FORO CUBANO Vol 5, No. 48 – TEMA: 11J: "CIUDADANOS CUBANOS EN BUSCA DE SU LIBERTAD PERDIDA"–

De emigrante a exiliada

Vistas

Por:  Rose Ahisha Castelao Álvarez

Septiembre 2022

Nací en Cienfuegos hace 46 años y emigré a Canadá hace 18 años. Hasta el 2021 nunca me había involucrado directamente en nada que tuviera que ver con la libertad de Cuba. Desde agosto del 2021 soy coordinadora de la plataforma Archipiélago.
 
Me fui con una gran desconexión con mi país tanto política como social. Hacía muchos años que no sentía que perteneciera a Cuba. Supongo que esto les ha pasado a otros. Sin dudas, es una experiencia no poco común entre personas neurodivergentes como yo.
 
Creo que como algunos de los que se van, traté de dar por cerrado el "caso" Cuba. Mantenía relación con mis amigos y familiares, pero no me interesaba revivir mucho aquellos años de pesadilla. Una actitud hasta cierto punto comprensible y no del todo imposible cuando no se vive entre cubanos, pero que no por justificada deja de ser ingenua.
 
¿Quién iba a imaginar que las ataduras impuestas y las limitaciones autoimpuestas de la isla no iban a desaparecer una vez puesto definitivamente el pie en el avión? Los que nacimos en Cuba en las últimas décadas y pudimos escapar, podemos ahora contrastar y entender el efecto de coartación que produce crecer con mala alimentación, pocas opciones, línea de pensamiento único, falta de confianza en los demás y el constante "habla bajito" de los padres. Todo eso a la par de un aparato de adoctrinamiento feroz en todos los niveles de enseñanza que fijan guías rígidas en una experiencia similar al alambrado de un bonsái de la jardinería japonesa. A los 16 años cuando ya casi está listo el bonsái humano, se fuerza a media juventud cubana a cumplir el servicio militar.
 
Para mí, además de todo esto, la escuela fue también un lugar de incomprensión y de acoso escolar en casi todos los niveles de enseñanza. No existía una metodología para describir las experiencias de neurodivergencia en la infancia. Ni hablar del trastorno por déficit de atención con hiperactividad (algo que supe que padecía aquí hace apenas un par de años).
 
Vivir como pez fuera del agua también traía situaciones humorísticas como la de aquel mago invitado al aula en cuarto grado que nos hacía trucos de cartas y desaparecía monedas. Yo le encaré y le pregunté por qué no me hacía desaparecer de mi pupitre y me aparecía en la esquina del aula. Aunque todos se rieron mucho, para mí era una pregunta seria. El pobre mago tampoco le vio la gracia.
 
La experiencia de sentir que nunca encajaba, que no podía seguir la dinámica de los demás, algo que se agudizó en la secundaria básica, me hacía ver la realidad con cierto grado de separación. Yo era como un espectador que apenas participaba y vivía más en la mente que en la acción de la vida. Quizás esto me ayudó a cuestionar lo que el resto consideraba normal.

No recuerdo que haya habido ninguna situación específica que influenciara mi posición crítica al régimen. Pero recuerdo que, en el preuniversitario, durante las clases de marxismo, me daba la impresión de que todos los estudiantes estaban actuando y que nadie creía en nada de aquello que decían sentir. Y yo que necesitaba siempre explicación para casi todo lo que sucede no entendía por qué la gente no decía simplemente lo que pensaba.
 
En el caso de Cuba, muchas cosas carecían y carecen de explicación lógica. Casi todo es a la fuerza y sin derecho a réplica. Yo que nunca fui popular en el grupo, cuando preguntaba o cuestionaba cosas, nunca hacía olas que me pudieran buscar problemas. La respuesta más a la mano de los que se podían incomodar con mis observaciones fue siempre el acoso.
 
Y así pasó el pre, la universidad y yo iba dándome plazos de cinco años de vida a cinco años de vida para hacer aquel tormento, en el que siguen viviendo millones de personas, un poco más llevadero. De veras no hubiera podido vivir de otra manera. Hasta que me pude ir.
 
En Canadá he visto documentales con testimonios escalofriantes de sobrevivientes del régimen de Corea del Norte. Cuba parecía un niño de tetas en comparación. Todavía le quedaba a los Castro mucha tela por donde cortar para someter totalmente al pueblo. Pensé que, aunque no estuviéramos como ellos, ese modelo era algo al que el régimen cubano pudiera llegar un día de ser necesario, y con ese pensamiento pesimista se esfumaron todas mis expectativas de cambio para Cuba. Y pasaron dieciséis años.
 
El año pasado, cuando el pueblo se lanzó a las calles los días 11 y 12 de julio y todo el mundo vio aquellas imágenes de intento de emancipación generalizado y aquellos gritos de libertad seguido de extrema violencia policial, algo cambió en mí. Volví a sentir el peso de las ataduras, que al fin se cuentas no habían desaparecido. Empecé a interesarme por la suerte de los cubanos que habían salido a pedir el fin de la tiranía pues sabía que su valentía no iba a quedar impune. Supe entonces que había un movimiento San Isidro y un 27N.
 
A finales de ese mismo mes escuché por primera vez la canción Patria y Vida que ganó dos Grammys latinos ese año. Quizás por la cercanía de los sucesos del 11 y 12 de julio, la letra me emocionó al punto de hacerme sentir, posiblemente por primera vez en la vida, que quizás había espacio para mí en Cuba. En ese momento pasé de ser una emigrada a ser una exiliada.
 
Días más tardes supe que había un dramaturgo, director de teatro que estaba hablando de crear una plataforma con ideas concretas para un cambio democrático y pacífico; leí algunas de las cosas que había escrito, me uní al grupo Archipiélago y le escribí ofreciéndole mi ayuda en lo que fuera necesario. Y para sorpresa mía, aceptó mi oferta sin conocerme. Cuando me uní al grupo de coordinación de Archipiélago no conocía a nadie ni me imaginaba que los meses siguientes serían unos de los meses de trabajo y aprendizaje  más intensos de mi vida.
 
Actualmente trato de mantener un balance entre mi trabajo, mi familia y Archipiélago. Cada día se unen más miembros dentro de Cuba, donde la labor lenta de desprogramar mentes

es urgente. Debemos aprender a debatir sobre la base del respeto mutuo y el respeto a todos los seres humanos, fomentar la unidad entre todos los cubanos sin atacarnos ni dividirnos más como nos quiere ver la dictadura.
 
Hoy tengo esperanza de que Cuba va a cambiar. Lo siento en la manera en que se expresan los cubanos. Por una parte, percibo una unidad mayor entre cubanos de adentro y de afuera, y por otra, noto que hay una visión cada vez menos romántica del régimen totalitario de La Habana por parte del resto del mundo. Quizás haber pasado una pandemia haya ayudado a algunos a enfocar mejor las cosas. 
 
Mi deseo en estos momentos es que Cuba se convierta en un estado de derechos para todos, donde quepan personas como yo y por eso lucho todos los días.