Argentina: ¿La Consolidación de una Nueva Fuerza Política?

Por: Adrián Lucardi – ITAM, Ciudad de México

Noviembre 2019

El pasado 27 de octubre, la fórmula Alberto Fernández – Cristina Fernández (ninguna relación de parentesco) se impuso a la candidatura oficialista de Mauricio Macri – Miguel Pichetto por 48.2% a 40.3%. Fernández ratificó así su condición de favorito luego de las elecciones primarias del 11 de agosto, donde se había impuesto a Macri por más de 16 puntos - 49.5% a 32.9%.

El resultado se debe a dos factores: la unidad del peronismo y los malos resultados económicos de la gestión de Macri. Sorprendentemente, sin embargo, el empeoramiento de la economía luego de las primarias – el dólar y por ende la inflación se dispararon, y el Banco Central estableció un mecanismo de control de cambios para limitar la salida de divisas – no redundó en una “desbandada” masiva a favor de Fernández. Cuando parecía que la situación se le escapaba de las manos, Macri reaccionó reconociendo a los votantes que “los escuché” y organizando una serie de marchas por todo el país que le permitieron atenuar la derrota. Mientras que Fernández sumó 740 mil votos entre agosto y octubre, Macri incrementó su caudal en más de 2,7 millones.

La historia humana responde tanto a factores estructurales como a eventos coyunturales y por tanto contingentes. Ninguna sociedad humana es perfectamente maleable; todo líder o movimiento político que planee introducir cambios sociales y/o económicos que lo ignore está destinado a fracasar. A la vez, algunas decisiones deliberadas y/o eventos puramente azarosos pueden tener una influencia desmesurada en el curso de los acontecimientos futuros. Si un grupo de aventureros hubieran sido derrotados militarmente en la Sierra Maestra – un escenario perfectamente imaginable – la historia de Cuba (y también la de Florida) serían muy diferentes.

Esta distinción entre lo estructural y lo coyuntural es importante para entender la significancia de tres aspectos clave de la elección argentina del 27 de octubre. En primer lugar, y pese a las recurrentes voces que piden “ordenar” el espacio político en torno a un polo de (centro) derecha y otro de (centro) izquierda, la elección ratificó que la gran línea ordenadora de la política argentina sigue pasando por la contraposición entre peronismo y antiperonismo. Ello es así desde por lo menos 1945, y hay pocas razones para esperar que cambie en el futuro cercano. Segundo, los polos peronista y antiperonista se volvieron más distintivos tanto en términos de sus programas económicos como en sus bases de apoyo geográfico. Por último, y ya en el terreno de lo contingente y maleable, el (derrotado) polo antiperonista parece haber consolidado una fuerza política, Cambiemos/Juntos por el Cambio, con la cual competir contra el peronismo a nivel nacional. El dato es importante porque fue la fragmentación de la oposición antiperonista, más que su ausencia, lo que explica el enorme poder acumulado por el kirchnerismo entre 2003 y 2015. Dicho de otra manera: la consolidación de una fuerza política opositora no solo permite que los votantes antiperonistas se sientan representados; también da a sus dirigentes las herramientas institucionales para controlar al nuevo gobierno de Fernández.

 

“Aquí no ha cambiado nada:” peronistas versus antiperonistas

Como señala el politólogo canadiense Pierre Ostiguy, el núcleo de la división peronismo–antiperonismo reside en las identidades expresadas en público y las formas consideradas aceptables de ejercer el poder. “Plebeyos,” informales, de gustos populares y amantes del contacto directo con el electorado, los peronistas ocupan el lado “bajo” del espectro. A la hora de ejercer el poder, valoran los resultados por sobre los procedimientos, se impacientan con las “nimiedades” legales y muestran poco interés en la corrupción. (Cualquier parecido con Donald Trump no es pura coincidencia.) Del lado “alto” del espectro, los antiperonistas son más “serios,” cosmopolitas y respetuosos de las credenciales educativas, pero también más “aburridos” y distantes. En el ejercicio del poder, valoran el concepto de “República” y el respeto a los procedimientos formales, y expresan un rechazo casi visceral por la corrupción.

Al ser una distinción basada en identidades sociales y formas de gobernar más que en diferencias ideológicas, en la práctica encontramos políticos (anti) peronistas a lo largo de todo el espectro izquierda–derecha: el kirchnerismo es peronista y de izquierda, pero las grandes reformas neoliberales de los noventa fueron impulsadas por otro peronista, Carlos Menem; Macri es antiperonista y de derecha, pero el Partido Socialista y el Frepaso son (eran) antiperonistas y socialdemócratas.

Ahí reside, también la clave del buen desempeño electoral de Macri a pesar de los (muy) malos resultados macroeconómicos de su gestión, así como el hecho de que el apoyo a Fernández no haya crecido luego de las primarias. También explica que dos candidatos cuya principal virtud no es el carisma ni la capacidad de expresarse en público hayan acaparado casi el 90% de los votos. Los votos de Alberto Fernández se explican en gran medida por la fuerte identidad peronista de su compañera de fórmula, Cristina Fernández. Incluso llevando un compañero de fórmula peronista, Macri recibió el grueso del voto antiperonista porque representaba la única alternativa viable al regreso de sus adversarios.

