Biopolíticas sacrifciales en Cuba y Venezuela

Con el término carnofalogocentrismo, Jacques Derrida se refirió a la lógica sacrificial que subyace en nuestra modernidad caracterizada por la supremacía de los humanos sobre el resto de los seres vivos. De esta manera, Derrida dejaba abierta la puerta para cuestionar no sólo la naturalidad con que aceptamos la violencia detrás de todo tipo de consumo animal en nuestra cotidianidad, sino también la forma en que deshumanizamos o animalizamos a los otros para justificar esa violencia. Como experiencias históricas modernas, los socialismos reales no escaparon de la violencia sacrificial. En nombre de la utopía social a menudo se han normalizado prácticas de represión y exterminio contra aquellos sujetos desobedientes de las normas revolucionarias, quienes son reducidos a mera carne sin atributos de ciudadanía. Tales han sido los casos contra los llamados “gusanos” y “escuálidos” en la Cuba y Venezuela de las últimas décadas. Las experiencias de ambos regímenes políticos resultan particularmente iluminadoras para reflexionar sobre los usos de la carne como dispositivo biopolítico del poder estatal pero también, como un tópico reapropiado creativamente por escritores y artistas.

Un ejemplo significativo de esto último lo constituyen los performances de la artista cubana Tania Bruguera. En El peso de la culpa (1997), abordó los temas de la culpa, el sacrificio y la expiación en relación a la historia de la isla.

Con una bandera cubana hecha de cabello humano a sus espaldas y cubierta por el cuerpo sanguinolento de un chivo muerto, ingirió tierra lentamente de una vasija de cerámica. Bruguera se hizo eco, así, de las historias de indígenas que se suicidaban comiendo tierra para liberarse de los españoles. La relación entre la carne caprina, los indígenas y el cabello apuntaban al sacrificio que serviría para fundar la nación. Pero, ¿del sacrificio de quiénes estamos hablando en el presente?

En otro performance prontamente censurado, Sin título. Habana 2000, que tuvo lugar en la Fortaleza de la Cabaña de La Habana, Bruguera se enfocó en los miles de presos y fusilados allí durante los primeros años de la Revolución. Cuatro cuerpos desnudos en la penumbra de pasillos cubiertos por caña de azúcar descompuesta, precedieron un video con imágenes de Fidel Castro en blanco y negro. Con esta instalación, la artista insistió en la violencia sacrificial sobre la que se fundó la Revolución Cubana. Los cuerpos de los fusilados, como el de la mujer-chivo, resultaron la carne que alimentó el nuevo orden.

Décadas después, el sacrificio revolucionario se impone como carestía, mediante formas disciplinarias relacionadas al hambre. La falta de alimentos aunada a la de medicinas y la merma de servicios como la luz, el agua y el transporte resultan especulares en la Cuba del Período Especial y la Venezuela chavista-madurista. En ambos países, donde no se produce la mayoría de lo que consume, los Estados poseen la mayor parte del monopolio sobre la importación y distribución de alimentos. Esta circunstancia ha servido para forjar mecanismos asociados a la alimentación como las libretas de racionamiento en Cuba o las bolsas CLAP (Comité Local de Abastecimiento y Producción) en Venezuela; bolsas de alimentos distribuidas discontinuamente a aquellos que poseen el “Carnet de la Patria” obtenido a través de la afiliación al partido de gobierno. La cacareada “soberanía alimentaria” se refiere, en realidad, a la soberanía del Estado sobre los cuerpos biológicos de la población en una lógica teñida de ecos sacrificiales. El Estado revolucionario “purga” el consumo a tal grado que obtiene cuerpos vaciados de su propia carne. Así, por ejemplo, se estima que sólo en el 2017 un 61% de la población venezolana perdió en promedio 11 kilos de peso.

Frente a estas regulaciones biopolíticas en Cuba y Venezuela, han emergido varias formas creativas de insumisión que vuelven a lo primario de la carne como contestación. Entre tales formas, la literatura se ha pronunciado a través de relatos cubanos como “ABC” y “Carne” de Rolando Menéndez y, “Los lobos” de Ángel Santiesteban en donde se narran los horrores vividos por la población “pescando” gatos, matando vacas clandestinamente e incluso a personas para obtener su carne. El arte venezolano tampoco se queda atrás. En junio de 2017, un grupo de estudiantes de Universidad de los Andes (Mérida) llevó a cabo el performance Hecho en socialismo. Sus cuerpos desnudos y envueltos en plástico, de manera similar a la carne empaquetada en supermercados y carnicerías, sirvieron para denunciar no sólo la inanición asesina de la población, sino también la tortura y asesinato de cientos de manifestantes por las fuerzas del Estado chavista-madurista:

Estos ejemplos son apenas una muestra de las varias resistencias creativas contra las biopolíticas carnofalogocéntricas de ambos estados. Junto a estas formas habría que agregar diversas prácticas de activismo en protestas, huelgas y manifestaciones enfocadas en el propio cuerpo. Lo que interesa, no es tanto si presentan alguna agenda programática, sino más bien el éxito con que logran articular ejercicios de soberanía ciudadana frente al disciplinamiento sacrificial de los regímenes cubano y venezolano.

Vistas

Por: PhD Magdalena López      

Octubre de 2018

UNIVERSIDAD SERGIO ARBOLEDA

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