FORO CUBANO Vol 3, No. 22 – TEMA: ARTE Y LITERATURA –

El Edipo hispano entre el parricidio, el homoerotismo y el incesto

Por: Yoandy Cabrera*

Julio 2020

Vistas

*Profesor de Español y Clásicas en Rockford University. Ha realizado la edición crítica de la poesía de Delfín Prats y de Félix Hangelini (ambas en Ed. Hypermedia, 2013). Sus artículos aparecen en revistas especializadas como Revista de Estudios Hispánicos y Cuadernos hispanoamericanos.

En su pieza satírica, titulada Edipo gay, el dramaturgo cubano Carlos Fundora Hernández rompe la ilusión escénica introduciendo a Freud como personaje[1], al estilo de la comedia aristofánica y rompiendo la ilusión escénica, pero involucrando a personajes trágicos demasiado serios, quizá de acuerdo con la tradición[2]. Obsesionado con los temas más reconocidos de sus obras (el complejo de Edipo, el erotismo en la niñez…) este Freud en clave de humor cubano, sin embargo, al terminar la obra y al resolverse el misterio del parentesco comprende que todo su pensamiento durante la puesta en escena ha estado al servicio de un Edipo que, sin saberlo, había tenido sexo con su padre y se había enamorado de él, de ahí que esto aparezca como la razón principal por la que Freud decide marcharse repitiendo: “Pero… ¡sí son maricones!” (Fundora, 2006, p. 100).

Sin embargo, desde el mismo Freud (1991) se puede leer el hecho homoerótico con una perspectiva más amplia. Como explica Henry Abelove (1993), el psicoanalista austriaco no quiso nunca tratar la homosexualidad como patología por considerarla común a lo largo de la historia de la Humanidad, pues para Freud estaba claro que “homosexuality is not advantage. That it is also not illness. That it should neither be prosecuted as a crime not regarded as a disgrace. That no homosexual need be treated psychoanalytically unless he also, and quite incidentally, happened to be neurotic” (382). Por tanto, para Freud la homosexualidad no es una patología ni una enfermedad, aunque después de él los psicoanalistas americanos hayan presentado ambiguamente la homosexualidad como una enfermedad (Robinson, 2001, p. 92; Domenici y Lesser, 2016, p. 2-3). Paul Robinson, además, interpreta que en Freud la homosexualidad solo se vuelve patológica cuando es reprimida (92), de ahí que “the person who acted on his homosexual impulses was in theory inmune to neurosis, whereas those impulse became dangerous precisely when they were driven into the unconscious” (92-93). Por lo tanto, Robinson se refiere al deseo homoerótico como impulso humano en Freud que, de ser reprimido, conlleva una serie de consecuencias. Se trata, por consiguiente, del intento opresivo de control y de administración de lo timótico de acuerdo con las normas sociales impuestas y no a la naturaleza humana. Robinson agrega que “the best-known instance of the phenomenun Freud’s theory of paranoia, worked out in the essay Schreber’s memoirs, where paranoia is said to be caused repressed homosexual desire” (93). Precisamente, el presente análisis persigue ver los modos en que ese deseo ha sido reprimido y liberado, además de las consecuencias de su marginación y negación sociales. El carácter de lo homoerótico de estar más allá de lo comunitario lo hace pertenecer al espacio de lo infrapolítico. Con respecto al psicoanálisis y al homoerotismo, Freud nunca fue partidario de la división insalvable entre heterosexuales y homosexuales y se opuso a la idea de que esas clasificaciones implicaran que no había comunicación, fusión y zonas difusas entre ellas. 

Es en esa zona difusa de debate donde entran muchas de las piezas que en este artículo se presentan y analizan. Dichas obras persiguen ir más allá de esos límites del psiconanálisis tradicional y se orientan más por lecturas de lo freudiano en que lo homoerótico es parte de una estructura edípica (Domenici y Lesser, 2016, p. 2): tratan a veces de exponer el tabú o de debatir la experiencia gay en su especificidad (Reitter, s.f.). No solo debaten, desde nuevas aristas el tabú del incesto, sino que exploran las posibilidades del personaje mítico desde una perspectiva homoerótica. En la línea del análisis y la exposición del incesto están, por ejemplo, Edipo rey (siglo V. a.C.) de Sófocles, No hay resistencia a los hados (siglo XVII) de Alejandro Arboreda, el ballet Edipo rey (1972) de Jorge Lefebre, la película Edipo alcalde (1996) de Jorge Alí Triana con guión de Gabriel García Márquez, Edipo Gay (1999) del venezolano Carlos Omobono y Oedipus el rey (2010) de Luis Alfaro. Estas obras analizan el incesto de un modo cada vez más expreso y directo. Ello evidencia el interés de los autores por comprender comportamientos humanos que van más allá de lo aceptado socialmente, que rompe de forma radical con el concepto comunitario desde su propia génesis.

