1984 o sobre el régimen cubano

Por: Germán Quintero* y Alejandra Suarez**

Marzo 2020

Vistas

*Coordinador Académico de la Escuela de Política y relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda

**Estudiante de Política y relaciones Internacionales de la Universidad Sergio Arboleda

Hace ya un poco más de setenta años, George Orwell publicaba una de las obras de ciencia ficción de mayor impacto en la historia de la literatura. La obra, intitulada 1984, relata la vida de Winston Smith, un funcionario de poca monta que vive en una sociedad controlada y vigilada por el Gran Hermano. El año, probablemente, nadie lo sabe con certeza, es 1984; la ciudad, Londres; el país, Oceanía. En este mundo ficticio, en esta distopía, la revolución social ha triunfado en Occidente. La revolución se ha instaurado como forma de vida y ahora controla y guarda todo para que el espíritu revolucionario siga intacto. Por medio de intrincadas e intrusivas estrategias, mecanismos omnipresentes de control, la aniquilación de todo espacio privado, incluso en la mente y el lenguaje, el Gran Hermano, El Partido y todo el aparato estatal mantienen a raya cualquier tipo de herejía, cualquier tipo de rebelión.

George Orwell, cuyo nombre real era Eric Blair, era un convencido socialista. Tal vez, en términos actuales, sería más fácil de identificar como socialdemócrata. Orwell participó de manera activa en la Guerra Civil Española y defendió la causa republicana hasta el final. Como muchos de sus contemporáneos, denunció activamente el surgimiento del fascismo y de los movimientos nacionalistas. Asimismo, siempre tuvo una posición recelosa ante las democracias liberales y los imperios decadentes. Y, no obstante, escribió 1984 y Rebelión en la Granja como una denuncia a los emergentes y triunfantes sistemas del llamado “socialismo real”. Este autor fue uno de los desencantados – como Kundera, Milosz, Leys, entre otros- que se percataron, en algunos casos tardíamente, que el proyecto socialista que ofrecía Moscú era fatalmente totalitario.

Con gran imaginación, Orwell advierte, en 1984, sobre los peligros del totalitarismo justificado en la revolución. En la vida del protagonista, el control está presente de manera permanente: grandes telepantallas – panópticos – vigilan las palabras, los gestos y las reacciones de la gente. El mercado, oprobiosa fuente de desigualdad del viejo mundo, no existe: el Gran Hermano provee todo aquello que necesitan sus ciudadanos por medio de grandes planes Trienales, ordena toda la producción y el abastecimiento. Como en las “democracias populares” contemporáneas a la vida de Orwell, los planes económicos funcionan de maravilla… en el papel. Winston y sus compatriotas se ven obligados a procurarse algunos bienes de primera necesidad en el “mercado libre”, que el Gran Hermano tolera que exista debido a que es la única forma de poder procurarse ciertas cosas.

La misma sociedad forma parte del sistema de control: grupos y ligas en las que pertenecen niños, jóvenes y adultos entrenan a los ciudadanos para que delaten cualquier movimiento o discurso sospechoso. Los jóvenes son estimulados para ser promovidos como héroes por denunciar a sus propios familiares y vecinos.

Pero el control va más allá. El Gran Hermano -o el Partido, que son la misma cosa- buscan erradicar no solo los pensamientos divergentes y libres sino todo el andamiaje cultural y moral de los miembros del partido de Oceanía. Es necesario erradicar todo aquello que pueda dar sensación de colectividad y de unión, o bien de propiedad: el sexo, el placer y el amor deben ser desterrados. El lenguaje debe ser transformado para que sea estéril y para que refuerce el imaginario de la revolución. En la novela, la neolengua cumple el papel que cumpliría el lenguaje revolucionario. Un lenguaje rico y diverso, un lenguaje que reconozca la individualidad, un lenguaje que sea capaz de comprender matices, un lenguaje profundo genera compromisos políticos. El lenguaje es fuente de herejías.

La obra de Orwell permite ver con gran audacia la manera en que los regímenes revolucionarios han madurado. En 1959, nueve años después de la muerte de nuestro autor, Fidel Castro y un puñado de revolucionarios, inspirados en la Revolución Rusa e instruidos por Moscú, logran derrotar al régimen de Fulgencio Batista en Cuba. El proyecto revolucionario y la insurrección, fundamentados en la promesa de “la plena libertad e igualdad”, permitieron que el nuevo régimen tomara con cierto grado de legitimidad, cierto grado de aquiescencia, decisiones autoritarias que, paradójicamente, limitan la libertad y generan brechas de desigualdad en la comunidad cubana.

Aparentemente, la lejanía de los hechos de la Revolución Cubana haría pensar en que el proyecto ha sido un éxito total. La revolución ha salido de su crisálida y la vida en esa isla llamada Cuba es un paraíso. Sin embargo, parece que Orwell ha logrado atinar en 1984: en lugar de una mariposa multicolor, ha nacido un insecto oscuro. La miseria es una situación permanente, el constreñimiento y la falta de bienes de primera necesidad mantienen a la población en una situación particular. A pesar de todos los esfuerzos por reeducar a las nuevas generaciones cubanas, aquellas que nacieron ya mucho después de los sucesos de 1959, aquellas que en las que Ernesto “El Che” Guevara depositaba su confianza debido a que no iban a tener los vicios de las viejas generaciones, viven en una situación que se puede describir como de esquizoide. Gracias a los progresos tecnológicos, algunos cubanos pueden vislumbrar el mundo fuera de Oceanía, algunos de ellos también pueden recordar, o conocer, el pasado.

