperación del sentido de lo político, una masa crítica ciudadana que apoye a alternativas establecidas y un nuevo lenguaje pos castrista y pos anticastrista. Una tendencia que nace más de la comprensión de un proceso que se arraigó en el tiempo tanto en la mentalidad como en las actitudes, y que ha sabido utilizar bien las circunstancias, que de la legitimidad o ilegitimidad de un proyecto político. 


Mi participación en este camino se dirige y se dirigió desde el principio a propiciar obstinadamente esta tendencia más racional en la construcción democrática. Empezar por los derechos humanos amplio mi mirada. Me inicié a la altura de 1992 en uno de los más prestigiosos grupos de derechos humanos, la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional, trabajando al mismo tiempo en la Corriente Socialista Democrática Cubana, la que, por cierto, se pronunció contra el embargo de los Estados Unidos (1991) antes de que el mismo gobierno cubano lo hiciera, apurado por las circunstancias y como estricta estratagema de diversión política, en noviembre de 1992 y ante las Naciones Unidas. 


Pero lo fundamental ha sido desde los mismos comienzos mi elección ideológica. Mi debate fundamental en todos estos años sigue el eje democracia vs autocracia, y no el de izquierda vs derecha. Este último, a pesar de lo que consideren ciertas izquierdas regionales, bastante desactualizado en el paisaje cubano. 


El debate político en Cuba, en la búsqueda de la democratización, tiene tres exigencias más o menos simultáneas: el Estado de derecho, una meta no ideológica; el completamiento de la nación, una exigencia socio-cultural, y el restablecimiento de lo político, que pasa por la recuperación de la soberanía ciudadana y del pluralismo. 
Mi itinerario por más de tres décadas sigue estas grandes metas. Lo que me ha llevado a involucrarme básicamente en propuestas de conciliación, de coalición y de alianzas que tiendan hacia un centro político. 


La concertación democrática, la Mesa de reflexión de la Oposición Moderada, la Coalición Pro Derechos Humanos, el proyecto Consenso Constitucional, la Mesa de Unidad de Acción Democrática, la Plataforma #Otro18, el Consejo para la Transición Democrática en Cuba, y últimamente la macro plataforma D Frente han sido, y en algunos casos son, la exploración institucionalizada de concertación plural de diversas alternativas políticas, ideológicas, cívicas, culturales y de derechos humanos para acercarnos a esas metas. 


Eso exige un ethos: un formato abierto a la tolerancia y al respeto, alejado de todos los extremos político. También un pathos: más capacidad y energías de resistencia que improntas de velocidad. 


Frente a la complejidad, que en nuestro caso ha significado también un conflicto entre Estados, visto ideológicamente como uno Norte-Sur, trenzado con otros dos conflictos: socialismo-capitalismo e imperialismo-soberanía, me ha parecido siempre más productivo atravesar el camino combinando creativamente aquel ethos y aquel pathos descritos si es que intentamos un mínimo de éxito político, sostenible e institucionalizado, en el proceso de democratización. 


De hecho, siempre he pensado que se trata más de un proceso que de una serie acumulada de acontecimientos que terminen en una revolución…democrática.    
Definitivamente ha sido este un camino difícil. Marcado por la represión sistemática, el aislamiento internacional o, digámoslo así, la solidaridad intermitente de la comunidad internacional, y las permanentes cortinas ideológicas que ensombrecen, cuando no ocultan, la discusión global y regional por la democratización de Cuba. 


Entrampados en una circunstancia más: la geopolítica, que nos saca, en el caso nuestro, de toda consideración geoestratégica en el debate global por la democracia. Y esta ha sido una dificultad mayor para una visión de cambio democrático como la que he animado, afincada fundamentalmente en procesos a mediano y largo plazos, no en revoluciones.   
La pregunta que muchos me hacen es la de si no siento el agotamiento que siempre acusa el paso del tiempo, frente a metas que parecen alejarse demasiado. Mi respuesta es no.  


Mi visión, alimentada desde el inicio en la comprensión, en una concepción subjetiva de la libertad, en la desconfianza en las revoluciones, en la repulsa a la violencia y en la necesidad de epifanía ciudadana, no repara demasiado en la cronología, por muy importante que sea, si la medimos en términos generacionales. Descansa más en los cambios sociológicos y en la capacidad para conectarlos con agendas y tendencias que los puedan encaminar gradualmente hacia la meta democrática. 


Los acontecimientos importan, sin dudas. Las circunstancias ayudan, sin discusión. Pero lo más importante para mí ha sido y es la capacidad para leer con mayor profundidad los cambios que se producen en la sociedad, el desplazamiento contiguo de legitimidades, y la reconfiguración del tejido cívico y político a partir de las nuevas fuerzas que emanan de esos cambios. Para ello, el ritmo apropiado de la carrera es y ha sido el de la resistencia, soldada en la convicción y más o menos ayudada por la buena salud.

 
De modo que continúo. Ahora con un ritmo más acelerado que el del molino de los dioses, que siempre muelen lentamente, pero con una mayor certeza de que la paciencia estratégica, con un ligero empujoncito de la comunidad internacional, y con el apoyo creciente de la ciudadanía cubana, nos acerca cada vez más rápido a la democracia. 


Ya no serán 35 años más.