El ballet de Lefebre, la película de Alí Triana y la obra teatral de Alfaro exponen al espectador a presenciar el momento del asesinato del padre y el incesto de forma directa y muy realista en el escenario o la pantalla. Lefebre, desde la sensualidad que puede permitir la danza en tanto técnica, presenta la cama nupcial en el escenario, así como a los personajes teniendo una relación sexual coreografiada en la habitación real. Desde el ballet, por tanto, el espectador tiene acceso al interior del palacio, cosa que no sucede en Sófocles. Algo semejante sucede en la película: la lente de la cámara se pasea por las habitaciones y estancias del Layo colombiano en una finca de la selva americana. Los personajes tienen una muy intensa relación sexual. El espectador, por tanto, presencia desde su butaca la puesta en escena del incesto; de ahí que la ironía trágica y el tabú coincidan en la acción, se entremezclen, tengan lugar al mismo tiempo (algo que Sófocles y Arboreda evitaron). En Oedipus el rey Alfaro realiza el mismo procedimiento de representación del incesto en escena, pero en su caso no se trata de una grabación que está viendo el espectador, sino que el incesto, por las características propias del teatro, está teniendo lugar en el instante mismo en que se está viendo.

Vale la pena preguntarse el porqué de la insistencia de coreógrafos, dramaturgos y cineastas en el tema del incesto, al extremo de representarlo cada vez de forma más directa, explícita y gráfica ante el espectador. Sin dudas se trata de un interés por exponer al receptor a un problema que pervive en la sociedad actual. Se trata de un tabú ‒al que se suma también el parricidio‒ que se sigue viendo, en general, como algo inadecuado, inmoral, inaceptable. En calidad de tabú social, es difícil encontrar una explicación convincente del surgimiento de los mismos, así como de la base legal que ellos tienen. Los especialistas hablan de razones políticas, económicas y genéticas que se remontan a las comunidades más antiguas de la humanidad. Freud agrega que “las restricciones de tabú son algo diverso de las prohibiciones religiosas o morales (…) [pues] prohíben desde ellas mismas” (Freud, 1991, p. 27). Así entonces, “las prohibiciones de tabú carecen de toda fundamentación; son de origen desconocido; incomprensibles para nosotros, parecen cosa natural a todos aquellos que están bajo su imperio” (Freud, 1991, p. 27). Es “el código legal no escrito más antiguo de la humanidad” (Freud, 1991, p. 27) que se venga a sí mismo (Freud 29) y es inclusive “más antiguo que los dioses” (Freud, 1991, p. 27). Lo cierto es que los autores analizados insisten en presentar, desde el mito, un problema que sigue vivo en nuestras sociedades y que no ha tenido hasta hoy una explicación o una solución definitiva. Las preguntas a las que nos lanzan estas obras como especie de abismos infranqueables son, todavía hoy: ¿por qué se les considera tabú? Parecemos convencidos casi todos de que casarse con el padre o la madre está mal. No es moral ni éticamente aceptable, pero es algo que no cuestionamos; se da por establecido. Estas obras y la realidad diaria nos obligan a preguntar otra vez ¿por qué está mal? No todo está dicho sobre el tema, ni siquiera en el entorno legal.

Otra vertiente del tratamiento del tabú edípico es el homoerotismo, si lo entendemos tal y como se presenta en la pieza Señora de la Pinta de Law Chavez y como se aclara al inicio de este análisis al hablar del lugar que tiene el signo homo todavía hoy en las prácticas psicoanalistas más tradicionales. En Chavez la relación homoerótica, como expone Rankine, “with the son of his lover is the taboo that makes Gringo Oedipus-like” (Rankine y Banks, 2015, p. 686). Aunque en la entrevista de Patrice Rankine a Daniel Banks (el director de la puesta de la obra de Chavez), estos se refieren no solo a que Gringo tenga sexo con un hombre, sino que este hombre sea el hijo de la mujer de la que luego se enamora, por lo que se viene a convertir en el padrastro de su examante. Con Gringo, en comparación con Edipo, el asunto se suaviza (por la parte de no tener sexo con su madre ni de matar al padre), pero se complejiza al ser el amante de la persona que también mata. Gringo es el amante y el asesino de una misma persona. El tabú aquí se desplaza hacia el homoerotismo.

