Pensar la utopía desde el imaginario social. Una lectura de los soportes discursivos en la Revolución cubana

Por: Claudia Gonzalez Marrero

Enero 2019

Los Estados modernos, independientemente del modelo económico y político al que se refieran, comparten elementos comunes en sus postulados, fundados en lo discursivo y lo simbólico. Se habla de “realidad ética” (Enzo Traverso), de “determinismo teológico” (Hannah Arendt) o “identificación imaginaria” (Jacques Ranciére) para medir los niveles de utopía que el discurso instituyente suministra a la sociedad buscando la garantía que abriga el consenso. La Revolución cubana bebió de esta fuente de legitimación desde sus inicios, recurso que siguió acompañándola de la insurrección armada, a la toma de poder como emergencia social, a su constitución como régimen y en su estancamiento como sistema posrevolucionario. Un elevado nivel de utopía fue consustancial en la sociedad pre 1959 y al advenimiento del poder revolucionario. El propio cambio catártico que implicó la remoción del antiguo régimen por una promesa de progreso, obligó a modificar el cuerpo de normas y valores en función de alcanzar dicha utopía, a la sazón, la construcción de una sociedad socialista.

Para el ordenamiento de promesas que configuren la utopía y movilicen los resortes de la sociedad, fue indispensable una ingeniería simbólica, que la Revolución supo diseñar de manera efectiva. Una de las reformas de mayor capacidad instrumental fue el estreno de códigos referenciales, que hicieron rápidamente metástasis en el imaginario colectivo. La nueva lingüística operó como una ‘pseudo-realidad’ escoltando términos de clase –pueblo, obrero, burguesía–; ejercicios estigmatizantes –ciudadano vs compañero, contrarrevolucionario, traidor o gusano vs revolucionario–; o la reapropiación del ideario nacionalista – patria, apóstol, nación–. Sobre todo, la nueva lingüística desbordó su ámbito inicial para dominar la comunicación pública y justificar la acción política. Y es que la retórica ha debido cumplimentar en cada caso, los postulados definidos como certeros para que fueran incorporados al universo simbólico; de ahí que las conjugaciones anteriores escoltaran la identificación militante, las credenciales de pertenencia al proceso en frases como “Voy bien Camilo”, “Completo Camagüey”, “Llegó el Comandante y mandó a parar”, “la calle es de los revolucionarios”. Un ideograma protagónico en este sentido fue la instalación de un discurso unitario y populista hacia “las masas”. La promoción de una identidad militante homogénea, como parte del constructo referencial Estado/ Pueblo/ Nación, afianzó el itinerario insigne de la narrativa revolucionaria post 1959 como un “proceso histórico común”, un Weltanschauung colectivo.

Otro recurso indispensable para el apuntalamiento de la utopía reside en la oratoria revolucionaria, como ejercicio histriónico y ‘espectacular’. Las alocuciones pronunciadas por líderes políticos fueron por muchos años los textos que mayor información y coherencia aportaron al discurso instituyente. Los discursos de amplia audiencia fueron, en su momento, escenarios de una participación popular, presentados como mayor expresión democrática del proceso. Estos discursos tuvieron tal magnitud, refrendados en el estado de emergencia y la dialogicidad orgánica con el liderazgo carismático, que catalizaron decisiones nacionales, promovieron convocatorias, fundaron políticas y purgaron concepciones de la ciudadanía. Un recorrido por algunos de estos eventos rememora este estado de excepción: la Campaña de Alfabetización (1961); la invasión de Playa Girón (abril 1961), que concluyó con la proclamación del carácter socialista de la Revolución; el anuncio del fallecimiento de Ernesto “Che” Guevara (1967); la movilización nacional como apoyo a la cosecha de la caña de azúcar “la Zafra de los Diez Millones” (1970); declaraciones de Fidel Castro respecto a los emigrados por el Mariel (1980); el anuncio del plan nacional “Periodo Especial en Tiempos de Paz” (1990); la “Batalla por la Liberación de Elián González”, que propiciaría una política ofensiva más elaborada, la “Batalla de Ideas” (1999); sustituida luego por otro programa de emergencia “Batalla por la liberación de los Cinco Héroes” (2001); la declaración del carácter irrevocable del sistema socialista (2002); el anuncio de renuncia a la presidencia de Fidel Castro, la toma de posesión de su hermano Raúl Castro y el comienzo de una reforma económica y migratoria (2008); la reanudación de relaciones Cuba- Estados Unidos (2014); el fallecimiento de Fidel Castro (2016); y la toma de posesión del primer presidente civil, Miguel Díaz-Canel (2018).

