Fidel, perfil de un dictador

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Por: Stephany Castro García     

Enero 2019

‘Siempre que se hace una historia Se habla de un viejo, de un niño o de sí Pero mi historia es difícil: No voy a hablarles de un hombre común

Canción del elegido, Silvio Rodríguez.

La figura enigmática de Fidel representa, para quienes nos interesa el proceso de la Revolución Cubana, un eje fundamental que explica el rumbo que tomó la lucha comunista en Cuba y el desencantamiento progresivo que atravesó la ciudadanía en torno a ella. Pero para quienes lucharon a su lado, y los simpatizantes de la Revolución alrededor del mundo, Fidel siempre fue un alegato por la autarquía y emancipación del pueblo cubano, rebelado en contra del imperialismo estadounidense y la adopción del modelo capitalista en occidente. Su historia, sus vivencias y sus traumas, logran dar algunas luces sobre la naturaleza del proceso revolucionario en Cuba y sus ánimos más profundos.

 

Su padre, Ángel Castro, era un gallego que a finales del siglo XIX llegaba a la isla caribeña en busca de nuevas oportunidades económicas, y para la primera década del siglo XX ya se había consolidado como dueño de grandes porciones de tierra al este de Cuba. Siendo ya un hombre rico de alta sociedad, Castro desposó a María Luisa Argota, una profesora del municipio de Banes con quien tuvo dos hijos. Sin embargo, años después se involucró con quien sería la madre de Fidel, una mujer humilde, analfabeta y que llegó como trabajadora doméstica a la casa familiar. Aunque mucho se ha discutido sobre si fue una relación extramarital o no, sobre si María Luisa todavía convivía con Ángel para cuando Lina Ruz apareció, cierto es que tanto Fidel como Raúl vivieron varios años sólo con el apellido materno y fuera de la casa principal de su padre.

 

A los seis años, desde que sus padres decidieron enviar a Fidel a Santiago para mejorar la calidad de sus estudios, la vida se le convirtió en un constante ir y venir entre dos casas: siempre la de sus padres, donde ahora Lina ya era la señora del empresario Ángel Castro, y las demás que le hicieron las veces de hogar mientras se formaba. De todas formas, Fidel seguía siendo un hijo (legalmente) no reconocido y, además, un niño “descolocado”, desprendido de la realidad de su madre y sus hermanos para ser puesto en otro mundo, donde lo más cercano a una familia eran su maestra y los niños con quienes estudiaba, y de quienes tuvo que aguantar señalamientos por no estar bautizado.

 

Pareciera que, sin quererlo, el rechazo de parte de su padre, el abandono a su familia y el resentimiento por los abusos, calaron en el inconsciente de Fidel para hacerlo el personaje revolucionario, líder e insurgente que fue. Bien lo menciona Serge Raffy (2003), uno de sus tantos biógrafos, quien afirma que la condición de Fidel, de hijo bastardo, le creó tantas inseguridades en su personalidad que luego, ya como figura en el poder, quizo resarcir aferrándose a la postura de (único) líder para la Revolución. Los agravios que sufrió en su niñez y juventud a causa del rechazo y distanciamiento con la figura paterna, se convirtieron, en su adultez, en la justificación de su megalomanía. Recuperar la identidad perdida convirtiéndose en el “padre” de la Revolución Cubana fue su indemnización.

 

Fidel estudió en la escuela de leyes de la Universidad de La Habana y mientras estudiaba participó en corrientes de activismo estudiantil e, incluso, fue elegido como delegado de curso. Habiendo superado las dificultades de su niñez, Castro ya se había convertido en un hombre con voz, defensor de los pueblos acallados por los autoritarios y, especialmente, en contra de los abusos de la dictadura de Rafael Trujillo en República Dominicana, que él mismo intentó derrocar en 1947. Y aunque en varias ocasiones admitió que había sido allí, en la universidad, donde leyó los textos que le dieron la madurez política para conducir el gobierno, esa nueva Cuba que instauró cuando asumió el poder no pudo estar más lejana a la que prometió entonces; y el Fidel universitario, creyente en la democracia, con la palabra dispuesta y con un criterio objetivo, no podía ser más distinto al Fidel gobernante, terco y autoritario que dejó una ideología huérfana.

 

El 16 de octubre de 1953, durante el juicio por el asalto a los Cuarteles Moncada y Carlos Manuel Céspedes, en el que participó al mando de unos jóvenes del Partido Ortodoxo, Castro recitó el discurso que se convertiría en el documento principal del proceso revolucionario en Cuba. Porque, incluso si lo rescatáramos solo por el valor del lenguaje, en “la historia me absolverá” lo que hay es una declaración, una promesa, una hoja de ruta que, más que hacer las veces de su defensa, establecía la agenda política que perseguía la Revolución: “El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; (…) junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política.”

 

Fidel pasó de ser el “padre” revolucionario y libertador de una sociedad cubana subordinada a los intereses estadounidenses, a un padre represor, sin visión de mundo y a quien las quejas le sonaban a rebelión. Pasó de ser el emancipador a la nueva figura de autoridad a la que había que acomodarse, lo que hizo Fidel con la Revolución fue cambiar de manos el poder.

 

 Al final la historia no lo absolvió, al contrario, todavía le reprocha la pobreza a la que condenó a su pueblo por un modelo al que se le acabó la vida cuando se le murieron los amigos (URSS). Y a pesar de que soñaba con convertirse en el Aquiles, en el “héroe” emancipador del pueblo cubano, Fidel murió esperando su martirización, viendo a su “Cuba soñada” convertida en una distopía represiva, con altos de niveles de pobreza y un modelo comunista que se ha vuelto más un problema que una solución.

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