Además de la obra de Chavez, en esta vertiente también está Tebas Land de Sergio Blanco. En ella Martín, el parricida, crea una relación ambigua con el escritor-personaje S. Hay cierto flirteo entre ambos que va en aumento, con referencias sexuales cada vez más directas. Pero, además, Martín es un prostituto que se acostaba con hombres por dinero antes de entrar en la cárcel. Esa fue la razón por la cual su padre le llamó “puta” una y otra vez en la cocina de su casa, momento en el cual Martín decide matarlo. Es decir, el acto del parricidio en Blanco se vincula directamente con la condición homoerótica del personaje.

La obra teatral Edipo Gay del venezolano Carlos Omobono propone una versión del mito griego en que la obra de Sófocles, como sucede en Blanco, se vuelve un tema frecuente en la conversación de los personajes. Con el mismo título que la comedia de Carlos Fundora, esta pieza, sin embargo, propone ‒en un tono más serio‒ una versión homoerótica de Edipo. Edoardo y Edipo, una pareja de jóvenes venezolanos, deciden contratar a una prostituta (Helena) para tener un hijo de ella. Ambos tienen sexo con la mujer para no saber quién es el padre. Edipo se va con su madre para Boston y no sabe nada más de Edoardo y el niño. Al regresar Edipo después de muchos años, Edoardo está con un joven adolescente. Edipo, confundido entre el afecto y los celos, a la primera oportunidad que tiene intenta seducir al supuesto joven amante de su expareja. Cuando Edipo y Edy están en el sofá a punto de tener relaciones sexuales, llega Edoardo y ‒sin inmutarse‒ les revela a ambos que son padre e hijo.

En la pieza venezolana se entremezclan incesto y homoerotismo. Edoardo presiente, al conocer tan profundamente a Edipo, que este intentará seducir al adolescente que vivía ahora con él y al que Edipo creía su pareja, pues Edoardo le dijo que el niño de ambos había muerto. Como en la obra del Siglo de Oro de Arboreda, justo antes de que tenga lugar, Omobono evita el incesto. Pero también como en la obra del Siglo de Oro, en la de Alfaro, en la película de Alí Triana y de modo semejante al afecto que confiesan ciertas personas entrevistadas en las noticias por estar en una relación incestuosa con alguno de sus progenitores, Edy reconoce haber sentido, desde el principio, un afecto inexplicable hacia Edipo: “Siento una inexplicable atracción. Como si nos conociéramos de toda la vida. ¡Como si fuera parte de ti! Como si estuviera escrito este encuentro. Como si te perteneciera. Entonces no sé qué hacer” (Omobono, 1999, p. 147). Ante el afecto inexplicable, Edy, semejante a los personajes de la comedia del Siglo de Oro, se pregunta “qué hago” (Omobono, 1999, p. 149). El afecto que en Arboreda, Alí Triana y Alfaro se mezcla con la ironía trágica, en Omobono, además, se funde con el homoerotismo, pues los que están a punto de tener relaciones sexuales son un padre y un hijo gay.

En esta pieza el único que conoce toda la verdad es Edoardo y con esa ventaja juega al dosificar la información tanto para Edipo como para Edy e incluso para el espectador. El cierre dramático, cuando Edoardo dice a Edipo “así me imaginé que te encontraría un día, Edipo. ¡Entre las piernas de nuestro hijo!” (Omobono, 1999, p. 151), devuelve todo el sentido a las referencias que se han hecho al mito griego a lo largo de la obra y hasta le da, por las maquinaciones de Edoardo, un tono irónico, subversivo y sarcástico al conjunto. Omobono escenifica la fusión del homoerotismo y el incesto como los dos grandes tabúes de la historia de la humanidad abordados en las versiones del mito de Edipo que aquí se estudian.   