La repetición acrítica de apotegmas y emblemas en el marco de estos eventos discursivos fortalecieron tanto la credibilidad de las promesas hechas por el Estado como la convocatoria a programas nacionales, mientras se subordinaba lo que Slavoj Zizek describe como “...la lógica por la cual uno se (des)conoce a sí mismo como el destinatario de una interpelación ideológica” (El sublime objeto de la ideología). Ello explicaría cómo gran parte de las reacciones frente al suministro constante de episodios, refrendados en su carácter épico, –incluso ante reacomodos convulsivos, medidas forzadas o contradictorias o apelaciones enajenadas de la realidad– transitaran sin mayores rupturas hacia actitudes espontáneas. Más relevante aún, permitieran el olvido casi simultáneo de promesas incumplidas o errores de administración, relegados al pasado.

Algunos investigadores han abordado la índole religiosa del discurso, prestándole atención a los elementos litúrgicos y las prácticas rituales comunes a la comunicación política (Alex. K. Dzameshie; Mazid, Bahaa-Eddin M). En la Revolución, este análisis se funda alrededor de la repercusión mítica del evento posterior a 1959, de los “poderes del habla semihipnóticos” de su líder y de la movilización de cláusulas que sugieren un “poder pastoral” (Donald. E. Rice; Andres Oppenheimer; Stephe Wilkinson). La utopía se fundamenta en este caso en el propósito de salvación, esto es, salvar a la patria y a las conquistas del socialismo. Un segundo estamento se centra en el altruismo y la disposición al sacrificio, materializados en la disposición combativa, el ideal guevariano y la ritualización de un ‘via crucis’, o sea, morir por un ideal contenido en la frase “Patria o Muerte”. El tercer elemento visualiza la atención al prójimo, dígase preocupación oficial por la salud pública, la educación y la seguridad social. A estos paralelos podrían agregarse dos factores que definen en gran medida todos los anteriores. La institución de un fundamento histórico que organice la propia narración del proceso, con el alegato de Fidel Castro “La Historia me absolverá” y el concepto de Revolución como evangelios profanos. Rafael Rojas advierte estamentos más generales que sirven de justificación narrativa al Estado cubano posrevolucionario: el “retorno del Mesías”, la “sed de advenimiento histórico” que representa una “teología sustitutiva”, de un “mesianismo secular”, de una “religiosidad política” (Tumbas sin sosiego).

Son muchas las estrategias de reactualización que el Estado cubano ha instrumentado a lo largo de seis décadas. Dichos reacomodos han conducido incluso a un nutrido debate sobre la naturaleza misma del modelo económico y político de la Revolución. Sin embargo, aun cuando los elementos que fundamentan la simbología ‘de un orden nacional armónico’ han cambiado, al igual que sus receptores, las dinámicas anteriores, repetidas por tres generaciones privilegian otro tipo de negociación con impacto en la identidad nacional y en la mentalidad societal. La posnación todavía narra el pasado como explicación del status quo actual, y sustenta los sacrificios del presente como ruta para las promesas del futuro. Aunque la Cuba actual continúe modificando su leguaje para reacomodarlos designios a la realidad societal; aunque se presente más inclusiva hacia la comunidad migrada, y exhiba modelos legalistas de gestión más democráticos; estas dinámicas repiten postulados en la misma clave que ha predominado por seis décadas. Las decisiones son transmitidas por custodios especiales del saber sacro (figuras del gobierno); se fundamentan en la celebración de un calendario ritual –efemérides compuestas por conmemoraciones, vigilias y peregrinaciones políticas–; se honra a sus ‘precursores’ –sacralización de mártires decimonónicos y líderes históricos–, y veneran a sus demiurgos y profetas – miembros del gobierno actual, líderes de la Sierra Maestra–, quienes velan por la integridad y la invariabilidad del mensaje canónico, “de continuidad” diría a el presidente Diaz-Canel. A la luz de dinámicas tan necesarias como el referéndum constitucional, por ejemplo, continúa el fundamento de la utopía socialista, pero sobre todo, la execración de toda obra contraria, falsa y apócrifa, que se oponga a dicha finalidad. 

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