Esto los deja en muchos casos como al protagonista de 1984. Seres que se debaten entre hacer lo que consideran que es correcto y lo que es seguro. Muchos de ellos -funcionarios, como Winston- saben cómo funciona el Gran Hermano por dentro, pero son prisioneros materiales o mentales. Este es otro de los grandes paralelos de la novela con la realidad cubana: la existencia de una diferenciación social entre la intelligentsia y la prole. La prole, en 1984, es la gente común, aquel grupo de personas que no se interesan por lo político y que buscan satisfacer sus propias necesidades. Desde que tengan lo mínimo, dice uno de los personajes de la novela, no son un mayor problema.

En cambio, los funcionarios, intelectuales, artistas, músicos y escritores conforman la intelligentsia. Son, a ojos del Gran Hermano, un arma de doble filo. Su labor puede ser encauzada para la defensa y propagación de la Revolución. Bien entrenados y obedientes, son mecanismos capaces de perpetuar el proyecto revolucionario y de justificar las más abyectas políticas por amor a la causa revolucionaria. Las figuras intelectuales son las que le dan sentido al proyecto revolucionario, día a día. El trabajo de Winston, protagonista del relato Orwelliano, es precisamente el de corregir las ediciones pasadas de las notas de prensa. Esta labor constituye la de corregir el pasado, tal y como la haría un artista, un músico o un historiador al ensalzar, mediante una pintura, una canción o un relato histórico, un evento determinado de la historia con motivos propagandísticos.

Winston es el intelectual que padece el ejercicio de control del Estado Totalitario. Su labor es la de convencer a las nuevas generaciones de que El Gran Hermano, El partido y la revolución son infalibles. Ajustando el pasado a los hechos acontecidos demuestra que el régimen es necesario. Czeslaw Milosz, escritor polaco, contemporáneo a Orwell, escribió sobre la eficacia del diamat (materialismo dialéctico): el ejercicio del argumento es convincente, una profecía autocumplida “predigo que mi casa arderá, echo gasolina en la estufa; mi casa arde; profecía cumplida”. En el caso de los personajes de 1984, si la casa arde, hay que escribir en los diarios anteriores, mediante la corrección, que la casa arderá.

En toda revolución triunfante, de manera más o menos consciente, se ha llevado a cabo un ritual que ha acompañado la gestación y cristalización de todo movimiento totalitario. El periodo de crítica, previo al triunfo de la revolución, debe dejar de existir y dar paso al tiempo de la defensa de la revolución. La defensa de la revolución implica la negación de los espacios de disentimiento y, en la mayoría de los casos, la neutralización de la posibilidad de crítica. En 1984, el control quiere eliminar esta posibilidad de raíz. Las verdades prefabricadas del régimen son reproducidas, defendidas y ampliadas por el sistema. La risa, la burla y la crítica, en general, son seriamente castigadas.

El sistema totalitario tiene el afán de glorificar con una aureola el Leviatán que se ha construido desde la revolución. Este, unido, soberano e irresistible, debe uniformar todas sus partes para garantizar su existencia. La unidad, no la armonía, es su objetivo. El Estado debe abarcarlo y controlarlo todo: su voluntad debe de ser superior a la realidad. La escritura, la lengua, es el medio preferido y más eficaz de unificación, de totalidad: en palabras de Miguel Abensour, la reforma al lenguaje es más destructiva que “cien, que mil autos de Fe”. La reforma de la lengua, que acaba con la historia, la identidad cultural y la posibilidad de disentir, es el fruto amargo de la terrible simplificación, es, dicho de otro modo, la construcción de un espacio-tiempo que valida y limita la vida dentro del Estado Totalitario.

El propósito del trabajo del Régimen, en Cuba, pareciera el de lograr hacer de la sociedad cubana una superficie prístina, un espejo libre de las suciedades de la libertad y del disentir, un espejo en donde el castrismo se puede ver la cara, contemplarse permanentemente, regodearse, él mismo de sus triunfos. Libre de toda grieta que supone la libertad, la glorificación de la Revolución puede continuar. Libre de todo lenguaje contrarrevolucionario, el proyecto político se mantiene gracias al cautiverio material y mental en el que sostiene a su población.

Mientras tanto, la población cubana sufre de una esquizofrenia moral y política. Más o menos consciente, está obligada a sobrevivir en un sistema que logra de manera eficaz limitar, incluso, su manera de pensar. En la evolución, propia de la vejez, el régimen se reinventa discursivamente: ha logrado endulzar su lenguaje represivo una y otra vez, llamando, por ejemplo, “regulados” a los detenidos. La población cubana está sujeta al chantaje mental del régimen: desacralizar los valores de la revolución pensando en algún sueño de libertad es seriamente castigado, la vigilancia está en todas partes, el abastecimiento y la espera son precarias pero eficaces herramientas de control social. Pareciera que el régimen cubano se hubiera inspirado en el libro de Orwell, desde la perspectiva del Gran Hermano.

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