Todo el conocimiento que manejan Tiresias y Yocasta en la obra de Sófocles (los cuales, al darse cuenta de toda la verdad, prefieren callar y tratar de evadir el tema, de olvidarlo) en la pieza de Omobono se pone al servicio del cierre amargo e irónico en diálogo directo con la figura mítica de Edipo, pero esta vez en versión doblemente opuesta: porque Edipo es gay y porque es el padre y no el hijo en esta versión. Pero también Edoardo, con más experiencia, como del otro lado de las pasiones y los fuegos a los que se refiere Edipo a causa de sus represiones, puede ver el mapa de la acción con más claridad que los demás ‒no con resignación, pero sí con un realismo aplastante.

Desde ese otro lado del que habla Edoardo también habla el Edipo de Edipo en Colono de Sófocles. Después del fuego de juventud, del fallo, de la experiencia, del padecimiento, ese Edipo, ya ciego, desterrado y errante habla de otro modo, con más preguntas que respuestas, con más incertidumbres que certezas. Justo ahí, en esa zona fronteriza, se ubica Alberto Moreiras en su libro Marranismo e inscripción, en el que toma a Edipo como ejemplo de un (im)posible del pensamiento latinoamericanista en la academia norteamericana. El Edipo de Moreiras, por tanto, se aparta de todas estas versiones en que priman las pasiones ‒el desenfreno, la irreverencia, los impulsos, la arrogancia de juventud‒ para reflexionar sobre el camino recorrido y para debatir la posibilidad de acción y pensamiento del Edipo latinoamericano.

Estas obras, por tanto, que trabajan la figura de Edipo se concentran en los temas que relacionan la violencia y el deseo. Dichos afectos, además, permiten la exposición, la puesta en escena y debate de los tabúes que Edipo encarna como arquetipo mitológico: el parricida y el amante de su madre. Algunas veces, como se ha mencionado, estos tabúes y sus relecturas proponen un nuevo ángulo, una variación que complejizan el tema y a la vez lo diversifican, lo acercan a nuestro tiempo y a nuevas circunstancias políticas, sociales y culturales. Este Edipo hispano se mueve entre el homoerotismo unas veces y el incesto y el parricidio otras, aunque, como ya ha quedado demostrado, dichos tabúes milenarios a veces coinciden en una misma obra y en unos mismos personajes. El estudio de Edipo en tanto homicida, incestuoso y/o homoerótico obliga a replantearse, desde el presente, los comportamientos humanos que la norma comunitaria tiene como aceptados y políticamente correctos. Estas tendencias que trasgreden el código moral ontoteológico empujan el análisis de lo timótico y lo infrapolítico hacia algunas de las zonas más incómodas de los comportamientos humanos que van más allá de lo político, que se consideran ilegales y punibles, y que siguen siendo conflictos sin resolver. Los autores, al hacerlos cada vez más expresos en la escena o la pantalla, exigen que no se echen a un lado y que, de una vez, se discutan de manera abierta en medio de la misma sociedad que los cuestiona y los castiga.

Referencias

Abelove, H. (1993). “Freud, Homosexuality, and the Americans”. The Lesbian and Gay Studies Reader. Henry Abelove, Michèle Aina Barale and David M. Halperin (eds.). Routledge, pp. 381-93.

Domenici, T. y Lesser, R. (2016). “Introduction. Disorienting Sexuality: Psychoanalytic Reappraisals of Sexual Identities”. Rotledge, 1-18.

Freud, S. (1991). “Tótem y tabú y otras obras. Obras completas”. Tomo XIII. Amorrortu Editores

Fundora, Carlos. (2006). “Edipo Gay”. Comedias sin lente. Ediciones Alarcos, pp. 75-101.

Omobono, C. (1999). “Edipo Gay”. Fundarte.

Rankin, P. y Banks, D. (2015). “On Remixing the Classics and Directing Countee Cullen’s Medea and Law Chavez’s Señora de la Pinta. An Interview with Theater Director Daniel Banks”. The Oxford Handbook of Greek Drama in the Americas. Kathryn Bosher et al. Oxford University Press, pp. 683-98.

Reitter, J. (s.f.). “Edipo Gay”. Documento en word facilitado por el autor. Inédito.

Robinson, P. (2001). “Freud and Homosexuality”. University of Chicago Press, pp. 91-97.

 

[1] Algo que puede ser equivalente a lo que hace Aristófanes con Sócrates, Esquilo y Eurípides.

[2] No obstante, Hércules, por ejemplo (en calidad de glotón) es un personaje muy común en la comedia.

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