 

Contornos económicos y geográficos más marcados

Las elecciones de 2015 y – especialmente – 2019 constituyen un parteaguas respecto a las de 1983, 1995, 1999, 2007 y 2011, en las que era difícil encontrar una diferencia apreciable entre los programas económicos de los principales candidatos peronistas y antiperonistas. El gobierno de Macri buscó reducir el gasto público, integrar la economía al mundo y reducir (algunas) distorsiones microeconómicas; eventualmente trató de bajar la inflación con un programa fuertemente recesivo e impopular. Sin decir nada demasiado concreto – los opositores tienen el privilegio de ser más vagos que los oficialismos –, Fernández fue claro en que pretende implementar un programa mucho más expansivo. ¿Cuán expansivo? Está por verse, pero el presidente electo no dejó dudas de que su programa económico no será el de Macri.

Geográficamente, el antiperonismo siempre fue más fuerte en las zonas urbanas con mayores niveles de ingreso y educación, en tanto que el peronismo predomina en las provincias chicas del interior y el área conurbada de la ciudad de Buenos Aires. Pero en las dos últimas elecciones esta diferencia se magnificó, con Macri superando claramente a Fernández en la pampa húmeda; las provincias de Mendoza y San Luis; y el tradicional bastión antiperonista de la Ciudad de Buenos Aires. Fernández, en cambio, prevaleció por márgenes mayúsculos en el conurbano bonaerense y las provincias menos pobladas – y muchas veces más pobres – del interior. El dato importa porque estas diferencias, además de geográficas, son económicas: Macri ganó en las regiones más productivas y que por eso mismo tienen más ganar con una mayor integración de la economía al mundo; Fernández, donde las transferencias fiscales del gobierno nacional juegan un papel muchas veces preponderante.

 

El papel de lo contingente: ¿Se consolida fuerza política opositora?

El origen de la división peronismo–antiperonismo se remonta hasta por lo menos 1945, ¿por qué entre 2003 y 2015 el kirchnerismo pareció dominar la política nacional al punto que en 2011 la propia Cristina Kirchner anunció que “vamos por todo”?

La respuesta es que la identidad antiperonista seguía vigente, pero sus expresiones organizativas estaban fragmentadas y desarticuladas. El techo electoral del kirchnerismo fue en 2011, cuando Cristina Kirchner obtuvo el 54.1% de los votos. Aunque alta, la cifra es inferior al (casi) 60% de los votos que Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa llegaron a conseguir alguna vez. Pero la victoria kirchnerista fue histórica porque el principal candidato opositor, el socialista Hermes Binner, recibió apenas el 16.8% de los sufragios.

Esta desarticulación del polo antiperonista obedeció a factores más contingentes que estructurales, pero no obstante tuvo importantes consecuencias políticas. Primero, la percepción (correcta) de que no había un candidato antiperonista viable puede haber disuadido a muchos votantes de asistir a las urnas, inflando el porcentaje electoral del kirchnerismo.

Segundo, esa misma percepción desalentó a candidatos a cargos legislativos de construir alianzas con candidatos presidenciales que pudieran “traccionar” votos. El resultado fue una sobreoferta de candidatos legislativos que fragmentó considerablemente el voto opositor. Ello importa porque las reglas electorales empleadas en Argentina castigan a los partidos que se dividen: dos listas que obtienen un 20% de los votos consiguen menos bancas que una lista de unidad que sume 40%. Es decir, cuando una fuerza política se divide, la misma cantidad de votos “compra” menos bancas en el Congreso nacional.

Por último, la oposición antiperonista también se fragmentó geográficamente. Un candidato a diputado en, digamos, la provincia de Salta, tenía poco en común con un par que representaba a un electorado similar en la provincia de Río Negro. En la medida en que dichos candidatos carecían de una afiliación partidaria común y no le debían su elección a un candidato presidencial de relevancia nacional, sus incentivos para colaborar en el Congreso eran muy reducidos. Eso se expresó en una proliferación de bloques unipersonales que le permitían al kirchnerismo emplear una estrategia de “dividir para reinar,” negociando separadamente con múltiples legisladores individuales con escasa capacidad de coordinación. En cambio, los legisladores electos por Cambiemos/Juntos por el Cambio deben su elección, en buena medida, a los 40 puntos obtenidos por Mauricio Macri en la elección presidencial. Ello no solo aumenta su número y por ende su capacidad de presión colectiva, sino también sus incentivos para trabajar en conjunto.

En los últimos veinte años, uno de los rasgos más destacados de la política latinoamericana fue la proliferación de gobiernos que accedieron a la presidencia en elecciones democráticas, pero luego manipularon las instituciones, muchas veces de manera ilegal, con el fin de eternizarse en el poder. Ello fue posible tanto por la presencia de líderes carismáticos como por la extrema fragmentación de las fuerzas opositoras: el principal contrapeso al abuso de poder por parte del oficialismo no son las constituciones ni los jueces, sino las oposiciones con chances reales de ganar las elecciones. Esperemos que los resultados electorales del 27 de octubre indiquen la consolidación de un nuevo polo opositor que permita poner un freno a los intentos de acumulación de poder del gobierno entrante y contribuya a la implementación de políticas más razonables y sustentables de lo que fue la norma entre 2003 y 2015.

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